CAPÍTULO 24
Después de que Edmund se marcha, el salón queda con esa quietud específica de los cuartos donde ha ocurrido algo que todavía no termina de posarse.
Mira aparece desde el pasillo portando dos tazas de té que Watkins ha preparado con su anticipación habitual.
Se sienta frente a mí con la serenidad de quien comprende que lo que hace falta ahora no es un análisis pormenorizado, sino presencia.
Bebemos en silencio. La mañana de mayo avanza tras los cristales con esa luz de las ocho que posee la cualidad de las cosas que empiezan, en lugar de las que simplemente continúan.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta Mira al cabo de un rato, observando cómo sostengo la porcelana.
—Mejor —respondo. Es una verdad que encierra varios significados simultáneos que no tengo intención de desglosar todavía—. Edmund está a salvo. Harfield ha recibido el mensaje que necesitaba. Greves tiene el control del terreno legal.
—Esa es la vertiente práctica de la situación —señala ella, dejando su taza sobre la mesa—. Te he preguntado cómo te encuentras tú, Caelina.
—Ambas esferas están relacionadas, Mira. No se pueden separar.
—Solo parcialmente. ¿Qué hay de la parte que no involucra a Harfield ni a los abogados de Lincoln's Inn?
El calor del té me entibia las palmas. Por la ventana se filtra el ruido de la calle que inicia su miércoles con la indiferencia habitual de las avenidas hacia los interiores que bordean. Mantengo la taza entre las manos el tiempo necesario para ordenar el caos que ruge bajo mi superficie.
—Cuando Edmund ha cruzado la puerta esta mañana —murmuro finalmente, fijando la vista en el vapor que sube del líquido— y he visto la mancha en su manga, pero también que se mantenía firme, lo que he sentido no ha tenido nada de abstracto.
—Lo imagino —coincide Mira, asintiendo con lentitud.
—Y cuando le he dado las gracias por volver, lo que subyacía en esas palabras tampoco era una cortesía de salón.
Lo comprendo desde anoche, desde que me descubrí rezando en la oscuridad.
Lo he ido asimilando durante semanas, aunque me negara a darle voz.
El problema real no es la comprensión del sentimiento.
El problema es qué hacer con él a partir de ahora.
—¿Cuál es el obstáculo exactamente? —inquiere Mira con esa franqueza afectuosa que la caracteriza.
—Que el perdón no funciona como un interruptor. No puedo perdonarlo en cinco minutos solo porque haya realizado un gesto de esta magnitud. El perdón es un proceso largo, una reconstrucción, y ese camino no ha terminado todavía, aunque lo que sienta por él sea real.
—Nadie espera que lo perdones de forma inmediata —observa ella, ajustándose la manga del vestido—. Edmund tampoco parece aguardar eso.
—Lo sé. Pero necesito ser honesta sobre mi posición actual. Con él y conmigo misma. No quiero construir sobre un cimiento falso.
Me levanto y camino hacia la ventana. Necesito movimiento físico para que mis pensamientos no se estanquen. La calle de Mayfair muestra su actividad matutina; dos carruajes se cruzan en direcciones opuestas y un chico de los recados corre con un paquete bajo el brazo.
—Estoy en un lugar donde todavía no puedo concederle el perdón —murmuro, dándole la espalda a mi amiga—.
Pero puedo comunicarle que estoy dispuesta a intentar saber si queda algo entre nosotros.
Entre los jóvenes que fuimos y los adultos que somos ahora, con doce años de silencio separándonos.
Eso no es el perdón, es algo distinto. Pero es un punto de partida suficiente si él lo acepta como tal, sin pretender que sea más.
—¿Crees que será capaz de aceptarlo en esos términos? —pregunta Mira.
—El Edmund de hace doce años no lo habría hecho.
Habría exigido una resolución completa o habría interpretado el gesto de forma errónea.
