CAPÍTULO 22
Me entero el martes por la tarde a través de lady Cavendish. Ella lo sabe porque lord Denham se lo transmitió a su marido, que estaba presente en White's cuando ocurrió.
Mira llega veinte minutos después con la presteza de quien ha resuelto que esta no es una tarde para que yo esté sola.
Entra en el salón sin que Watkins la anuncie, un privilegio cimentado en quince años de amistad y en una doncella que ha aprendido a distinguir cuándo las formalidades son un estorbo.
Me encuentra de pie junto a la chimenea apagada, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos han perdido todo su color.
—Lo sé —murmuro, antes de que Mira tenga tiempo de abrir la boca.
—¿Cuándo te ha llegado la noticia? —pregunta ella, dejando su chal sobre el respaldo de una silla.
—Hace apenas media hora. Por lady Cavendish.
—A mí me lo transmitió Pip —añade Mira, instalándose en el sillón frente al mío—. Hace cuarenta minutos. Llamó a mi puerta en persona, lo cual ya es un indicio de su estado de nervios.
—¿Cómo se encuentra él? —pregunto, tratando de suavizar la rigidez de mis hombros.
—Con la agitación de quien quería estar en ese campo y ha recibido una prohibición taxativa —precisa Mira—. Está alternando entre el orgullo por la reacción de Edmund y la frustración de no poder intervenir en la logística del encuentro.
—¿A qué hora se han citado?
—Al amanecer —responde ella con voz plana—. En Battersea Fields.
Al amanecer. Battersea Fields. Esas cuatro palabras poseen una densidad que no guarda proporción con su brevedad.
Al amanecer significa que en este instante con la tarde del martes languideciendo hacia la noche, disponemos de un número exacto de horas.
Horas que van a tener la textura rugosa de lo que no se puede controlar ni detener.
—¿Por qué ha llegado a este extremo? —inquiero. No es una pregunta retórica; necesito escuchar la respuesta articulada en el aire para intentar asimilarla.
—Porque Harfield profirió insinuaciones públicas sobre tu reputación en el club, ante una audiencia que se encargará de difundirlas —razona Mira, observando mis manos—.
Edmund comprendió que no existe un recurso legal para atajar la calumnia social de forma inmediata.
La única respuesta con peso real en ese entorno es la que él ha dado.
—Lo ha hecho sin consultarme —señalo, clavando la vista en la alfombra.
—Sin consultarte —confirma ella—. Ha tomado una decisión unilateral sobre un asunto que te atañe directamente.
—Sí —admito, soltando finalmente las manos.
—¿Y qué piensas de ello? —inquiere Mira con esa brevedad suya.
—Pienso que no es lo mismo que ocurrió hace doce años —respondo, expresando la conclusión a la que he llegado antes de que ella pudiera sugerirla—.
Hace doce años decidió sobre nuestra vida compartida sin darme voz.
Esto es una resolución sobre su honor y el mío en un contexto donde el tiempo para las consultas habría invalidado la eficacia de la respuesta.
—Exactamente —coincide ella.
—Eso no evita que el miedo me oprima el pecho —añado con una franqueza que solo me permito con ella.
—No —acepta Mira—. Nada de lo que digamos va a evitar eso.
Watkins trae el servicio de té sin que medie petición alguna.
Es su forma de comunicar que reconoce la gravedad de la tarde y que el té es el único bálsamo que sus manos pueden ofrecer.
Lo deposita sobre la mesa con una delicadeza extrema y se retira en silencio, cerrando la puerta con el cuidado de quien no quiere perturbar un velatorio.
—¿Sabes si Harfield es un hombre diestro con las armas? —pregunto, rodeando la taza caliente con las palmas.
—Pip me ha asegurado que Edmund mantiene una práctica regular de esgrima desde hace años —informa Mira—. Por mi parte, he verificado ese dato con dos fuentes independientes. Pip tiende a un optimismo sesgado cuando se trata de Edmund, así que prefería una base más sólida.
—¿Y qué dicen esas fuentes?
—Coinciden con la versión de Pip. Harfield, por el contrario, lleva mucho tiempo sin una práctica seria. Su puntería depende más de la suerte que de la técnica.
—Bien —murmuro, aunque el alivio no termina de llegar.
—¿Bien como en tranquilizador o bien como lo mínimo para no perder el juicio por completo?
—Ambas cosas a la vez —confieso.
Tomo un libro de la mesilla de forma mecánica.
Mira imita mi gesto poco después. En algún punto de la conversación, ambas terminamos con un volumen entre las manos, fingiendo una lectura que no existe mientras el sol de mayo empieza a descender, proyectando sombras alargadas y doradas sobre el parqué del salón.
—No he leído ni una sola palabra de esta página —confieso tras un largo rato de silencio.
—Yo tampoco —admite Mira sin levantar la vista—. Mis ojos recorren los párrafos, pero mi mente está en otra parte.
—¿Entonces por qué seguimos sujetando estos libros?
—Porque la alternativa es tener las manos vacías y la mente libre para imaginar desastres. El papel nos ancla a algo concreto.
