CAPÍTULO 2
Sabía que estaba en Londres antes de poner un pie en este salón.
Esa es la certeza que necesito dejar grabada en mi mente mientras atravieso el umbral de lady Pemworth, donde las rosas amarillas y las velas encendidas compiten por el espacio en una estancia que bulle con cuarenta conversaciones simultáneas.
Lo sabía desde hacía tres días, cuando Pip soltó la información en el club con la misma ligereza con la que se comenta el pronóstico del tiempo, sin comprender que sus palabras no eran una simple observación meteorológica, sino el estallido de una carga de profundidad.
—Lady Carroway ha regresado a la ciudad —murmuró Pip el martes pasado, mientras se servía café con una parsimonia irritante—.
La vi ayer en Bond Street paseando con lady Calton.
Sigue conservando ese aspecto impecable que recordaba.
Bueno, diría que incluso ha mejorado con los años. ¿Vas a terminarte esas tostadas?
Le cedí el plato sin responder. No había palabras para procesar el hecho de que el pasado acababa de mudarse a mi misma calle.
Durante las setenta y dos horas siguientes, me dediqué a ensayar este reencuentro con la minuciosidad de un arquitecto que refuerza los cimientos de un edificio condenado.
Practiqué la inclinación exacta de la cabeza, el tono de voz desprovisto de matices y esa frase, «lady Carroway, es un placer verla», hasta que logré que sonara como una cortesía hueca, despojada de los doce años de silencio que cargamos a nuestras espaldas.
Sin embargo, no había ensayado el momento de verla antes de que ella advirtiera mi presencia.
Me encuentro conversando con lady Pemworth cuando ocurre.
Un instinto antiguo, una de esas conexiones que no he logrado extirpar a pesar de la distancia, me obliga a girar el cuello hacia la izquierda.
Allí está ella. Se encuentra al otro lado del salón, sosteniendo una copa con una elegancia que parece innata, inclinando la cabeza hacia su acompañante con un gesto que reconozco al instante.
Sus ojos verdes cruzan la estancia y me encuentran con una precisión quirúrgica en el mismo segundo en que yo la localizo a ella.
Sostenemos ese contacto durante tres o cuatro segundos que pesan como décadas, hasta que ambos apartamos la mirada a la vez, demostrando que nuestros reflejos compartidos siguen funcionando a pesar del tiempo.
—¿Te encuentras bien, Edmund? —pregunta Pip, apareciendo a mi lado con esa inoportuna capacidad para detectar el momento exacto en que pierdo el control de mi fachada.
—Perfectamente —respondo, ajustándome los puños de la camisa para ocupar las manos en algo práctico.
—Tienes una expresión algo... extraña.
—Pip.
—Normal —se corrige de inmediato, bebiendo de su copa mientras observa la sala—. Es ella, ¿verdad? La mujer que está logrando que evites mirar en esa dirección con un esfuerzo tan evidente que resulta casi cómico. Solo hay una persona en Londres capaz de ponerte así de rígido.
La perspicacia de Pip es un arma de doble filo que hoy preferiría no tener cerca. No respondo a su provocación, pero mis nudillos palidecen al apretar el borde de mi propia copa.
—Es una mujer impresionante —continúa él, ajeno a mi silencio—. Ya lo era antes, supongo, aunque no tuve el placer de conocerla entonces. Tiene ese aire de quien sabe exactamente quién es y cuánto vale. ¿Me sigues?
—No —replico con sequedad.
—Me sigo yo solo, que ya es suficiente —concluye él, justo cuando lady Pemworth regresa para ejercer de catalizadora social.
La anfitriona nos guía hacia el rincón donde se encuentra Caelina con la alegría de quien ignora estar arrojando una antorcha sobre un depósito de pólvora.
De pronto, me hallo a escasos dos metros de ella.
Pip se sitúa a mi derecha, irradiando una cordialidad peligrosa, mientras lady Calton observa el encuentro desde la izquierda de Caelina con una inteligencia que me pone sobre aviso.
—Lady Carroway —mi voz suena firme, tal y como la practiqué frente al espejo, sin que un solo temblor delate el vuelco que me ha dado el pulso—. Es un placer volver a verla.
—Milord —responde ella, y esas dos sílabas caen entre nosotros con la frialdad de una sentencia—. Bienvenido de vuelta a Londres.
Lleva el cabello recogido con una maestría que deja algunos rizos libres, enmarcando un rostro que los años han definido con más fuerza.
Su vestido, de un azul invernal que se confunde con el gris bajo la luz de las velas, refuerza esa imagen de serenidad inalcanzable.
Sus ojos verdes me estudian con una precaución que me resulta familiar; es la misma armadura que yo mismo he perfeccionado durante mi estancia en el norte y mis viajes por el continente.
Pip, incapaz de tolerar el peso del ambiente, decide que es el momento ideal para intervenir con su habitual entusiasmo desmedido.
—Lady Carroway, qué alegría inmensa —dice, inclinándose tanto que casi derrama el contenido de su copa—. Edmund me ha hablado mucho de usted. Bueno, no es que hayamos pasado las noches discutiendo sobre su persona recientemente, quiero decir que en su día él solía...
—Pip —le corto con una suavidad que esconde una advertencia absoluta.
—Estoy bien, de verdad —se defiende él, alzando las manos—. Solo intentaba ser sociable.
—Lo sé.
—Con una normalidad ejemplar.
—Pip.
—Me callo. Me retiro a mis aposentos mentales —concluye, refugiándose tras el cristal de su copa con un gesto de falsa ofensa.
