Una Última Oportunidad CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Podría resolverlo sola. Me repito la frase mientras Watkins anuncia la llegada de lord Westcote y le permite el paso al salón.

Podría zanjar este asunto por mi cuenta, invirtiendo el tiempo necesario para localizar a un abogado de mayor prestigio y gastando los fondos que hicieran falta para demostrar que la posición de Harfield es de cristal.

He gestionado mi vida sin ayuda durante doce años.

Heredé la fortuna de un hombre al que no amé, navegué la viudedad con una independencia férrea y crucé tres temporadas londinenses sin que nadie lograra descifrar mis pensamientos. Podría solucionar esto también.

Lo que no podría conseguir, al menos no con la celeridad que el calendario de Harfield impone, es hacerlo con los recursos que Edmund ya sostiene en la mano.

La diferencia entre poder y poder bien es la que marca el éxito en este caso; mi cuñado no va a concederme una tregua mientras yo busco el equipo legal adecuado.

Me lo repito una vez más mientras aliso el mantel de la mesa pequeña.

Hay algo más que no me confieso en voz alta.

Quiero ver qué hace él cuando no hay condiciones de por medio.

La nota del lunes constaba de cuatro oraciones y ninguna de ellas ocultaba una exigencia.

Quiero comprobar si esa actitud es una constante o si solo representa un gesto aislado diseñado para ser usado como moneda de cambio más adelante.

Edmund aguarda junto al ventanal. Sostiene una carpeta de cuero bajo el brazo y mantiene esa postura que carece de artificio, esa presencia física que llevo meses intentando ignorar sin éxito. Se gira al percibir mi movimiento.

—Caelina —murmura. Pronuncia mi nombre sin títulos, con una familiaridad que no ha exhibido en los salones públicos pero que aquí, entre estas paredes, parece recuperar su sitio natural.

—Edmund —respondo, señalando el mobiliario—. Toma asiento. Watkins traerá el café ahora mismo.

Nos instalamos ante la mesa pequeña, el lugar donde habitualmente despacho la correspondencia administrativa y que hoy luce despejada de cualquier otro papel.

Él abre la carpeta y extrae tres pliegos escritos con una caligrafía que reconozco de sus notas recientes: ordenada, funcional, la letra de alguien que busca ser comprendido antes que admirado.

—He sintetizado lo esencial del informe de Greves —explica, deslizando las hojas por la madera hasta que quedan frente a mí—. El documento original se extiende doce páginas con el lenguaje rebuscado de quien cobra por cada término técnico. Esto recoge la misma información en tres.

Tomo los papeles. Recorro las líneas con la concentración de quien sabe que cada palabra tiene consecuencias legales inmediatas.

Edmund permanece en silencio mientras leo.

Es una de sus virtudes que más noto en estos instantes de trabajo compartido: entiende que el silencio posee una utilidad que las palabras a menudo estropean.

—La base de Harfield es frágil —observo sin despegar la vista del texto.

—Es puro ruido —confirma Edmund, cruzando las manos sobre la mesa—. Pero el ruido bien orquestado resulta letal si no se ataja pronto. Eligió el terreno con astucia; es una materia lo bastante específica como para que un abogado generalista no sepa reaccionar con la rapidez necesaria.

—¿Y este Greves posee esa rapidez?

—Greves ha dedicado las últimas dos décadas a este tipo de disputas. Una comunicación formal desde su despacho, dirigida al equipo de Harfield con los argumentos que tienes delante, dejará claro en menos de una semana que el escenario no es tan propicio como ellos han calculado.

—¿Cuál es el plazo si mi cuñado decide seguir adelante a pesar de todo? —pregunto, analizando los riesgos.

—Tres meses en el peor de los casos, según las estimaciones de Greves. El coste sería elevado, pero manejable si se compara con el perjuicio de ceder ante lo que él pide, que a largo plazo resultaría mucho más oneroso.

