CAPÍTULO 14
Westcote House y White's Club
La disciplina de la espera requiere un entrenamiento que creía haber dominado durante la última década.
Sin embargo, ninguna de las versiones anteriores se asemeja a esta.
Antes, aguardaba sin un propósito definido, cargando con el peso sordo de lo irresuelto como quien se acostumbra a una vieja lesión que solo duele cuando cambia el tiempo.
Esta vez, la espera tiene un nombre que se me queda atrapado entre los dientes y la textura áspera de los tres días que han transcurrido desde que Hatch cruzó el umbral de Carroway House.
No aguardo una respuesta inmediata porque no la solicité, pero la quietud que proyecto en mi estudio mientras finjo trabajar en los informes de Halridge es una construcción frágil.
Mis dedos tamborilean sobre el cuero del escritorio siguiendo un ritmo que mi mente no logra acompasar.
Hatch, que se mueve por la casa con esa eficiencia silenciosa que le permite estar en todas partes sin ser visto, percibe la vibración de mis nervios.
Lo demuestra el sábado por la mañana, justo cuando dejo la taza de café sobre el plato.
—Lady Carroway salió ayer por la tarde a Hyde Park —anuncia, con el mismo tono desapasionado con el que informaría sobre el estado del tiempo.
—¿Ah, sí? —respondo, tratando de que mi voz no suene demasiado tensa.
—Con lord Harrington —añade él, mientras retira el plato vacío—. El paseo duró aproximadamente una hora.
—Entiendo.
—Hace frío esta mañana, lord. Más del que cabría esperar en esta época del año.
—Gracias, Hatch. Puedes retirarte.
Me quedo solo en el comedor, con el aroma del café enfriándose y una imagen mental que no he solicitado pero que se instala con una nitidez hiriente: Harrington ofreciéndole el brazo con esa soltura suya, Caelina luciendo uno de esos sombreros que le enmarcan el rostro y una conversación que, sin duda, carece de los fantasmas que pueblan nuestras charlas.
Me repito que el tiempo que le concedí incluye precisamente esto, pero la lógica ofrece poco consuelo cuando el estómago se cierra.
Pip irrumpe antes de que haya terminado de asimilar la noticia. Entra en el comedor sin anunciar su llegada, arrojando sus guantes sobre la mesa de caoba.
—¿Has oído lo de Harrington? —pregunta sin preámbulos, tomando asiento frente a mí.
—Hatch ya se ha encargado de ponerme al día.
—Es sobrino de lady Pembridge. Sin deudas, con una reputación impecable y, según dicen los que le conocen bien, un hombre razonable en todos los sentidos imaginables —Pip hace una pausa, observando mi reacción—. Lo cual, Edmund, es un problema de dimensiones considerables para nosotros.
—¿Desde cuándo la sensatez es un inconveniente? —replico, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Desde que las viudas inteligentes e independientes buscan precisamente eso para asegurar su futuro. No compites contra un villano, compites contra una opción segura.
Lo sé. Lo percibí en Pemworth desde el primer momento.
Harrington es un folio en blanco, alguien que no llega con una carta guardada en un cajón durante doce años ni con una lista de silencios que purgar.
Lo que yo poseo es la memoria compartida, pero esta mañana, con el recuerdo del paseo en Hyde Park flotando en el aire, ese argumento me parece una defensa precaria.
Pip se queda hasta el mediodía, divagando sobre política y conocidos comunes, pero mi resolución ya está tomada cuando él se marcha.
Iré a la recepción de los Ashworth. No pretendo forzar un encuentro ni exigir una palabra, simplemente necesito estar presente, ocupar un espacio en su mundo antes de que el vacío que dejé se llene con nombres nuevos.
La velada en casa de los Ashworth es una masa compacta de gente, seda y ruido.
Es el escenario perfecto para ver sin ser visto, o para encontrarse por accidente.
Diviso a Caelina a los pocos minutos de entrar junto a Pip.
Está junto a lady Calton, luciendo un vestido de un azul tan profundo que parece absorber la luz de las arañas de cristal.
Es una elección deliberada, una armadura de elegancia que la hace destacar sobre el resto.
Intercambiamos la inclinación de cabeza reglamentaria.
Ella mantiene la barbilla elevada y la mirada serena, cumpliendo su parte del acuerdo táctico que rige nuestros movimientos en público.
El azar, sin embargo, decide intervenir cuarenta minutos más tarde.
Me encuentro conversando con lord Aldbury cerca de una de las columnas de mármol cuando la corriente de invitados me empuja hacia un rincón más tranquilo.
Allí está ella, conversando con lady Cavendish.
En cuanto esta última se retira para saludar a otros invitados, nos quedamos solos.
