CAPÍTULO 4
Pip tiene una teoría. Solo ese enunciado debería funcionar como una advertencia de peligro inminente.
Las teorías de mi mejor amigo son fenómenos que conviene tratar con la misma cautela que el hielo fino en pleno enero: visualmente inofensivos, potencialmente desastrosos y siempre mucho más extensos de lo que uno desearía.
Pero son las diez de la mañana, nos encontramos en White's y llevo cuatro días dándole vueltas a una conversación sobre un verano en Halridge que apenas duró tres minutos.
Como ese recuerdo se niega a abandonar el espacio que ocupa en mi cabeza, cuando Pip anuncia su revelación, carezco de la energía necesaria para frenarlo.
—Necesitas un plan de acción —sentencia, adoptando la solemnidad de un general antes de una batalla decisiva—. Un plan concreto, con movimientos específicos y objetivos definidos. Visualízalo como una campaña militar, pero con un barniz de romanticismo.
—No estoy dirigiendo ninguna campaña —replico, manteniendo la vista fija en las columnas del periódico para evitar su escrutinio.
—Edmund.
—Pip.
—Llevas noventa y seis horas con la misma expresión en el rostro.
—Solo poseo una cara. Es la que me viene de familia y la que utilizo para todo.
—Mentira. Al menos tienes tres registros claramente diferenciados.
Está tu cara estándar de barón, está la cara que pones cuando las cuentas de Halridge no cuadran y está esta nueva modalidad de la semana, que identifico sin asomo de duda como el semblante de alguien que piensa en una mujer específica con una frecuencia que le resulta irritante.
Doblo el periódico y lo deposito sobre la mesa con un suspiro de resignación.
—¿En qué consiste ese supuesto plan? —pregunto, asumiendo que, si Pip va a desplegar su teoría, es mejor conocer los detalles antes de que cause algún desperfecto.
Él se inclina hacia delante, apoyando los codos en la madera con el entusiasmo de quien ha recibido vía libre para hablar de su tema predilecto.
—Paso uno: flores. Es el inicio clásico.
Transmiten una intención Loise sin necesidad de compromisos excesivos.
Paso dos: un baile en el próximo evento social.
Ni se te ocurra pedirle dos, porque eso implicaría demasiado interés público, pero uno es perfecto.
Preferiblemente el segundo de la velada; tiene el equilibrio exacto entre la cortesía y la distinción. Paso tres...
—Pip, detente.
—No he terminado. Paso tres: una conversación privada. Breve, bajo control y con un propósito único. No intentes explicar nada todavía, limítate a establecer que la posibilidad de hablar existe. Es como una negociación comercial —concluye, dando un sorbo a su café con aire de victoria.
—Se nota que le has dedicado tiempo —comento.
—¿Lo ves? Ya noto un cambio en tu tono. Estás más involucrado.
—Se llama sarcasmo, Pip.
—El sarcasmo también es una señal de interés en mi manual —decide él, imperturbable.
Lo que no pienso confesarle a Pip, a pesar de que es la persona que mejor me conoce después de Hatch, es que ya he analizado todas esas variables.
He desmenuzado la situación con una meticulosidad que me resulta vergonzosa a estas alturas de mi vida.
He ensayado lo que diría si tuviera la oportunidad de estar a solas con ella, buscando la forma de pedir una tregua sin que parezca una rendición incondicional.
No he llegado a ninguna conclusión que no acabe en un desastre diplomático, lo que me sugiere que quizá la estrategia correcta no consiste en pensar más, sino en actuar de una vez.
La recepción de lord Aldbury se celebra esta misma noche.
No figuraba en mis planes iniciales, pero Hatch me la mencionó ayer mientras me ajustaba el nudo de la corbata, utilizando esa técnica suya de soltar información relevante como si fuera un dato trivial sobre el clima y quedarse después completamente inmóvil para observar mi reacción.
—Lady Carroway asistirá a la velada de lord Aldbury mañana, milord —anunció con su habitual parsimonia.
—¿Ah, sí? —respondí, tratando de que mi voz no delatara el súbito interés.
—Así es.
—Bien.
Hatch nunca añade una sílaba de más, pero sus silencios son más informativos que los discursos de Pip.
La recepción de Aldbury resulta ser el tipo de evento que Londres produce en serie durante la primavera: lo bastante grande para que los invitados circulen con libertad y lo bastante pequeño para que los encuentros resulten inevitables.
El salón principal se comunica con otras dos estancias laterales; la música ocupa el centro y los grupos de conversación se dispersan por los flancos.
Cuando llego con Pip pasadas las nueve, el gentío ya obliga a trazar una ruta estratégica para avanzar.
—¿Y las flores? —inquiere Pip mientras entregamos los abrigos.
—No hay flores.
—Edmund, el paso uno era fundamental para el éxito de la misión.
—No voy a entrar en una recepción oficial cargando con un ramo como si fuera un debutante, Pip.
—Podría haber sido algo discreto. Una sola flor que indicara...
—No.
Pip exhala un suspiro de decepción, similar al de un estratega cuyos consejos son ignorados por un oficial obstinado. Nos adentramos en el salón.
Localizo a Caelina en la segunda estancia, situada junto a un ventanal que da a la calle.
Conversa con lady Cavendish y otra mujer cuya identidad desconozco.
Viste un tono de verde que coincide con el color de sus ojos; una elección deliberada que resalta su presencia de una forma que me obliga a detenerme un instante antes de seguir avanzando.
Ella me detecta en el mismo instante en que mi vista se posa en su figura.
Es esa sincronización antigua que persiste entre nosotros, una conexión que ninguno de los dos ha solicitado pero que sigue ahí, vibrando.
