CAPÍTULO 15
Lord Harrington llega a las tres en punto.
Recibo el anuncio de Watkins mientras ajusto los guantes de cabritilla y me observo en el espejo del vestíbulo una última vez.
Harrington aguarda con el sombrero claro propio de los días despejados y esa sonrisa suya que carece de cualquier propósito que no sea el de resultar genuina.
—Lady Carroway —saluda, inclinándose con una naturalidad que siempre me ha resultado envidiable.
—Lord Harrington —respondo, asintiendo mientras tomo su brazo.
El día ha resuelto ser generoso. Salimos a la calle y el sol de abril calienta lo suficiente para que el paseo sea agradable sin llegar a resultar sofocante.
Hyde Park, a esta hora de un miércoles, conserva esa cualidad tranquila de los lugares que no necesitan esforzarse por impresionar.
Entramos por la verja del lado sur y enfilamos el sendero del lago, el trayecto más largo y sosegado, flanqueado por árboles que ya muestran el verde tierno de la primavera.
Londres queda atrás, reducida a un rumor distante de cascos y voces que se estrella contra los muros del parque.
—El tiempo ha decidido darnos una tregua —observa Harrington tras los primeros minutos de caminata, ajustando el paso al mío—. Ayer el cielo parecía dispuesto a desplomarse sobre nosotros.
—Amenazó durante toda la mañana —replico, mirando los reflejos en el agua—, pero al final no cayó ni una gota. Londres tiene esa costumbre de amagar sin llegar a cumplir sus promesas.
—Como ocurre con muchas personas —apunta él con ligereza, como quien suelta una reflexión al aire sin pretender que cargue con un peso excesivo.
—Como ocurre con muchas personas —secundo, apretando ligeramente el agarre sobre su brazo.
La conversación fluye con esa transparencia que ya he aprendido a identificar en él.
No hay silencios que pesen, ni necesidad de buscar temas de relleno para evitar la incomodidad.
Hablamos sobre el concierto de la semana pasada y sobre un libro de viajes que ambos hemos leído recientemente.
Nuestras opiniones divergen en puntos específicos, lo que convierte el intercambio en algo estimulante.
Harrington defiende sus ideas con argumentos sólidos, demostrando que no se ha limitado a pasar las páginas por encima.
—La protagonista toma una resolución equivocada —insisto, deteniéndome un segundo frente a un castaño—, y sin embargo el autor pretende que la veamos como una heroína valiente. Me parece un artificio poco honesto.
—¿Por qué lo califica de artificio? —pregunta él, deteniéndose a mi lado—. Las decisiones erróneas también pueden requerir valor. La valentía no siempre va de la mano con el acierto.
—La valentía cuando carece de criterio es simplemente imprudencia con una mejor campaña de publicidad —replico, cruzando la mirada con la suya.
Harrington ríe con una espontaneidad que me obliga a relajar la tensión de los hombros.
El sonido es limpio, carece de aristas y de segundas intenciones.
Es agradable, de la misma forma que lo es todo en él: un hombre sin sombras, sin secretos guardados en cajones, con esa calidad neutra de las cosas que funcionan porque no tienen nada que ocultar.
Llevamos recorrido un kilómetro y medio de sendero cuando la evidencia se me impone sin estridencias.
No es una revelación dramática ni un vuelco en el pecho.
Es la constatación de que, a pesar de estar disfrutando de un paseo perfecto con un hombre impecable, no he dejado de ser consciente, ni un solo segundo, del lugar exacto donde descansa una carta en mi estudio.
Agradable. Esa es la etiqueta que le corresponde a este momento.
Harrington es agradable y, lo que es más importante, agradable no duele.
Tres años de viudedad me han enseñado a valorar aquello que no provoca heridas.
Mi matrimonio con Salisbury fue un ejercicio de corrección y calma; funcionó durante doce años sin ser la vida que yo habría soñado, pero funcionó. Fue, en su medida, agradable también.
—Parece que sus pensamientos se han alejado del parque —comenta Harrington, detectando mi ausencia con esa habilidad suya para leer el entorno sin resultar intrusivo.
—Sigo dando vueltas al libro —miento a medias, pues la historia de la protagonista fue la que desencadenó el resto de la reflexión.
—¿Aún convencida de su error? —inquiere él con curiosidad.
—Más que antes. Hay resoluciones que uno toma sabiendo que son equivocadas, pero las abraza porque el error tiene un aspecto más manejable que la alternativa. Eso no es valor, lord Harrington. Es una rendición disfrazada de otra cosa.
Él me observa de soslayo, manteniendo una atención genuina pero respetuosa.
—Es una postura muy firme —señala.
—Tengo posturas muy claras sobre la mayoría de los asuntos —admito, desviando la vista hacia los patos que nadan en el Serpentine—. Es un defecto de carácter, me temo.
—O una virtud, según a quién le pregunte —argumenta él con una sonrisa discreta.
Continuamos el camino. El lago brilla a nuestra derecha bajo la luz de la tarde.
