CAPÍTULO 12
Me levanto antes de que Hatch llame a la puerta.
Son las seis y cuarto. La luz de abril entra por la rendija de las cortinas con esa cualidad blanca de las mañanas de primavera que hace que el cuarto parezca más silencioso de lo que está.
Me quedo sentado en el borde de la cama un momento, con los pies sobre la alfombra fría y la cabeza despejada, lo cual resulta inusual tras una noche de sueño fragmentado.
El jardín de los Hadley se repetía en mi mente durante las vigilias con la insistencia de las tareas inacabadas.
No ha terminado. Lo sé mientras busco la ropa en el armario.
Lo que ocurrió ayer fue necesario, fue honesto y supuso el principio de algo, pero un principio sin continuación es simplemente un gesto vacío, y yo no he venido a Londres a hacer gestos.
Me visto con movimientos mecánicos, ajustando los puños de la camisa y el nudo de la corbata sin esperar la asistencia de mi ayuda de cámara.
Bajo al estudio cuando la casa aún huele a cera y a madera cerrada.
Al abrir el cajón inferior del escritorio, el roce de la madera emite un crujido seco.
La carta sigue allí, doblada en cuatro. El papel parece haber ganado un tono amarillento desde ayer, una ilusión de mi mente que se resiste a aceptar que el tiempo avanza sin tregua.
La despliego sobre el cuero verde del escritorio.
Leo las líneas despacio, con la misma atención que dediqué a ese papel la semana pasada, pero ahora las palabras poseen un peso distinto.
Ayer le confesé que existía. Le prometí que la leería cuando estuviera lista.
Lo que omití fue el momento exacto en que pensaba enviársela.
Tomo una hoja limpia y la pluma de ganso. La tinta negra fluye sobre el papel mientras redacto una nota breve, de apenas cuatro líneas. Prescindo de encabezamientos formales; a estas alturas, cualquier título nobiliario funcionaría como un muro que no deseo levantar.
«La carta que le mencioné ayer. No hay nada que añadir a lo que ya dije, excepto que leerla o no leerla es completamente su decisión, y que cualquiera de las dos opciones estará bien. E.W.»
Doblo mi nota junto al pliego de 1808. Caliento el lacre rojo sobre la llama de la vela y sello el sobre con firmeza.
Escribo su nombre en el exterior. Mi caligrafía actual es más angulosa y segura que la del hombre de veintitrés años que escribió el contenido original; esa diferencia me resulta vital, aunque dudo que ella se detenga en tales detalles.
Hatch entra a las siete menos cuarto portando la bandeja del café. Se detiene un instante al encontrarme ya sentado al escritorio, vestido y con el sobre cerrado frente a mí. Sus cejas se elevan apenas un milímetro antes de recuperar su máscara de eficiencia.
—Buenos días, lord —saluda, dejando la bandeja sobre la mesa auxiliar sin que su voz delate la sorpresa de encontrarme activo a estas horas.
—Buenos días, Hatch. —Deslizo el sobre hacia el borde del mueble—. Necesito que lleves esto personalmente esta mañana a Carroway House.
Él deja la cafetera y toma el sobre. Lo observa un segundo, confirmando el destinatario con una inclinación de cabeza.
—¿A qué hora, lord? —pregunta mientras acomoda la correspondencia del día a un lado.
—En cuanto termines aquí. No hay una hora exacta, pero quiero que lo entregues tú, Hatch. Nada de mozos ni mensajeros externos.
—Por supuesto, lord.
—Y si lady Carroway no estuviera disponible en ese momento...
—Lo dejaré con instrucciones estrictas de que se lo entreguen en mano en cuanto regrese —interviene mi ayuda de cámara con esa parsimonia que indica que ya ha previsto todos los obstáculos posibles—. Sin excepción alguna.
—Exacto. Gracias.
Escucho sus pasos alejarse por el pasillo, rítmicos y constantes como lo han sido durante las últimas tres décadas.
Poco después, el sonido sordo de la puerta principal cerrándose me indica que ya está de camino.
Me quedo a solas con el café amargo y un silencio que de pronto se siente demasiado denso.
Pip llega a las diez, lo cual es casi una proeza de puntualidad para él. Yo llevo cuatro horas fingiendo que estudio los informes de las propiedades de Halridge, aunque mi atención se ha dispersado constantemente hacia el reloj de pared.
