Una Última Oportunidad CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Existen anfitrionas que organizan las cenas con un criterio puramente gastronómico, otras que lo hacen basándose en la conveniencia social, y un tercer grupo que las diseña bajo un estricto criterio dramático.

Lady Ashworth pertenece, sin asomo de duda, a esta última categoría.

He asistido a suficientes de sus veladas para reconocer el patrón: selecciona a personas con un pasado común, las sienta de modo que esa historia sea imposible de ignorar durante las tres horas que dura el banquete, y después contempla el resultado con la serenidad de quien ha sembrado una semilla y aguarda pacientemente el brote.

No actúa por maldad, sino por la convicción de que las tensiones bien administradas dinamizan cualquier reunión.

En este aspecto, nuestras opiniones difieren radicalmente.

Acepto su invitación sabiendo esto. Acudo porque declinar el evento habría sido una declaración de intenciones más ruidosa que mi presencia, y porque hay un límite razonable a la evitación antes de que el silencio empiece a alimentar los rumores de la ciudad.

Lo que no alcanzo a prever es que lady Ashworth ha decidido situar a Edmund Westcote exactamente frente a mí.

La mesa acoge a veinte comensales. Una distribución planificada con la estrategia de un estado mayor, cuyo resultado me coloca cara a cara con él.

Nos separa apenas un metro y veinte centímetros de mantel de lino blanco, dos candelabros de plata labrada y un centro de flores de temporada que apenas logra actuar como barrera visual.

Es la distancia perfecta para que el diálogo sea una obligación y la distancia errónea para que cualquiera de los dos finja que el otro es invisible.

Mira, situada cuatro sillas más abajo en mí mismo flanco, me dirige una mirada rápida en cuanto tomamos asiento.

Es un gesto controlado que para el resto carece de sentido, pero que para mí constituye un informe detallado de preocupación.

Respondo con una inclinación casi imperceptible de la cabeza, confirmándole que mantengo el control de la situación.

Edmund me observa justo cuando retiro la vista de mi amiga.

—Lady Carroway —saluda él, ejecutando la venia reglamentaria con el torso.

—Milord —replico, alisando mi servilleta sobre el regazo—. Nuestra anfitriona mantiene su reputación intacta respecto a la organización de sus mesas.

—Desde luego —concede, y detecto un rastro de ironía en su voz que me resulta familiar—. He acudido a tres de sus cenas a lo largo de los años. En todas ellas logró sentar juntas a personas que tenían motivos de peso para preferir la distancia.

—¿Y cuál fue el desenlace de tales experimentos? —pregunto, aceptando la copa de vino que me ofrece el lacayo.

—Una derivó en un compromiso matrimonial inesperado. Otra terminó en un duelo, afortunadamente sin consecuencias graves. La tercera dio pie a una sociedad comercial que, según tengo entendido, sigue siendo muy lucrativa.

—Un historial bastante ecléctico.

—Lady Ashworth confía ciegamente en el poder de la sobremesa —añade Edmund.

A mi derecha, lord Cavendish inicia una disertación sobre las ferias ecuestres que requiere mi participación inmediata.

Cumplo con mi papel social con la fluidez de quien ha nacido para ello, ofreciendo respuestas corteses mientras mantengo un ojo puesto en lo que sucede tras las llamas de las velas frente a mí.

Edmund conversa con la señora Finch, situada a su izquierda.

Lo hace con esa atención real, no performativa, que siempre le caracterizó.

Escucha sin interrumpir, formulando preguntas que demuestran que procesa cada palabra de su interlocutora en lugar de esperar su turno para hablar.

Recuerdo perfectamente que en los jardines de Halridge poseía esa misma cualidad; una rareza en un mundo donde la mayoría solo busca el eco de su propia voz.

El primer plato se sirve y el murmullo general aumenta de volumen.

El vino y la buena mesa relajan la rigidez inicial de los invitados.

Lord Cavendish deriva hacia la política agraria y yo intervengo en los momentos precisos, mientras retomo el diálogo con Edmund en los resquicios que deja la charla colectiva.

—¿Ha tenido ocasión de visitar la muestra de la Royal Academy? —inquiere él, aprovechando una pausa del servicio.

—La semana pasada —respondo—. Hay tres salas que justifican el trayecto y una que recomendaría evitar a toda costa.

—¿Cuál de ellas ha despertado su desaprobación?

—La de los retratos por encargo del ala este. Los sujetos parecen estar posando para la posteridad con una rigidez excesiva, preocupados por su rango y no por la obra en sí. Carecen de alma.

—¿Y cuáles son sus recomendaciones?

—Los paisajes del fondo, sin duda. Y esa estancia pequeña junto al acceso principal que alberga dos óleos flamencos de una calidad asombrosa.

La tercera —hago una pausa, sopesando si compartir mi opinión— es una sala dedicada a las acuarelas de un joven desconocido.

Todavía no domina la técnica, pero posee una honestidad que no he visto en los maestros consagrados.

Edmund deja de jugar con los cubiertos y me estudia con una fijeza que me obliga a mantener la espalda recta.

—«Lo que todavía no ha aprendido a controlar» —repite él mis palabras con lentitud—. Es una observación muy aguda.

—Es el aspecto que más me atrae de cualquier disciplina —explico, sintiendo el calor de las velas en el rostro—.

Ese instante previo al dominio absoluto.

