Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 20. La tumba de Wallada
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20. La tumba de Wallada

La tumba de Wallada

Tras salvar a Lope, Leila se había puesto en pie ágil, con rostro sereno y leve sonrisa.

Se acomodó las faldas y se dirigió hacia el rey Fernando con su elegante y sagrada cojera.

Tal vez quisiera calmarlo, pues era consciente de su propio embrujo y de que, durante el paseo por la biblioteca, el rey se había quedado con ganas de hacerla suya, como dicen tantos poetas capaces de pensar como salvajes sin dejar de ser cursis.

Pero no supo prever que lo que urde un rey nadie puede descomponerlo.

No hubo obispo ni caballero que moviera un dedo por salvarla.

Aceptando con furia aquel cordero lisiado que se le ofrecía en sacrificio, Fernando apuntó entre los pechos con los dientes apretados y lanzó su estocada limpia.

La espada la atravesó hasta la empuñadura.

Luego el brazo firme del rey la alzó y la sostuvo un tiempo así.

Ella, con el brillo azul de su ojo sofocado en brumas pero muy abierto, miraba de cerca a su enemigo como si todavía confiara en hacerlo entrar en razón.

Tan juntos estaban que Leila extendió los brazos y murió abrazada al rey.

Como un san Jorge de titiritero, el matamujeres se deshizo del abrazo poniendo la manaza en la hermosa cara deforme de su víctima y retirando luego la espada.

Leila se derrumbó y quedó allí, en el suelo, desmadejada como había vivido.

El Santo ya tenía lo primero que su cuerpo buscaba. Ahora quería destrucción. Si no de Córdoba entera, al menos de una fracción simbólica.

— ¡Guardias! — gritó — , ¡traed brea, aceite, salitre, azufre...! ¡Quemad la casa y todos los libros! ¡Que no quede piedra sobre piedra ni página sin borrar de esta hechura de Satanás!

Mientras unos soldados comenzaron a volcar los muebles, otros se adentraron en la biblioteca para esparcir los libros por el suelo, y varios más partieron en busca del material con que arrasar el lugar, que sin duda guardaban en abundancia, como dispuestos desde meses atrás para la conquista de la ciudad.

Fui a recoger del suelo a Leila y vi que el rey se daba la vuelta y venía muy serio hacia mí, con la espada desnuda.

¿Tenía sentido defenderme de una ejecución improvisada por mi majestad? ¿Agredirle a él para defenderme, por ejemplo, delante de sus soldados? Sin poder responder a semejante pregunta me quedé paralizado ante él, que se detuvo.

— He pensado que esta hazaña de la toma de Sevilla — dijo, volado — podría cantarse en versos, y quizá tú debas ser el poeta elegido. Si lo eres, ven a verme mañana.

Me dejó más helado que si me hubiese cortado en rodajas allí mismo con su magnífica espada. Mi mundo gobernado por un enfermo incapaz de acertar el nombre de la ciudad que acababa de conquistar, acostumbrado a decir con desparpajo la primera necedad que se le venía a la cabeza.

Deseché entonces mi propósito inicial, insultarle, y se me pasó por la cabeza intentar convencerlo de que no quemara la biblioteca explicándole que allí estaba el Códice Wallada y teníamos que encontrarlo, pero me abandonaron las fuerzas antes de conseguir hablar.

Habrían sido, de cualquier modo, palabras vanas, puesto que un rey toma decisiones a despecho de cálculos y sin contar con nada ni nadie.

Por eso, Dios los elige.

Así que, sin escuchar queja por mi parte, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de salida.

Abandonó la Casa de los Siete Jardines por el pasaje de doble hilera que formaron los hombres de su guardia, golpeando con las espadas los escudos a su paso.

Iba en silencio con la cabeza alta, los labios apretados, la melenilla ni rubia ni bermeja asomándole bajo la corona y su Lobera envainada.

Al caminar movía en extraña torsión las caderas y los brazos doblados, con los puños cerrados, como simio danzando a su sabor.

El fuego había estado consumiendo el recinto omeya de casas y jardines toda la tarde, con la guardia real empeñada en dos labores: impedir que se extendiera el incendio extramuros e impedir que los pocos habitantes vivos de la casa intentáramos apagarlo.

Cuando la luz del día y del incendio comenzaban a declinar, la tormenta anunciada por Leila se volcó, demasiado tarde, sobre la ciudad, y solo entonces los soldados se fueron.

Hay que reconocer que los zapadores habían hecho bien su trabajo de destrucción, con especial saña en la biblioteca: bajo los escombros de los tejados, los códices de pergamino que no se habían convertido en el barro gris de sus cenizas eran ya puro carbón, calcinados hasta el mismo centro.

Comprobamos enseguida que la enorme tromba de agua caída al principio de la tormenta había apagado los rescoldos, pero también había completado con eficacia la labor del fuego, deshaciendo los pocos libros de papel que se habían salvado de la quema.

