18. Conviene que muramos #2
Y por fin lo supe. La esencia del poema era el propósito de asesinato de Wallada por envenenamiento por parte de su autora, la esclava Muhya.
Y además — ¿cómo no me había dado cuenta antes?
— , resulta evidente que un cementerio no es el único lugar para enterrar un cadáver.
En uno de los patios de aquella misma casa estaba, para demostrarlo, la tumba de Lope, o más bien de su hermano Marwán.
Si no hay otra solución, uno entierra un cuerpo muerto en donde puede.
Más aún si es de alguien a quien has matado y no quieres que se sepa.
El cadáver de Wallada estaría no muy lejos de donde su esclava Muhya la hubiera envenenado.
En cualquier jardín de esa casa, por ejemplo.
Pero ¿en cuál de los infinitos jardines?
— ¡Despertad, sabandija! — gritó Aznaro.
Abrí los ojos.
No era Mateo Sancho el que, agachado, acercaba su rostro al mío. El muy salvaje de Aznaro se había puesto el pellejo de la cara del pobre nazareno sobre la suya como una careta, y parodiando su acento y gestos me preguntó:
— Decidne ahora: ¿dónde está el Códice Guallada?
Sus labios se movían por debajo de los labios crispados y blancos que habían sido de Mateo Sancho. ¿Había algún modo de que acabara esa pesadilla?
— Dejadme pensar, creo que lo tengo — le contesté intentando revestir mis palabras de una calma que estaba muy lejos de sentir.
— Pues si no queréis decírmelo aún, mientras pensáis vamos a seguir entreteniéndonos — añadió al incorporarse — .
Indicadme solo con cuál de vuestros amigos sigo: ¿Lope?
¿Odón? ¿Con qué cara queréis que os pregunte la próxima vez dónde está el Códice Wallada?
Si lo preferís, elijo yo. A ese imbécil de Lope le tengo especial aprecio.
— Con la cara de Odón — concluí, para volver a concentrarme de una vez, e imagino que también para vengarme un poco del teólogo.
— Vamos, hijo, sigo siendo el viejo maestro que os enseñó a mostrar caridad con los afligidos cuando aún estabais sin desasnar — suplicó tristemente el grueso Odón — , ¡ni en broma digáis eso!
— Con Lope lo conseguiría antes, ¿no es verdad?
— meditó Aznaro — . Si lo tuvierais, ya me lo habríais dado...
A no ser que estéis verdaderamente buscando...
Pero sobra el tiempo. Y con esa enorme barriga tenéis un trabajo sencillo — añadió yéndose hacia el grueso Odón — .
Os voy a aliviar de esas pieles grasientas para que podáis afrontar más ligero este calor de todos los demonios.
— ¡Quitadme las manos de encima, Aznaro, sucio monje sopista y merodeador de monjas ancianas! Soy uno de los hombres del rey. El obispo de Salamanca no os perdonará... Llamad a Benito de Baños, el matatoros, capitán del fallecido Alvar. ¡Él sabe perfectamente en qué lado estoy yo!
Ayudado por el almogávar que vigilaba a Odón, Aznaro cargó con su corpachón y lo llevó junto al espectro carnoso en que se había convertido Mateo Sancho, que estaba rezando el rosario en latín con aquella voz ronca y sorda de ultratumba.
— ¡El Ángel del Señor se anunció a Naría y ella concidió por odra del Estíritu Santo...!
— Voy a sacaros la grasa de todas vuestras garganterías, infame borracho — le iba diciendo Aznaro a Odón — , y a haceros recordar uno a uno los pecados con que tentabais a los novicios en vuestras lecciones.
— Escuchad: os ofrezco la solución a vuestra desdichada vida de monje itinerante a cambio de mi impunidad — le dijo Odón, con ansiedad de ánimo — .
¿Me oís? Preguntadle a vuestro condiscípulo Gonzalo, que es tan cernícalo y muerdealmohadas como vos.
Podéis ver aquí mi anillo... Desde poco antes de llegar a Córdoba soy lord, y un hombre muy rico.
— Mejor — dijo Aznaro — . Iréis más deprisa al infierno.
Mientras Odón maldecía a su antiguo discípulo con lo más escogido de su buen repertorio de insultos, se le ocurrió de pronto una idea para ganar tiempo:
— No quiero bajar a los infiernos sin probar el sherry por última vez. Es de pésimo cristianismo no conceder a un hermano la última voluntad, Aznaro. Dejad de comportaros como si no fuerais el montón de estiércol de un rebaño de diablos que sois.
— Sé dónde encontrarlo, en un tabernucho abandonado aquí al lado. Hemos celebrado la victoria con vino de ese — dijo, compadecido, el pesado armario almogávar que me vigilaba.
Y, para mi sorpresa, Aznaro le permitió que fuera a buscarlo mientras desnudaban a Odón y lo colgaban.
— Veréis como el placer, sea el que sea, aumenta la sensación del sufrimiento que siempre lo sigue — le decía satisfecho el monje giróvago a su nueva víctima — , además de la condena.
Volví a cerrar los ojos, y retomé el razonamiento donde lo había dejado, de vuelta en el poema. Ya solo me faltaba encontrar el jardín en el que estaba la tumba. ¿Quizá el que correspondiera al edificio del harén, como parecía sugerir el último verso?