Tiene razón. Mira posee esa lucidez para las cuestiones pequeñas que dictan cómo sobrevivir al tiempo cuando este se niega a transcurrir.
El reloj de la repisa marca las seis, luego las siete.
Watkins repone la tetera y retira los restos de la anterior sin pronunciar palabra.
Seguimos allí, con la luz transformándose en una penumbra azulada y el silencio adquiriendo la consistencia de las horas de guardia.
Son las ocho y cuarto cuando sucede. No hay un movimiento brusco ni un cambio en mi postura.
Sigo sentada en el sillón, con el libro apoyado en el regazo, pero en mi interior empiezo a dirigirme a algo que no acierto a nombrar, pero que esta noche se siente presente.
Le transmito una petición simple: que regrese bien.
Cuatro palabras despojadas de condiciones.
No hay rastro de la liturgia formal que aprendí en la infancia y que he descuidado durante años.
Es un ruego antiguo, visceral, nacido de la urgencia de quien se descubre sin herramientas ante el destino.
Me detengo al ser consciente de mi propio pensamiento.
La comprensión llega con la suavidad de las mareas: estoy rezando.
No por costumbre, sino por necesidad. Estoy pidiendo porque no me queda nada más que el deseo de que el amanecer lo traiga de vuelta.
Esa revelación me golpea con una fuerza que no esperaba encontrar a estas horas de un martes de mayo.
Cierro el libro y lo dejo sobre la mesa. Mira levanta la vista del suyo, escrutándome.
—¿Caelina? —inquiere, detectando el cambio en mi respiración.
—Estaba rezando —admito con naturalidad—. Acabo de darme cuenta ahora mismo.
Mira guarda silencio. Cierra su propio libro con cuidado y lo deposita a un lado, haciendo espacio para la verdad que flota en el aire del salón.
—¿Y qué has descubierto en esa oración? —pregunta.
—He descubierto el orden real de mis prioridades —respondo, observando la llama de las velas que Watkins encendió hace unos minutos—. Hay sentimientos que uno trata de catalogar y archivar, pero que se desbordan cuando el peligro acecha.
—¿En qué orden están ahora?
Me tomo unos segundos para responder, permitiendo que la luz de las velas bañe mis pensamientos. El salón ha adquirido esa calidad íntima y protegida de los refugios.
—Quiero que vuelva bien porque me importa él —murmuro finalmente—. No como una cuestión de justicia, ni por la deuda de su carta, ni por lo que dicta el protocolo de la viudedad. Me importa Edmund, el hombre. Esa diferencia es la que me ha mantenido despierta toda la tarde.
Mira me observa con esa expresión que indica que ha completado su propio análisis. Sus ojos reflejan una emoción contenida, una empatía que no suele verbalizar.
—Lo sé —dice en voz baja.
—¿Lo habías notado antes que yo?
—Era evidente desde hace semanas, Caelina —responde—. Tú solo necesitabas tu propio ritmo para admitirlo ante ti misma.
—¿Y si mañana las cosas terminan mal? —suelto de pronto, enfrentando el pensamiento que llevo horas esquivando.
—No va a suceder —asegura Mira con una firmeza que me obliga a creerla—. Pero incluso si el destino fuera esquivo, lo que sientes esta noche no variaría. Solo se transformaría en un dolor distinto, en la conciencia de haberlo sabido demasiado tarde.
—Esa no es una idea muy reconfortante —señalo con amargura.
—No pretende serlo. Solo pretende ser la verdad.
El salón queda en silencio, habitado solo por el crujido ocasional de la cera. Fuera, Londres continúa con su curso indiferente: el sonido lejano de un carruaje, voces que se pierden en la esquina. La ciudad ignora la tormenta que se desarrolla entre estas paredes.
—Quédate a pasar la noche conmigo —pido, buscando su apoyo físico.
—Ya le he dado instrucciones a mi doncella para que prepare la habitación de invitados —responde Mira con naturalidad—. Resolví quedarme en cuanto Pip me dio la noticia hace dos horas. Intuía que me lo pedirías.
—Gracias, Mira. Por todo.
—No hay nada que agradecer entre nosotras. ¿Prefieres que pida algo de cena o continuamos con el simulacro de lectura?
—Sigamos con los libros —respondo, alcanzando el mío—. Al menos por un rato más.
Ella asiente y recupera su lectura con esa pragmática serenidad que tanto la caracteriza.
Volvemos al silencio, a las velas que se consumen y al reloj que avanza con su tictac impasible.
En algún momento de la madrugada, cuando Mira ya descansa en la habitación de al lado y el salón está sumido en las sombras, me quedo sentada ante la última vela encendida.
Repito en voz baja esas cuatro palabras, con la misma sencillez que a las ocho y cuarto.
Que vuelva bien.
El amanecer termina por llegar, como siempre, con esa luz grisácea que no pide permiso a nadie para desvelar el mundo. Solo queda esperar a que el carruaje de Pip se detenga frente a mi puerta con las noticias que decidirán el resto de mi vida.