CAPÍTULO 5 LARA
En cuanto entramos a la discoteca, está sonando La falda de Myke Towers.
No me lo pienso y me giro, cogiendo a May de la mano para empezar a bailar con ella.
Me sigue el ritmo al momento y lo damos todo con esta primera canción.
Sé que va a ser una gran noche, solo por cómo ha empezado.
Aunque hemos entrado muy tarde a la discoteca, vamos a disfrutar.
Todo se ha retrasado por culpa de lo ocurrido entre Bruno y May.
Ha estado a punto de no venir. Aunque me dijo muy convencida que iba a salir, empezaron a entrarle las dudas.
Iba cambiando de opinión constantemente.
Me veía arrastrándola hasta aquí, pero por suerte ha decidido venir por su propio pie.
Y eso nos ha supuesto entrar pasadas las tres de la madrugada.
Pero, como siempre digo: «Nunca es tarde para una buena fiesta».
Lo importante es que estamos aquí juntas, celebrando que voy a pasar el verano junto a ella.
Siento como si alguien me estuviera devorando con la mirada, aunque lo más seguro es que sean imaginaciones mías.
Hago un recorrido general a la discoteca, hasta donde mi vista me alcanza.
Justo entonces, me topo con unos ojos negros que no me quitan la mirada de encima.
Es un chico moreno, con la melena muy despeinada.
Lleva una camisa de manga corta blanca a rayas y se pueden entrever los tatuajes de sus brazos y de su pecho.
Me pierdo momentáneamente en la mariposa que asoma de la camisa.
Siempre me han gustado los chicos con tatuajes, en especial cuando tienen algún brazo tatuado, y él tiene ambos.
Me recorre de arriba abajo, y yo hago lo mismo.
Sin miramientos. Sin vergüenza. Sonrío. Él no tarda en devolverme la sonrisa, confirmándome así que me estaba mirando. Me gusta.
El sonido del móvil de May sonando me devuelve a la realidad.
Porque durante unos segundos no existía nada más que ese chico y yo comiéndonos con la mirada en medio de esta discoteca.
Dejo de mirarlo y me centro en mi mejor amiga, que no deja de maldecir.
Escupe palabrota tras palabrota. Algo vuelve a no ir bien.
—Ya sabía yo que esto iba a pasar. —Escucho que dice una de esas veces.
Su mirada está centrada en el móvil que sostiene entre sus manos, algo temblorosas en estos momentos. Vuelve a sonar y a vibrar. Ella no sabe qué hacer. Me mira pidiendo ayuda, pero la verdad es que no sé qué puedo hacer para ayudarla en estos momentos.
—¿Es él? —me limito a preguntar.
—Va por la séptima llamada perdida —confiesa—. No se lo he cogido ninguna de esas veces, porque aquí dentro es imposible hablar con tanto ruido.
—¿Quieres salir? —propongo.
—Quiero disfrutar de la fiesta.
De nuevo el sonido. May aprieta todavía más fuerte el teléfono y lo silencia. Sus dedos empiezan a teclear a toda prisa, e imagino que no tarda en recibir una respuesta de Bruno, porque frunce el ceño.
—Dice que viene para aquí —comenta cuando aparta la mirada de la pantalla y se guarda el móvil en el bolso.
—¿Qué? —chillo de manera inconsciente. No sé si por la sorpresa o porque necesitaba hacerme escuchar por encima de la música—. ¿No era que no podía salir?
—Eso me había dicho, pero por lo visto ahora puede. —Aunque está enfadada y sorprendida, no puede evitar que se le asome una sonrisa en su rostro. Se queda pensativa unos instantes, antes de añadir—: ¿Sabes? Creo que se pensaba que no saldría y, como ha visto que lo he hecho, pues…
—No tiene sentido y no es excusa. —Las palabras se escapan solas de mi boca.
Menos mal que me iba a quedar callada con el tema, pero es que me lo sirve en bandeja.
May inhala y exhala varias veces, como si intentara relajarse antes de hablar de nuevo.
Ahora lo hace en un tono muy diferente al de antes: —Bueno.
Voy a mirar la parte positiva de esto. Bruno al final puede venir de fiesta con nosotras. Así lo conoces un poco más.
No me puedo creer que haya dicho eso. Además, vuelve a sonreír y a estar contenta. La facilidad con la que pasa de estar enfadada a feliz es digna de estudio.
—No sé yo si deberías quedarte con eso. El motivo de por qué lo hace es importante, May.
—Me ha dicho que lo hace porque no puede estar más tiempo sin verme.
Con esa frase, me doy por vencida. Sé que no tengo nada que hacer.
Bruno le vende la moto, y ella se la compra encantada.
Hace unos segundos parecía que veía el verdadero motivo por el que Bruno iba a aparecer en la discoteca, y ahora parece que ha cambiado de idea.
