Una Última Oportunidad CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Hatch tiene una manera de dar las noticias que llevo treinta años sin poder describir con precisión.

No es el tono, que permanece siempre neutral y medido, ajustado al volumen exacto que requiere la situación.

Tampoco es la expresión de su rostro, que se mantiene estable sin importar si lo que comunica es una trivialidad o una información devastadora.

Es algo más sutil: la elección del momento.

Hatch jamás habla cuando no debe, lo que significa que cada vez que decide abrir la boca es porque ha calculado que ese es el instante preciso para hacerlo.

Esa certeza, tras tres décadas tratando con él, se convierte en una señal de alarma que me obliga a prestar toda mi atención.

Esta mañana, el aviso llega durante el desayuno.

Sobre la mesa reposan las tostadas, el café humeante y el ejemplar de The Times doblado con una pulcritud que roza la perfección.

Hatch acaba de terminar de servir cuando se detiene cerca de la puerta, con esa naturalidad de quien recuerda un detalle de última hora, aunque sé que nada en su comportamiento es fruto del azar.

—Lord Harrington estuvo presente anoche en la recepción de los Pembridge —anuncia, con la misma entonación que emplearía para comentar un cambio en la dirección del viento.

Dejo la taza sobre el plato, escuchando el leve tintineo de la porcelana.

—¿Ah, sí? —respondo, tratando de emular su desapasionamiento.

—Sí, milord. Es sobrino político de lady Pembridge y ha pasado los últimos meses en Bath. —Hace una pausa apenas perceptible—. Parece ser que mantuvo una conversación extensa con lady Carroway durante la velada.

—Entiendo.

—Hace un día espléndido —añade Hatch, dirigiendo su mirada hacia el ventanal con una serenidad imperturbable—. El cielo está despejado, lo cual resulta inusual en esta época.

—Gracias, Hatch.

—A mandar, milord.

Se retira en silencio. Me quedo a solas con el café enfriándose y unas tostadas que han perdido todo su atractivo.

Hatch acaba de depositar una pieza de información sobre la mesa con la delicadeza de quien coloca un objeto de cristal en el borde de un abismo, alejándose después para observar cómo gestiono el equilibrio.

Lo vi anoche. Vi esa charla desde la estancia contigua, sin pretenderlo, simplemente porque el ángulo del salón permitía observar la figura de Caelina junto a la chimenea.

Estaba con un hombre de cabello castaño claro al que no identifiqué en ese instante.

Hablaban con esa fluidez que solo poseen los intercambios que no necesitan ser forzados.

Ella sonreía; no era una de sus muecas de cortesía social, sino una expresión real que iluminaba sus rasgos, y ese detalle me provocó una punzada de incomodidad que me negué a analizar.

Cuando llego a White’s, encuentro a Pip sentado a una mesa. Es una anomalía, pues mi amigo no destaca por ser un hombre madrugador, a menos que haya pasado la noche en vela o cargue con una urgencia que no pueda contener.

—¿Has recibido noticias sobre Harrington? —pregunta, antes siquiera de que pueda tomar asiento frente a él.

—Buenos días, Pip.

—Sí, sí, buenos días. ¿Sabes lo de Harrington o no?

—Hatch me ha puesto al corriente esta mañana —replico, acomodándome en el sillón con una neutralidad que me ha costado todo el trayecto mantener.

—Es sobrino de lady Pembridge. Acaba de desembarcar en Londres para la temporada y su historial es impecable.

Posee propiedades en Wiltshire y Escocia, no arrastra deudas y su reputación está libre de manchas.

Lord Denham, que lo conoce bien, asegura que es un caballero razonable en todos los aspectos imaginables.

—Pip hace una pausa dramática—. Lo cual, Edmund, supone un problema de magnitudes considerables para nosotros.

—No veo por qué la existencia de un hombre razonable debería ser un inconveniente.

—Porque los hombres perfectamente razonables son el objetivo principal de las viudas inteligentes e independientes cuando deciden que la soledad ha dejado de ser una ventaja.

—Me observa con la seriedad de quien acaba de resolver una ecuación matemática compleja—.

Es una competencia real, Edmund. No se trata de un pretendiente mediocre al que puedas ignorar con un gesto de desprecio.

Harrington es alguien que, sobre el papel, ofrece estabilidad sin las complicaciones de un pasado tormentoso.

No tiene doce años de historia que purgar.

—Nadie ha confirmado que ella esté buscando un nuevo matrimonio.

—Y nadie ha confirmado que no lo esté haciendo.

Hago una seña al mozo para que traiga café. El servicio de White’s es de las pocas cosas en esta ciudad que mantiene una consistencia que no admite quejas.

