Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 19. La espada del rey
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19. La espada del rey

La espada del rey

Aznaro no podía parar de sonreír, pero quería el códice. Y yo tenía la seguridad de que prefería matarme por su propia mano, con dolores rebuscados.

— Bien. A ver qué necesitas — concedió divertido.

— Primero, que acabéis ya la tortura de Mateo Sancho. Y descolgad a Odón.

— ¡Nada más fácil! — dijo.

El mozárabe andaba ya por el cuarto misterio del Rosario. Parecía que los ojos iban a saltar de las órbitas sobre nosotros, y en su boca sin labios sonaba acatarrado el latín:

— De la santa ’irgen Naría en el cielo, la asunción contentlanos, y de la güena nuerte gracia ’edinos: ’Aaadre nuestro que estás en los cie...

Hasta ahí llegó el amasijo de carne y sangre en que se había convertido Mateo Sancho, pobre hombre.

Para acabarlo, Aznaro le tomó a uno de los almogávares la azcona, que es como llaman ellos a sus venablos, amagó primero con clavársela, para torturarlo un poco más, y luego atravesó con ella su cuerpo desnudo de piel por el estómago, donde más duele.

— Ayayay ayayayay! — gritó por última vez el que nunca había sido nuestro hombre en Córdoba.

— ¡Muerto! — grité a mi vez.

Sacó la pequeña lanza de su barriga entonces y le atravesó al fin el corazón, que estaba casi a la vista. Su silencio final nos trajo paz a todos. Y también grande dolor, a mí al menos.

A continuación, Aznaro cortó de un tajo la cuerda de la que colgaba nuestro muy celebrado teólogo Odón, al que vimos rodar por el suelo.

— Ahora quiero que dejéis marcharse ya a Odón y a Lope. Y que me digáis dónde andan Leila y todo el servicio de la casa.

— Pedís más de lo que tengo. Ya no hay nadie vivo entre los varones siervos — dijo Aznaro — , los hemos tirado al río una vez ajusticiados. En cuanto a la señora y las criadas, se las entregué al mercachifle turco de la plaza.

— Pues sin ellas no hay trato — me empestillé.

Odón había tomado ya sus ropas y caminaba de puntillas hacia la puerta, intentando salir sin ser notado.

Dado su volumen, no le resultó tan sencillo.

— ¡A ver, lord Odón! ¿Quién os ha dado merced para salir? — le dijo con paciencia. Y luego, dirigiéndose a mí — : Vamos a por las señoras en cuanto me hayáis entregado el Códice Wallada.

— Padre nuestro que estás en los cielos... — resoplé en latín por lo bajo.

— ¿Qué andáis murmurando? — me preguntó.

— Estoy rezando, porque me voy a matar — contesté.

— ¡Óltimas dos mojeres a la venta! — gritaba en el zoco el maldito sedero, o mercader persa, Benamí ben Amí — . Las mejores son, e las más bellas. Señora una, de mirada aviesa e cuerpo de genio, e la otra su sirvienta. De la preciada casa omeya. E dueñas del amor, magia secreta...

Justo antes de acceder al puesto, Odón y yo nos habíamos detenido a charlar con los hombres del obispo de Calahorra, que llevaban a tres jóvenes sirvientas de las de Leila.

Los increpé para que las devolvieran al subastero y recuperaran el dinero, alegando que las mujeres eran libres y habían hecho una compra prohibida que el rey les arrebataría en cuanto tuviera noticia de ella.

Me enseñaron los papeles de la venta, y adujeron que todo estaba en orden, pero dije que me daban igual los papeles.

— Vamos, Gonzalo. Podéis volver a intentarlo luego con el propio rey — quería calmarme Odón — . Hay cosas más urgentes que resolver.

Tenía razón. Parecía imposible solucionar nada sin entrar abiertamente en pelea con ellos.

— Habla con el obispo de Osma — dijo el que parecía más sensato — . Sigue ante el puesto, ahora que van a vender las dos últimas, las más caras.

Las dos últimas. Recé para que una fuera Leila.

Había perdido un tiempo precioso evitando que Odón se largara al salir de la Casa de los Siete Jardines. Lo amenacé con perseguirlo, si no me ayudaba, hasta acabar con él, culpable último de todo lo que me sucedía en aquella ciudad enloquecida.

Sobre la tarima estaban Leila y su criada más cercana, las últimas mercancías en venta, hieráticas como ángeles de madera coronando un altar.

La codicia por la hermosa deformidad de Leila se leía en los rostros ansiosos de los postores.

Andaban por allí todos los obispos del cortejo, más los maestres de las órdenes presentes, y varios caballeros nobles.

— ¿Lleváis dinero encima? — le pregunté a Odón.

Pero él me miró con displicencia.

— ¡No seáis chiquillo, siempre a la cuarta pregunta y pidiendo! — me soltó.

¿Cómo pretendía ganar la subasta con todos aquellos quebrantahuesos de enorme fortuna revoloteando sobre su presa?

Se acercó con aire señorial al escribano, que tenía mesa al pie de la tarima para certificar las ventas, y le pidió carta, pluma y tinta, todo lo cual le cedió el otro con cortesanía, pese al aspecto menesteroso que tenía Odón tras su breve cautiverio.

Mientras escribía algo ahí me explicó que las buenas subastas de esclavos siempre son en Al Ándalus. Porque las que se hacen en Toledo, en Marsella o en Barcelona muy rara vez ofrecen mujeres.