Fosa donde resuena música de las damas.
Pero no tenía modo de averiguar ahora qué jardín era ese. Me concentré en el verso, como si fuera mi única salida. Sin duda, el centro del epigrama lo había puesto la poeta en aquel último verso, donde sostuviera el mudo peso de tan breve pero densa arquitectura.
Irrumpió en ese momento de vuelta el armario almogávar con una frasca de vino. No pude evitar mirar hacia él y que me rugieran las tripas.
— ¡Que te ahorquen, gusano de cadáveres de lupanar! — le soltó Odón — . Corres más que mi desdicha.
Jamás le habría imaginado quejándose de la celeridad con que alguien le traía el vino.
— Se voy a morire ego asimismo, debe di guardarmi un trago — exclamó Lope, que hasta el momento no había dicho ni palabra — , per lo amore de la Vírgine.
— Acepto el cambio de suertes con él, si tanto lo desea — sugirió Odón.
El almogávar se acercó al maestro y le puso la frasca en los labios.
Tal trago le metió que la frasca quedó como desinflada.
— ¡Malditos, engañar a un moribundo! — dijo, pero solo una vez que lo había bebido — . No comparéis esta inmunda basura con auténtico sherry. ¡Esto es vino de Málaga!
— Pues el que lo vendía dijo que era de la misma Xerez antes de marcharse — se asombraba el recadero oliendo lo que quedaba.
— ¡Podéis arder todos en el averno con vuestra cochambrosa ciudad conquistada! — se lamentó Odón — . ¡Traedme el último sherry antes de ponerme encima vuestras manos solo aptas para el mamporreo de asnos de carga!
La treta de Odón para librarse de su tortura me pareció inocente, pero yo seguía a lo mío, el análisis literario del poema, sin dejarme distraer.
Había que encontrar el lugar de la fosa de Wallada, que podía muy bien ser el mismo, cabía imaginar, en que ella y su esclava, amante y asesina, disfrutaban de sus encuentros amorosos, escondidas del personal de servicio.
¿Dónde, en qué jardín habría enterrado con el códice la esclava Muhya a su odiada ama?
Fosa donde resuena música de las damas.
Entonces, siguiendo a la carrera la ardua vía agustina hacia el centro de mí mismo, vislumbré con claridad el lugar. En aquella oscura covacha de torturadores, la luz natural de la razón había decidido por fin posarse sobre mis mientes.
Eureka, dije entre mí.
Y al tiempo, con lucidez semejante, dejando de una vez de tirar con fuerza, saqué con suave gesto la mano sin vendar del grillete que la aprisionaba. Ninguna fuerza divina es más capaz de obrar milagros que la ilusión del necesitado.
Al fondo, el espectro de Mateo Sancho rezaba y rezaba sus letanías, e invocaba a Rosafresca con lamentos de enamorado. Odón, barrigudo como un bufón de feria, ya estaba desnudo y colgando por las muñecas de un travesaño, y ahora pataleaba para intentar impedir el comienzo de la tortura.
Aznaro se frotaba las manos, listo para arrancarse contra él.
— ¡Ya sé dónde está el códice! — grité con todas mis fuerzas, poniéndome en pie.
Al verme gritar, el almogávar gigante y novato que había regresado con el vino se lanzó hacia mí como una exhalación, dispuesto a sacudirme de nuevo.
Si lo hubiera planeado todo, no podría haberme salido mejor de como fue, porque esta vez ya conocía a mi adversario.
Me agaché lo justo cuando me lanzó el guantazo de zurdas y se desequilibró al darlo al aire, tan seguro como iba.
Con la mano herida, le castigué el hígado que había quedado al descubierto, y a continuación le lancé de abajo arriba un ictus de diestra que impactó de pleno en la barbilla, haciéndola crujir, para mi enorme satisfacción.
Dejando a un lado toda modestia, confieso que, pese a que no suelen serlo los que se dan con tantas ganas, le propiné un golpe maestro.
El aprendiz de armario tenía la punta de la lengua fuera y se la machacó con la dentellada, de postre.
Eso sí, me hice polvo los nudillos de la mano sana. Era como una roca, el muy almogávar.
Y debo añadir que mientras caía le saqué el alfanje, que llevaba con la empuñadura a la vista.
Aznaro lanzó una carcajada al ver cómo se desmoronaba aquella montaña, y me preguntó:
— ¿De verdad habéis pensado que podéis saliros con la vuestra?
De buena ley sabíamos los dos que no iba a sobrevivir como estaba a un enfrentamiento con él, mucho más hábil que yo con cualquier arma o sin ella.
— Sí puedo, y desde aquí no yerro — contesté.
Así que, tomándolo de la empuñadura con ambas manos, me puse el alfanje de punta contra el pecho, entre las costillas, a la altura del corazón — .
Acabo de encontrar el lugar exacto en donde está la tumba de Wallada — continué — y os aseguro que su esclava Muhya se encargó de esconderla muy bien.
Si me mato no vais a ver el libro jamás, y no me apetece caer en manos de un demente como vos.
Al cabo — añadí recordando un verso que me había visitado hacía no muchos días — , los que ahora somos conviene que muramos.