Una Última Oportunidad CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

La cortesía es una arquitectura. Lo aprendí con dieciséis años, cuando mi madre me explicó que una dama de mi posición no tiene el lujo de dejar que sus sentimientos desborden hacia el espacio público.

La diferencia entre el control y el caos es exactamente lo que separa a quien maneja su vida de quien es manejada por ella.

Era una lección severa, pero mi madre poseía una lucidez particular para estas cuestiones.

Una estructura bien construida, reforzada con los materiales adecuados y la práctica constante, es capaz de resistir casi cualquier embate sin que los cimientos cedan.

Esta noche, mientras el carruaje me devuelve a casa y Mira se mantiene sentada frente a mí en un silencio cargado, me dedico mentalmente a comprobar los posibles daños estructurales tras el encuentro.

—Puedes hablar —le sugiero, rompiendo la quietud del habitáculo.

—No tengo nada que decir —replica ella, adoptando una expresión de inocencia que no consigue engañarme.

—Llevas veinte minutos con ese gesto.

—¿A qué gesto te refieres exactamente?

—Al de quien guarda una lista de observaciones y ha decidido esperar al momento estratégico para lanzarlas.

Mira sonríe mientras observa cómo Londres desfila por la ventanilla en fragmentos iluminados por los faroles de gas. Una esquina, un portal solitario y dos hombres con sombreros calados que apresuran el paso bajo la llovizna fina que ha empezado a empapar los adoquines.

—Ha sido una velada interesante —comenta al fin, suavizando el tono.

—Ha sido una velada perfectamente ordinaria —corrijo, ajustándome los guantes.

—Caelina.

—Mira.

—Lord Westcote lleva doce años fuera de los circuitos sociales de la ciudad —añade, con la paciencia de quien expone una serie de hechos objetivos—.

Reaparece justo ahora. Os dirigís la palabra durante diez minutos con una corrección tan absoluta que resulta casi dolorosa.

Y después pasáis el resto de la noche en extremos opuestos de la sala sin cruzar una sola mirada directa, lo cual es una forma muy específica de reconocer la presencia del otro.

—Nos hemos comportado como personas civilizadas —insisto.

—Civilizadas —repite Mira, como si estuviera saboreando la palabra—. Sí. Supongo que esa es una forma de describirlo.

El carruaje traquetea al cruzar un bache y me obligo a fijar la vista en el exterior para evitar el escrutinio de mi amiga. Siento el peso de los rizos oscuros y esos ojos castaños que parecen ver mucho más de lo que permiten las convenciones sociales.

—No voy a permitir que esto se convierta en un problema —afirmo con determinación—. Somos dos adultos que coincidieron en un espacio público sin que se produjera ningún incidente reseñable. Es la tónica que mantendremos a partir de ahora.

—Por supuesto —concuerda ella.

—Lo digo totalmente en serio.

—Lo sé. —Mira hace una pausa breve antes de lanzar el siguiente dardo—. ¿Has logrado dormir bien estas últimas semanas?

La pregunta me pilla desprevenida por su precisión. Me molesta que sea capaz de leer mis ojeras incluso bajo la luz tenue de la linterna del carruaje. Ella lleva quince años descifrándome con una exactitud que a veces me resulta insoportable.

—Perfectamente —miento.

—Me alegra escucharlo —concluye ella, y no añade nada más, dejando que su silencio actúe como el comentario más elocuente de la noche.

Al llegar a casa, me despido de ella con un abrazo rápido y subo las escaleras manteniendo la compostura.

Una vez en mi habitación, apago la vela y trato de convencerme de que mañana la realidad recuperará su tamaño adecuado.

Sin embargo, los días siguientes se empeñan en ignorar mis deseos.

La temporada avanza con esa energía renovada del principio, cuando los bailes y las cenas se suceden sin tregua.

Me muevo por los salones con la soltura que me otorgan tres años de viudez independiente.

Recibo visitas, acudo a conciertos y paseo por Hyde Park tres mañanas consecutivas bajo un sol pálido.

Edmund Westcote no aparece en ninguna de esas citas, lo cual considero un alivio necesario.

