Una Última Oportunidad CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Londres, mayo. White's Club

Harfield lleva una semana sin moverse. Greves envió la carta el miércoles pasado con la precisión de un cirujano; argumentos limpios, lenguaje que no deja fisuras y el tono de quien sabe que posee la razón y no requiere elevar la voz para imponerla.

El abogado de Harfield acusó recibo el viernes con una nota que Greves catalogó como la respuesta de alguien que está recalculando sus fuerzas, lo cual, en su vocabulario profesional, equivale a una victoria parcial.

Caelina me comunicó la noticia el sábado con una nota breve, agradeciendo la intervención y confirmando que Greves le parece exactamente el tipo de profesional que necesitaba.

Firmaba con su inicial, recuperando ese rasgo que la distancia de los últimos años había borrado.

El lunes por la mañana llego a White's con la intención de revisar los últimos informes de Halridge.

Apenas he ocupado mi mesa cuando Harfield entra en el salón acompañado por Carver y lord Pryce, este último poseedor de una memoria enciclopédica para cualquier rumor con utilidad social.

Se instalan en el rincón con la parsimonia de quienes han elegido el escenario perfecto para una representación.

No busco escuchar sus conversaciones, pero la acústica del club favorece los diálogos que pretenden ser oídos sin parecerlo.

Lo que llega desde su mesa no requiere ningún esfuerzo de mi parte.

Harfield no lanza ataques directos; es demasiado astuto para eso en un recinto lleno de testigos.

En su lugar, siembra dudas disfrazadas de inquietudes familiares.

Menciona la frecuencia de ciertas visitas masculinas a Carroway House y cuestiona si la gestión de los activos de Salisbury refleja el juicio que cabría esperar de una viuda.

Cuando el nombre de Westcote surge en la charla, su tono sugiere que nuestra amistad resulta, cuando menos, llamativa dadas las circunstancias.

Denham, sentado a mi lado, me observa con el ceño fruncido.

Le devuelvo la mirada un momento antes de levantarme con una calma que me ha costado doce años perfeccionar.

Cruzo el salón con paso firme. Pip, desde su mesa junto a la ventana, deja la copa sobre el mantel y se incorpora a medias, pero le freno con un gesto de la mano. No aparta los ojos de mi espalda.

Me detengo junto a la mesa de Harfield. Los tres hombres interrumpen su charla y me observan con expresiones que oscilan entre la incomodidad de Carver y el interés depredador de Pryce. Harfield me sostiene la mirada con la frialdad de un tahúr que ha previsto este movimiento.

—Lord Harfield —pronuncio, asegurándome de que cada sílaba posea la nitidez de un cristal—. Las insinuaciones que acaba de verter sobre lady Carroway son falsas y usted es plenamente consciente de ello. Le exijo que las retire en este mismo instante.

Él se reclina en la silla con una tranquilidad estudiada.

—No he realizado insinuación alguna, lord Westcote —replica con suavidad—. Simplemente he planteado preguntas legítimas sobre el bienestar de la familia de mi difunto hermano.

—Las preguntas diseñadas para erosionar la reputación de una dama tienen un nombre muy distinto —le rebato, manteniendo la voz baja pero cortante—. La intención de sus palabras era evidente para cualquiera que ocupe este salón. Retírelas.

—No tengo nada de lo que retractarme —responde él, entornando los ojos.

Saco mi tarjeta de visita del bolsillo interior.

La deposito sobre la mesa, frente a sus dedos, con el gesto que dicta el protocolo para estas situaciones.

En treinta y cinco años no había necesitado recurrir a este extremo, pero la sensación del cartón bajo mis dedos me resulta extrañamente satisfactoria.

—Mi segundo se pondrá en contacto con el suyo esta tarde —anuncio antes de girar sobre mis talones—. Buenos días, lord Harfield.

Atravieso el salón hacia el vestíbulo. Pip me intercepta antes de que alcance la puerta principal, moviéndose con una agilidad que casi le hace tropezar con un mozo.

—¿Qué demonios acaba de pasar ahí dentro? —murmura, alcanzándome en la acera de St. James's.

—Lo que has visto —respondo mientras tomo mi sombrero de manos del portero.

—Lo que he visto es que acabas de desafiar a un hombre a un duelo delante de quince testigos en el club más exclusivo de Londres.

—Eran quince, efectivamente. Me alegra que llevaras la cuenta.

—Edmund, esto no es una broma. Alguien puede resultar herido el miércoles —señala Pip, caminando a mi lado con una agitación que contrasta con mi silencio—. Y ese alguien podrías ser tú.

—Soy consciente de los riesgos, Pip. Harfield ha cruzado una línea que no podía quedar sin respuesta.

Ha atacado el honor de Caelina con el propósito específico de que el rumor se extienda por Mayfair.

No existe una solución legal para la calumnia de club; la única respuesta efectiva es la que acabo de dar.

Pip guarda silencio durante unos metros, asimilando la lógica de mis palabras. Su rostro refleja una seriedad inusual.

—¿Ella está al tanto? —pregunta al fin.

—Todavía no. Se enterará cuando el asunto esté resuelto.

—¿Y si las cosas se tuercen en el campo?

—No tienen por qué torcerse. Harfield tiene cincuenta y dos años y lleva una década sin tocar un florete en serio. Yo practico esgrima tres veces por semana desde que volví de Halridge.

—Eso es... moderadamente tranquilizador —admite él—. Aunque el término es muy elástico en estas circunstancias.

—Es suficiente.

—Quiero ser tu segundo —pide de pronto, deteniéndose y agarrándome del brazo—. Soy tu mejor amigo, Edmund. Te conozco desde hace veinte años y merezco estar allí para cubrirte las espaldas.