—¿Adónde quieres llegar con todo esto? —pregunto, sintiendo cómo la mandíbula se me tensa.

—Sugiero —dice Pip, inclinándose hacia delante— que el tiempo que creías tener para recuperar terreno se está agotando más rápido de lo previsto. Tu plan de ser paciente y aguardar a que las aguas se calmen quizá haya caducado anoche en casa de los Pembridge.

—No tenía un plan definido todavía.

—Tenías una ausencia de plan, que es mucho más peligroso, porque te deja a merced de los movimientos de los demás.

—Bebe un sorbo de su taza—. Escúchame bien.

Harrington es agradable y carece de equipaje emocional.

Esa es su ventaja táctica. Pero tú tienes algo que él nunca tendrá: la conoces.

Sabes lo que piensa antes de que hable. Sabes qué la hace reír de verdad.

Y eso, si dejas de comportarte como una estatua de granito, vale más que todas las tierras de Escocia.

Permanezco en silencio, observando a través de los cristales de White's cómo la luz de abril baña los edificios de St. James. Es un día inusualmente claro, de esos que invitan a pensar que el destino todavía puede ser moldeado.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan observador? —inquiero.

—Siempre he tenido buen ojo para los desastres ajenos —responde Pip—. Solo que suelo envolver mis consejos en anécdotas irrelevantes para que no te sientas sermoneado.

—Es una descripción bastante fiel a la realidad.

—Lo sé. —Hace una pausa y su tono recupera la ligereza—. ¿Tienes pensado mover ficha ahora? ¿Algo que no implique quedarte mirando la pared del salón?

—Estoy evaluando mis opciones.

—Evalúa más deprisa —añade Pip con afecto genuino—. Es lo único que te pido.

Dedico el resto de la mañana a gestionar asuntos de la finca y a responder la correspondencia que se amontona en mi escritorio, pero mi mente se niega a abandonar la imagen de Harrington junto a la chimenea.

No pienso en términos de estrategias militares o pasos numerados como haría Pip, sino en una cuestión mucho más elemental: qué estoy dispuesto a arriesgar para romper este muro de cristal que hemos construido entre nosotros.

La respuesta la guardo en el fondo de mi conciencia desde aquel invierno de 1808, encerrada junto a una carta que jamás llegó a su destino.

Por la tarde, cuando Hatch me ayuda a colocarme el abrigo para asistir a la recepción de lady Wentworth, me detengo un momento antes de cruzar la puerta.

—Hatch —murmuro.

—Milord.

—¿Todavía se encuentra en el cajón inferior del escritorio aquella carta? Me refiero a la de diciembre de 1808.

Hatch no necesita aclaraciones. Posee la capacidad de comprender el contexto sin que yo deba deletrear mis debilidades. Su lealtad ha sido el único hilo conductor de mi vida durante estos años de exilio interior.

—Allí sigue, milord —confirma—. En el lugar de siempre.

—Bien.

—¿Desea milord que la prepare para ser enviada?

—Todavía no es el momento —respondo—. Pero necesito saber que sigue ahí, al alcance de la mano.

—Entendido, milord.

Salgo a la calle, donde la tarde conserva esa nitidez específica de la primavera londinense.

El aire es limpio y la luz se demora sobre las cornisas de las casas vecinas.

El carruaje me espera con la portezuela abierta.

A unas pocas manzanas, en el salón de lady Wentworth, me espera una mujer que lleva dos semanas protegiéndose tras un acuerdo tácito que yo mismo he permitido que se asiente.

Hoy no voy a presionarla. No voy a forzar un encuentro en un pasillo ni a exigirle explicaciones que no está preparada para dar.

No quiero que refuerce sus defensas; lo que pretendo es que se acostumbre a mi presencia, que el hecho de verme en la misma habitación deje de ser un evento sísmico para convertirse en una rutina inofensiva.

Pip tiene razón en que el tiempo es un lujo que ya no puedo malgastar, pero la precipitación solo servirá para que ella vuelva a cerrar la puerta con llave.

El carruaje se pone en marcha y escucho el sonido rítmico de los cascos contra el pavimento.

A través del cristal, veo a Hatch cerrar la puerta de la casa con su precisión habitual.

Su rostro es una máscara de tranquilidad, pero hay algo en la firmeza de su gesto que me transmite una extraña sensación de respaldo.

«Piensa más rápido», me ha dicho Pip. Asiento para mis adentros mientras el vehículo se adentra en el tráfico de la ciudad.

El tiempo de la espera pasiva ha terminado; ahora comienza el de la presencia constante.