—¿Cómo fue ayer? —suelta mi amigo nada más cruzar el umbral, ignorando cualquier saludo protocolario mientras se despoja de los guantes.
—Bien —respondo, dejando la pluma en el tintero.
—¿Bien como en «un éxito inesperado» o bien como en «un trámite correcto»? —insiste, dejándose caer en el sillón de orejas frente a mí.
—Bien como en «fue lo que tenía que ser» —aclaro, cruzando los brazos sobre el pecho—. Le dije lo que callé hace doce años. Me escuchó. No me echó de su jardín. Eso es mucho más de lo que esperaba obtener.
Pip se acaricia la barbilla con gesto pensativo. Su mirada escudriña mi rostro buscando las grietas en mi supuesta calma.
—¿Y ella? ¿Cómo reaccionó?
—Estaba bien. —Me viene a la memoria la rigidez de su espalda cuando empezamos a hablar y cómo fue cediendo poco a poco—. Estaba más receptiva de lo que mi memoria me sugería. O quizás es que la recordaba bajo el filtro de mi propio miedo.
—¿Y la carta? —pregunta Pip, señalando con la cabeza el espacio vacío en mi escritorio donde antes estaba el sobre.
—Hatch la está entregando en este mismo instante.
Mi amigo abre los ojos y se inclina hacia delante, apoyando las manos en las rodillas.
—¿Hoy mismo? ¿Sin más preámbulos?
—He tenido doce años de preámbulos, Pip. Creo que ya es suficiente tiempo de espera para ambos.
Él asiente con lentitud, asimilando la rapidez de los acontecimientos. Sus dedos tamborilean sobre el muslo mientras procesa la nueva situación.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —pregunta con curiosidad.
—Esperar —admito, clavando la vista en la ventana—. No hay otra opción.
—¿Cuánto tiempo?
—El que sea necesario. No he fijado un plazo. Si decide responder, lo hará. Si el silencio es su respuesta, también tendré que aceptarlo como una conclusión definitiva.
—¿Y qué hay de Harrington?
La pregunta me golpea con la precisión de un dardo. Sabía que saldría a relucir; Pip no es de los que dejan cabos sueltos cuando analiza un problema.
—Harrington es un hombre razonable con un interés legítimo —digo, tratando de mantener la voz firme—.
No puedo pedirle a ella que ignore su presencia ni puedo exigirle que me elija a mí por encima de una opción más segura.
Solo puedo ser honesto, mostrar mis cartas y dejar que decida con toda la verdad sobre la mesa.
—¿Y si decide que Harrington es la opción correcta para su futuro? —inquiere Pip con esa crudeza que solo un amigo íntimo se permite.
Me tomo un momento para responder. Siento un nudo en la garganta, pero lo trago antes de hablar.
—Entonces habré hecho todo lo que estaba en mi mano. Tendré que aprender a vivir con ello, pero al menos no será con la duda lacerante de si las cosas habrían sido distintas de haber hablado a tiempo. La incertidumbre se habrá acabado, y eso ya es una ganancia.
Pip me observa en silencio durante un largo rato. Hay una chispa de respeto en sus ojos que no suele mostrar a menudo entre bromas y cinismo.
—Has madurado más de lo que creía desde que teníamos veintitrés años —señala finalmente.
—El tiempo no solo pasa, Pip. A veces también enseña.
—Yo también he cumplido años y no estoy seguro de haber sacado las mismas lecciones —dice con una sinceridad que me desorienta un poco—. Aunque intento ponerme al día.
—Lo sé. —Pienso en sus visitas frecuentes a la librería Hatchards y en cómo menciona a lady Calton cada vez que cree que no me doy cuenta—. Te aseguro que lo sé.
Pip se queda conmigo hasta el mediodía. Cambiamos de tema para aliviar la tensión: discutimos sobre una posible inversión en los distritos mineros del norte y sobre las absurdas apuestas que circulan por el club White's acerca del próximo Derby.
Agradezco esa normalidad; necesito que el mundo siga girando mientras imagino a Hatch recorriendo las calles de Londres hacia Mayfair.
Hatch regresa a las once y cuarto. Entra en el estudio con su paso mesurado, cuelga el sombrero con precisión milimétrica y se queda de pie en el umbral. Dejo los papeles de Halridge, que apenas he avanzado, y lo miro fijamente.
