CAPÍTULO 17
—Hay algo que debes saber —anuncia Pip, ocupando el asiento frente al mío con esa energía específica de quien ha resuelto que la franqueza es la única ruta posible.
Son las diez y media del jueves. En el salón de White's, el murmullo de las conversaciones matutinas y el tintineo de la porcelana contra el mármol forman un telón de fondo constante.
He llegado hace veinte minutos con la intención de revisar los informes de las propiedades del norte, pero la aparición de mi amigo, con una puntualidad que desafía sus costumbres habituales, ha desbaratado cualquier plan de trabajo administrativo.
—Suéltalo —respondo, apartando los legajos hacia el borde de la mesa para concederle toda mi atención.
—Es sobre lady Carroway —empieza Pip, midiendo sus palabras con un cuidado que no suele emplear en asuntos mundanos—.
Hay una situación que no me corresponde relatar, pero creo que necesitas conocerla.
Mira está de acuerdo, aunque con matices muy estrictos sobre cómo debes gestionar esta información.
—¿Mira Calton está de acuerdo en que me lo cuentes? —Inquiero, arqueando una ceja.
—Citó textualmente: «Si Pip cree que Edmund debe saberlo, que se lo diga, pero que tenga claro que Caelina no lo ha pedido y que cualquier cosa que haga Edmund con esa información tiene que nacer de su propia voluntad».
—Pip hace una pausa deliberada para que el mensaje se asiente—.
Lo cual, según mi entendimiento de las mujeres como Mira, es un permiso con condiciones de hierro.
—¿Qué condiciones exactamente?
—Que cualquier paso que des sea porque tú quieres darlo, no porque sientas que te han empujado a una obligación.
Dejo la taza de café sobre la mesa, asegurándome de que el contacto sea silencioso. Observo a mi amigo, que se inclina hacia delante en esa postura que reserva para los asuntos que considera de vital importancia.
—Habla, Pip. No te guardes nada.
—Lord Harfield —suelta finalmente—. El cuñado de Caelina. El hermano del difunto barón de Salisbury.
—Lo conozco de vista. Un hombre con una sombra demasiado alargada.
—Entonces ya sabes que su reputación es papel mojado en los clubes de Londres.
Lo que quizás ignoras es que lleva semanas intentando ejercer presión sobre la herencia de ella.
No lo hace mediante una demanda directa, porque carece de base legal sólida, sino a través de amenazas veladas.
Pretende impugnar ciertas cláusulas del testamento de su hermano.
—¿Bajo qué pretexto? —Pregunto, sintiendo una punzada de frialdad en la nuca.
—Las cláusulas que otorgan a Caelina el control independiente de los activos que ella aportó al matrimonio, además de su parte de los conyugales —explica Pip, gesticulando con una mano—.
Harfield sostiene que su hermano no estaba en plena posesión de sus facultades cuando firmó esos documentos.
Es una acusación infundada, pero en manos de un abogado con pocos escrúpulos puede generar el ruido suficiente para que el proceso sea largo, extenuante y extremadamente caro, incluso si al final queda en nada.
—¿Y qué pretende obtener a cambio de su silencio?
—Que Caelina ceda la gestión de determinadas propiedades a la familia Salisbury de forma voluntaria. Quiere evitarle el escándalo de una disputa pública a cambio de su autonomía financiera.
A lo lejos, dos caballeros discuten sobre una apuesta hípica de la semana anterior. Un mozo de White's retira un servicio de té con la destreza de quien ha hecho de la invisibilidad una profesión. El club sigue su curso, ajeno a la red de presiones que se cierne sobre Carroway House.
—¿Cuánto tiempo lleva ella lidiando con esto? —Indago, apretando los dedos sobre el brazo del sillón.
—Mira calcula que las primeras aproximaciones de Harfield ocurrieron hace tres semanas —revela Pip—. Ella no ha dejado caer ni una palabra en su círculo social. No quiere que nadie piense que su posición es vulnerable o que necesita que alguien acuda en su rescate.
—¿Cómo ha llegado esto a tus oídos?
—Caelina se lo confió a lady Calton. Mira me lo transmitió a mí. Y yo, por supuesto, te lo traigo a ti.
