CAPÍTULO 25
—Necesitas una estrategia —anuncia Pip el lunes por la mañana en White's, con la seriedad de un general que ha pasado el fin de semana elaborando un plan de campaña.
—Buenos días.
—Buenos días. Necesitas una estrategia —reitera, sentándose con la energía de quien no ha venido a perder el tiempo con preámbulos—. Un cortejo sin estructura es un cortejo sin dirección, y un cortejo sin dirección es estadísticamente...
—¿Estadísticamente qué? —pregunto, dejando el periódico sobre la mesa.
—No lo sé con precisión —admite Pip mientras se acomoda los puños de la chaqueta—, pero no suena nada bien. —Coge su café y le da un sorbo rápido—. ¿Qué has hecho hasta ahora?
—He aparecido.
Pip me observa con los ojos muy abiertos.
—¿Eso es todo?
—He aparecido con consistencia —matizo, sosteniendo su mirada—.
El miércoles fui a Carroway House con los papeles de Greves.
El viernes coincidimos en la velada de los Cavendish y conversamos durante veinte minutos sobre un libro que los dos habíamos leído.
El sábado le envié una nota preguntando si quería acompañarme a ver una exposición de acuarelas en la Royal Academy.
Aceptó. Fuimos. —Hago una pausa para que asimile los datos—. Eso es lo que he hecho.
—¿Sin enviarle flores? —inquiere Pip.
—Sin flores.
—¿Sin gestos particularmente memorables?
—Sin gestos particularmente memorables.
—¿Sin ningún momento diseñado para impactarla?
—No hay estrategia. No hay diseño previo. Se trata simplemente de estar ahí, de seguir presente sin usar lo que ya comprendo de ella como una ventaja tramposa ni lo que hice en el pasado como una excusa. Eso es todo.
Él considera mis palabras durante un momento, con la expresión de alguien que evalúa una propuesta táctica que no encaja en ninguna de las categorías conocidas de su manual de seducción.
—Eso es —concluye al fin, dejando la taza en el plato con un tintineo— o extremadamente inteligente o un desastre en cámara lenta.
—Espero que sea lo primero.
—¿Y si resulta ser lo segundo?
—Entonces es lo segundo. Pero hacer algo diferente solo para tener una estrategia sería exactamente el tipo de error que no debo volver a cometer. Si lo que hay entre nosotros no puede existir sin arquitectura, entonces no existe de verdad.
Pip me mira durante un momento más largo de lo habitual. Sus dedos tamborilean rítmicamente sobre la madera de la mesa.
—Eso —observa con voz más baja— es una frase que parece sencilla y que en realidad es muy difícil de sostener en la práctica.
—Lo comprendo perfectamente. Por eso no lo había intentado antes.
Lo que no le transmito a Pip, porque hay procesos que uno prefiere mantener en privado incluso con el mejor amigo de veinte años, es que este cortejo sin arquitectura es la tarea más difícil que he intentado realizar en toda la temporada.
No porque requiera un esfuerzo físico agotador, sino porque exige la renuncia absoluta a todos los mecanismos de control que llevo doce años usando para gestionar mis sentimientos.
Ahora, cuando más los necesitaría si fuera a usarlos, he resuelto dejarlos de lado.
Significa aparecer sin tener la certeza de cómo va a recibirme.
Significa quedarme si percibo que quiere que me quede e irme si noto que necesita espacio, sin interpretar ninguno de los dos gestos como una señal definitiva del fin de todo.
Conversar sobre lo que surge en el momento, sin intentar dirigir el intercambio hacia un destino particular que me favorezca.
Ser simplemente quien soy hoy: alguien que cometió un error grave hace doce años y que intenta ser el hombre que ella requiere ahora, no el fantasma que fue entonces.
Eso es lo que hay. Sin más andamios que mi presencia.
La exposición de acuarelas del sábado duró una hora y media.
Recorrimos la sala deteniéndonos frente a cada cuadro el tiempo necesario, sin apresurarnos pero sin forzar tampoco una permanencia artificial.
La conversación tuvo esa calidad de los diálogos que existen por sí mismos, sin la urgencia de cumplir un propósito adicional.
Caelina tiene opiniones sobre la pintura que divergen de las mías en puntos muy específicos; lo hace con una precisión que me obliga a pensar mis réplicas en lugar de responder por puro automatismo.
