Capítulo 1 Lara
Me pongo las gafas de sol en cuanto pongo un pie fuera del aeropuerto y, a diferencia de otras veces, no lo hago para pasar desapercibida ni como estrategia ante las cámaras.
No me preguntéis el porqué, pero es algo que más de un famoso hace cuando sale de su casa.
Como si de esta forma fueran a ahuyentar a los paparazzi.
Durante una temporada me sumé a esa moda absurda.
Pero esta vez no lo hago por eso; ni de lejos esa es la razón para ponerme las gafas en estos momentos.
Lo hago porque se nota que estamos en pleno julio y hace un sol abrumador, pero, al hacerlo, mi mente no puede evitar recordar los momentos en los que lo hice por una razón muy diferente.
Me obligo a dejar esos pensamientos de lado, pues de nada sirve recrearse en el pasado, en lo que un día fue.
Porque la realidad es que de ahora en adelante solo voy a ponerme las gafas de sol para lo que se han inventado, y no para esconderme de ninguna cámara.
Arrastro las maletas hasta el taxi que espera mi llegada.
La idea inicial era que May, mi mejor amiga, me estuviera esperando al aterrizar en su tierra.
Pero al bajar del avión me he encontrado con un mensaje disculpándose por no poder venir, y en su lugar ha mandado a un sustituto, es decir: a un taxista, para que me recoja y me deje en su casa.
Supongo que una vez allí me explicará el motivo por el que han cambiado los planes, ya que con ese simple mensaje sabe que no voy a conformarme.
Una vez que estoy en el asiento de atrás, empiezo a asimilar dónde estoy, y dudo mucho de que esta haya sido la mejor manera de llegar a la isla.
Ya puedes tener una buena excusa, May. Lo mínimo que me merecía era que ella estuviera aquí para recibirme.
Por suerte para mí, el trayecto hasta la casa de mi mejor amiga —de ahora hasta nuevo aviso, mi nuevo hogar— es corto.
Cuando me quiero dar cuenta, el taxista baja mis maletas y le pago lo que indica el taxímetro.
No me da tiempo a agradecerle el viaje cuando ya se ha marchado.
Lo que me recuerda a mi antiguo hogar, Nueva York.
Donde todo el mundo iba con prisas y el tiempo parecía valer oro.
Hace demasiado tiempo que no vengo a visitar a May, ya que la última vez que nos vimos fue ella la que cogió el avión para verme en la première de la serie que protagonizaba.
No hace mucho de eso; unos cuantos meses, tres para ser más exactos.
Parece que fue hace mucho más, porque me da la sensación de que hace nada que estrenamos la serie, e incluso que empezábamos a rodarla, pero la realidad es que los meses han ido pasando casi sin darme cuenta.
Dicen que cuando estás feliz el tiempo parece que pasa más deprisa, así que será eso lo que me ha pasado.
Porque protagonizar esa serie ha sido una de las cosas que más alegrías me ha dado, aunque ahora se le han sumado algunas penas que hacen que el recuerdo sea agridulce.
Intento sacar de mi mente todo lo relacionado con la serie, pues no es momento de recrearme en el pasado, aunque últimamente me da por hacerlo.
Siendo sincera, no imaginaba que May y yo nos fuéramos a volver a ver tan pronto.
Desde que yo me fui de España y ella se trasladó a Gran Canaria para empezar aquí su negocio, nuestra amistad ha sido a distancia.
Algo a lo que nos acostumbramos sin problemas y por suerte no hizo que nuestra relación desapareciera, porque el contacto siempre lo hemos mantenido.
Crecimos muy unidas, compartimos todo lo que dos adolescentes siendo mejores amigas pueden compartir, hasta que cada una decidió abrir sus alas y luchar por sus sueños.
Ella siempre tuvo la espinita de volver a donde nació, y eso mismo hizo cuando tuvo la oportunidad.
Yo tenía muy claro que quería triunfar como actriz, al igual que dónde quería estudiar, por mucho que hacerlo significara dejar atrás todo.
Así que acabé en Nueva York, con muy poco dinero, pero con muchas ganas e ilusión para hacerme un hueco entre las grandes estrellas.
Y mi primer gran proyecto fue esta serie.
Se suponía que a esta iban a seguirle otras tantas, pero los planes no han salido como esperaba.
Maldito idiota. No me sale ni pronunciar su nombre en mis pensamientos, y mucho menos en voz alta.
Ni siquiera debería estar pensando en él en estos momentos, ni en esa serie.
Pero los recuerdos se cuelan en mi mente, es inevitable.
Y de verdad os digo que intento apartarlos, pero cuando me despisto aparecen de nuevo.