—¿Y qué ocurre con mi reputación? —inquiero, planteando la duda que Harfield realmente quiere explotar—. Un proceso judicial otorga una visibilidad que no se puede compensar con dinero.

Edmund me sostiene la mirada con una atención que no permite distracciones.

—Greves sabe cómo manejar ese aspecto. El impacto público se controla mediante la contundencia de la primera respuesta. Una carta enviada en los próximos días le indicará a Harfield que tienes representación especializada y agresiva. Eso altera su cálculo de beneficios.

—¿En qué sentido?

—Él necesita que esto sea un calvario para ti y un trámite sencillo para él.

Si comprende que la incomodidad se va a repartir en ambas direcciones, el incentivo para escalar desaparece.

Harfield no busca una victoria en los tribunales; busca que para ti sea más sencillo rendirte que resistir. Greves invierte esa lógica.

Watkins entra en el salón portando la bandeja del café. Aguardamos en un mutismo absoluto mientras dispone las tazas y se retira, cerrando la puerta con su discreción habitual.

—¿Sin condiciones? —pregunto en cuanto nos quedamos solos, fijando mis ojos en los suyos.

Edmund levanta la vista de la carpeta.

—Sin condiciones. El contenido de esa carpeta te pertenece si decides emplearlo. Greves está a tu disposición si resuelves llamarlo. Nada de esto altera nuestra situación si prefieres no usarlo.

—¿Por qué, Edmund? —insisto, buscando la grieta en su calma—. No tenías ninguna obligación en este asunto. Harfield no tiene nada que ver con lo que ocurrió entre nosotros hace doce años.

Él deposita la carpeta sobre la mesa con un movimiento pausado, como si estuviera sopesando cada una de las palabras que va a pronunciar.

—No intervenir habría sido una decisión consciente de no prestar ayuda —señala—. Poseía los medios y sabía que la situación te perjudicaba. Omitir el auxilio habría sido una elección activa, y eso ya no es algo que esté dispuesto a hacer.

—Es una distinción muy sutil.

—La aprendí después de años de no aplicarla. En 1808 tomé decisiones unilaterales sobre asuntos que nos afectaban a ambos. Lo que hago ahora es poner información en tus manos para que tú decidas. No es lo mismo.

Permanezco callada mientras evalúo su respuesta. Tiene esa textura de las verdades que se dicen porque se sienten, no porque resulten convenientes.

—De acuerdo —respondo finalmente.

—¿De acuerdo en que aceptas el recurso o en que entiendes mi postura? —inquiere él, buscando precisión.

—En ambas cosas. Hablaré con Greves esta misma semana. ¿Tienes su dirección?

Edmund extrae una tarjeta de la carpeta y la deposita sobre el tapete, justo entre los dos. No me la entrega directamente; la deja allí, accesible, un gesto minúsculo que subraya su intención de no invadir mi espacio ni generar una deuda física.

—¿Requieres mi presencia en la primera reunión con él? —pregunta.

—No. Prefiero acudir sola. Necesito reconocer el terreno por mi cuenta antes de decidir el siguiente movimiento.

—Me parece razonable —acepta él sin mostrar el menor atisbo de contrariedad—. Greves conoce el caso en términos generales. No mencioné tu nombre, pero en cuanto te presentes, sabrá de qué se trata.

—¿Cuándo le consultaste?

—El jueves pasado. En cuanto tuve noticia de los movimientos de Harfield.

El mismo jueves. Sin esperar a que yo mostrara señales de debilidad. Sin utilizarlo como palanca. El jueves recopiló la información y el lunes envió la nota.

—Hay una cosa más que quiero preguntarte —añado, dejando de lado la prudencia.

—Adelante.

—¿Por qué te preparaste antes de saber si yo aceptaría tu ayuda?

Edmund cruza los brazos sobre la carpeta. Su quietud no es la de alguien que se defiende, sino la de quien tiene la respuesta clara.