Lady Calton esboza una sonrisa mínima, casi imperceptible, que delata su diversión ante el espectáculo. Caelina, por su parte, mantiene la compostura, aunque noto cómo sus dedos se cierran con más fuerza alrededor del tallo de su copa.
—¿Tiene intención de permanecer en la capital durante mucho tiempo, milord? —pregunta ella, y la cuestión, aunque trivial, suena como una declaración de intenciones.
—Toda la temporada —contesto, manteniendo mi posición—. Hay diversos asuntos que requieren mi presencia constante aquí.
—Negocios, imagino.
—Entre otras cosas —añado, dejando que la implicación de mis palabras flote entre nosotros sin ofrecer más detalles.
Me observa durante un instante prolongado y me doy cuenta de que no ensayé esta parte: la de sostenerle la mirada mientras la realidad de tenerla cerca desmantela cada una de mis defensas.
La conversación fluye entonces por cauces más seguros.
Lady Calton pregunta por la restauración de Halridge y yo respondo con datos técnicos, agradeciendo el terreno neutral.
Pip añade comentarios innecesarios sobre la calidad de la madera y las nuevas inversiones que resultan útiles para llenar los huecos de un diálogo que, de otro modo, se desangraría.
Cuando Caelina pregunta por mi madre, lo hace con una sinceridad que me desarma. No hay rastro de la frialdad de hace un momento; es una pregunta real dirigida a una mujer que formó parte de su vida, y esa vulnerabilidad me obliga a abandonar mi tono construido.
—¿Se encuentra bien su madre? —pregunta ella, y su voz tiene un matiz de preocupación genuina.
—Lo está, gracias —respondo, y noto que mi voz suena más grave, menos ensayada—. Le agradecerá saber que ha preguntado por ella.
Un destello de algo parecido al reconocimiento cruza sus facciones antes de que vuelva a cubrirse con su máscara de lady Carroway.
Pip aprovecha un movimiento en la multitud para anunciar que el Burdeos de la mesa del fondo requiere su atención inmediata y se marcha, arrastrando a lady Calton con una excusa tan transparente que resulta casi insultante.
De repente, el círculo se cierra y nos quedamos solos, rodeados por el murmullo ajeno que parece haber quedado al otro lado de una pared de cristal.
—Caelina —pronuncio su nombre casi sin querer, permitiendo que la familiaridad de las sílabas se escape de mi control.
—No —responde ella de inmediato, alzando una mano como si pudiera detener el aire.
—No he dicho nada todavía.
—Ibas a hacerlo. —Su mirada es ahora un desafío directo, despojada de la cortesía de salón—. Conozco perfectamente esa forma de decir mi nombre.
—¿A qué forma te refieres?
—A la de quien se dispone a pedir algo para lo que no tiene permiso.
Me quedo en silencio, reconociendo la verdad en su reproche.
En el mundo de los negocios, siempre tengo una respuesta preparada, un contraargumento listo para ser desplegado.
Pero aquí, frente a ella, mis estrategias carecen de valor.
Caelina es el único territorio donde mi autoridad no tiene efecto.
—Solo pretendía decir que me alegra verte bien —murmuro al fin—. No hay segundas intenciones.
Ella me estudia un momento más, como si buscara el rastro de la mentira en mi rostro. Luego, desvía la vista hacia la gente que baila en el centro del salón, y noto el pequeño movimiento de su garganta al tragar saliva.
—Se lo agradezco, milord —responde, recuperando la distancia segura que el título le proporciona—. Estoy muy bien.
Se despide con una elegancia gélida y se aleja hacia el grupo de lady Forth sin mirar atrás.
La observo caminar, admirando la rigidez de su espalda y la forma en que parece ocupar el espacio con una confianza que yo todavía no he logrado recuperar del todo.
Pip regresa con dos copas nuevas y una expresión que me dice que ha estado vigilando desde la distancia.
—El vino es excelente, tal como sospechaba —comenta, entregándome una copa—. ¿Ha ido todo según lo previsto?
—Exactamente según lo previsto —miento, sintiendo el peso de la carta que escribí hace doce años y que todavía guardo en un cajón.
—Ya veo. ¿Y eso explica que lleves dos minutos mirando su nuca como si estuvieras intentando leerle el pensamiento?
Aparto los ojos de ella con un esfuerzo consciente que me deja un regusto amargo en la boca. Pip tiene esa costumbre de señalar lo evidente cuando más duele.
—Es una velada muy concurrida, eso es todo —sentencio.
—Por supuesto. ¿Nos marchamos ya o vas a seguir fingiendo que el techo es lo más interesante de la habitación?
Al otro lado del salón, Caelina se gira ligeramente. No me mira de frente, pero inclina el rostro en un ángulo que me permite ver su perfil, el mismo que ella usaba cuando quería comprobar mi posición sin que pareciera una invitación.
—Nos quedamos —digo, y me sorprendo de la firmeza de mi propia voz.
Pip asiente con satisfacción y se lanza a relatar una anécdota sobre una apuesta con lord Denham.
Lo escucho con la mitad de mi cerebro, mientras la otra mitad permanece cautiva en esa figura azulada, aceptando la realidad inoportuna de que doce años de exilio no han servido para cambiar absolutamente nada de lo que realmente importa.
Los Westcote no vacilan, recordaba la voz de mi padre en mi cabeza. Pero esta noche, bajo la luz de las lámparas de lady Pemworth, la vacilación es lo único que me hace sentir que todavía sigo vivo.