Una Última Oportunidad CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La carta de Harfield llega el viernes por la mañana con la puntualidad de quien busca envenenar el fin de semana.

Watkins me la entrega en la bandeja de plata junto al resto de la correspondencia ordinaria, sin realizar ningún comentario, pues ignora que el remitente de este sobre ha pasado de ser una molestia lejana a un peligro inminente.

Utilizo el abrecartas para rasgar el papel y leo el contenido una sola vez, manteniendo la espalda recta contra el respaldo de la silla.

Harfield escribe con una elegancia irritante.

Posee esa habilidad de los hombres mediocres para envolver la amenaza en seda.

Cita cláusulas del testamento de Richard con la frialdad de quien acaba de pagar a un buen abogado para encontrar grietas donde no las hay.

Sugiere, bajo un manto de cortesía que no engaña a nadie, que una conversación privada podría resolver nuestras diferencias antes de que la situación derive hacia los tribunales.

El mensaje real, oculto entre líneas, es un ultimátum: cede el control de las propiedades o me encargaré de que tu nombre aparezca en todos los boletines legales de la ciudad.

Dejo la misiva sobre el escritorio y redacto una nota rápida para Mira: «Ven cuando puedas, el asunto ha tomado forma».

Llega antes del mediodía. Entra en el salón con paso rápido y se despoja de su abrigo sin esperar a que Watkins la asista, lo que en ella es señal inequívoca de urgencia.

—Harfield —anuncio en cuanto nos quedamos solas.

—¿Ha dado el paso? —pregunta Mira, acomodándose en el sillón frente al mío mientras ajusta sus guantes.

—He recibido su carta esta mañana. Plantea una negociación amistosa para evitar los tribunales, lo cual es su forma de decir que va a impugnar el testamento si no le entrego la gestión de las tierras que Richard me dejó en herencia.

Mira se retira los guantes con una lentitud deliberada, observando el sobre que descansa sobre la madera oscura.

—¿Qué dice tu abogado al respecto?

—Que es competente para llevar el patrimonio, pero que carece de los colmillos necesarios para este tipo de disputa —admito, cruzando los brazos sobre el pecho—.

Harfield ha elegido un terreno muy específico.

Necesito a alguien que no se limite a defenderse, sino que sepa cómo contraatacar antes de que el daño sea público.

—Edmund tiene a Greves —suelta Mira, dejando las palabras suspendidas en el aire.

El silencio que sigue a esa mención es denso. Ambas sabemos que Greves es el mayor experto de Londres en litigios sucesorios, pero también sabemos que recurrir a él implica abrir una puerta que todavía no estoy segura de querer cruzar.

—No —sentencio, apartando la vista hacia la ventana.

—¿Por qué no? —insiste ella, arqueando una ceja.

—Por razones que ya imaginas, Mira.

—«Razones» es una palabra muy amplia que suele servir de refugio para el orgullo. Dame un motivo real.

Me levanto y camino hacia el ventanal. Observo el movimiento de la calle, buscando en el exterior la claridad que me falta por dentro.

—Porque aceptar su intervención ahora cargaría la situación de un significado que no estoy lista para gestionar —respondo al fin—.

Recibí una carta de Edmund hace unos días que todavía me quema en las manos.

Mezclar esa vulnerabilidad emocional con un problema práctico de esta magnitud es empañar el juicio.

No quiero deberle mi estabilidad financiera mientras decido qué hacer con mis sentimientos.

Mira se levanta también y se acerca hasta quedar a un metro de distancia. Su mirada es una mezcla de paciencia y rigor.

—Caelina, escúchame bien. Harfield no tiene la menor intención de esperar a que termines de catalogar tus emociones.

Él tiene un calendario propio y un ritmo que solo conoce la ambición.

Si no respondes con la misma fuerza que él proyecta, la situación escalará.

Y cuando eso ocurra, el precio será tu reputación y tu autonomía.

—Soy consciente de ello.

—Y sabes perfectamente que Greves es el único que puede silenciar a Harfield antes de que empiece el escándalo —continúa Mira, bajando el tono de voz—. Pedir ese contacto no es pedir un rescate, es utilizar un recurso que está ahí, al alcance de tu mano.

—Lo que me detiene no es el recurso, Mira. Es lo que implica aceptarlo de él en este preciso instante. Cuando su carta de 1808 sigue en mi mesilla y todavía no sé si puedo perdonarlo.