—Me giro para mirarla—. Pero el hombre que ha venido hoy, el que envió una nota sin condiciones y que prefirió disparar al aire antes que mancharse las manos con la sangre de Harfield, ese Edmund creo que sí lo hará.
Mira me observa durante un instante con esa expresión que mezcla la sorpresa con una satisfacción discreta.
—¿Cuándo piensas decírselo?
—Hoy mismo. Antes de que la distancia vuelva a enfriar lo que ha ocurrido en este salón.
Consulto el reloj de la repisa; son las nueve menos cuarto. Edmund ha salido de aquí hace poco menos de una hora. Estará llegando a Westcote House o quizá ya esté bajo los cuidados de su propio médico.
—Watkins —llamo, elevando la voz.
El mayordomo aparece al instante, como si hubiera estado aguardando al otro lado de la madera.
—Envíe a un mozo a Westcote House con una nota para lord Westcote inmediatamente —instruyo.
—Como desee, lady.
Me siento al escritorio y redacto el mensaje con la brevedad de las verdades que no requieren adornos.
Le pido que regrese esta tarde si sus fuerzas se lo permiten, pues tengo algo que comunicarle.
Aclaro que no es un asunto urgente relacionado con Harfield, sino otra cosa.
Doblo el papel y se lo entrego a Watkins, que se retira con presteza.
—¿«Otra cosa»? —repite Mira con una ceja arqueada y un amago de sonrisa.
—No encontraba un término más preciso para definirlo.
—Podrías haber empleado la palabra adecuada.
—En una nota que va a pasar por manos de terceros, no —replico, volviendo al sillón—. Hay confesiones que solo deben hacerse en persona.
Mira acepta el argumento con una inclinación de cabeza, aunque detecto en su mirada que sospecha un rastro de cobardía práctica tras mi elegancia.
Edmund llega a las tres en punto. Watkins lo anuncia con una solemnidad especial; parece que el servicio ya ha asimilado que estas visitas pertenecen a una categoría superior.
Entra con el brazo izquierdo sujeto por un cabestrillo de seda oscura, un detalle que añade una asimetría nueva a su porte habitual.
Es la marca física de lo que ha vivido esta mañana, una prueba de que la compostura debe coexistir con la fragilidad del cuerpo.
—¿Ha mejorado la molestia del hombro? —pregunto mientras me pongo de pie.
—Mi médico acudió a las once —responde él, ocupando el asiento que le indico—. Confirmó el diagnóstico del campo. Tardará unos días en cicatrizar por completo.
—Siéntate, por favor.
Nos acomodamos frente a frente. El salón recibe la luz de la tarde, una claridad más cálida y densa que la matutina, que otorga un peso diferente a los objetos y a las palabras.
—Tu nota mencionaba algo distinto a los problemas legales —murmura Edmund. Su voz es tranquila, carente de presión, simplemente nombrando la realidad.
—Así es.
—¿De qué se trata?
Me tomo mi tiempo para contestar. No es que ignore lo que quiero transmitir, sino que busco la forma exacta de hacerlo, sin que suene a una promesa que no puedo cumplir ni a un desprecio que ya no siento.
—No puedo perdonarte todavía —murmuro, sosteniendo su mirada—. No en este momento. El perdón no es un acto instantáneo y no voy a fingir que lo es solo porque hoy hayas demostrado una valentía incuestionable.
—Lo comprendo perfectamente —responde él con una seriedad absoluta.
—Sin embargo —continúo, midiendo cada sílaba—, quiero comunicarte que estoy dispuesta a intentar descubrir si queda algo entre nosotros.
No hablo del perdón, sino de algo diferente.
Quiero averiguar si lo que fuimos, sumado a lo que somos y a los doce años de vacío, posee alguna forma que merezca la pena explorar.
Sin garantías de éxito y sin saber hacia dónde nos conduce este camino.