—¿Estaba en su residencia? —pregunto, intentando que mi tono no delate la urgencia que me oprime el pecho.
—Lady Carroway estaba en casa, lord —informa Hatch con su habitual neutralidad—. He entregado el sobre personalmente.
—¿Ha dicho algo al recibirlo?
—Ha dado las gracias —responde mi ayuda de cámara—. Y ha añadido que lo leería esta tarde.
«Esta tarde». No ha dicho que lo pensaría, ni que me daría una respuesta en unos días. Ha fijado un momento inmediato. Siento que el aire entra con más facilidad en mis pulmones.
—Bien. Gracias, Hatch.
—¿Desea algo más, lord?
—Nada más. Puedes retirarte.
Pip, que ha seguido el diálogo con una concentración absoluta, suelta un suspiro sonoro en cuanto nos quedamos solos.
—Ha dicho que lo leería esta tarde —repito para mí mismo, más que para él.
—Es una buena señal —opina Pip, levantándose para estirar las piernas—. Al menos no ha quemado el sobre en el acto frente a Hatch.
—Supongo que sí.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a quedarte aquí mirando la pared?
—Ahora voy a trabajar —sentencio, recuperando la pluma y centrándome en los números de las fincas—. O al menos voy a intentarlo. Es mejor que dejar que la imaginación vuele hacia Carroway House.
Pip asiente, comprendiendo que no voy a moverme de ese escritorio en todo el día. Saca un libro pequeño de su chaqueta, una edición de bolsillo de una novela cuyo título no alcanzo a ver, pero que maneja con un cuidado casi reverencial.
—En ese caso, yo también trabajaré —anuncia, acomodándose en el rincón más iluminado—. En silencio absoluto. Prometido.
Pasamos el resto de la tarde en una calma tensa.
Yo me obligo a desglosar los gastos de las tierras del norte, anotando cifras y revisando contratos mientras el sol va desplazando las sombras por el suelo del estudio.
Pip pasa las páginas de su libro con regularidad, sumido en una lectura que sospecho tiene un propósito muy concreto.
El ruido de la ciudad llega amortiguado, recordándome que la vida sigue su curso ajena a la carta que, en algún lugar de Londres, está siendo leída por unos ojos verdes que ya conozco bien.
Puedo imaginarla sentada cerca de un ventanal, concentrada, aislada del mundo como solía hacer cuando un texto captaba su interés.
Hay rasgos de su carácter que el tiempo no ha podido erosionar.
A las cinco, Hatch trae el servicio de té. Lo dispone sobre la mesa baja con su habitual parsimonia. Antes de marcharse, se detiene un segundo extra en la puerta. Es ese gesto suyo, una inmovilidad cargada de palabras no dichas que he aprendido a interpretar con los años.
—¿Hatch? —le insto a hablar.
—Nada en particular, lord —responde él—. Solo que el té está en su punto.
—Gracias.
—De nada, lord —dice antes de desaparecer.
Pip levanta la vista de su novela, observando el espacio vacío que ha dejado el sirviente.
—¿Siempre es así de críptico? —pregunta con curiosidad.
—Llevamos treinta años juntos, Pip. A estas alturas apenas necesitamos frases completas.
—¿Y qué ha querido decir con eso del té?
Miro el humo que sube de la taza. Pienso en la entrega de la carta y en la pausa de Hatch al regresar.
—Ha querido decir que ya hemos hecho nuestra parte —explico, sintiendo el calor de la porcelana en las manos—. Que el mensaje ha llegado a su destino y que lo que suceda a partir de ahora está fuera de nuestro control.
Pip reflexiona sobre mis palabras mientras cierra su libro.
—Es un hombre con una sabiduría muy práctica —admite con un asomo de admiración.
—Lo es.
Bebo el té, notando cómo el líquido caliente me asienta el estómago.
A través de los cristales, la tarde de abril se desvanece en un tono violáceo.
El mundo exterior parece indiferente a la tormenta silenciosa que se gesta en mi interior.
Sé que esta noche no habrá respuestas, que las horas se arrastrarán con pesadez hasta el amanecer, pero al menos la verdad ya no está encerrada en un cajón.
Mañana, tal vez, el silencio tenga una forma distinta.
Por el momento, ese pensamiento es lo único a lo que puedo aferrarme mientras espero que el día llegue a su fin.