—¿Ella sabe que Mira te lo ha contado?
Pip titubea un instante. Abre la boca, parece buscar una frase que no encuentra y finalmente opta por la verdad a medias.
—Mira le anticipó que cabía la posibilidad de que lo comentara conmigo —matiza, tratando de suavizar la cadena de confidencias—. No le dio una confirmación absoluta de que lo haría.
—De modo que lady Carroway sabe que existe la probabilidad de que yo esté al corriente, pero no tiene la certeza de que así sea.
—Es una descripción quirúrgica de la situación —admite Pip, rascándose la mejilla.
—¿Mira es consciente de que la cadena de información termina en este punto?
—Mira —responde Pip, con un brillo de admiración genuina en la mirada— sabe exactamente qué aspecto tiene cada eslabón. Ella misma diseñó este flujo.
Me tomo un momento para procesarlo. Mira Calton ha trazado un mapa de información que me permite conocer el peligro de Caelina sin que ella se sienta expuesta o humillada por haber pedido auxilio.
Es una maniobra de una precisión asombrosa, diseñada para que cualquier movimiento que yo haga parezca fruto de mi propia iniciativa.
—¿Tiene un equipo legal sólido? —Pregunto, centrándome en la parte práctica.
—Utiliza al mismo abogado que gestionó la herencia original.
Es un hombre competente para trámites ordinarios, pero no es un especialista en litigios sucesorios complejos.
Harfield ha elegido el terreno con astucia: es una materia tan específica que un generalista no podrá reaccionar con la celeridad que el caso requiere.
—¿Y ella lo está afrontando sola?
—Por ahora sí. Con esa eficiencia implacable que demuestra para todo lo que decide manejar por su cuenta.
—Lo sé —respondo, y la convicción en mi voz es absoluta—. Lleva doce años demostrando que no necesita que nadie se asombre de su capacidad para resistir.
Pip me escudriña con esa perspicacia que a veces me resulta incómoda.
—¿Y bien? —Presiona—. ¿Qué piensas hacer con lo que ahora sabes?
—Tengo una información que ella ignora que poseo —reflexiono, levantándome del asiento—. Lo primero es asegurarme de que el terreno bajo sus pies sea firme.
Cojo el sombrero de la silla contigua. Pip parpadea, sorprendido por la brusquedad de mi movimiento.
—¿A dónde vas?
—A hablar con Greves —anuncio.
—¿Ahora mismo? Son apenas las once.
—Precisamente por eso. Los abogados rinden mejor cuando la mañana aún no se ha perdido en formalidades.
—Edmund —llama Pip cuando ya enfilo la salida—. Recuerda las condiciones de lady Calton.
Me detengo un segundo, dándole la espalda.
—Que actúe por mi cuenta, sin sentir que me han dado un empujón —repito—. Descuida, Pip. Lo tengo presente.
—¿Y es así como te sientes?
Me giro para mirarlo a los ojos. Su rostro refleja una preocupación real por el curso de los acontecimientos.
—Hace tres semanas le envié una carta que llevaba doce años escondida —sentencio—. Nadie tuvo que empujarme para hacerlo. Con esto ocurre exactamente lo mismo.
Pip asiente, satisfecho con la respuesta.
Salgo de White's y busco un carruaje que me lleve a Lincoln's Inn.
El despacho de Greves se encuentra en el corazón del distrito legal, un laberinto de pasillos oscuros y olor a papel viejo.
Greves me recibe con la cortesía contenida de quien trata habitualmente con la aristocracia y sabe que las visitas imprevistas suelen traer problemas de calado.
—Lord Westcote —saluda, indicándome el sillón de cuero frente a su escritorio—. ¿A qué debo el honor de su visita a estas horas?
—Necesito que me explique el estado actual de la jurisprudencia sobre la impugnación de testamentos por incapacidad mental del causante —expongo, yendo directo al grano—.
Específicamente en casos donde los activos fueron transferidos en los últimos meses de vida.
No mencionaré nombres por el momento, pero necesito un mapa de riesgos exhaustivo.
Greves toma una pluma de ganso y un pliego de papel con la destreza que otorgan treinta años en los tribunales.