Había olvidado que conversar con ella requiere una atención completa porque sus palabras poseen capas, y la primera superficie no es siempre la más relevante.
Al salir, mientras el carruaje aguardaba bajo un cielo encapotado, le pregunté si deseaba que la escoltara hasta su casa.
Asintió con una leve inclinación de cabeza.
El trayecto duró doce minutos en los que hablamos de una acuarela específica que nos había retenido más tiempo que las demás.
Al llegar a Carroway House, descendió con la naturalidad de quien ha pasado una tarde agradable, sin la carga de tener que evaluar cada minuto bajo un microscopio emocional.
Eso, el lunes por la mañana en White's con Pip sentado frente a mí, me parece un éxito suficiente.
—¿Cuándo vuelves a verla esta semana? —pregunta Pip, rompiendo mi silencio.
—El miércoles hay un concierto en casa de los Hadley. Ambos hemos sido invitados. No lo he organizado yo, simplemente sucede que coincidimos.
—¿Y si no hubiera coincidencias fortuitas esta semana? ¿Te quedarías de brazos cruzados o crearías una?
—Probablemente le enviaría una nota preguntando si desea dar un paseo o visitar algún lugar. Sin presionar el encuentro.
—¿Y si declina la invitación?
—Acepto su negativa y aguardo a la semana siguiente.
Pip tamborilea de nuevo con los dedos sobre la mesa, señal inequívoca de que está procesando una idea que no sabe si exteriorizar.
—¿No te desespera? —inquiere finalmente—. Esa incertidumbre constante. No saber con exactitud en qué punto te encuentras.
—Me desespera —admito, inclinándome hacia él con honestidad—. Pero la alternativa es presionar para obtener una certeza antes de que esta exista realmente, y eso es precisamente lo que haría que cualquier posibilidad dejara de ser viable.
—Como Schrödinger —apunta Pip con seriedad.
Lo miro sorprendido.
—He estado leyendo algo de filosofía natural —explica Pip con la dignidad de quien defiende una referencia pertinente—.
El punto fundamental es que el acto de observar el sistema lo altera.
Si presionas para conocer el resultado antes de que el proceso esté listo, el resultado que obtienes no es el que habría existido si hubieras tenido la paciencia de aguardar.
—Ese es exactamente el punto —reconozco, asombrado por la precisión de su analogía.
—Ya te dije una vez que tengo mis momentos de lucidez —responde él con una sonrisa fugaz.
El concierto del miércoles en casa de los Hadley congrega a unas treinta personas en el salón principal.
La estancia posee la acústica adecuada para un cuarteto de cuerdas y una temperatura idónea para una noche de mayo.
Caelina llega acompañada de Mira. Yo hago mi entrada con Pip, quien me ha prometido solemnemente no derramar su copa sobre nadie; lleva desde que cruzamos el umbral con las manos pegadas al cuerpo en un esfuerzo de contención notable.
Nos saludamos con la sencillez de quienes se han visto tres veces en una semana y han hallado una forma de compartir el mismo espacio sin el lastre que marcaba las primeras semanas de la temporada.
La inclinación de cabeza existe, pero ya no arrastra el peso de antes.
El nombre fluye, el mío en sus labios y el suyo en los míos, con la facilidad de quien lo ha pronunciado lo suficiente para que pierda la carga eléctrica que tenía en marzo.
—¿Has revisado el programa? —pregunta Caelina durante un instante en que Pip y Mira se han enredado en su propia charla y nos quedamos en ese espacio que se crea de forma natural a su alrededor.
—Haydn y luego Beethoven. Los Hadley no suelen equivocarse con sus elecciones musicales.
—El segundo movimiento del Haydn es el mismo que solía tocar tu madre —observa ella con una naturalidad que me revela que el dato vive en su memoria sin haberlo buscado deliberadamente—. Simplemente estaba ahí guardado.
—El opus 76. Sí. Todavía lo intenta tocar cuando sus manos se lo permiten.
—¿Han mejorado sus molestias?
—Con los ejercicios diarios va recuperando algo de movilidad. Despacio, pero hay progreso.
Caelina asiente con un gesto que no es mera cortesía social. Es la expresión de quien pregunta porque le interesa la respuesta, una distinción que en los meses previos me habría costado mucho discernir.
El concierto comienza y la música llena el salón.
Nos sentamos en filas distintas debido a cómo estaban distribuidos los asientos cuando entramos.
