CAPÍTULO 26
Hay un tipo de cortejo que uno reconoce porque ha leído suficientes novelas y ha asistido a suficientes temporadas como para comprender su engranaje: los eventos organizados, los gestos calculados, la progresión milimétrica de alguien que sigue un protocolo estricto, aunque no lo admita.
Lo que Edmund hace no se parece a eso en nada.
Lo que él hace es, sencillamente, aparecer.
No con la regularidad artificial del cortejo formal, sino con la naturalidad de quien existe en los mismos lugares que yo y que, cuando habita esos espacios, lo hace de forma plena.
El miércoles fue el concierto de los Hadley, donde coincidimos por haber aceptado la misma invitación.
El viernes, la exposición de la Royal Academy, a la que me invitó con una nota escueta señalando un cuadro que le gustaría ver conmigo.
El lunes, la librería de Bond Street, donde nos encontramos por puro azar y terminamos pasando cuarenta minutos entre estantes, compartiendo esa facilidad específica de las personas que aman las mismas cosas.
No hay grandes envíos de flores. Bueno, hubo un ramo una vez: flores silvestres que Hatch depositó un martes en mi puerta con una nota de dos líneas.
Decía que pasaba por la zona. Es una mentira manifiesta, dado que el lugar donde crecen esas flores y el barrio de Edmund tienen el Támesis de por medio, pero acepto la versión sin cuestionarla.
La torpeza honesta de esa pequeña falsedad resulta más encantadora que cualquier gesto grandilocuente.
—Las flores —observa Mira el jueves por la tarde, mientras se acomoda en mi salón con esa expresión de quien archiva un dato crucial.
—Son flores silvestres —respondo, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Lo comprendo perfectamente. Son flores que Hatch ha acarreado desde el otro lado del río con una nota que afirma una coincidencia geográfica imposible.
—Mira bebe su té con la serenidad de quien alcanza una conclusión definitiva—.
Es, posiblemente, lo más romántico que ha ocurrido en toda la temporada.
—Solo son flores, Mira.
—Son flores traídas por Hatch con una coartada que no engaña a nadie. Hay una diferencia abismal entre eso y un envío de invernadero.
—Mira, por favor.
—Caelina.
—¿Cómo marchan las cosas contigo? —pregunto, desviando la atención hacia ella porque necesito aire—. Con Pip, quiero decir.
Mira deposita la taza sobre el platillo con un cuidado inusual. Ese movimiento medido me revela que la pregunta ha dado en el blanco.
—Bien —responde al fin—. Extraordinariamente bien, si he de ser precisa con las palabras.
—Lo eres siempre.
—Extraordinariamente bien —repite, y detecto en su voz ese matiz que reconozco en la mía: la dificultad de nombrar lo que todavía se está gestando—. Pip es alguien que se expresa sin filtros ni estrategias. Hay algo en esa desnudez que resulta ser, precisamente, lo que yo no sabía que necesitaba.
—¿No te resulta agotador?
—Me agota y me reconforta a partes iguales. Es una descripción bastante fiel de las cosas que realmente importan.
Guardo silencio un momento. La tarde de mayo inunda el salón con esa luz larga y generosa de los jueves. Los minutos pasan sin que ninguna de las dos sienta la necesidad de romper la calma.
—¿Me darías tu diagnóstico? —pido finalmente—. Sobre Edmund y yo. El diagnóstico honesto, no el estratégico que le darías a Pip.
Mira me observa con la fijeza de quien ha estado aguardando este momento.
—El diagnóstico honesto es que ser cortejada por alguien que conoce tus heridas y que, aun así, aparece cada mañana sin dramatismos es lo más difícil de ignorar que existe. —Hace una pausa breve—. Y tú llevas dos semanas sin intentar ignorarlo, lo cual es un cambio sísmico en tu comportamiento.
—¿Es tan evidente?
—Solo para quien te conoce de verdad. Para el resto de Londres sigues siendo la impecable lady Carroway.
Pero yo llevo quince años observándote. Noto que, cuando alguien menciona su nombre, tu postura cambia de forma casi imperceptible.
Noto que lees el sobre de Westcote House antes de dejarlo con el resto de la correspondencia.
Y el miércoles, en el concierto, te giraste dos veces sin darte cuenta.
—Me giré para comprobar...
—Caelina —me interrumpe con afecto—. Te giraste porque él estaba allí.
Me tomo mi tiempo para no responder con una de mis habituales evasivas. Esta tarde, con las flores silvestres aún frescas en el jarrón y su nota guardada en el escritorio, las respuestas a medias ya no sirven.
—¿Y qué debo hacer con esto? —pregunto en un susurro.
—Lo que ya estás haciendo. Estar presente. Sin armaduras. Sin calcular el siguiente movimiento. Simplemente habitar lo que hay y ver hacia dónde fluye.
—Es más fácil de decir que de ejecutar.
