CAPÍTULO 13
Watkins anuncia la llegada de Hatch a las once de la mañana.
Me levanto del diván antes de que termine de pronunciar el nombre, alisando los pliegues de mi falda con un movimiento instintivo.
Salgo al vestíbulo para recibirlo, manteniendo esa verticalidad rígida de quien se prepara para un impacto que lleva años vaticinando.
Hatch aguarda junto a la puerta principal.
Es el mismo hombre que recordaba de mi juventud, una figura que parece tallada en una madera que no cede ante el paso de las estaciones; ni una arruga nueva que importe, ni un ápice de debilidad en su postura.
Se mantiene allí, presente de esa manera suya que no reclama espacio pero que llena la estancia.
Me tiende el sobre utilizando ambas manos. Realiza una inclinación de cabeza tan profunda que roza lo litúrgico, confiriendo al pedazo de papel un peso que no debería tener.
—De parte de lord Westcote, lady —murmura, sosteniendo la mirada lo justo para transmitir una gravedad que me eriza el vello de los brazos.
—Gracias, Hatch —respondo, tomando el sobre. Mis dedos rozan la textura del papel grueso.
—Lady. —Vuelve a inclinarse, pero antes de girar sobre sus talones, añade con esa voz que parece venir de un tiempo compartido—: Es un buen día.
—Lo es —confirmo, aunque el corazón me golpea con fuerza contra las costillas.
—Sí, lady —añade antes de marcharse con su paso regular.
Subo las escaleras hacia el salón con el sobre apretado contra la palma.
Cierro la puerta tras de mí, buscando el aislamiento que solo el cerrojo puede otorgar.
Me acomodo en el sillón junto al ventanal, donde la luz de abril incide de lleno, revelando cada mota de polvo en el aire y cada imperfección en el lacre rojo.
La dirección está escrita con una caligrafía que reconozco, aunque ha perdido la volatilidad de los veinte años para ganar la firmeza de la madurez.
«Personal», leo en la esquina inferior. Rompo el sello con cuidado, tratando de no rasgar el papel.
Extraigo dos hojas. La primera es una nota reciente, apenas cuatro líneas directas que mi mente procesa de un vistazo.
La dejo sobre el regazo porque mi atención es capturada de inmediato por la segunda hoja.
Es un papel que el tiempo ha castigado con un tono amarillento, casi ocre en los bordes.
La letra aquí es distinta: urgente, desordenada, escrita con una presión que casi perfora la fibra, delatando a un hombre que peleaba contra el reloj o contra su propia conciencia.
Recorro las líneas la primera vez con la vista nublada por la prisa, buscando un porqué que se me escapa.
La segunda vez, me obligo a reducir la velocidad.
Leo cada palabra, permitiendo que el sentido de las frases se asiente en mi estómago antes de avanzar.
Al terminar, devuelvo los pliegues a su estado original y guardo el papel en el sobre.
Me acerco a la ventana para buscar aire.
La calle bulle con una actividad que me resulta insultante en su normalidad.
Un carruaje negro gira en la esquina, dos damas ríen bajo sus sombrillas de encaje y un mozo de cuadras corre con un fardo al hombro.
Todo sigue igual fuera de estas paredes, mientras dentro, el suelo parece haber cedido bajo mis pies.
Una frase se me ha quedado grabada a fuego, repitiéndose detrás de mis párpados cada vez que parpadeo: «Los próximos cincuenta años tenían una forma. Y esa forma tenías tú».
La escribió con veintitrés años, la noche que decidió que no vendría a buscarme.
La redactó en la soledad de su estudio, la guardó y prefirió el silencio al riesgo de enviarla.
Existe como un testimonio mudo de una cobardía que ahora me resulta dolorosamente humana.
Es la torpeza de alguien que no sabe cómo explicar lo inexplicable y, sin embargo, se siente obligado a intentarlo.
Lo que me fractura por dentro no es la explicación de las deudas familiares ni las presiones de su linaje; es el hecho de que la conservara.
No pudo destruirla. Durante doce años, ese papel ha dormido en el fondo de un cajón como una prueba de un amor que no supo qué hacer consigo mismo, y ahora que está en mis manos, yo tampoco sé qué hacer con él.
Me guardo el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta que he dejado sobre la silla. La cercanía física del papel me reconforta de una manera extraña; necesito sentir su peso contra mi costado.
Mira aparece a las tres de la tarde sin que yo la haya mandado llamar.
Es una de sus habilidades más inquietantes: presentir el desastre antes de que el humo sea visible.
Entra con el pretexto de unos guantes de seda que debía devolverme, pero su mirada recorre mi rostro con la precisión de un cirujano.
Se sienta frente a mí, despojándose lentamente de su abrigo.
—Ha llegado —dice en voz baja, sin margen para la duda.
—Esta mañana. La trajo Hatch en mano.
—¿Y bien? —pregunta, inclinándose hacia delante.
Permanezco en silencio, escuchando el tictac del reloj sobre la chimenea. Fuera, el carruaje de Mira aguarda con la paciencia de los objetos inanimados.