—No —sentencio con firmeza, liberando mi brazo.

—¿Por qué no? —protesta con indignación—. Mi lealtad es absoluta.

—Pip, la última vez que te encargué una tarea bajo presión volcaste una copa de Burdeos sobre el vestido de lady Cavendish en la cena de los Ashworth. La precisión no es tu fuerte cuando los nervios entran en juego.

—Eso fue un accidente social, no tiene nada que ver con un lance de honor.

—Al contrario. El riesgo es mayor y, por tanto, las consecuencias de un error en el protocolo o en la asistencia también lo son. No puedo permitirme un tropiezo en Battersea Fields.

Él baja los hombros, reconociendo la validez de mi argumento a regañadientes. Suspira con fuerza, observando el tráfico de carruajes.

—¿A quién vas a llamar entonces? —pregunta con curiosidad.

—A Aldridge. Greves me lo recomendó la semana pasada, cuando la situación con Harfield empezaba a volverse turbia. Tiene experiencia en estos trámites y sabe mantener la cabeza fría.

—¿Ya tenías esto previsto? —Pip me mira con un asomo de asombro—. ¿Antes incluso de entrar en White's hoy?

—Sabía que Harfield escalaría. Cuando la vía legal se le cierra, la social es el paso lógico para un hombre de su calaña. Era una cuestión de tiempo.

—Llevas días preparándote para un duelo.

—Llevo días sabiendo que la confrontación física era una posibilidad estadística —corrijo—. Es distinto.

Pip asiente con lentitud. Su mirada escudriña mi rostro buscando algún signo de duda que no encuentra.

—¿Puedo estar presente al menos? —inquiere—. Como testigo. No interferiré en nada, te lo juro.

—No, Pip. Si estás allí, estarás nervioso. Y cuando estás nervioso, tu entorno tiende a volverse inestable. No necesito distracciones el miércoles al amanecer.

Él abre la boca para protestar, pero la cierra al instante. Mira hacia el suelo con la resignación del que acepta una verdad incómoda.

—Estadísticamente —concede al fin—, tu razonamiento es impecable.

—Lo sé.

—¿Me avisarás en cuanto termine?

—Inmediatamente —prometo, dándole una palmada en el hombro.

—De acuerdo. Acepto los términos. ¿Hay algo que pueda hacer esta tarde para ser de utilidad?

—Ve a ver a Aldridge. Confirma los detalles logísticos del encuentro. Él sabe cómo funcionan estas cosas, solo necesita la confirmación de que el miércoles sigue en pie según lo previsto.

—Eso puedo hacerlo —anuncia Pip con un renovado sentido del deber—. Lo haré con una precisión quirúrgica, Edmund. Ni un solo incidente.

—Eso espero, Pip. Por el bien de todos.

Regreso a Westcote House cuando la tarde empieza a declinar. Hatch me recibe en el vestíbulo con su habitual economía de movimientos. Mientras me ayuda a despojarme del abrigo, le informo de la situación con la misma naturalidad con la que pediría el té.

—Hay un duelo programado para el miércoles al amanecer, Hatch. En Battersea Fields. Con lord Harfield.

Él no responde de inmediato. Se produce una milésima de segundo, un instante casi imperceptible para un extraño, en el que un destello cruza su rostro. No es miedo, ni tampoco la aprobación gélida de otras veces. Es algo más profundo, una chispa de fuego antiguo que no le veía desde hace décadas.

—¿Requiere alguna preparación especial por mi parte para esta tarde, lord? —pregunta cuando recupera su máscara de eficiencia.

—No. Aldridge se encarga de la logística y el equipo.

—Entendido.

Se gira para colocar el abrigo en el perchero de roble. Pero se detiene a mitad del movimiento, con la espalda todavía hacia mí. La rigidez de sus hombros delata que hay algo más.

—Hatch —le llamo.

—¿Sí, lord?

—¿Qué es lo que no estás diciendo?

Se vuelve despacio. Por primera vez en treinta años, veo en su cara una expresión que escapa a su repertorio habitual.

No es la neutralidad de un criado ni la lealtad de un subordinado.

Es la mirada de un hombre que desearía estar en ese campo de honor, que siente que su lugar está allí, cubriéndome el flanco, y que sufre al comprender que el protocolo social le prohíbe cruzar esa frontera.

Es una brecha de humanidad pura entre el querer y el deber que lleva habitando tres décadas.

—¿Sería necesario un segundo adicional para el encuentro, lord? —murmura. Su voz es la de siempre, pero el peso de la pregunta es inmenso.

Lo observo en silencio durante un largo rato. Reconozco el ofrecimiento por lo que es: la entrega total de alguien que no necesita palabras para demostrar su valor.

—Pip se está encargando de coordinar con Aldridge —respondo con suavidad, reconociendo el gesto.

—Por supuesto, lord —acepta él, y su rostro recupera gradualmente la impasibilidad granítica, aunque el rastro de esa emoción contenida no desaparece del todo—. El café está servido en el estudio.

—Gracias, Hatch.

Se retira hacia el guardarropa y yo me encamino hacia mi despacho.

Me quedo a solas con la luz de la tarde y una certeza que me asienta el ánimo.

Harfield cruzó la línea que protegía a Caelina y la respuesta ha sido la única que tiene valor en el Londres de 1820.

El miércoles, en la bruma de Battersea, quedará claro que ciertas ofensas conllevan un precio físico.

Lo que ella piense de este lance cuando la noticia llegue a sus oídos es algo que gestionaré a su debido tiempo.

Primero debo asegurar que el miércoles transcurra según mis planes.

Luego, y solo entonces, me preocuparé por el resto del mundo.

El café está caliente y, por ahora, el silencio del estudio es el único compañero que necesito.