—Empecemos por analizar los precedentes más recientes.
La reunión se prolonga durante más de una hora.
El panorama que dibuja Greves coincide con las sospechas de Pip: los argumentos que lord Harfield podría esgrimir son más ruido que nueces, pero un ruido bien orquestado puede ser devastador.
Un litigio público, aunque se gane, dejaría la reputación de la afectada bajo una nube de dudas y drenaría sus recursos en minutas interminables.
Una respuesta contundente y bien fundamentada, enviada antes de que el oponente dé el primer paso formal, podría desmantelar la estrategia de Harfield antes de que empiece.
—¿Estaría dispuesto a redactar ese informe preventivo? —Pregunto cuando terminamos de desglosar los puntos débiles.
—Podría tenerlo listo si el cliente desea proceder —responde Greves, ajustándose los anteojos—. Aunque, si no me equivoco, la persona de la que hablamos todavía no ha solicitado mis servicios.
—Todavía no sabe que estoy aquí —admito, sosteniéndole la mirada—. Pero lo sabrá esta semana, en cuanto hable con ella.
—¿Ella? —Repite Greves, captando el matiz del pronombre con discreción profesional.
—Ella —confirmo, levantándome para marcharme.
Regreso a Westcote House con la cabeza bullendo de estrategias legales. Hatch me espera en el vestíbulo con el café de media tarde ya preparado, un detalle que indica que ha calculado mi regreso con precisión.
—Hatch —le llamo mientras me despoja del abrigo—. ¿Qué sabes de lord Harfield? El cuñado del anterior barón de Salisbury.
Se produce una mínima fluctuación en el gesto de mi ayuda de cámara, una pausa tan breve que pasaría inadvertida para cualquiera que no lo conociera.
—Lo conozco de oídas, lord —responde finalmente—. Su nombre no suele ir asociado a la rectitud en los círculos que frecuento para obtener información.
—¿Qué tipo de círculos son esos en el caso de Harfield?
—Aquellos donde el dinero se busca con una urgencia que no admite escrúpulos —precisa Hatch con frialdad—. Personas con deudas de juego que han crecido con una consistencia alarmante durante los últimos dos años. Lord Harfield parece encontrarse en una situación financiera bastante comprometida.
—Ese dato es vital. Gracias, Hatch.
—De nada, lord. —Se detiene un instante antes de continuar—. Por cierto, el café está en el estudio. También ha llegado un mensajero del señor Greves hace apenas veinte minutos. Ha dejado un sobre sobre su escritorio.
Me quedo quieto un segundo.
—¿Greves ya ha enviado algo?
—Un resumen ejecutivo, según la nota que lo acompaña. Al parecer, consideró que lo encontraría útil para la conversación que tiene prevista.
La eficiencia de Greves raya en la clarividencia, o quizá es que ha comprendido la urgencia que subyacía en mis preguntas mejor de lo que yo mismo estaba dispuesto a admitir.
Entro en el estudio y cierro la puerta. La luz de la tarde de abril baña la estancia, iluminando el sobre de Lincoln's Inn que descansa sobre el cuero verde.
Me siento y repaso el documento. Greves ha sintetizado los puntos de ataque y las defensas legales con una claridad asombrosa.
Tengo el mapa completo. Sé dónde están las trampas y cómo desactivarlas.
Lo que ocurra a partir de ahora depende enteramente de la reacción de lady Carroway, pero la diferencia entre el hombre que fui y el hombre que soy hoy radica en que ahora entiendo que la preparación es la única forma de garantizar que la acción no sea un simple gesto vacío.
Hatch entra un momento después para comprobar el estado de la chimenea.
—El café sigue caliente, lord —apunta, con esa voz que no admite réplica.
—Lo sé —murmuro, sin apartar la vista de los papeles.
—Bien. Porque esta tarde se presenta larga —añade antes de retirarse.
Me quedo a solas con el aroma del café y el peso del informe legal.
Por primera vez en muchos años, no siento la parálisis de la duda.
Sé que estoy listo para lo que venga. Y curiosamente, esa certeza práctica, despojada de cualquier adorno emocional, es exactamente lo que necesitaba para sentirme de nuevo en mi lugar.