Una última vez Prólogo
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Una última vez

Una última vez

Por Judith Camacho

© inepub.com

Prólogo

Somos los primeros en llegar a la discoteca Aloha.

Como Raúl es el DJ esta noche, necesita ir con antelación para prepararlo todo.

Al ser su mano derecha, voy con él para ayudarlo en lo que necesite.

Podría esperar a que abrieran y entrar cuando la fiesta estuviera en el mejor momento, pero soy un buen amigo, así que no puede quejarse.

Aunque a decir verdad yo tampoco, ya que me cuelan en la zona VIP y tengo barra libre. Ventajas de que pinche tu amigo.

—¿Qué canción no puede faltar esta noche? —me pregunta Raúl.

Él ya sabe las canciones que va a pinchar, lo trae todo muy preparado, pero siempre me hace la misma pregunta antes de que empiece la noche. Es como un ritual para él.

Me pienso la respuesta que darle; se me pasan las canciones más sonadas en estos momentos. Todavía es demasiado pronto para saber cuál será la canción del verano de este año, así que digo una que pienso que no se puede olvidar: — Badgyal de Saiko.

En estos momentos está muy bien posicionada en el top 50 de España según Spotify, así que ponerla será todo un acierto.

Él sonríe. Está claro que también ha pensado en esa canción para esta noche.

—Bien tirada —reconoce—. Contaba con esa canción. ¿Habrá un día en el que me digas alguna canción que no tenga en mente?

—Lo dudo mucho. Ambos sabemos muy bien qué es lo que se lleva hoy en día.

—A la gente le gustará más o menos, pero el reguetón es lo más escuchado entre los jóvenes.

—Son facts.

Estoy de acuerdo con él. Y, además, me atrevería a afirmar que es un género que lo amas o lo odias. No hay punto intermedio.

Las horas pasan rápidas cuando estoy con él.

Para cuando nos damos cuenta, le informan de que debe empezar a pinchar, porque se van a abrir las puertas de la discoteca.

Siempre he pensado que te tiene que gustar mucho ser DJ, porque estás ahí muchas horas seguidas.

De ti depende gran parte de la fiesta, porque como no guste la música que estás poniendo…

la discoteca perderá clientela. No hay nada peor que entrar en un local y que la música no sea lo que esperas.

Además, el principio de la noche, digamos que es duro.

Cuando apenas hay nadie en la pista y prácticamente estás poniendo música para ti.

Es algo que Raúl siempre me dice. Pero, por suerte, a medida que pasa la noche se va llenando de gente y la cosa mejora, cosa que hace que el DJ se motive.

Raúl se viene arriba muy rápido cuando ve que la gente está disfrutando.

—Sabes dónde encontrarme —comenta él mientras se empieza a preparar.

—Tú a mí también. Desde tu posición sé que no me vas a quitar el ojo de encima.

En Aloha, la cabina del DJ está situada en un buen punto de la discoteca, ligeramente más alta, y desde ahí tiene una gran perspectiva de la pista de baile. La de cosas que debe ver desde aquí es algo que siempre comentamos. Al día siguiente siempre tiene historias que contar.

—Siempre te tengo vigilado, colega.

—Te iré trayendo cubatas, no te preocupes.

—Por cosas como estas seguimos siendo amigos.

Me río ante su comentario antes de despedirme de él.

Como la pista ahora está vacía, decido salir a la terraza y acaparar uno de los sofás que hay.

Con el primer cubata ya en la mano, por descontado.

Ahora solo queda esperar a que la noche se empiece a poner interesante.

Desde donde estoy sentado tengo una buena visión de la entrada, por lo que ninguna chica me pasará desapercibida.

Uno debe saber dónde colocarse, y yo en eso soy todo un experto.

***

Cada vez hay más gente en Aloha. Cómo se nota que son casi las tres de la madrugada; ahora la discoteca está en su mejor momento.

Raúl no hace más que pinchar temazo tras temazo, consiguiendo que la gente no deje de bailar y cantar a todo pulmón.

He perdido la cuenta de los cubatas que le he llevado a Raúl y de los que he bebido yo.

Pero voy bien, no estoy borracho. Estoy en ese punto de ir contentillo, aunque quizás, si sigo bebiendo, acabe sin saber dónde estoy.

Pero soy muy consciente de cuál es mi límite, y todavía no he llegado.

Puedo permitirme alguno más. Eso sí, hay que saber cuándo parar.

Nunca he llegado a vomitar, y mira que las he pillado buenas.

Como Raúl no puede dejar la cabina del DJ, me he visto en la obligación de hacer amigos y amigas durante la noche.

Es algo que no me da vergüenza. Además, mucha gente en noches de fiesta recibe muy bien a terceras personas, por lo que no ha sido un problema encontrar con quien beber y bailar.

Ya que nuestros amigos se han rajado a última hora.

Algo que acostumbran a hacer con frecuencia cuando se trata de salir de fiesta.

Ahora mismo, una de estas amigas que he hecho esta noche está bailando a escasos centímetros de mí.

No sé cómo hemos llegado a esta situación, pero no me quejo.

Separa su trasero de mi cuerpo para devorarme con la mirada e ir directa a mi cuello.

Empieza a susurrarme lo que le gustaría hacerme en el oído, pero dejo de escucharla cuando mi mirada, sin previo aviso, se posa en dos chicas rubias que están bailando juntas muy cerca de donde estoy.

Parece que llevan el ritmo dentro. En especial una de ellas, que se mueve de escándalo.

La falda blanca se le sube ligeramente según el movimiento que hace.

Esas piernas consiguen atraparme. Ellas no dejan de sonreír la una a la otra hasta que termina la canción.

A estas alturas, ya no sé qué es lo que me estaba diciendo la chica que estaba pegada a mí, pero al ver que no le he seguido el juego, ha desaparecido.

Mierda, el polvo de esta noche prometía, pero mi mente y mi cuerpo me han jugado una mala pasada al prestarle más atención a otra chica que a la que estaba bailando conmigo.

Podría buscar una excusa, pero la realidad es la que es.

Esas dos, en especial la rubia más alta sin gafas, han llamado mi atención.

No puedo quitarle el ojo de encima en estos momentos.