¿Alguien lo entiende? Yo, desde luego, no.
—Bruno está fuera. Salgo para hablar un rato con él antes de volver a entrar —me explica a toda prisa. Cuando me quiero dar cuenta, ya ha dado media vuelta y ha salido pitando, dejándome con la palabra en la boca. Cojonudo, May.
—Menos mal que la idea era conocerlo un poco más —digo por lo bajini, aunque ella ya no vaya a escucharme.
Suelto el aire de mis pulmones, algo enfadada.
De nuevo, los planes vuelven a torcerse por culpa de Bruno.
Primero fue el no venirme a buscar al aeropuerto, luego la sorpresa de que no íbamos a compartir piso, y por último quedarme sola en medio de esta discoteca.
Aunque a esto último puedo sacarle partido.
Dicho y hecho. Me giro en busca del chico con el que he compartido miradas antes, a ver si todavía sigue por aquí.
Lo diviso apoyado en una de las barras. Han sido la camisa a rayas y su pelo quienes lo han delatado.
Vale, y los tatuajes de los brazos también han ayudado.
Cómo sería recorrer cada línea con la yema de mis dedos.
¿He dicho ya que me flipan los hombres con tatuajes? Por si no había quedado claro.
No me lo pienso mucho. A veces soy bastante impulsiva, y luego me pasa lo que me pasa. Pero voy hasta donde está. Con un único objetivo.
—Un vodka limón —digo, en cuanto llego a la barra y el camarero me pregunta con la mirada.
Me he situado justo al lado del chico que ha captado mi atención antes en la pista. En cuanto me escucha hablar, no se queda callado. Tal y como me imaginaba.
—Estaba yo primero —suelta, dirigiéndose al camarero con una voz profunda. No se ha girado en mi dirección. Al menos, de momento. Pero ya me encargo yo de que eso deje de ser así.
—Pues parece que me ha visto antes a mí —comento con la mejor de mis sonrisas.
Ahora sí se gira para mirarme de frente. Lo hace con el ceño fruncido, pero, en cuanto me analiza, su mirada se suaviza y aparece una pequeña sonrisa.
—No me extraña —suelta a bocajarro. Las palabras salen solas de su boca mientras me observa de arriba abajo. Siento cómo su mirada recorre cada parte de mi cuerpo, de manera nada disimulada. Y me gusta mucho—. Como para no verte.
Inevitablemente la sonrisa aparece ahora en mi rostro.
Yo también le doy un buen repaso. Al tenerlo tan cerca, puedo apreciar mucho mejor sus rasgos, esa barba que amenaza con salir.
Me atrevería a decir que su pelo es más claro en las puntas.
Si hubiera más luz, podría comprobarlo. Pero las ganas de enredar mis manos en su pelo siguen presentes.
Me atrae físicamente. Y ya me dejé muy claro a mí misma que este verano iba a darme el privilegio de follar mucho y divertirme.
Este chico es un buen candidato, ¿verdad?
—Pues a ti te ha costado darte cuenta de que estaba a tu lado —suelto con aire juguetón. No sé si se me da muy bien flirtear con alguien, pero al menos lo intento.
—Estaría en mi mundo. Concretamente, pensando en cierta rubia que hacía unos minutos me había quitado el aliento en la pista de baile.
Celebro que me siga el juego, porque eso son muy buenas noticias. Él también está ligando conmigo, no tengo dudas de ello.
—Entonces no me quiero ni imaginar lo que pasaría si bailara contigo.
—Mejor no te lo imagines y hagamos que pase.
Así, sin más, alarga su brazo para coger el mío. Consigo coger la copa que acaban de servirme de milagro, porque él ya ha empezado a abrirse paso entre la gente. A mí no me ha quedado más remedio que seguirle, porque me tiene agarrada del brazo.
—Pensaba que estabas en la barra porque ibas a pedir —comento cuando se para. Por lo visto, ha encontrado el lugar ideal para bailar.
Estamos rodeados de gente. Hay tanta que cada poco rato alguien se choca conmigo. No hay apenas espacio personal en una discoteca, y eso hace que nosotros estemos muy cerca.
—La bebida puede esperar, pero la oportunidad de bailar contigo no.
Me gusta él y las contestaciones que da. Va directo al grano, sin rodeos, tal y como quiero. Un aquí y ahora, no pido más. Empieza a sonar Santa de Rvssian, Rauw Alejandro y Ayra Starr. Pego mi cuerpo más al suyo. No sé si eso es posible, pero lo hago.
— Este deseo no lo puedo negar. De mirar tus labios no puedo parar —canta él en mi oído, pillándome desprevenida y revolucionando todo mi ser.
