Una Última Oportunidad CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Llevo tres años siendo viuda y he aprendido, entre otras cosas útiles, que la primera recepción de la temporada siempre huele igual: a flores cortadas esa misma mañana, a cera de vela recién encendida y a la ambición discreta de cuarenta familias que han pasado el invierno entero esperando exactamente este momento.

Me gusta esta hora en la que los salones todavía no están llenos del todo, permitiéndome elegir un rincón estratégico sin que mi intención resulte evidente.

Las conversaciones conservan todavía un rastro de autenticidad antes de que el agotamiento social las convierta en un intercambio de frases automáticas.

Lady Pemworth ha dispuesto la estancia con su habitual exceso de rosas amarillas y una escasez de sillas casi agresiva, obligándonos a todos a permanecer en pie y a circular, que es precisamente su objetivo para dinamizar la velada.

Ella entiende la mecánica de estos encuentros mejor que cualquier otra anfitriona en Londres.

—Caelina —murmura Mira, apareciendo a mi lado con dos copas de cristal fino y una expresión que reconozco al instante.

Es el rostro de quien ha recolectado información valiosa y arde por compartirla—.

Lord Ashford ya ha llamado a lady Pemworth por el nombre equivocado.

Llevamos apenas veinte minutos de fiesta.

—¿Qué nombre ha utilizado esta vez? —pregunto, aceptando el vino mientras observo el brillo de las lámparas de araña sobre el líquido.

—Lady Harwich —responde mi amiga, bebiendo un sorbo con la compostura de quien disfruta de un espectáculo gratuito—. Luego ha intentado enmendarlo diciendo que ambas poseen salones excelentes, lo cual solo ha empeorado la situación.

—¿Y cómo ha reaccionado nuestra anfitriona?

—Ha esbozado esa sonrisa que reserva para las sentencias de muerte social. Sospecho que lord Ashford no recibirá invitación para la próxima primavera.

Suelto una carcajada espontánea que me obliga a cubrirme la boca con la mano libre.

Disfruto de estos instantes porque mis mecanismos de defensa todavía no están plenamente operativos; las situaciones me resultan genuinamente divertidas sin el filtro de la cautela que suelo imponerme más tarde.

Sigo la dirección de la mirada de Mira y localizo a lord Ashford al otro lado de la sala.

El hombre luce su habitual gesto de desconcierto, intuyendo que algo ha salido mal sin alcanzar a comprender qué ha sido exactamente.

Junto a él, un hombre de espaldas conversa con el dueño de la casa.

Entonces, ese hombre se gira.

En ese preciso instante, el salón entero parece perder nitidez.

Las voces, el perfume de las flores y el calor de las velas retroceden hacia un fondo borroso, como si alguien hubiera amortiguado el sonido de golpe.

Primero distingo el perfil, luego la línea marcada de la mandíbula y ese cabello oscuro con el rizo rebelde que nunca terminó de someterse a la moda.

Sus ojos encuentran los míos con una puntualidad que me resulta insultante.

Edmund Westcote siempre tuvo la habilidad de detectar mi presencia en cualquier lugar con una precisión matemática, y descubrir que esa conexión sigue intacta doce años después me provoca una punzada de irritación en el pecho.

Me mantengo inmóvil, sosteniendo el tallo de mi copa con una fuerza innecesaria.

Él tampoco hace ademán de moverse. Transcurren tres o cuatro segundos, el tiempo exacto que tarda un grupo de gente en notar que dos personas se están observando con una intensidad fuera de lo común.

Antes de cruzar ese umbral peligroso, ambos apartamos la mirada simultáneamente, con la sincronización de quienes han ensayado un paso de baile mil veces, aunque no hayamos coincidido en una década.

—Oh —suelta Mira en un susurro casi imperceptible junto a mi oído.

—Ni una palabra —le advierto, manteniendo el tono tan gélido como el cristal que sujeto.

—No he dicho absolutamente nada.

—Estabas a punto de hacerlo. Conozco perfectamente ese matiz de tu voz.

—Es solo una observación neutra —insiste ella, ajustándose un guante con parsimonia—. Carece de implicaciones. Estoy aquí, simplemente bebiendo mi copa en silencio. —Toma un trago para dar énfasis a su declaración—. ¿Sabes cuánto tiempo lleva en la ciudad?