Edmund permanece completamente inmóvil. Sus ojos buscan los míos con esa atención desprovista de artificio. Percibo en su rostro el rastro de un hombre que recibe algo que ha anhelado durante mucho tiempo y que, al tenerlo delante, descubre que es más complejo de lo que imaginaba.
—¿Te resulta suficiente? —pregunto, sintiendo el peso del silencio—. Hablo solo de un comienzo.
—De acuerdo —responde Edmund.
Son las palabras menos elocuentes que podría haber elegido, pero también las más honestas. Las reconozco como la respuesta válida antes incluso de que termine de articularlas.
—¿Solo «de acuerdo»? —repito con un asomo de desconcierto.
—De acuerdo —confirma él con firmeza—. No voy a transformar tu ofrecimiento en algo que no es todavía. Has dicho que quieres intentar saber si queda algo, y eso es más que suficiente. Es, de hecho, lo que pedí.
—¿Cuándo lo pediste? No recuerdo que lo hicieras.
—No lo hice con palabras —aclara, apoyando su mano sana sobre el regazo—. Pero ese deseo subyacía en cada una de mis notas. Estaba en la carta, en la gestión con Greves y en mi presencia aquí esta mañana. No buscaba el perdón inmediato. Buscaba la posibilidad de que existiera un nosotros de nuevo.
El salón queda en calma. La tarde transcurre tras los ventanales con su indiferencia acostumbrada hacia las vidas que se reajustan en los interiores de Mayfair.
—¿Cómo se empieza algo así? —pregunto. Es una duda práctica, la de quien necesita visualizar el siguiente paso antes de arriesgarse a dar el anterior.
—Sin estrategias —responde Edmund—. Sin planes preconcebidos. Sin utilizar lo que ya sabemos el uno del otro como una ventaja o un arma. Como si fuera la primera vez, aun siendo plenamente conscientes de que no lo es.
—Eso resulta mucho más difícil que un primer encuentro real.
—Lo es. Pero también posee una honestidad que antes no teníamos.
Watkins aparece con el té sin que hayamos tenido que solicitarlo. Su anticipación ha sido perfecta durante la última década y esta tarde no es una excepción. Deposita el servicio sobre la mesa y se retira sin romper la atmósfera del cuarto.
—¿Se encuentra bien Pip? —pregunto, buscando un respiro en la conversación para que el aire vuelva a circular.
—Pip está en Westcote House, regocijándose en su importancia por haber custodiado el umbral esta mañana —responde Edmund, y detecto en su voz la primera nota de ligereza del día—. Es un estado de ánimo que le durará hasta que encuentre a alguien a quien relatarle su versión de los hechos.
—¿Y Hatch?
—Hatch realiza sus tareas con la eficiencia de siempre, aunque he notado un cambio casi imperceptible en su ritmo. Como si el café que me ha servido estuviera exactamente un grado más caliente de lo habitual.
—¿Eso significa algo en su lenguaje?
—En Hatch, un grado de temperatura equivale a un discurso de tres horas sobre la lealtad —murmura él.
Noto cómo mis labios se curvan apenas un milímetro. No es una sonrisa plena, pues el ambiente sigue siendo denso, pero es el movimiento que la precede. Edmund lo nota al instante; siempre ha poseído esa capacidad para leer las transiciones de mi rostro, por mucho que yo haya intentado ocultarlas.
—De acuerdo —murmuro por segunda vez, y ahora la frase no va dirigida a su respuesta, sino al conjunto de lo que acabamos de pactar—. Empecemos entonces.
—Empecemos —acepta él con una inclinación de cabeza.
Y así, en este salón de Mayfair, con el té enfriándose en las tazas y la luz de mayo bañando la asimetría de su brazo herido, se establece una tregua que no necesita nombres grandilocuentes.
Es un inicio despojado de dramatismo, pero cargado de una verdad que doce años de silencio no han podido borrar. Por ahora, eso es lo único que importa.