CAPÍTULO 16
Entro en White's con los informes de las propiedades del norte bajo el brazo y la certeza de que las columnas de números no lograrán retener mi atención más de cinco minutos.
Pip ya ocupa su mesa habitual cerca de la chimenea, un hecho que confirma que la mañana trae noticias de peso; Pip no sacrifica sus horas de sueño sin un motivo que lo justifique.
—He conversado con Denham anoche —anuncia en cuanto me ve ocupar el asiento frente a él, antes incluso de que pueda dejar los papeles sobre el mantel—. Fue después de la velada de los Wentworth.
—¿Y bien? —pregunto, manteniendo el tono lo más neutro posible.
—Denham tiene entendido que Harrington está considerando seriamente formalizar su interés por lady Carroway.
—Pip se inclina hacia delante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que apenas compite con el crepitar del fuego—.
No es un rumor de salón. Denham lo conoce desde hace años y Harrington le confesó que la situación le parece prometedora.
«Prometedora». La palabra me golpea con la precisión de un impacto físico. Es el término exacto para alguien que no tiene deudas con el pasado, alguien que ve un camino despejado donde yo solo encuentro escombros.
—¿Mencionó algún plazo? —indago, mientras busco con la mirada al mozo para pedir café.
—No hay una fecha fijada, pero Denham cree que ocurrirá antes de que la temporada llegue a su fin.
El café llega humeante, pero lo bebo sin registrar su sabor. A través de los ventanales de St. James's, el lunes transcurre con su bullicio indiferente; carruajes que se cruzan y caballeros que caminan con prisa, ajenos a la demolición silenciosa que se lleva a cabo en esta mesa.
Visualizo de nuevo la escena del miércoles en el parque.
Los vi desde la distancia, lo suficiente para notar la fluidez de sus movimientos, esa cadencia de dos personas que no necesitan vigilar cada palabra por miedo a que el suelo se quiebre.
Caelina caminaba con una relajación que conmigo ha sustituido por una arquitectura de defensa constante.
Y aunque en la recepción de los Ashworth percibí que esa estructura cedía por un instante, también escuché su sentencia: «Doce años no se explican con una carta».
Tenía razón. Es una verdad tan sólida que no admite réplica, y me ha mantenido paralizado durante los últimos dos días, oscilando entre el deseo de actuar y el pánico a repetir el error de tomar decisiones por ella.
—Edmund —interviene Pip, abandonando su registro ligero—. ¿Qué tienes pensado hacer?
—Pensar —respondo, clavando la vista en el fondo de la taza.
—Llevas días pensando. El pensamiento no detiene a hombres como Harrington.
—Entonces seguiré pensando hasta encontrar la grieta adecuada.
Pip tamborilea sobre la mesa, un gesto que en él delata una impaciencia que roza la irritación. Se ajusta los puños de la chaqueta con un movimiento brusco.
—Escúchame bien. Harrington tiene la ventaja de la página en blanco. No tiene que reparar nada porque nunca rompió nada. Tu única baza es que la conoces de verdad, pero ese conocimiento es inútil si te quedas sentado en White's viendo cómo el tiempo se agota.
—No voy a presionarla, Pip. Ya cometí ese error una vez.
—No se trata de presión, se trata de presencia. No dejes que el espacio que dejas vacío lo llene otro por simple incomparecencia.
Es un argumento que no puedo rebatir. Es la misma idea que me martillea la cabeza desde que vi a mi amigo mirando hacia el horizonte cerca de la verja norte del parque, fingiendo una curiosidad botánica que no posee.
—¿Qué hacías el miércoles en el parque, Pip? —pregunto, desviando el ataque.
Él abre la boca, la cierra y de pronto muestra un interés inusitado por el nivel de azúcar en su café.
—Pasaba por allí. El aire de abril es muy recomendable —murmura, evitando mi mirada.
—Pip.
—Quería comprobar si el clima era tan favorable como decían las crónicas —añade, sin el menor rastro de convicción.
—¿Y qué descubriste?
—Que el clima era excelente. Y que ellos estaban allí. Y que tú también estabas, aunque en el extremo opuesto, lo cual resultó una coincidencia bastante pintoresca. —Me mira de frente ahora, con los ojos entornados—. ¿Lo viste?
—Lo vi.
—¿Y qué piensas hacer con lo que viste? Caminaban, hablaban, parecían dos personas que se entienden sin esfuerzo. Edmund, si no intervienes, ese paseo ordinario va a cristalizar en algo que no podrás deshacer con otra carta.