Me repito a mí misma que no estoy comprobando su ausencia, sino simplemente notando el espacio vacío que deja, aunque la distinción se vuelve cada vez más difícil de sostener.

Es Mira quien rompe la calma el jueves por la tarde, mientras compartimos el té frente a la chimenea.

—He coincidido con lord Ashford esta mañana en Hatchards —anuncia, dejando que el nombre flote en el aire—. Decía que buscaba un tratado de historia militar, aunque sospecho que su interés real estaba en la sección de novelas de intriga.

—Ashford parece el tipo de hombre que disfruta de las novelas y luego se siente obligado a ocultarlo —comento, tratando de sonar indiferente.

—Exactamente. —Mira toma un sorbo de té—. Me ha comentado que lord Westcote tiene intención de asistir al concierto de los Hadley mañana por la noche.

Dejo la taza sobre el platillo con una lentitud calculada para evitar cualquier tintineo delatador.

—Resulta interesante —murmuro.

—¿Verdad que sí? —Mira examina el fondo de su taza con una concentración repentina—. Ha surgido de forma natural durante la conversación.

—¿Qué tipo de conversación?

—Una charla trivial sobre los compromisos de la semana. —Hace una pausa—. Y sobre ti. Muy brevemente, claro.

—Mira, ¿qué has preguntado?

—Solo me interesé por el estado de su amigo. Es una cortesía social básica.

—¿Y qué te ha respondido exactamente?

—Lord Ashford ha sido muy comunicativo. Me ha dicho que Edmund está gestionando varios asuntos importantes y que, según sus propias palabras, «está raro desde la recepción de lady Pemworth».

Dice que cuando le pregunta qué le ocurre, Westcote se limita a mirarlo con esa expresión suya tan cerrada y asegura que no le pasa nada.

Pip no parece creerle, pero tampoco sabe cómo abordar el asunto.

Me quedo en silencio, procesando la imagen de Edmund refugiado tras su silencio habitual. Lord Ashford es, desde luego, una fuente de información demasiado abierta para su propio bien.

El viernes por la noche, el salón de los Hadley se presenta más íntimo que los anteriores.

Las sillas están dispuestas en filas frente a una tarima donde un cuarteto de cuerdas vienés afina sus instrumentos.

He asistido porque la música es una de mis pocas pasiones genuinas y no pienso renunciar a ella por una coincidencia incómoda.

Llego con Mira y nos situamos en la tercera fila, escuchando los susurros de lady Cavendish sobre los últimos escándalos de Bond Street.

Llevo diez minutos sentada cuando percibo el movimiento en la entrada.

Lord Ashford aparece primero, llenando el espacio con su presencia inquieta.

Detrás de él, Edmund camina con esa seguridad tranquila de quien no necesita hacer ruido para ser notado.

Su frac oscuro se ajusta perfectamente a sus hombros y su porte, exento de cualquier afectación, atrae las miradas de media sala.

Nuestros ojos se encuentran antes de que yo pueda decidir si es conveniente saludarle.

Intercambiamos una inclinación de cabeza breve y reglamentaria.

Pip, al vernos, levanta la mano con un entusiasmo que roza lo impropio en un evento de este tipo, y yo le devuelvo una sonrisa social para no alimentar las sospechas de los presentes.

Se sientan dos filas detrás de nosotras; lo sé porque siento la presión de su mirada en mi nuca sin necesidad de girarme.

La música empieza a sonar y trato de concentrarme en la armonía de Haydn.

Sin embargo, las notas se me escapan entre los dedos de la memoria.

Durante el intermedio, cuando los criados comienzan a circular con bandejas de vino, me levanto para estirar las piernas y lady Cavendish nos intercepta con un relato pormenorizado sobre una sombrerera.

Estoy asintiendo cuando escucho la voz de lord Ashford justo detrás de mí.

—Lady Carroway, dígame que coincide conmigo en la maestría de este cuarteto —exclama Pip, acercándose con una copa—. He oído que el violinista principal fue discípulo de Salieri en Viena.