—Allí la tienes —señala Pip con su habitual falta de sutileza.
—Tengo ojos, gracias.
—¿Ejecutamos el paso dos? ¿El baile?
—La música todavía no ha empezado.
—El cuarteto está afinando los instrumentos al fondo, es el momento de posicionarse.
—Pip, déjame manejar esto.
—Lo haré, aunque estadísticamente tus métodos tienen un índice de fracaso mucho mayor que los míos —concede él, dándome una palmadita en el hombro antes de alejarse hacia la mesa de las bebidas.
Cruzo la estancia manteniendo la espalda recta, consciente de que cada uno de mis movimientos está siendo analizado por los curiosos que conocen los fragmentos de nuestra historia.
Llego al grupo justo cuando lady Cavendish se disculpa para atender a otros invitados.
Caelina y yo nos quedamos prácticamente a solas en ese rincón iluminado por la luna que se filtra tras el cristal.
La tercera mujer, que resulta ser una pariente de Bath, tiene el tacto suficiente para fingir un interés repentino en las cortinas de terciopelo.
—Milord —saluda Caelina, ejecutando una inclinación perfecta que marca las distancias.
—Lady Carroway. —Me obligo a sostenerle la mirada, sintiendo que las palabras que he ensayado se desvanecen ante la realidad de su presencia—. ¿Me permitiría hablar con usted un momento? No me refiero a este intercambio social, sino a una conversación real. A solas.
Ella me observa con esa atención absoluta que siempre la caracterizó. Es el tipo de mirada que no se queda en la superficie, sino que busca la intención oculta tras la petición. El silencio que se genera entre nosotros es más ruidoso que la música que empieza a sonar en la sala contigua.
—No creo que tengamos asuntos pendientes que requieran una audiencia privada, milord —responde con una serenidad tan pulida que me resulta exasperante.
—Caelina —insisto, dejando que su nombre actúe como un puente entre el presente y lo que fuimos.
—Lord Westcote —replica ella, utilizando el título como un muro de contención—.
Somos dos adultos que comparten círculos sociales.
No hay necesidad de crear situaciones excepcionales.
Lo que debemos hacer es lo que dictan las normas: cortesía, una distancia prudencial y la capacidad de convivir en los mismos salones sin incomodar al resto.
Cada una de sus frases está construida con la precisión de quien ha levantado una fortaleza piedra a piedra durante doce años.
—Entiendo tu postura —señalo.
—Me alegra saberlo.
—Sin embargo, no la comparto.
Caelina entrecerró los ojos apenas un milímetro, un gesto que delata que mi persistencia está logrando perforar su coraza.
—No hay lugar para excepciones —sentencia ella.
—Quizá no en este preciso instante —añado—, pero quiero que sepa que la puerta está abierta. Cuando usted lo decida. Sin presiones y sin condiciones previas.
El silencio que se instala tras mis palabras tiene un peso específico, denso y cargado de todo lo que no estamos nombrando.
Caelina me mira y, por un instante fugaz, debajo de toda esa arquitectura de viuda independiente y mujer de mundo, vislumbro un rastro de dolor.
Es una sombra rápida, una vulnerabilidad que intenta ocultar de inmediato, pero que me confirma que no soy el único que arrastra cicatrices.
—Buenas noches, milord —se despide finalmente, con una inclinación que resulta ser la frontera más definitiva que me ha puesto nunca.
Se da la vuelta y se aleja hacia la luz de la estancia central. Me quedo solo junto a la ventana, sintiendo el aire frío que emana del cristal y la amarga certeza de que este asalto lo he perdido por completo. Pip reaparece a mi lado con la puntualidad de un cronometrador.
—¿Resultados? —pregunta con curiosidad.
—He hablado con ella —respondo, tratando de que mi tono suene indiferente.
—Eso es una respuesta demasiado diplomática para mi gusto.
—Lo sé.
—¿Ha accedido a la entrevista privada?
—No exactamente.
—¿Te ha mandado a paseo de forma definitiva?
—Tampoco exactamente.
Pip analiza mis respuestas con el ceño fruncido mientras da vueltas a su copa de vino.
—Eso tiene posibilidades —dictamina al fin—. El terreno de la ambigüedad es fértil. Un no rotundo es un cierre, pero un «no exactamente» es una invitación a explorar los matices que lo componen.
—¿Desde cuándo eres un experto en matices?
—Tengo mis profundidades ocultas, Edmund —dice Pip, recuperando su sonrisa habitual—. ¿Quieres que intervenga yo? Podría hablarle de tus virtudes de forma lateral, sin que parezca un interrogatorio.
—Ni se te ocurra.
—Tengo tacto cuando me lo propongo.
—Pip, por favor.
—Está bien, me mantendré al margen —concede—. ¿Pedimos el carruaje o nos quedamos a ver cómo termina la velada?
Al otro lado de la estancia, distingo la figura de Caelina.
Está de espaldas, escuchando a lady Cavendish con una atención que parece absorberla por completo.
Sé que, en algún momento antes de que termine la noche, girará la cabeza para buscarme, porque esa conexión de doce años no se apaga con una simple negativa.
—Nos quedamos —sentencio con firmeza.
Pip asiente, toma dos copas de una bandeja que pasa por nuestro lado y empieza a relatar una historia inverosímil sobre una apuesta en White's que involucra a un caballo llamado Aristóteles.
Lo escucho con una fracción mínima de mi cerebro.
El resto de mi atención permanece anclada en ella, en la decisión que acabo de reafirmar.
Mi padre siempre decía que un Westcote no vacila cuando sabe lo que quiere, y esta noche, por primera vez en mucho tiempo, esa enseñanza me parece la única salida razonable. No voy a rendirme. No esta vez.