Mira me observa con esa expresión que utiliza cuando ha decidido dejar de lado las sutilezas para ir directa al corazón del asunto.

—¿Puedo ser honesta contigo?

—Siempre lo eres.

—Creo que el hecho de que esta ayuda te parezca tan cargada de peso es la mayor prueba de que Edmund ya forma parte de tu esquema vital, aunque te niegues a firmar el documento —afirma con rotundidad—.

No es un obstáculo, es una señal de dónde estás realmente.

Intentas separar la carta de la mesilla de la amenaza de Harfield, pero la verdad es que ambas cosas habitan el mismo espacio.

La luz del mediodía entra con una honestidad implacable en el salón, revelando las motas de polvo que bailan en el aire. Sus palabras tienen una precisión que me obliga a cerrar los ojos un instante para asimilar el golpe.

—Eso que acabas de decir es dolorosamente exacto —murmuro al fin, regresando a mi asiento.

—Lo sé. ¿Vas a aceptarlo entonces?

Tomo la carta de Harfield entre mis dedos, sintiendo la textura del papel que pretende arrebatarme mi tranquilidad.

—Lo acepto, pero bajo mis propios términos —respondo, clavando la mirada en mi amiga.

—¿Cuáles son?

—Si le haces llegar algo a Pip, la información debe limitarse estrictamente a los hechos legales. No quiero que Edmund sepa cómo me siento ni qué opino de su misiva. Solo los datos de Harfield.

—De acuerdo —concede Mira sin titubear.

—Y otra cosa: si Edmund resuelve intervenir, debe hacerlo por su propia voluntad. No quiero que sienta que le han dado un empujón para salvar a la dama en apuros. Cualquier acción debe nacer de él.

Mira esboza una sonrisa que casi parece una confesión.

—Eso es exactamente lo que ya le dije a Pip que le transmitiera.

Frunzo el ceño, sintiendo que me he perdido un eslabón de la cadena.

—¿Cuándo hablaste con Pip sobre esto?

—Ayer por la tarde —revela con una calma absoluta.

—¿Antes de recibir mi nota de esta mañana? ¿Antes de que yo misma decidiera qué hacer?

—Sí.

—Mira —pronuncio su nombre con una mezcla de reproche y asombro.

—Llevo días viendo cómo Harfield ganaba terreno —se justifica, ajustándose la manga del vestido—.

Sabía que ibas a necesitar armas que tu orgullo no te permitiría pedir directamente.

No he gestionado nada por ti, Caelina. Simplemente he preparado el terreno para cuando estuvieras lista para caminar por él.

La diferencia entre que alguien decida por ti y que alguien te ofrezca una salida es vital. Mira ha sabido mantener esa línea con la destreza de quince años de amistad.

—Gracias —digo en un susurro, dejando que la tensión abandone mis hombros por un segundo.

—No tienes nada que agradecer. ¿Qué vas a hacer ahora?

—Comprar tiempo. Voy a ordenar a mi abogado que envíe una respuesta formal a Harfield, indicando que el asunto está bajo revisión legal y que cualquier contacto futuro debe realizarse por los canales oficiales.

Eso le indicará que no voy a ceder por miedo, aunque todavía no sepa con qué cartas voy a jugar.

—Es una maniobra inteligente —comenta Mira, recogiendo sus pertenencias.

—Es una maniobra que me permite respirar, nada más.

Ella se pone los guantes con esa elegancia rítmica que la caracteriza y se encamina hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detiene y me mira de soslayo.

—¿Vas a volver a leer su carta esta noche?

—Es muy probable.

—Bien. Las cosas que han tardado doce años en llegar merecen que se les dedique todo el tiempo necesario —sentencia antes de desaparecer tras la puerta.

El salón queda sumido en un silencio que solo rompe el tictac del reloj de pared.

La carta de Harfield descansa sobre el escritorio, mientras que la de Edmund aguarda en el piso de arriba.

Me repito a mí misma que todo esto ocurre bajo mis condiciones, que el control sigue en mis manos y que lo que Edmund decida hacer será responsabilidad suya.

Sin embargo, en la intimidad de este cuarto, no puedo ignorar que la posibilidad de su intervención provoca una vibración en mi pecho que no tiene nada de estratégica.

Guardo el papel de Harfield en el cajón inferior, bajo una pila de facturas olvidadas. Mañana tendré que enfrentarme a la realidad, pero por hoy, dejo que la forma de la pregunta sea suficiente. Mañana decidiré si el error de la valentía es preferible a la seguridad del silencio.