Pese a que me temblaban las manos de ira, conseguí no insultar a Aznaro ni lanzarme contra él cuando intentó impedir que enterráramos, junto a la mismísima tumba de Lope, a Leila, a Mateo Sancho y a Ben Ubay, aunque no me habría venido mal la consiguiente paliza.

Desobedecimos en silencio, sin mirarle. Tuvo que resignarse a que acabáramos la ceremonia, que nadie quiso oficiar.

Nadie vino tampoco a llorar a nuestros muertos, la ciudad debía de estar ya medio vacía. Después llevé a Aznaro al jardín del edificio que había servido a Leila de residencia hasta ese día, el del estanque octogonal en donde...

... resuena música de las damas

Cuando traduje esos versos, poco podía imaginar que había en la casa un estanque surcado cinco veces al día por un barco con muñecas autómatas que ejecutaban una música no demasiado estridente.

Ni que el estanque escondía debajo una maquinaria para hacer mover el barco y sus instrumentistas.

Ni que ahí es donde debería hallarse, por tanto, el lugar en que Wallada y su amante, la esclava Muhya, se escondían del resto de los habitantes del palacio para entregarse al amor.

Un lugar en donde resonaría la música de las damas autómatas al anochecer.

Un lugar con un lecho de amor convertido por la esclava en la tumba de su ama tras envenenarla, celosa.

Las copas de las dos palmeras estaban chamuscadas y el surtidor, mudo. En el fondo del estanque, en un charco de agua, el barco con las tres músicas autómatas yacía descabalado tras el penoso — imaginaba — abordaje y destrucción por parte de la tropa real.

Me dirigí a un costado de la isleta, en donde arrancaban los raíles circulares del estanque, y acabé de desencajar la compuerta que daba paso al barco desde el interior.

Mi suerte ya estaba echada pasara lo que pasara, pero una vez rescatado el Códice Wallada era muy posible que Aznaro perdiera el interés por vengarse de alguien más.

Intenté convencer a Lope de que no bajara a buscar la tumba con Aznaro y conmigo, y aprovechara el momento para alejarse de aquel recinto abrasado.

Puesto que ninguna hipótesis es infalible hasta que se comprueba su certeza, si había errado en mis cálculos o si alguien había saqueado ya la tumba tras hacer las mismas averiguaciones que yo, ningún azar iba a librar a quien estuviera allí abajo de las meticulosas soluciones finales de Aznaro.

Como era de esperar, sin embargo, el cabezota de Lope, que había enterrado con cuidado las dos mitades de la autómata junto a su sobrina, se negó a quedarse fuera.

— Quiero di vere il códico qui ha roto la mi vita — dijo.

En realidad, nadie había hecho caso durante aquel viaje de ninguna de las propuestas razonables que había lanzado yo, y esta vez tampoco hubo excepción.

Dentro de la isleta hueca, la estancia ancha y circular albergaba la plataforma con raíles a la que llegaba y de la que partía el barco.

Tras ella se abría un gran hueco horadado en el suelo, en el que se hundían la clepsidra y los engranajes que movían el barco, algo más complejos que los de la tabernera.

De un costado partía una escalera, excavada en la pared octogonal e impermeabilizada, que descendía en rotonda.

Aznaro pidió luz en nombre del rey, y dos almogávares con antorchas se sumaron solícitos a la pequeña comitiva.

Abajo no había nada a la vista que no fuera parte del engendro mecánico, así que me puse a tantear las paredes con cierta ansiedad, pese a saber que ahora cada gesto iba a formar parte de los últimos míos, y no me apetecía que resultaran demasiado indignos.

Para mi alivio, noté que en una zona me acariciaba la mejilla una ligera corriente de aire fresco surgida de la pared.

De varias patadas con la suela de mis sandalias hice desmoronarse buena parte del revestimiento de yeso y mortero que cubría la entrada.

El viejo portón de dos hojas estaba cerrado por fuera, con llave. Aznaro ordenó a los almogávares que lo derribaran, trabajo sencillo para salteadores de villorrios indefensos.

Entramos en silencio. Aquella sala sin ventilar y ajada por el tiempo guardaba aún sombras del acogedor nido de amor en que probablemente se encontraban, al llegar la noche, la princesa Wallada y su sirvienta negra Muhya, alejadas de la familia y del servicio de la casa y del mundo.

En un costado se podían ver aún los restos de una cama con dosel que la carcoma había desmoronado a despecho de la felicidad que tantas noches custodió.

Los raídos tapices que vistieron en su día las paredes de aquella estancia estaban caídos, y las alfombras habían perdido su color y sus figuras, cubiertas de una capa de polvo gris.

No hay amores más incitantes que los prohibidos. El pecado conduce a veces a un malsano arrepentimiento, pero el arrepentimiento de no haber pecado acaba en una vía mucho peor, la añoranza, consorte de la melancolía en la ceremonia de la muerte en vida.