Joder. Qué bien canta. Es lo primero que pienso. Joder. Cómo me ha puesto. Es lo segundo. Madre mía. El calor empieza a instaurarse en mi cuerpo. Nunca nadie me había cantado al oído. Y acabo de descubrir que es una fantasía.
—No sé si alguien te lo ha dicho alguna vez, pero cantas que da gusto escucharte.
Creo que hay pocas cosas que den tanto placer como escuchar a alguien cantar bien.
—Alguna que otra vez alguien me lo ha dicho. —No puede evitar sonreír y siento que me pierdo algo, que me falta información. Porque la forma en la que sonríe quiere decir algo, o al menos esa sensación me da.
Seguimos bailando demasiado pegados. Yo muevo mis caderas al ritmo de la música, frotándome contra él.
Lo recibe encantado, y posa sus manos alrededor de mi cintura.
Me agarra con fuerza, provocando que disfrute más del momento.
Nuestras miradas están conectadas. Sus ojos no dejan de estudiarme, y los míos igual.
Ahora mismo no necesitamos palabras para entendernos; lo hacemos con la música, el baile y las miradas.
Los dos sabemos lo que va a pasar a continuación.
Una mirada rápida a mis labios. Una un poco más lenta a los suyos.
Para que sepa que yo también estoy deseando que ocurra.
Traga saliva, nervioso. Yo sonrío, encantada por lo que está por venir.
Me devuelve la sonrisa. No lo pienso más.
Las señales son más que evidentes. Así que acorto la distancia que nos separa para juntar sus labios con los míos.
Me devuelve el beso, encantado, al segundo.
Nuestras lenguas se entrelazan desesperadas, se buscan con urgencia.
Nuestras bocas parecen sedientas la una de la otra.
Sabe a alcohol, lo saboreo sin miramientos.
Disfrutando del momento. Mis manos van solas hasta su pelo, y enredo mis dedos.
No os miento si os digo que era una de las primeras cosas que se me ha pasado por la cabeza hacer cuando lo he visto. Eso y los tatuajes.
Nos separamos con la respiración entrecortada. Acabamos de liarnos con muchas ganas y pasión, y ya me estoy imaginando lo que viene a continuación.
—A todo esto, me llamo… —empieza a decir él, pero le corto.
—Ahorrémonos las presentaciones. —No lo hemos hecho antes, y la verdad es que tampoco veo la necesidad de hacerlo ahora.
Es un lío de una noche, así que el nombre no es algo relevante—.
Esta es la primera y última vez que vamos a vernos.
—Sonrío para que mi comentario no quede tan seco y borde como me ha dado la impresión de que ha sonado—.
Lo único que necesitas saber sobre mí es que soy una chica guapa, a la que su mejor amiga acaba de dejar plantada en medio de una discoteca que no conoce para irse con su novio, con muchas ganas de emborracharme y pasar una noche cargada de sexo.
Y tú… tú puedes ser un chico con suerte si tú quieres.
—Con esto que acabas de decirme, me has dado mucha más información que un simple nombre —dice sin dejar de sonreír. No lo ha hecho desde que me he cruzado con él esta noche.
Puede que tenga razón, que le haya revelado más cosas sobre mí que mi nombre. Pero no me importa.
—Nunca en mi vida me había cruzado con nadie tan directo —añade a los pocos segundos. Como si hubiera repasado mentalmente lo que acababa de decirle y necesitara decir algo más.
—Es para que ninguno de los dos se cree falsas ilusiones.
Tengo muy claro que esto es un «aquí te pillo, aquí te follo». De ahí no decir el nombre. Él también lo sabe.
—Me gusta. Tú me gustas —rectifica, haciendo hincapié en el pronombre personal.
Sonrío por sus palabras. Y vuelvo a besarlo, esta vez pillándolo un poco de improviso.
Pero, de todas formas, no tarda en reaccionar y clavar sus manos en mi trasero, atrayéndome hacia él—.
Entonces, ¿no vas a decirme tu nombre? —pregunta con la sonrisa en los labios.
—Eso depende de lo bien que folles.
La sonora carcajada que suelta inunda la discoteca; le ha salido del alma. Sin darme cuenta, me contagio y empiezo a reírme también. Fruto de haberle escuchado reír. Hay personas que tienen una risa contagiosa, y él es una de ellas. Acabo de descubrirlo.
—De todas las respuestas que he pensado que podías darme, esa no era una opción.
—Soy una caja de sorpresas, chico de los tatuajes.
—Empiezo a darme cuenta, rubia.
Ahora es él quien lleva una de sus manos a mi mejilla para juntar de nuevo nuestros labios. Ni siquiera soy consciente de la canción que está sonando en estos momentos, porque mi cuerpo y mi mente solo están pendientes de una cosa: el chico de los tatuajes.