CAPÍTULO 5
El acuerdo no lo hemos hablado en voz alta, lo cual constituye exactamente su mayor ventaja.
Los pactos tácitos poseen una eficiencia que las negociaciones explícitas nunca logran alcanzar; no requieren de reuniones previas, no dejan rastro alguno y pueden disolverse sin que ninguna de las partes deba admitir que existieron.
Edmund y yo hemos alcanzado uno de esos compromisos en algún punto entre la recepción de los Aldbury y el lunes siguiente, sin haber intercambiado una sola palabra al respecto.
Podemos coexistir bajo el mismo techo. Podemos saludarnos con la cortesía milimétrica que nuestra posición social exige.
Podemos, incluso, mantener breves intercambios verbales si las circunstancias lo vuelven inevitable, algo que en el Londres de plena temporada sucede con una frecuencia agotadora.
Sin embargo, no buscaremos esos momentos.
No repetiremos la conversación que él me solicitó en casa de los Aldbury y que yo rechacé con toda la artillería de mi arquitectura social.
Es un pacto razonable que funciona con precisión durante exactamente catorce días. Lo sé porque Mira lleva el registro de los acontecimientos con una minuciosidad que roza lo obsesivo.
—Dos semanas justas —anuncia un martes por la tarde, mientras el té reposa entre nosotras bajo esa luz amarilla de abril que se filtra por las ventanas—.
Catorce días desde que estuvisteis en casa de los Aldbury sin que se haya producido ni un solo incidente reseñable.
Dos saludos formales en recepciones distintas, un encuentro en el concierto de los Farthington y una charla de apenas cuatro minutos en la velada de lady Weston.
Sorprendentemente, lord Ashford no ha actuado como detonador en ninguna de esas ocasiones.
Bebo un sorbo de té antes de dedicarle una mirada de advertencia sobre el borde de la porcelana fina.
—¿Acaso llevas un cuaderno con anotaciones detalladas? —le pregunto con un tono que pretende ser de reproche.
—Poseo un registro mental perfectamente compartimentado —replica Mira, sin mostrar el más mínimo signo de arrepentimiento—. Siempre he sido una persona de hábitos ordenados.
—Me resulta algo perturbador esa atención al detalle.
—Yo prefiero llamarlo eficiencia operativa.
—Añade un terrón de azúcar a su taza con una parsimonia irritante—.
También he dejado constancia de que, en este intervalo, has declinado dos invitaciones a eventos donde su presencia era segura, has aceptado tres donde no tenías certeza de su asistencia y resultó que él no estaba, y has acudido a uno donde sí coincidisteis.
En esa velada de lady Weston te comportaste con una impecabilidad tan extrema que, francamente, me generó más inquietud que si hubieras montado una escena.
—¿Desde cuándo mi buen comportamiento te resulta inquietante? —pregunto, dejando la taza en el platillo.
—Tu impecabilidad en contextos donde el pulso debería acelerarse me dice que estás haciendo un esfuerzo hercúleo por mantener la estructura —precisa ella, estudiándome con detenimiento—. Hay una diferencia sustancial entre la calma real y la calma ensayada.
—Estoy perfectamente bien, Mira.
—Lo sé —añade ella con esa tranquilidad suya que siempre oculta algo más—. ¿Has logrado descansar de un tirón esta semana?
—Sin ningún problema.
—Ajá.
—Ese sonido no constituye una respuesta válida a nada.
—Significa que te escucho y que proceso lo que dices con el escepticismo que merece. —Me observa con un afecto que me desarma, pues su mirada carece de filtros defensivos—. No pretendo presionarte, Caelina. Solo te observo. Llevo quince años haciéndolo y no voy a dejar de hacerlo ahora.
—Te lo agradezco —murmuro, reconociendo que su presencia es el único anclaje real que me queda—. Pero de verdad, el acuerdo funciona. Hemos encontrado la manera de habitar los mismos salones sin incomodar a los anfitriones ni a nosotros mismos.
—Totalmente —concede ella, aunque su tono sugiere que el tema no está cerrado—. ¿Tienes intención de acudir a la recepción de los Pembridge el jueves?
—Estaba en mis planes.
—Lord Ashford me comentó ayer de pasada que Edmund piensa asistir también.
Mantengo las manos quietas sobre el regazo, evitando cualquier movimiento que delate que la información ha causado algún impacto.
—Resulta curioso que lord Ashford te mencione esos detalles con tanta soltura —apunto—. ¿Con qué frecuencia coincides con él últimamente?
Mira dedica una atención repentina al patrón bordado del mantel, repasando los hilos con el dedo índice.
—Nos hemos cruzado en un par de ocasiones —responde con una vaguedad poco habitual en ella—. Es un hombre con una capacidad comunicativa asombrosa. Y, contra todo pronóstico, posee un criterio literario bastante sólido.
—Mira.
—Caelina.
—¿Estás manteniendo conversaciones regulares con el mejor amigo de Edmund?
—No diría regulares —matiza ella con presteza—. Digamos que son encuentros ocasionales. Existe una distinción técnica importante. —Alza los ojos y sostiene mi mirada—. Me parece una persona interesante, eso es todo lo que hay.
Lo que percibo en su voz cuando describe a Ashford como «interesante» sugiere que hay mucho más tras esas palabras, pero decido que hoy no tengo fuerzas para desmantelar sus secretos. Tengo suficiente con gestionar los míos.
El jueves por la noche acudo a la recepción de los Pembridge.
Mis planes no se alteran por la posible presencia de Edmund Westcote, o al menos eso es lo que me repito mientras Watkins me ayuda a cerrar los botones de la espalda y recoge mi cabello con la destreza silenciosa de quien conoce cada una de mis manías.