Antes de que el artista sepa exactamente qué está haciendo y empiece a ejecutarlo de forma deliberada.

Hay una verdad en ese impulso inicial que suele desvanecerse cuando llega la técnica perfecta.

—¿Considera que el perfeccionamiento es un perjuicio?

—Considero que lo transforma —replico—. A veces lo pule hasta que la esencia original desaparece bajo capas de barniz social.

Él sostiene su copa a mitad de camino hacia los labios y se queda pensativo. Durante unos segundos, los otros dieciocho comensales y el tintineo de la plata parecen desvanecerse. Se toma mi respuesta con una seriedad que no busca simplemente cumplir con el trámite de la cena.

—¿Extrapola usted ese pensamiento a otros ámbitos de la vida, más allá del lienzo? —pregunta al fin.

—Es probable —admito, midiendo mis palabras con cautela—. Aunque es una teoría mucho más sencilla de defender en abstracto que frente a la realidad cotidiana.

—Siempre lo es —concluye él, y algo en el timbre de su voz me inquieta justo antes de que lord Cavendish me reclame de nuevo para hablar sobre los aranceles de importación.

A mitad del tercer plato, el incidente de Pip rompe la armonía de la mesa.

Lord Ashford se encuentra sentado dos sitios más allá de Edmund, entre la señorita Hartley y el señor Cobden.

Ha estado inmerso en una charla entusiasta que le obliga a gesticular de forma expansiva.

No es la primera vez que sus movimientos invaden el espacio ajeno, pero esta vez su mano derecha golpea su copa de Burdeos.

El cristal vuelca sobre el mantel, expandiendo una mancha de color púrpura que interrumpe la fluidez de las conversaciones.

—Oh, cielos —exclama Pip, con una sorpresa genuina a pesar de que es propenso a estos percances—.

Les pido mil disculpas. Señorita Hartley, ¿ha sufrido algún daño su vestido?

Cobden, lo lamento de veras. Lady Ashworth, este mantel era una joya, me siento profundamente avergonzado.

Mi entusiasmo suele tener una relación conflictiva con la cristalería.

—Pip —interviene Edmund con un tono de voz que denota una larga experiencia en gestionar los desastres de su amigo.

—Estoy controlando la situación, no se preocupen —asegura Ashford.

—Eso es discutible —añade Edmund.

El revuelo dura el tiempo que los lacayos emplean en acudir con paños blancos y sal para mitigar el desastre.

En el movimiento general, mientras los comensales apartan sus sillas y el servicio se inclina sobre la mesa, la mano de Edmund y la mía coinciden sobre la superficie del lino.

No es un acto premeditado; ambos hemos estirado el brazo instintivamente hacia el mismo punto para alejar nuestras copas del avance del vino.

Sus dedos rozan los míos. Noto el calor de su piel y la presión firme de su mano, una sensación que mi memoria recupera con una nitidez que me asusta.

Permanecemos así un instante eterno, congelados en mitad de la agitación del salón, mientras el resto del mundo sigue moviéndose a nuestro alrededor.

Luego, retiramos las manos simultáneamente, con esa coordinación que siempre nos ha definido, y buscamos puntos opuestos de la estancia con la mirada.

Acabamos de pactar, sin palabras, que ese contacto no ha sucedido jamás.

Pero los dos sabemos que ha ocurrido. Y sabemos que el otro lo sabe. Esa certeza compartida se convierte en el elemento más pesado de toda la velada.

La cena continúa con una normalidad reconstruida.

Hablamos del clima, de las próximas carreras y de un volumen de poemas que ambos hemos leído, coincidiendo en críticas que me resultan incómodas por su similitud.

La conexión es real, del tipo que resulta imposible de fabricar y que demuestra que doce años no bastan para borrar ciertos lenguajes comunes.

Al pasar al salón para el café, Mira se sitúa a mi lado con una copa y su mirada analítica.

—Una reunión muy reveladora —murmura.

—Ha sido un evento perfectamente convencional —corrijo, centrando mi atención en el azúcar.

—Caelina.

—Mira.

—He visto lo que ha pasado con el mantel —dice en un susurro, sin rastro de reproche, limitándose a dejar constancia del hecho.

Permanezco callada un momento. Al otro lado de la estancia, Edmund conversa con lord Ashworth manteniendo su postura impecable.

Sigue proyectando esa imagen de hombre seguro y presente, pero soy perfectamente consciente de que él vigila mi posición con la misma intensidad con la que yo vigilo la suya.

—El vino de Pip ha causado un desajuste en el orden de la mesa —digo finalmente.

—Sí —asiente Mira—. Lord Ashford posee un talento innato para provocar desajustes. —Me observa con detenimiento—. ¿Estás en condiciones de seguir aquí?

—Estoy perfectamente bien. De verdad.

—Te tomo la palabra —dice mi amiga, aunque su expresión delata que no me cree del todo—. El carruaje estará listo en cuanto des la orden de partida.

Me obligo a permanecer quince minutos más.

No quiero que mi salida parezca una huida.

Me quedo entre el aroma del café y el brillo menguante de las velas, sintiendo todavía en la punta de los dedos la impronta de esa mano que se retiró hace horas.

A pesar de toda mi arquitectura defensiva y del acuerdo tácito de indiferencia, el tacto de Edmund Westcote sigue siendo un incendio que no logro extinguir.