—Lo sé. Pero llevas catorce días lográndolo. Eso es ya la mitad del camino.
Lo que describe Mira no elimina la incertidumbre, pero posee una honestidad que prefiero al consuelo vacío. La duda persiste, pero ya no la trato como un problema legal que deba resolver, sino como el estado natural de algo que está naciendo.
El sábado, Edmund me envía otra nota. Me pregunta si deseo pasear por Covent Garden el miércoles; menciona un puesto de libros viejos que podría interesarme. Respondo que sí antes de que pasen diez segundos. Esa rapidez es, en sí misma, una declaración.
El mercado del miércoles tiene esa cualidad de los lugares que funcionan bajo un caos lógico.
El librero conoce su inventario a la perfección a pesar del desorden de las pilas de papel.
Cuando Edmund le pregunta por filosofía natural del siglo pasado, el hombre extrae tres tomos de debajo del mostrador con una presteza asombrosa.
—¿Cómo sabías que los tenía? —le pregunto mientras el hombre envuelve los libros.
—Vine la semana pasada a echar un vistazo.
—¿Viniste solo?
—Quería comprobar si el lugar merecía tu tiempo antes de traerte.
Lo observo un instante. Ese gesto es tan ajeno al manual del cortejo tradicional que me deja sin respuesta durante un segundo.
—¿Y merecía la pena? —inquiere mi curiosidad.
—Tenía estos tres —señala los paquetes— y algo más al fondo que vi pero que no quise tocar. Quería que lo descubrieras tú.
—Enséñamelo.
Caminamos hacia el fondo del puesto, donde los volúmenes se amontonan.
Edmund señala un lomo sin llegar a rozarlo, cumpliendo su promesa de dejarme el hallazgo a mí.
Lo tomo con cuidado. Es un ejemplar pequeño, con la encuadernación gastada por los años.
«Cartas de una naturalista a su hermana», leo en el lomo. Data de 1748.
—¿Cómo sabías que esto captaría mi atención? —pregunto sin levantar la vista de las páginas amarillentas.
—No lo sabía con certeza —admite él—. Pero lo imaginé. Una mujer del siglo pasado volcando sus observaciones en cartas privadas porque no tenía otro cauce disponible. Me pareció que te importaría.
Levanto los ojos. Edmund aguarda a un metro de distancia, con las manos en los bolsillos. Su expresión revela que ha expuesto algo importante y espera ver cómo aterriza en mí.
—¿Cuál es el precio? —le pregunto al vendedor.
Pago el libro antes de que Edmund pueda intervenir. Es una resolución deliberada, una forma de marcar mi propio espacio que él acepta con una inclinación de cabeza, sin darle más importancia de la que tiene.
—Gracias —murmuro con el libro apretado contra el pecho.
—Por el libro no me des las gracias. Yo no lo he escrito.
—Te las doy por haberlo visto —respondo.
Paseamos por el mercado una hora más. La conversación posee una fluidez que he tratado de definir estas semanas y que hoy, entre los puestos de flores y verduras de Covent Garden, encuentra su nombre: es fácil. El peso de nuestro pasado ya no requiere un esfuerzo extenuante para ser transportado.
En el carruaje de vuelta, la ausencia de Mira se hace notar. Es la primera vez en estas semanas que salimos sin compañía, una diferencia que ambos hemos percibido pero que ninguno ha verbalizado.
—Ese libro de la naturalista... —comenta Edmund mientras avanzamos por las calles—. ¿Crees que resistirá una segunda lectura?
—Solo he leído cuatro páginas y ya sé que merece ser releído.
—¿Qué tiene de especial?
—Que escribe para su hermana, no para la posteridad. Eso le otorga una libertad que la escritura pública no conoce. Dice lo que ve sin pretensiones.
—Sin arquitectura —añade él en voz baja.
—Sin arquitectura —confirmo. La frase adquiere un segundo significado que flota en el interior del carruaje.
Llegamos a Carroway House. Edmund baja y me abre la portezuela él mismo, prescindiendo de los criados con una naturalidad absoluta.
—El viernes hay una recepción en casa de los Fenton —le digo mientras desciendo.
—Lo sé. ¿Asistirás?
—Es muy probable. ¿Y tú?
—Probablemente también.
Nos miramos un segundo. Es un acuerdo tácito que ya no pesa como los de marzo. Es simplemente la constatación de que nos veremos pronto y que eso nos parece bien a ambos.
—Hasta el viernes —me despido.
—Hasta el viernes —acepta él.
Subo las escaleras de mi casa con el libro bajo el brazo.
Watkins abre la puerta y me recibe con esa discreción absoluta que ha perfeccionado durante una década, aunque nota que mi expresión no es la habitual.
No es hasta que me instalo en el salón y abro el ejemplar por la primera página cuando me doy cuenta de que llevo sonriendo desde que bajé del carruaje.
No intento catalogar el sentimiento. Simplemente dejo que la tarde termine de posarse.