—El cuarteto es espléndido —respondo, dándome la vuelta—. Y la influencia de la escuela vienesa es evidente en su precisión técnica. No se improvisa ese nivel de control.

—¡Es justo lo que yo sostenía! —Pip señala a Edmund, que se mantiene un paso por detrás con una expresión que oscila entre la resignación y la vigilancia—. ¿Ves cómo lady Carroway aprecia los matices?

—Tú no has mencionado los matices —apunta Edmund con voz calmada—. Estabas confundiendo el chelo con la melodía principal hace un momento.

—Eso ha sido un lapsus momentáneo —se defiende Ashford con dignidad—. La música eleva mi espíritu a niveles donde los tecnicismos carecen de importancia. —Se gira hacia Mira con una maniobra poco sutil—. Lady Calton, ¿comparte usted mi visión sobre la superioridad de la cuerda sobre el viento?

—Depende enteramente del repertorio —contesta Mira, y noto en su tono una calidez que me hace arquear las cejas.

Mientras Pip y Mira se enzarzan en una discusión sobre compositores contemporáneos, el espacio a mi alrededor parece contraerse. Edmund y yo nos quedamos frente a frente, separados por una distancia que parece mucho mayor de lo que dictan las leyes de la física.

—El Haydn que han interpretado era el opus setenta y seis —comento, refugiándome en los datos para evitar el silencio.

—El cuarto, el de «El amanecer» —precisa él—. Lo reconozco bien. Mi madre solía tocarlo al piano cuando sus articulaciones se lo permitían.

—¿Cómo se encuentra ella? —pregunto, sintiendo una punzada de interés real.

—Ha mejorado. Los médicos han dado con un tratamiento que le devuelve cierta movilidad. Le agradará saber que alguien todavía recuerda su talento musical.

—La recuerdo perfectamente tocando en el salón de Halridge —confieso, sin pasar el filtro de la prudencia—. Un verano en el que el calor nos obligaba a mantener todas las ventanas abiertas. El sonido llegaba hasta el final del jardín de rosas.

Edmund guarda silencio durante un latido largo. Sus facciones se relajan, perdiendo esa rigidez defensiva que ha mantenido desde que regresó a Londres. Sus ojos se oscurecen con un recuerdo que parece estar tan vivo para él como lo está para mí.

—Me acuerdo perfectamente de ese verano —admite, y su voz suena con una falta de protección que me obliga a apretar los dedos contra la seda de mi bolso.

Sostenemos ese instante, ese verano de hace doce años, como si fuera un objeto frágil que ambos estamos sujetando a la vez.

Es Pip quien rompe el hechizo al regresar con una oferta de más vino, devolviéndonos a la realidad del salón de los Hadley.

Retomamos nuestras posiciones habituales con la rapidez de dos actores que han olvidado su papel durante un segundo.

—Ha sido un placer saludarla, lady Carroway —dice Edmund con la inclinación exacta de un barón ejemplar.

—Igualmente, milord —respondo, recuperando mi arquitectura de cortesía.

La segunda parte del concierto transcurre en una bruma.

Escucho a Mozart sin procesarlo, porque mi mente insiste en volver a ese jardín de rosas y a la vulnerabilidad en la voz de Edmund.

Al terminar, mientras esperamos los carruajes en el pasillo, localizo a Hatch, el antiguo lacayo de los Westcote.

Al verme, inclina la cabeza con una solemnidad que me hace sentir que el tiempo no ha pasado.

Él me conoce desde que yo era una joven llena de esperanzas, y su gesto tiene el peso de los secretos compartidos que nunca se nombrarán.

Subo al carruaje y Mira se acomoda frente a mí. Las ruedas inician su baile sobre los adoquines húmedos.

—El cuarteto ha sido una elección excelente de los Hadley —comento, tratando de rellenar el hueco entre nosotras.

—Extraordinario —coincide Mira, sin apartar la vista de la mía.

No volvemos a cruzar palabra en todo el trayecto. No hace falta. El silencio entre las dos es una conversación completa sobre las estructuras que empiezan a mostrar grietas que ninguna de las dos sabe todavía cómo reparar.