Todo resulta ordinario, ajeno al hecho de que anoche, entre las paredes de la casa de los Ashworth, tuvo lugar una conversación que no he dejado de diseccionar desde que regresé a mi habitación.
«Doce años no se explican con una carta», le dije.
Lo repetí mientras me vestía esta mañana.
Lo sigo repitiendo ahora, frente a un hombre que jamás me ha obligado a esperar nada ni me ha pedido que descifre sus silencios.
Un hombre que no me mira con esos ojos oscuros que se niegan a aprender la indiferencia.
Ese pensamiento aparece sin previo aviso y lo aparto de inmediato. Esta tarde pertenece a Harrington y a este sendero, no a las dudas que aún no me atrevo a nombrar.
—¿Asistirá a la recepción de los Pemworth el jueves? —pregunta mi acompañante cuando el camino empieza a cerrarse entre arbustos.
—Tengo intención de ir.
—Quizás allí coincidamos de nuevo.
—Quizás —respondo.
No hay dobleces en su propuesta. Con él, lo que se ve es lo que hay: un paseo de miércoles, una charla literaria y un caballero que no guarda misivas de 1808 ni toma decisiones unilaterales sobre el futuro de dos personas. Debería ser suficiente para cualquier mujer sensata.
—Lady Carroway —dice Harrington al llegar a la bifurcación del sendero—, ¿preferiría continuar un tramo más o es momento de emprender el regreso?
Lo observo. Tiene esa expresión abierta de siempre, sin misterios que desentrañar. Es la pregunta más simple sobre un paseo en el parque.
—Regresemos —sentencio.
—De acuerdo —acepta él sin cuestionar, y giramos para desandar el camino sin mayor ceremonia.
Al girar, distingo una figura en la distancia.
No está cerca, pero su silueta resulta inconfundible.
Cerca de una de las entradas del lado norte, junto a la verja, se encuentra Pip.
Se mantiene inmóvil, con la mirada fija en una dirección opuesta a la nuestra, con esa rigidez de quien ha decidido de pronto que el paisaje del horizonte es lo único que merece su atención.
Pip no frecuenta Hyde Park en solitario un miércoles por la tarde.
No es un hombre dado a los paseos contemplativos sin compañía.
Procesamos el regreso en silencio. Harrington me acompaña hasta la puerta de Carroway House y se despide con la cortesía impecable de siempre, mencionando de nuevo nuestra posible cita del jueves.
Entro en casa. Watkins me recibe con su habitual discreción, tomando mi sombrero y mis guantes.
Subo al salón y me desplomo en el sillón de siempre.
Comprendo, con una nitidez que me resulta molesta, que Edmund estaba en ese parque.
No lo vi, pero sé que estaba allí, y que vio lo que tenía que ver.
Lo más inquietante es que ese hecho, que debería resultarme irrelevante frente a la amabilidad de Harrington, me importa de una manera que no puedo justificar.
Mira llega a las cinco, justo cuando el servicio de té está dispuesto. Me observa con esa mirada que cataloga cada uno de mis gestos.
—¿Cómo ha ido el encuentro? —pregunta, tomando asiento frente a mí.
—Bien —respondo, alcanzando la tetera—. Ha sido un paseo muy agradable.
—Agradable —repite ella, cargando la palabra con una entonación que la convierte en un juicio clínico.
—Agradable —confirmo, manteniendo el pulso firme mientras sirvo el té—. El tiempo acompañaba y la conversación ha sido fluida. Harrington es exactamente el hombre que aparenta ser.
—¿Y eso constituye una ventaja o un inconveniente?
—Es una ventaja, sin duda. Es un hombre bueno.
Mira bebe un sorbo de té, tomándose su tiempo. Parece haber decidido que no va a presionar más de lo necesario esta tarde.
—¿Y tú estás bien?
—Perfectamente —afirmo, aunque la carta siga pesando en el cajón de abajo de mi escritorio. La tarde sigue su curso tras los cristales y las preguntas sin respuesta continúan flotando en el aire del salón.
—Caelina —murmura Mira, dejando la taza sobre la mesa.
—Lo comprendo —la interrumpo antes de que pueda elaborar la frase.
—¿Lo comprendes de verdad?
—Sí. Que agradable no es suficiente. Lo supe antes de llegar al segundo kilómetro —dejo mi taza, que apenas he probado—. Pero saberlo no me indica qué debo hacer a continuación.
—No —concede Mira con suavidad—. Todavía no lo sabes. Pero reconocerlo ya supone un avance.
Se hace un silencio largo. Fuera, la luz de abril empieza a palidecer. Pienso en la imagen de Pip junto a la verja norte, fingiendo que no nos veía, y en lo que eso implica sobre la presencia de Edmund en el parque.
—¿Es habitual encontrar a Pip paseando solo por Hyde Park los miércoles? —pregunto, fingiendo indiferencia.
Mira me sostiene la mirada con una calma absoluta.
—Raramente ocurre —responde.
—Eso pensaba yo —murmuro.
Y en ese pensamiento, con el peso de lo que no se dice llenando la estancia, dejamos que la tarde se consuma.