19. La espada del rey #2
— Santa es la poesía que alberga, majestad — respondió Leila al rey adelantándose a todos — , y santas son las medicinas, y santos son los viajes al través del mundo, y las descripciones de sus gentes y sus ciudades, y santo es el pensamiento de los hombres cuando buscan la verdad, y el conocimiento de los astros y...
A lo largo de su pequeña disertación, la voz de Leila fue apagándose hasta quedar en un ligero murmullo.
Le preocupaba el aspecto que había adoptado el rey ante su intervención.
Estaba detenido, inmóvil y como atontado, con la boca abierta y esforzándose en vano por enfilar con el ojo trotamundos a la gárgola que se había posado fuera de su tiro.
— Como uranólogo apasionado, me interesan mucho los astros y las cartas astrales — dijo al fin el rey — . Enséñame todo eso que tan bien conoces.
Vi con alivio el mal gesto de Aznaro. Fernando había quedado obnubilado, de pronto, por el ángel o demonio singular que habitaba el cuerpo deforme de Leila.
Algo que yo podía comprender no solo por mi propia experiencia: parece que la difunta esposa del rey, Beatriz de Suavia, lo rehuía desde mucho tiempo antes de morirse, y eso lo había llevado a él a renegar de las mujeres de forma radical y a tomar la decisión beata de no volver a yacer con ninguna.
No la había seguido en absoluto, como sabían bien las comadres de La Chata Cristiana, pero, a ojos del mundo, su voto de castidad le confería una especie de aura venerable, y por añadido lo hacía propenso al arrobamiento amoroso.
— ... Y todos esos códices de ahí son precisamente traducciones de la Biblia judaica y cristiana, y de los cuatro Santos Evangelios — mentía Leila, cojeando al lado del rey y señalando los libros más altos, no fuera a querer verlos su acompañante.
Ajeno a todo lo que no fueran los gestos y movimientos de su gárgola, el rey se extasiaba junto a ella.
— Muy bien — comentó deteniéndose de vuelta en la primera sala de la biblioteca tras recorrer las cuatro con su anfitriona — . Ahora quiero que me muestres uno: alguna joya, y que leamos un poco.
— Eh... — dudó Leila temiendo equivocarse.
— Si queréis os escojo yo uno a vuestro gusto — intervine yo al quite.
Aunque siempre podía hacer como que leía e inventarme lo que me diera la gana, tomé uno que conocía bien de aquella sala y estaba al alcance: La historia de Bayad y Riad, una vieja e inocente historia de amor en un manuscrito que tenía unos delicadísimos miniados con los protagonistas bebiendo, tocando laúdes, tambores y flautas y cantando.
Todas esas cosas que encantan a los reyes más salvajes cuando dejan la guerra a un lado y comienzan a pensar en solazarse.
Lo saqué de la estantería, lo puse sobre la mesa y me senté en un diván haciéndole hueco al rey a mi lado. Busqué una página con miniados alegres y, convencido de que a una mente tan infantil le vendría bien algo de dibujo y de color, lo abrí con gesto de satisfacción.
— ¿Leo? — pregunté.
— Claro. Pero déjame ver..., ¿qué pone ahí? — Debió de fijarse primero en los dibujitos, porque andaba sonriente. Pero de pronto se le contrajo el rostro — . ¿Eh? ¿Otra vez esta algarabía? ¡No, por favor! ¡Quitad tanta basura de mi vista!
Me miró tembloroso, con un ojo amenazante mientras el otro viajaba por el Guadalquivir montado en una barca en dirección a Sevilla. Y yo, bastante arrepentido de mi injerencia en la labor que Leila estaba llevando a cabo con tanta sutileza, no entendía nada. ¿Qué había visto tan terrible?
— ¿Están todos estos libros infamados con esta escritura del diablo? — preguntó.
Cualquiera sabe lo que habría imaginado aquel hombre de mente torcida que iba a encontrar en una biblioteca andalusí.
Ignorante de si sería mejor responder o quedarme callado, tragué saliva sin poder evitarlo.
El silencio nos dejó escuchar el canto lejano pero nítido de un almuédano despistado que llamaba inoportuno a la oración en la ciudad tomada.
Tenía que ser ya mediodía. Por su parte, el rey resopló más inquieto aún y luego, harto de esperar, se puso en pie con gesto brusco volcando el diván.
Salió echando humo hacia la antesala de la biblioteca, momento en el que, al parecer, con inaudita insensibilidad — por no decir valentía — , la tabernera mecánica decidió abandonar su escondrijo jarra en mano, con esa sonrisa magna que parecía habérsele quedado en la boca tras un paseo por los mismísimos reinos de Belcebú.
— ¡A mí la guardia! — gritó el rey, espantado al verla.
Nada más oír el grito me levanté del suelo, donde habían parado mis huesos con el vuelco del diván, y corrí a la antesala.
Lo que sucedió a continuación no puede expresarse con palabras. Yo, cuando lo recuerdo, veo un tropel de imágenes deslavazadas, el caos en movimiento, la locura, el Armagedón.
El rey estaba fuera de control. Había sacado la espada Lobera a pasear y la blandía sobre su cabeza dispuesto a saltar contra la figura infernal de la autómata, que había comenzado ya a servir impasible el vino de su jarra.
Entonces surgió Lope de la nada y se colocó ante la máquina con su única mano crispada y extendida hacia el rey.
— ¡Alto, bizcocho! ¡Retro, atrás! — decía — . ¡Fata é inocenta! ¡Inocenta!
¿Qué quería conseguir aquel peregrino insensato? Eché a correr hacia ellos gritándole a Lope que se apartara, pero jamás habría llegado a tiempo.
— ¡Yo te condeno, engendro del diablo! — vociferó el rey, y lanzó de arriba abajo y con ambas manos un mandoble montante imparable.
Pero alguien saltó por un costado arrancando de un empujón a Lope de ahí, en buena hora y de milagro.
No mentían las lenguas que decían que el acero de Lobera tenía el mejor tajo de toda la cristiandad: jamás había visto un corte tan fino en una pieza de cerámica.
La pobre tabernera, en vez de hacerse añicos, quedó limpiamente partida en dos mitades simétricas, dejando a la vista el desolador vacío interior de su mecanismo.
Y vi que, junto a Lope, había caído la coja Leila, a quien nunca habría considerado capaz de semejante salto.
Mi buen amigo y discutible peregrino había quedado en el suelo paralizado en la contemplación de su demediada muñeca, la más desdeñosa, atractiva y antipática mujer que pudiera haber imaginado en sus sueños de amor.
Pero la situación no daba para mucho relajamiento. Esquivé por pura inspiración de las musas un revés de Lobera, dado al desgaire por el rey al sentir a alguien a su espalda, pero al hacerlo caí contra una de esas terribles mesas circulares bajitas, con gran estrépito de bronce.
Fernando el Santito se había quedado necesitado de sangre en la que empapar sus manos, y ahora el único ojo que controlaba buscaba una presa que colmara sus deseos pronto.
Y la vio, por desgracia.