Pico al timbre. Aunque hace mucho que no vengo por aquí, una nunca olvida el piso en el que vive su mejor amiga. Ella no tarda en abrirme; lo único que he escuchado al otro lado ha sido un fuerte chillido de emoción.
—No me puedo creer que estés aquí. —Se abalanza sobre mí sin ni siquiera darme tiempo a reaccionar.
Acababa de abrir la puerta del portal, o eso creo.
Porque puede que haya sido ella la que lo ha hecho antes de lanzarse a mis brazos.
No he sido capaz ni de dar un paso cuando ya me he encontrado con ella de sopetón.
Me la imagino corriendo por las escaleras después de haber picado.
Imaginármela hace que esboce una sonrisa.
La rodeo por pura inercia, y ella me estrecha fuerte entre sus brazos sin dejar de dar saltos de alegría.
—Este recibimiento me gusta mucho más que el que no hayas venido a recogerme al aeropuerto.
Se separa un poco de mí para mirarme a la cara y frunce un poco el ceño. Aunque intenta que ese gesto pase desapercibido, puedo notarlo. Es lo que tiene que la conozca desde hace tanto.
—Me debes una explicación —digo, antes de que suelte la primera excusa que se le ha pasado por la mente. Porque su cara me decía que estaba haciendo exactamente eso: buscar algo para decirme.
—Tengo un buen motivo para no haber ido.
—Cuando me lo expliques, te diré si es un motivo suficiente.
Ella asiente, no muy convencida, y coge una de mis maletas para subirla a su piso.
Imito su gesto y la sigo bien de cerca. May sigue igual que la última vez que la vi.
Lleva su media melena rubia recogida en un pequeño moño.
Me he dado cuenta al momento de que se ha cambiado las gafas, que ahora lleva unas bastante grandes de pasta blanca, casi transparente, que le quedan genial.
Aunque dudo que algo le quedara mal a May.
Va con unos pantalones cortos de deporte junto con un top básico, un outfit ideal para pleno julio en su casa.
—He salido corriendo a recibirte, pero he sido lo suficientemente inteligente como para coger las llaves —me explica ella, enseñándome sonriente sus llaves llenas de llaveros. Creo que hay más llaveros que otra cosa.
—Hubiera sido gracioso quedarnos encerradas fuera.
Probablemente yo, de la emoción, me hubiera dejado las llaves en el piso, así que no la hubiera culpado si eso hubiera pasado. Pero ella siempre está en todo, por suerte. En eso somos bastante diferentes.
—Mujer precavida vale por dos.
Entramos y deja mi maleta junto a la puerta.
No me pasa desapercibido el hecho de que, justo donde ha dejado la mía, hay otra incluso más grande que la que tengo yo.
Dejo mi otra maleta junto a esas dos y las preguntas empiezan a bombardear mi mente.
Hay una que no deja de repetirse: ¿de quién será esa maleta?
Sea lo que sea, y sobre todo de quien sea, no creo que tarde mucho en entenderlo todo.
Porque imagino que me lo explicará tarde o temprano.
Espero que sea más bien pronto, porque la incertidumbre puede conmigo.
Soy una chica bastante curiosa a la que le gusta tener las cosas bajo control.
Y digamos que ahora mismo no tengo nada controlado, ni siquiera mi vida.
Se sienta en el sofá y no tardo mucho en hacerlo yo también.
Me había quedado momentáneamente parada ante la nueva decoración del piso.
Recuerdo que la última vez todo era blanco o de color muy claro, y ahora parece que una explosión de pintura haya inundado la estancia.
Mires donde mires hay color; no hay ni rastro del blanco, salvo en las paredes.
Parece un piso completamente distinto, aunque debo reconocer que ahora mismo lo siento mucho más ella.
May siempre ha sido color, y ahora su piso refleja un poco más su personalidad y lo que es su persona.
—Me gusta el cambio radical que has hecho aquí —digo, señalando todo lo que hay a mi alrededor.
La sonrisa no tarda en aparecer en su rostro. Se nota que ella también está orgullosa del resultado y del cambio que ha dado.
—A mí también. Ahora sí que siento que este es mi hogar.
—Un hogar que estás dispuesta a compartir conmigo. May, todavía no te he dado las gracias por acogerme.
No sé si se lo había dicho todavía, pero le agradezco de todo corazón lo que va a hacer por mí.
Así que lo mínimo es verbalizar lo agradecida que estoy.
Cuando le expliqué la situación, no dudó ni por un segundo.
La propuesta no tardó en llegar y yo no me lo pensé en aceptar.
Justo esto es lo que necesito: un verano con mi mejor amiga, como en los viejos tiempos.
—Sobre eso… —empieza a decir ella, apartándome la mirada.