— En terrenos cristianos nunca se ha sabido mercadear, mucho menos en Castilla — concluyó — . Y la venta de esclavos es la que más habilidades exige. La mercancía se niega a colaborar. No es trabajo para mentes sin formar como la vuestra.

— Las mejores, y mooocho bellas...

Antes de que empezara la puja, Odón se acercó al mercachifle y le pasó el papel con elegancia. Algo preocupado lo desplegó él, lo leyó, miró a Odón y volvió a leerlo.

El viejo teólogo no modificó en ningún momento la curva de su sonrisa más bonachona.

— Subasta terminada. ¡A recoger! Que tengan buenas tardes los señores — dijo el sedero Benamí en perfecto román, descuidando el acento persa que daba a sus ventas un aire de autenticidad genuina — .

¡Mohamed! Levanta el campamento que nos largamos.

¡Ya! — añadió en árabe dirigiéndose al escriba, que se apresuró a guardar los papeles y el dinero recaudado en un bolsón que llevaba atado a la cintura, y se puso luego a desmontar la tarima.

Hubo gritos de caballeros, insultos de prelados y protestas indignadas de maestres a los que hizo el mercader oídos de mercader.

— Ahora mismo le entrego las muchachas, descuide el señor — le dijo a Odón, que se inclinó en señal de agradecimiento.

— ¿Qué le habéis puesto en el papel? — le pregunté escamado.

— Que el rey cristiano se había pedido las dos mujeres para sí y se las entregamos a él por error, porque eres más sandio que lo que llevo recogido en mis bragas a la espera de atravesaros si seguís haciendo preguntas bobas.

— ¿Y se lo ha creído?

— Bueno — añadió Odón — , he añadido por si acaso que había un ballestero real apuntándole a la espalda desde una de las celosías de la Casa de los Siete Jardines.

El zoco estaba ya casi despoblado, y un borrón de nubes oscuras se acercaba por el extremo noreste de la plaza amenazando con cubrirla rápidamente cuando el mercader nos entregó a Leila y su criada. Iba a preguntarles por su estado de ánimo, pero Leila me evitó con desprecio. La detuve.

— Nadie va a la casa excepto yo — le dije — . La casa está perdida. ¡Odón, lleváoslas fuera de Córdoba! Nos vemos en La Chata Cristiana.

— Ni hablar — dijo Leila soltándose con gesto seco — . Yo voy a casa a por mi tío Ben Saíd.

Pero no hubo tiempo para más. La gran concurrencia que había en el callejón de entrada al palacio nos impedía el paso.

— ¡Soldados de la guardia real! — exclamó Odón — . Si me excusáis un momento, tengo cosas más importantes que hacer que seguir vuestros descaminados pasos...

Se largó a toda la velocidad que le permitía su trote cochinero en dirección a la Axerquía.

— Vienen las nubes por el lado malo — sentenció Leila.

Quizá ella ya había vivido de antemano todo lo que iba a suceder en una gran pesadilla.

— ¡Aquí están!, ¡aquí llegan! — dijo al vernos entrar el soplón Lupo de Fitero, el que acabaría de obispo en Córdoba.

Seguido por Aznaro, el rey se nos acercó con andares inquietos. Venía tal como lo habíamos visto de buena mañana, con la espada Lobera al cinto, muy elegante. Pero bizqueaba sin control, quizá por la exaltación del triunfo.

Muchos años después, en Santiago, su hijo, el aún infante Alfonso el Sandio, me dijo que a su padre Fernando, desde que tenía corta edad, lo llamaban ya Santito, porque un día que correteaba por el palacio, el rey Alfonso IX de Aragón — padre de Fernando y abuelo de Alfonso — lo vio venir de frente, lo atrapó y lo alzó para ponerlo ante sus ojos y mirarlo bien por primera vez.

No le gustaban mucho los niños y quería saber si tenía aspecto de rey o más bien de gandul, como su padre, él mismo.

— A este se le va un ojo a tierra de moros — le comentó a su esposa, doña Berenguela, al ver la gracia con que lo miraba su hijo — , ¿le pasa algo?

— Es que es santito — contestó Berenguela — . Trae, anda, no se te caiga, que tú no sabes.

Y le quitó el niño y se lo llevó en buena hora.

Y parece que luego el rey Alfonso siempre andaba diciendo: «¡Quitadme al Santito este de encima!

», y cosas así, con las que, aseguraba el infante, demostraba su abuelo ser el primero que entendió la marca con que Dios había señalado al niño desde su nacimiento.

Me sorprendía que el rey se presentara en pleno festival de torturas sin que yo hubiera revelado aún dónde andaba el códice.

Hasta que me pareció captar el disgusto en Aznaro.

¿Quizá mi antiguo compañero de estudios trabajaba por su cuenta, sin orden del rey, para el futuro obispo de Córdoba o incluso para sí mismo?

Esa intuición me señalaba una posible salida: la de aferrarme al rey sin soltar prenda de dónde estaba el libro hasta que no hubiese más remedio.

Ahora, al menos, con Leila ahí y Abulcasán fuera de la ciudad, no había mucho que temer ya del bando moro.

El caso es que aquel día el rey Fernando se nos plantó delante con el ojo extremamente virado hacia el más allá, y me dijo, demasiado tenso:

— ¿Dónde estaba todo el mundo? He venido a ver la biblioteca que voy a entregarle al infante para su entretenimiento. Malas lenguas dicen que no es muy santa.