Cierro los ojos un segundo. La claridad de sus palabras es casi dolorosa.
La cuestión no es si debo mover ficha, sino cómo hacerlo sin convertirme de nuevo en el hombre que decidió por los dos hace doce años.
Debo actuar sin usar la situación de Harfield como una moneda de cambio, sin que parezca un chantaje emocional o una maniobra de rescate no solicitada.
—Hay una forma de proceder —anuncio al fin, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Te escucho.
—Voy a ofrecerle ayuda legal con el asunto de Harfield. Sin condiciones, sin mezclarlo con nuestro pasado y sin pedir nada a cambio. Simplemente como una herramienta a su disposición.
Pip ladea la cabeza, evaluando la propuesta.
—¿Tienes a alguien en mente para ese trabajo?
—Greves, en Lincoln's Inn. Es el mejor en disputas de tierras y herencias complejas. Lleva veinte años ganando casos que otros daban por perdidos.
—¿Y si ella decide rechazar tu ofrecimiento?
—Entonces lo aceptaré —respondo con firmeza—. Al menos sabré que he puesto los medios necesarios a su alcance.
Pip asiente con lentitud, reconociendo la validez del plan. Se levanta y recoge sus pertenencias.
—¿Cuándo piensas ver a ese Greves?
—Hoy mismo. Quiero tener todos los datos antes de escribirle.
Salgo de White's sintiendo que el lunes ha cobrado un peso distinto.
Greves me recibe a las doce. La reunión se prolonga más de una hora, entre legajos, mapas de lindes y precedentes legales.
El panorama es claro: Harfield hace mucho ruido, pero tiene poca base legal; sin embargo, ese ruido, si se maneja con malicia, puede arruinar la reputación y las finanzas de lady Carroway antes de que un juez llegue a dictaminar nada.
Regreso a Westcote House con la cabeza llena de plazos y estrategias. Hatch me ayuda a despojarme del abrigo en el vestíbulo. Sus movimientos son precisos, casi rítmicos.
—Hatch —le llamo cuando se dispone a retirarse—. Háblame de Harfield. Si lady Carroway no toma medidas inmediatas, ¿cuánto tardará ese hombre en pasar a la acción directa?
Él se detiene, manteniendo el abrigo sobre el brazo. Su mirada se vuelve gélida por un instante.
—Poco tiempo, lord. Harfield tiene deudas de juego que no pueden esperar a la próxima temporada. No es alguien que se detenga ante sutilezas legales cuando necesita liquidez.
—Ya veo. Gracias.
Me encierro en el estudio. La luz de la tarde empieza a declinar, proyectando sombras alargadas sobre el escritorio.
Tomo una hoja de papel y empiezo a escribir.
Rompo la primera versión, y la segunda. No quiero preámbulos, no quiero arquitectura emocional.
Busco la desnudez de los hechos. Finalmente, redacto una nota de cuatro frases donde expongo la disponibilidad de Greves y mi intención de que ella disponga de sus servicios sin que ello implique deuda alguna conmigo.
Cuando termino de sellar el sobre, Hatch aparece en la puerta sin necesidad de aviso previo. Se queda allí, observando el sobre lacrado que descansa sobre el escritorio.
—¿Desea que lo entregue mañana, lord? —pregunta.
—Sí. A las nueve en punto en Carroway House. En mano, como siempre.
Hatch se acerca y toma el sobre. Su rostro, habitualmente una máscara de granito, se suaviza apenas un ápice.
—Bien hecho —murmura.
Me quedo helado en la silla. En treinta años, es la tercera vez que escucho ese elogio de su boca.
—¿Por qué dices eso, Hatch?
Él sostiene mi mirada con una firmeza que prescinde de las jerarquías.
—Porque ha ofrecido lo que ella necesita sin exigir lo que usted desea —responde—. Porque esa nota no construye una jaula, sino una salida.
El silencio que sigue a sus palabras es absoluto.
Hatch se retira y yo me quedo mirando cómo el sol se oculta tras los tejados de Londres.
He hecho lo que estaba en mi mano. Lo que ella decida hacer con ese ofrecimiento le pertenece solo a ella, al igual que sus paseos con Harrington o sus silencios.
Lo único que puedo controlar es mi propia presencia; estar ahí, sin excusas, sin el lastre de doce años de cobardía, simplemente como el hombre que soy hoy.
Eso tendrá que ser suficiente esta noche. Y si no lo es, al menos habré intentado recuperarla siendo honesto con quien soy, y no con quien creía que debía ser cuando el miedo me dictaba las cartas.