El ruido de la orquesta y el murmullo de las risas se desplazan hacia el fondo, dejando un hueco de silencio denso entre nosotros.
La distancia de apenas un metro se siente como un abismo que ninguno se atreve a cruzar primero.
—Caelina —murmuro. El nombre escapa de mis labios sin permiso, desafiando mi propósito de mantener las distancias.
—Lord Westcote —responde ella. El uso del título nobiliario cae entre nosotros con la frialdad de un portazo.
—¿Estás bien? —pregunto, incapaz de encontrar un terreno más firme.
—Perfectamente.
—Me alegra oírlo.
El silencio que sigue no tiene nada de cómodo. Es una barrera de palabras contenidas que pugnan por salir. Observo la tensión en su cuello y la forma en que sus dedos aprietan ligeramente el abanico cerrado.
—He recibido tus flores —añado, arrepintiéndome en el mismo instante en que las palabras abandonan mi boca.
Ella me observa un segundo. En sus ojos percibo una lucha rápida, una evaluación de daños antes de volver a blindarse.
—He recibido flores de varias personas esta semana, lord —contesta con una neutralidad que me escuece más que un insulto.
—Lo comprendo. —Doy un paso hacia delante, acortando el espacio justo para que mi voz no llegue a oídos ajenos—. Respecto a la carta... si necesitas más tiempo, es tuyo. Pero si hay algo que no haya quedado claro, cualquier duda que necesites despejar, estoy aquí.
Algo cruza su rostro, una sombra de agitación que desaparece tan rápido como llegó. Recompone su expresión, endureciendo el gesto hasta que parece una estatua de sal.
—Doce años no se explican con una carta, lord Westcote —responde, y su voz, aunque tranquila, posee un filo que corta cualquier posibilidad de réplica—. Por muy bien escrita que esté.
No encuentro palabras para contestar. Tiene razón. Es una verdad tan absoluta que cualquier defensa resultaría patética. Agacho la cabeza un instante, reconociendo el peso de sus palabras.
—Tienes razón —murmuro, aceptando la derrota.
Al levantar la vista, descubro algo que no esperaba.
Su expresión se ha suavizado, perdiendo esa rigidez defensiva.
Hay algo en sus ojos, una vulnerabilidad antigua que solo aparece cuando las defensas fallan.
Percibo, con una claridad que me sobrecoge, que mi presencia le duele tanto como a mí la suya.
Su arquitectura de indiferencia no es más que una protección contra un daño que aún supura.
—Lo sé —insisto, bajando aún más el tono—. Sé que un papel no basta. Solo quería que supieras que existe, que lo que dice es la verdad. El resto depende de ti.
El salón sigue girando a nuestro alrededor. Pip está riendo a carcajadas con lady Calton en el otro extremo de la estancia, ajeno a la fractura que acaba de abrirse en este rincón. Caelina me mira con una fatiga evidente, como si llevar el peso de su propia armadura la hubiera agotado finalmente.
—Buenas noches, lord Westcote —se despide en un susurro.
—Buenas noches.
La veo alejarse, cortando el aire con su paso firme, y me quedo anclado al suelo.
La frase «doce años no se explican con una carta» resuena en mi mente con la fuerza de un veredicto.
Sin embargo, me invade una certeza extraña: lo que he visto bajo su máscara no era desprecio.
Era algo mucho más complejo y difícil de manejar.
Pip aparece a mi lado, sosteniendo dos copas de champán y con esa mirada suya que indica que no se ha perdido ni un solo movimiento de la escena.
—¿Ha ido bien? —pregunta, ofreciéndome la bebida.
—Ha ido —respondo, tomando la copa con dedos gélidos.
—Una respuesta muy de tu estilo, Edmund. Poco Loise y llena de matices.
—Es la única que tengo ahora mismo.
Bebemos en silencio. Pip mantiene la compostura, algo que agradezco profundamente en este momento.
Al otro lado del salón, Caelina se ha unido a lord Harrington.
Él le sonríe y le dice algo que la hace inclinar la cabeza.
Ella responde con atención, pero noto la rigidez en sus hombros, el ángulo exacto de su postura que delata que una parte de su pensamiento sigue atrapada aquí conmigo.
O quizá sea solo la esperanza desesperada de un hombre que se niega a aceptar que el tiempo ha ganado la partida.
—¿Nos marchamos? —pregunta Pip al cabo de un rato.
Miro una última vez hacia donde está ella. Harrington sigue hablando, pero ella ha desviado la vista hacia la ventana, buscando quizás el mismo aire que a mí me falta.
—No nos vamos —sentencio, apretando el cristal de la copa entre mis manos—. Quiero ver el final.