—El cielo amenaza lluvia, milady —comenta Watkins, observando el exterior con el ceño fruncido.
—Que preparen el carruaje cerrado, en ese caso.
—Ya se encuentra listo en la entrada, milady.
Su capacidad para anticiparse a mis necesidades suele ser un alivio, pero esta noche me hace preguntarme si soy tan predecible como el clima de Londres, una idea que prefiero no explorar.
La velada de los Pembridge resulta ser un despliegue de lujo considerable, con cuatro estancias abiertas y una terraza cubierta donde los invitados se resguardan de la humedad gracias a unos braseros de bronce.
Llego con Mira pasadas las nueve y la primera hora transcurre sin sobresaltos, entre saludos cordiales y comentarios sobre la ópera.
Entonces aparecen Edmund y Pip.
Los distingo desde el extremo opuesto del salón principal.
La distancia es la adecuada para que nuestro contacto se limite a una inclinación de cabeza reglamentaria.
Pip agita la mano con su habitual falta de protocolo, mientras Edmund ejecuta un saludo seco y preciso.
Yo respondo con la misma medida. El acuerdo tácito se mantiene firme; los parámetros de seguridad no han sido comprometidos.
Sin embargo, el factor desestabilizador aparece en la figura de lady Pembridge. La anciana, que a sus ochenta y dos años ejerce su voluntad como una orden soberana, me atrapa por el brazo mientras converso con su nuera y me arrastra hacia el grupo de la chimenea.
—Querida, necesito presentarte a mi sobrino político, que acaba de llegar de Bath y está algo perdido en esta jauría londinense —anuncia con una firmeza que no permite réplica—. Es un caballero excelente, ya verás.
El sobrino resulta ser lord Harrington, un hombre de unos cuarenta años con el cabello castaño claro y una sonrisa que no parece ocultar ninguna estrategia social.
Hablamos durante un buen rato sobre la tranquilidad de Bath comparada con el frenesí de la capital y sobre una exposición de óleos en la Royal Academy.
—¿Siente usted una inclinación especial por la pintura, lady Carroway? —pregunta Harrington con una atención que me resulta refrescante por su aparente falta de dobles sentidos.
—Me interesa más de lo que mi antigua institutriz consideraba apropiado para una joven —confieso—. Ella creía que las acuarelas eran el límite aceptable, pero yo siempre sentí la necesidad de ir un paso más allá de sus restricciones.
Harrington ríe con naturalidad.
—¿De qué forma cruzó esa línea?
—Solía escabullirme a la galería de mi padre para estudiar los lienzos al óleo mientras se suponía que debía estar perfeccionando mi bordado —respondo—. Mi padre sospechaba algo y guardaba silencio. Mi institutriz también lo sabía, aunque ella callaba por motivos diferentes.
—¿Cuáles eran esos motivos?
—Sospecho que ella también detestaba el bordado y encontraba en los óleos un refugio que su posición no le permitía admitir.
Harrington vuelve a reír, y la conversación fluye con una ligereza que me resulta extrañamente reconfortante. No hay peso del pasado en sus palabras, ni sombras en sus gestos. Es un intercambio limpio que existe únicamente en el presente, y eso, en una noche como esta, posee un valor incalculable.
No obstante, a pesar de mi enfoque en Harrington, percibo la presencia de Edmund en la estancia contigua.
No necesito buscarlo con la mirada; es una certeza física, una alteración en la densidad del aire que me indica exactamente dónde se encuentra.
Sé que nos ha visto. No porque lo haya sorprendido mirándonos, sino porque en un breve silencio de mi charla con Harrington, levanto la vista y encuentro los ojos de Edmund fijos en mí.
Su expresión de vigilancia desaparece en cuanto nuestras miradas colisionan, siendo sustituida por una máscara de indiferencia que se coloca con una rapidez reveladora.
Desvío los ojos de inmediato y retomo el hilo de la conversación. Me esfuerzo por mostrarme participativa y presente, aunque noto que mi energía empieza a flaquear ante el esfuerzo de ignorar lo que sucede al otro lado de la puerta. Mira aparece una hora después con dos copas de vino.
—Lord Harrington parece haber causado una impresión favorable —comenta mi amiga, entregándome el cristal.
—Es un hombre muy educado —afirmo—. Posee un conocimiento sólido sobre arte y no lo exhibe para buscar admiración. Es una combinación que se agradece.
—Ya veo.
—Es simplemente una observación de carácter objetivo, Mira.
—Por supuesto. —Bebe un trago largo—. He contado al menos tres ocasiones en las que Edmund ha desviado su atención hacia este rincón mientras hablabas con él.
—No me he percatado —miento, aunque el calor en mis mejillas me delata.
—Ajá —repite ella con ese tono analítico que tanto me irrita—. ¿Deseas que pidamos el coche o prefieres apurar la velada?
Observo la puerta de la estancia donde se encuentra Edmund sin llegar a mirarla directamente. He pasado dos semanas perfeccionando esta técnica de vigilancia periférica.
—Nos quedamos un rato más —decido con firmeza.
Mira no replica. Se limita a presionar mi antebrazo con suavidad, un gesto de apoyo silencioso que ya se ha convertido en nuestra señal privada.
Se queda a mi lado, vigilando el salón conmigo.
El acuerdo tácito sigue en pie, me digo mientras regresamos a casa bajo la llovizna persistente de abril.
Contemplo los reflejos de las luces en el cristal empañado del carruaje.
El pacto funciona, pero esta noche he sentido cómo la estructura crujía ante el peso del esfuerzo.
Existe una diferencia sutil entre la convivencia natural y la convivencia forzada, y esa distinción es algo que me prometo analizar mañana.
Pero el mañana, como bien sé, suele traer consigo sus propias complicaciones que no atienden a mis promesas de control.