—Lo ignoro —respondo, y es la verdad absoluta. Llevo tres semanas en Londres y nadie ha mencionado su regreso, lo cual consideraba un alivio hasta este momento—. Y tampoco me interesa lo más mínimo.

Mira asiente con un gesto que indica que no cree ni una sola de mis palabras, pero es lo bastante elegante como para no discutirlo.

Lo que sucede a continuación es tan predecible como el cambio de las estaciones.

En los salones de Londres, cuando dos personas con un pasado cargado coinciden en un espacio de pocos metros, el destino —o una anfitriona entrometida— siempre interviene.

Es la propia lady Pemworth quien se aproxima hacia nosotras, navegando entre la multitud con una eficiencia letal, arrastrando a Edmund tras de ella.

—Lady Carroway, estoy segura de que recuerda a lord Westcote —anuncia nuestra anfitriona, radiante y ajena al campo de minas que acaba de pisar—. Ha pasado años en el continente, ¡qué alegría recuperarlo para nuestra sociedad!

Edmund inclina la cabeza con una elegancia que me resulta dolorosamente familiar. Yo ejecuto una reverencia perfecta, sintiendo la rigidez de mi corsé como un recordatorio de mi posición. Doce años de fingir indiferencia se resumen en este saludo protocolario.

—Lady Carroway —dice él, y su voz, profunda y serena, golpea mis recuerdos con una fuerza que me obliga a apretar los dientes—. Es un placer volver a verla.

—Milord —replico, reduciendo mi respuesta a dos sílabas desprovistas de cualquier calidez—. Bienvenido de nuevo a Londres.

Lady Pemworth, satisfecha tras haber cumplido con lo que considera una cortesía social, se aleja hacia otro grupo de invitados. Lord Ashford, que ha seguido a Edmund como una sombra, se sitúa a su lado con una sonrisa que denota una alegría excesiva para el contexto.

—Lady Carroway, qué maravilla encontrarla aquí —exclama Ashford, inclinándose tanto que temo por la costura de su levita—. Edmund me ha hablado de usted. Bueno, no exactamente ahora, quiero decir que en el pasado él...

—Pip —interviene Edmund. Su tono es suave, pero posee la autoridad de quien está acostumbrado a manejar crisis diplomáticas en miniatura.

—Estoy bien, de verdad —balbucea Pip, frotándose las manos—. Solo quería saludar con total normalidad.

—Lo sé —añade Edmund.

—Con una normalidad absoluta.

—Pip.

—Me callo. Definitivamente me callo —concluye lord Ashford, refugiándose en su vino con la expresión de un niño que ha sido reprendido sin entender el motivo.

Mira observa la escena con una curiosidad que intenta ocultar tras el borde de su copa. Su silencio es casi tan ruidoso como las meteduras de pata de Ashford. La atmósfera se espesa, cargada de todo lo que no estamos diciendo en voz alta.

—¿Tiene previsto permanecer mucho tiempo en la capital, milord? —pregunto al fin, necesitando romper el peso de ese silencio antes de que se vuelva insoportable.

Edmund me estudia. No es una mirada rápida; es un escrutinio deliberado que busca grietas en mi fachada de viuda respetable y distante. Siento el calor subir por mi cuello, aunque me obligo a no apartar la vista.

—Toda la temporada —contesta él—. Hay diversos asuntos que requieren mi atención personal.

—Supongo que se refiere a negocios.

—Entre otras cosas —añade, dejando que la frase quede suspendida en el aire con una ambigüedad calculada.

Me llevo el vino a los labios, humedeciéndolos sin llegar a beber apenas. Concentro mi atención en un punto fijo situado sobre su hombro izquierdo, una táctica que he perfeccionado durante años para evitar el contacto visual directo en momentos de tensión.

—He oído que la restauración de Halridge ha sido un éxito rotundo —interviene Mira, lanzando un cable para aliviar la presión de la conversación—. Debe de ser gratificante ver la propiedad en todo su esplendor.

—Lo es —coincide Edmund, y noto cómo la rigidez de su postura se relaja un milímetro. Su voz recupera un matiz de sinceridad que me resulta mucho más difícil de gestionar que su frialdad—. Ha sido un proceso largo, pero la finca está en mejor estado de lo que ha estado en décadas.

—Su madre estará encantada de verlo —añado casi por instinto, recordando el afecto que la señora Westcote sentía por aquellos muros de piedra gris.