—Porque estar preparado no equivale a actuar —responde—.

Podía tener la solución lista y guardada hasta que tú decidieras si la necesitabas.

—Hace una breve pausa mientras observa el café frío en su taza—.

Y porque hace doce años el imprevisto me superó.

Esta vez prefiero estar listo, decidas lo que decidas.

Las tazas permanecen intactas sobre la mesa.

La luz de la tarde de abril baña el salón con esa tonalidad dorada y larga que precede al crepúsculo.

Durante la siguiente hora y cuarto, nos sumergimos en los detalles técnicos del resumen.

Edmund me explica los puntos oscuros con una paciencia que agradezco; no simplifica el contenido, sino que le otorga un contexto que yo no poseo.

Respondo con mis propias dudas y él las despeja sin exhibir superioridad.

Si algo se le escapa, lo admite sin ambages.

Si yo dudo, reformula su explicación con naturalidad.

Trabajar con él resulta una experiencia distinta a encontrarlo en un baile. Es una cercanía despojada de la armadura social. Los silencios que compartimos mientras analizamos los pliegos tienen otra calidad; no son pausas de protección, sino huecos de pensamiento compartido sobre un objetivo común.

En un momento dado, sin que medie intención, nuestras manos quedan a escasos centímetros sobre la superficie de la mesa mientras señalamos el mismo párrafo.

La proximidad es tan evidente que el aire parece vibrar entre nosotros, pero ninguno retira la mano ni menciona la cercanía.

Simplemente seguimos ahí, reconociendo ese espacio que ya no intentamos ignorar.

—Creo que tenemos suficiente por hoy —murmuro cuando el reloj de la chimenea da las cinco y media.

—Sí —coincide él, empezando a organizar sus papeles.

—Escribiré a Greves mañana mismo.

—Me parece bien.

Edmund se pone en pie y recoge su carpeta con movimientos eficientes. Sin embargo, cuando ya se encamina hacia la salida, se detiene y me mira directamente.

—Caelina.

—¿Dime?

—Respecto a la carta de la semana pasada. No guardes expectativas de respuesta por mi parte. No es una obligación ni una herramienta de presión. Solo necesitaba que supieras que existe y que su contenido es real.

—Lo sé —respondo, sosteniendo su mirada.

—¿Lo sabes de forma teórica o lo sabes porque has terminado de asimilarlo?

La precisión de su pregunta me desarma. En cualquier otro hombre sonaría a exigencia, pero en él es solo una comprobación de que el mensaje ha sido recibido sin interferencias.

—De forma teórica —admito con sinceridad—. Todavía estoy en proceso de asimilación.

—Está bien. El tiempo no es un problema ahora.

—Lo sé.

—¿Seguro?

—Edmund —respondo con un matiz que roza la impaciencia—, te estoy asegurando que lo sé.

Un rastro de algo que no llega a ser una sonrisa pero que se le parece asoma a sus labios. Es ese amago de gesto que solo muestra cuando el entorno es seguro.

—Entendido —concluye.

Watkins aparece para abrir la puerta en el momento preciso. Edmund sale del salón con su carpeta bajo el brazo y yo me quedo sola ante las tazas frías y la tarjeta de Greves. El cuarto se siente distinto, como si la estructura de la estancia hubiera mutado durante la última hora.

La proximidad del trabajo es diferente a la de los salones.

Sin testigos, sin códigos de etiqueta estorbando, con un conflicto real que resolver, los silencios han dicho más que las palabras.

Y lo que han dicho, sumado a ese instante en que nuestras manos casi se tocaron sobre el papel, es que algo ha avanzado un paso que ya no tiene retorno, aunque todavía no me atreva a ponerle nombre.

Quizás, después de todo, el nombre sea lo de menos esta noche. Lo que importa es que el cajón de abajo ya no es el único sitio donde guardamos la verdad.