—Es una carta de 1808 —explico al fin, mirando mis propias manos entrelazadas—. La escribió la noche de su partida y nunca llegó a enviarla.
—¿Por qué ocultarla tanto tiempo? —inquiere ella, frunciendo el ceño.
—Supongo que porque era un hombre demasiado joven que no comprendía que el silencio es una forma de violencia. Optó por el cajón en lugar del correo.
Mira me observa con esa intensidad suya que no permite el autoengaño.
—¿Cómo te encuentras, Caelina?
—Estoy reordenando las piezas —respondo, buscando las palabras exactas—. El dolor que sentía estaba guardado en un estante muy específico de mi memoria, bajo una etiqueta que ahora resulta ser falsa. Reclasificar doce años de resentimiento no es algo que se logre en una tarde.
—¿Qué quieres decir exactamente con eso? —insiste ella, ajustándose la manga del vestido.
Me levanto de nuevo. Necesito que mis pies se muevan para que mis pensamientos no se estanquen.
—Durante doce años caminé con la certeza de que yo había sido su última prioridad —murmuro, dándole la espalda para observar el jardín trasero—.
Creía que, puestos a elegir entre lo que sentía y lo que le convenía, yo había sido lo que quedó fuera del equipaje.
Usé esa idea como un escudo, como la prueba definitiva de que lo nuestro no había tenido la fuerza necesaria para sobrevivir a la primera tormenta.
—¿Y la carta dice lo contrario? —pregunta Mira a mis espaldas.
Me giro para enfrentarla. Ella no se ha movido, sus ojos siguen fijos en mí, cargados de una empatía que me desarmaría si no estuviera tan tensa.
—Dice que intentó protegerme de la manera más estúpida y equivocada que existe.
No justifica su huida, ni justifica haberme dejado en la oscuridad durante más de una década.
Pero cambia la historia. Y cuando la historia que te has contado a ti misma para sobrevivir se desmorona, todo lo que hay debajo se ve obligado a cambiar de lugar.
Mira guarda silencio durante un largo minuto. Se quita los guantes y los deposita sobre la mesa con una delicadeza extrema.
—¿Y qué vas a hacer con Edmund? —suelta al fin.
Vuelvo a sentarme, dejando caer los hombros.
—No lo sé todavía. No se puede perdonar una herida de doce años en cinco minutos. Pero por primera vez puedo considerar si bajo los escombros queda algo que valga la pena rescatar. Necesito ver si la mujer que soy ahora y el hombre en el que él se ha convertido pueden encontrar un lenguaje común.
—¿Eso es lo que deseas realmente? —pregunta ella, bajando la voz.
La pregunta flota entre nosotras. Me tomo mi tiempo para responder, dejando que la honestidad aflore sin filtros.
—Sí —admito con un hilo de voz—. Creo que sí.
Mira asiente con una sola inclinación de cabeza, solemne.
—¿Vas a responderle hoy?
—Todavía no. Necesito que el papel deje de quemarme en el bolsillo antes de poner una sola palabra por escrito. Pero voy a guardar su carta.
—¿Dónde? —curiosea ella con un atisbo de sonrisa.
—En el cajón inferior de mi escritorio. Debajo de todo —respondo, y por primera vez en el día, noto que los músculos de mi cara se relajan.
Mira me mira fijamente y luego suelta una carcajada, una risa completa que ilumina sus ojos y rompe la pesadez del salón.
—Caelina —exclama, negando con la cabeza.
—Lo sé —añado yo, contagiada por su gesto.
—Es exactamente lo que... —empieza ella, pero la interrumpo con una mano levantada.
—Lo comprendo, Mira. Sé exactamente lo que significa devolverle el gesto.
Su risa breve tiene un efecto balsámico. Salimos poco después a dar ese paseo por el parque que llevábamos días postergando. Mientras caminamos bajo los castaños en flor, Mira me toma del brazo, ofreciéndome ese apoyo físico que tanto necesito.
—¿Vas a estar bien? —pregunta mientras cruzamos la avenida principal.
—Sí —afirmo, y esta vez la palabra suena sólida en mi boca, sin el temblor de la duda—. Voy a estar bien.
Seguimos avanzando entre el bullicio de la temporada londinense. La carta golpea suavemente contra mi costado con cada paso, un recordatorio físico de que el pasado ha dejado de ser un fantasma para convertirse en un documento.
Lo que no sé en ese momento, mientras el sol de la tarde calienta las calles, es que lady Carroway ya ha recibido un envío distinto.
Watkins ha colocado en el vestíbulo un jarrón con flores frescas que lord Harrington ha mandado con una tarjeta impecable.
Estarán allí, presidiendo la entrada cuando yo regrese, recordándome que el tiempo tiene prisa y que los pretendientes no aguardan a que las heridas cicatricen.
Tampoco puedo imaginar que, en ese preciso instante, Edmund está sentado en su estudio de Westcote House, observando el reloj y comprendiendo que su paciencia tiene un límite.
Ha decidido que quedarse de brazos cruzados mientras yo leo sus pecados ya no es una opción aceptable.
El silencio está a punto de romperse de nuevo, y esta vez, ninguno de los dos podrá refugiarse en un cajón.