Edmund vuelve a mirarme, y esta vez la suavidad en sus ojos me pilla desprevenida. Es un golpe directo a la estructura de cortesía que he intentado construir. No estaba preparada para que fuera amable; estaba preparada para el reproche o el olvido, no para esta vulnerabilidad compartida.

Pip, que parece incapaz de procesar el silencio prolongado, recupera el habla con su habitual falta de tacto.

—¿Han compartido ustedes algún baile en el pasado? —pregunta con una curiosidad genuina, como si estuviera planteando una cuestión sobre el clima.

—Pip —vuelve a decir Edmund, esta vez con una nota de advertencia más clara.

—Es una pregunta lógica —se defiende Ashford—. El baile es el motor de estas reuniones.

—Lo es —asiento, intentando recuperar el control de la situación—. Y sí, creo recordar que bailamos en alguna ocasión hace mucho tiempo.

—¿Solo en alguna ocasión? —repite Pip, arqueando las cejas como si supiera perfectamente que esa descripción se queda corta, pero Edmund lo corta con una mirada fulminante que lo silencia de inmediato.

—Me voy a buscar más vino —anuncia Ashford, detectando por fin que su presencia no está facilitando las cosas. Se aleja con una celeridad envidiable, seguido de cerca por Mira, que me lanza una mirada de disculpa cargada de promesas de una charla posterior.

De pronto, el espacio a nuestro alrededor parece cerrarse. Aunque el salón sigue bullendo de actividad, me siento como si estuviéramos solos en una isla de luz y sombras. Edmund da un paso hacia delante, acortando la distancia física entre nosotros.

—Caelina —pronuncia mi nombre por primera vez en toda la noche. Lo hace con una cadencia que me revuelve el estómago, una mezcla de familiaridad y melancolía que no quiero reconocer.

—No —le interrumpo de inmediato.

—Todavía no he dicho nada.

—Ibas a hacerlo. —Me obligo a sostenerle la mirada, aunque me duela notar que los años solo han servido para dar a sus rasgos una madurez que lo hace aún más imponente—. Conozco perfectamente esa entonación. Es la que usas cuando vas a pedir algo que sabes que no te corresponde.

Él permanece callado, dejando que el sonido de la música de cámara llene el hueco entre nosotros.

Su quietud es absoluta, contrastando con el movimiento constante de los invitados que nos rodean.

Sus ojos oscuros me escrutan con una intensidad que delata que, por mucho que lo haya intentado, no ha conseguido aprender la lección de la indiferencia.

—Solo pretendía decir que me alegra verte bien —responde finalmente—. Nada más que eso.

No sé si sus palabras son sinceras o si forman parte de un juego de salón que ya no tengo interés en jugar. Lo que sí sé es que no quiero descifrarlo bajo las lámparas de lady Pemworth, con media ciudad observando cada uno de nuestros gestos.

—Se lo agradezco, milord —replico, recuperando el tratamiento formal como si fuera un escudo—. Me encuentro perfectamente.

—Me complace escucharlo —insiste, y hay algo en su tono, una vibración que no logro identificar, que me hace desear estar en cualquier otro lugar.

Me excuso con la precisión de una experta en huidas sociales.

Cruzo el salón con la espalda recta, buscando a lady Forth, y paso los siguientes minutos discutiendo detalles triviales sobre el bienestar de mi sobrina con una concentración fingida.

Sin embargo, una parte de mi mente sigue atrapada en ese rincón del salón, repasando cada sílaba y cada sombra bajo sus ojos.

Mira regresa a mi lado en cuanto lady Forth se despide para buscar su carruaje.

—Bueno —suelta mi amiga, esperando una reacción.

—No digas nada. Ni una palabra.

—Solo he dicho una palabra, y es totalmente inofensiva.

—Mira, te lo advierto.

—Está bien —dice ella, tomándome del brazo con firmeza—. Estoy aquí, ejerciendo de acompañante silenciosa. ¿Quieres que nos marchemos ya o prefieres quedarte un rato más?

Giro la cabeza hacia el otro extremo de la estancia. Edmund está conversando con lord Denham. Está de espaldas, pero en el mismo instante en que mis ojos se posan en él, gira la cabeza apenas unos centímetros, lo justo para confirmar que sabe que le estoy mirando.

—Nos quedamos —sentencio, sintiendo un repentino arranque de orgullo que me impide huir.

Mira no responde, pero la presión de sus dedos sobre mi brazo es el único comentario que necesito para saber que la noche no ha hecho más que empezar.