Durante la primera parte escucho el Haydn con una atención fragmentada; la mitad de mi mente permanece fija en esa figura situada dos filas más adelante.
En algún momento de la tercera variación, ella se gira ligeramente.
No me busca a mí de forma directa, pero gira la cabeza en mi dirección con ese ángulo específico que reconozco de hace doce años, cuando quería verificar algo sin que se notara su intención.
En el intermedio, Pip aparece a mi lado portando dos copas con el orgullo de quien ha completado una misión logística con éxito.
—Sin incidentes —anuncia, tendiéndome el vino—. Limpio y eficaz.
—Lo veo. Buen trabajo.
—Ha sido un esfuerzo consciente de voluntad. Quiero que conste en acta.
—Consta. ¿Cómo marchan las cosas con lady Calton?
Pip responde con una voz que carece de su tono socarrón habitual.
—Va bien. —Hace una pausa breve—. Muy bien. Extraordinariamente bien, si he de ser preciso con los adjetivos.
—Me alegra de verdad —murmuro, y lo hago con el afecto sincero de quien desea la felicidad de su mejor amigo. Llevo semanas percibiendo ese cambio en él.
—¿Tanto se nota? —pregunta Pip con un asomo de inquietud.
—Desde la entrada de Hatchards se percibe.
—Vaya —responde él, pensativo—. Supongo que eso es bueno.
La segunda parte del concierto ofrece el Beethoven que los Hadley prometieron.
Esta vez me obligo a escuchar con más detenimiento; el primer movimiento exige una presencia absoluta.
Caelina, dos filas por delante de la mía, escucha con la espalda recta y la postura de quien también se ha sumergido por completo en la armonía.
Al finalizar, mientras los invitados circulan entre refrescos y comentarios, ella y yo coincidimos cerca de la mesa de las bebidas con la sencillez de los encuentros que no han sido coreografiados pero que suceden de todas formas.
—Ese segundo movimiento del Beethoven —comenta con la copa en la mano—, ¿qué te ha parecido su ejecución?
—Me ha dado la impresión de que posee mucho más control del que se percibe en una primera escucha. La estructura está ahí, latente, aunque la superficie parezca otra cosa.
—Yo tengo la opinión contraria —replica ella, sosteniéndome la mirada—. Creo que el control es la fachada y lo que habita debajo es mucho más caótico. La disciplina de la forma es lo único que contiene algo que, de otro modo, no sabría hacia dónde expandirse.
—¿Como sucede con la cortesía? —murmuro antes de poder evaluar si es prudente lanzarlo.
Caelina me observa durante un segundo. En su rostro aparece ese movimiento fugaz que he aprendido a leer: el instante previo a decidir cómo reaccionar ante lo inesperado.
—Quizás —concede finalmente—. Aunque espero que lo que habita bajo este Beethoven sea más interesante que lo que se ocultaba bajo la cortesía que mostramos en marzo.
—Lo era —respondo con voz baja—. Solo que resultaba más difícil de percibir entonces.
—Sí. Resultaba difícil.
Permanecemos un momento en silencio, rodeados por el murmullo de la velada.
Esa frase flota entre nosotros con la cualidad de las cosas que dicen mucho más de lo que expresan sus sílabas.
Poco después, Mira se acerca para comentarle algo y Pip aparece a mi lado, cargado con una opinión sobre Beethoven que lleva conteniendo todo el intermedio.
El momento se disuelve con la naturalidad de lo que no necesita ser prolongado.
En el carruaje de regreso, Pip habla del concierto con el entusiasmo de quien ha disfrutado de la música más de lo que esperaba. Yo le escucho lo justo para responder con coherencia, manteniendo el resto de mi pensamiento en la conversación junto a la mesa de refrescos.
No he cambiado. Eso fue lo que Caelina me recriminó hace semanas, señalándolo como el problema fundamental.
Sin embargo, esta noche, mientras veo pasar las luces de la ciudad por la ventanilla, pienso que tal vez esa afirmación ya no sea del todo exacta.
No he cambiado en mi esencia, lo cual ella reconoce porque también forma parte de la suya.
Pero hay algo nuevo en mi forma de estar presente: la capacidad de no necesitar controlarlo todo, de permitir que las cosas sean lo que son sin retorcerlas hacia mis propias necesidades.
Eso, esta noche, me parece una base suficiente para seguir adelante.