18. Conviene que muramos
Conviene que muramos
A menudo la muerte me visita, a deshora y sin golpes de aldaba ni pasos que la anuncien, como una vieja amiga que quizá haya sido amante alguna vez, por más que ninguno de los dos lo recuerde ya.
Pese a que ella también ha envejecido demasiado, en cuanto me ve pone el grito en el cielo.
Tal vez viene solo para averiguar si sigo vivo.
Pero me trae siempre un obsequio, nunca el mismo: un dolor en la espalda, un mareo que me abate, una fiebre galopante.
A veces consigue que el rumor de un mundo deshabitado y oscuro se apague y el dolor me abandone, incapaz de sentir nada salvo el miedo. Solo miedo.
Luego se harta y se larga. Cosas de la edad. Ya no nos soportamos la una al otro, aunque cada día nos necesitemos más.
Así que estaré prevenido y sin miedo, con ánimo desapasionado, cuando venga a pedirme de una vez que nos vayamos juntos para no volver.
Pero el día en que el rey Fernando tomó Córdoba arrebatándosela al islam para devolvérsela a Cristo — dicho sea con la retórica de esas ficciones que los vencedores despachan como historia — , la muerte rondaba también por la Casa de los Siete Jardines, y yo, que desde muy pronto sabía que nunca se es lo bastante joven para no morir, sentí la peste de su aliento en el cogote y me estremecí con lo que ve el arquero en los ojos del ciervo al que busca su flecha.
Para morir sin miedo tenía que luchar. Pero, desalentado por la paliza que había recibido dos días antes, desarmado, con una mano casi inútil y la única compañía de Lope y Odón — más lastre que ventaja — , las posibilidades de resistirme con eficacia a Aznaro eran poco menos que nulas.
El trío de almogávares que lo acompañaba nos esposó a los tres con las manillas de hierro que yo ya conocía.
El que se ocupaba de mí era un gigante novato, y, con la excusa de mi mano vendada, pude distraerlo chillando mucho antes de que llegara a hacerme daño.
Puse las muñecas en tensión sin que se diera cuenta, y no apretó lo suficiente las esposas.
A esa rendija de casi imposible libertad me aferré para no rendir del todo la voluntad.
Mientras tanto, Aznaro se arrolló el hábito a la cintura, lo que le permitía exhibir los sudorosos músculos de su abdomen.
No sé cuándo llegó a los conventos esa costumbre de imitar con el propio cuerpo el aspecto ilusorio de las esculturas grecorromanas, pero sirve muy bien para distinguir a los lunáticos de las personas que siguen en sus cabales.
— No es necesario que me tengáis aquí esposado, Aznaro — clamaba Odón, que había oficiado también de profesor de Teología para él en Palencia — . Aunque en el aula erais un zote, ahora parece que os habéis hecho hombre de entendimiento: sabéis bien de qué lado estoy y he estado siempre yo.
— Claro, maestro, no temáis. Todo se va a solucionar deprisa. Es solo por no dejar resquicios: aunque confío en vos, no tanto en vuestro alumno predilecto. Y eso me obliga a teneros aquí mientras él me cuenta un par de cosas.
— Genial — respiró Odón.
A mí sus esperanzas me parecieron tan infundadas como su teología.
— Solo necesito que me digáis dónde está el códice, y se acabó el problema: os quitamos las prisiones a todos, y os largáis a casa.
— El códice aún no lo tengo — volví a explicarle — , porque Ben Ubay se equivocó en la ubicación de la tumba.
Pero creo que estoy a punto de encontrarla de otro modo.
Necesito solamente pensar, y repasar una obra que está en la biblioteca de esta casa.
Creo que fue la esclava de la princesa Wallada la que...
— Muy interesantes vuestras disquisiciones — replicó — , pero los dos sabemos que vuestra memoria no es tan frágil como para que vuestros ojos necesiten releer.
Podéis pensar cuanto queráis. Mientras tanto voy a sacarle a vuestro amigo mahometano los demonios del cuerpo en nombre de la cruz — añadió volviéndose hacia Mateo Sancho y mostrándole un cuchillo curvo de desollar ciervos.
— No soy mahometano, sino servidor de Cristo — protestó el colgado.
La carcajada de Aznaro resonaba aún mientras le hacía un largo tajo a Mateo Sancho desde el tobillo hasta la corva de la rodilla. Un chorro de sangre saltó de allí dejando un reguero en el suelo.
— ¡Mi señor Jesús! — chilló el mozárabe con voz que le salía de las entrañas — . ¡Tú eres mi dolor y salvación!
— ¿Qué hacéis?, ¡parad! — grité a mi vez dando dos imprudentes pasos hacia delante.
— ¡Rosafresca, muero por ti! — clamó Mateo.
Me cayó encima el armario para lanzas que me había puesto las manillas.
El guantazo me vino de zurdas, lo que redujo mis posibilidades de esquivarlo, y aunque no me atizó de lleno, pude dejarme caer como si lo hubiera hecho.
Desde el suelo intenté abstraerme lo suficiente para no escuchar los gritos del torturado.
Recuerdo bien que antes de nada acudió a mi mente la brillante sentencia de san Agustín:
No vayas fuera de ti. Vuelve a ti. Dentro del hombre reside la verdad.
Desde ese día sé que pienso con más celeridad cuando el tiempo apremia.
— ¡Madre del Amor Hermoso! — mascullaba Odón a cada tanto, espantado con lo que fuera que estuviera haciendo Aznaro con el pobre Mateo Sancho.
Entre mí le daba la razón a Aznaro: ya debería haber encontrado el códice.
Si seguía tan alejado de la verdad como al principio, era por haber delegado en Ben Ubay la búsqueda en vez de seguir mi intuición y los indicios que había acumulado.
Así que me concentré al tiempo en sacar la mano buena de las esposas y en repasar los textos sobre la muerte de Wallada escritos por su esclava al final de su Historia de la princesa Wallada, el poeta Abenzaidún y la esclava Muhya, que guardaba bien en la memoria: el poema seguido de la sentencia mandinga.
«La poesía nos salva», me dijo una vez un viejo goliardo que pecaba de pensamiento u obra cada vez que respiraba.
«Tú vuelve siempre sobre los versos en busca de salvación. » Y eso hice, removiendo en mi memoria:
Sin guía soy la yegua que irrumpe en cuadra en llamas.
¿El xerez de tu boca me niegas y otro amas?
Tósigo dé en mortaja ropa de nuestras camas:
fosa donde resuena música de las damas.
Al recordar la cuaderna con que había traducido los versos de la esclava comprendí que, centrado en mi versión, no me había detenido lo suficiente en su significado.
La belleza de los versos había ofuscado mi entendimiento, que los había leído como otro poema sentimental, de locura amorosa y desesperación por los celos.
No caí en lo cerca que está siempre para muchos el amor de la violencia, del asesinato o del suicidio.
Porque ese poema hablaba, habla para siempre, de algo más: del impulso criminal, del abismo al que puede llevar el delirio amoroso. Es un poema de muerte bajo el disfraz del amor.
Tósigo dé en mortaja ropa de nuestras camas:
¿La poeta expresaba su deseo de suicidarse con un tósigo, un veneno, ante la decepción amorosa, en el mismo lecho en que amaba a su señora? ¿Para convertir su lecho nupcial en lecho de muerte?, ¿el tálamo en túmulo?
Y luego estaba la prosa:
Al atardecer he serpenteado y enterrado a mi ama Wallada con su amado códice. El fin de su vida, y mi escritura .
¿Qué diablos era, entonces, ese serpentear?
Se oyó un lamento de Lope que me hizo levantar la cabeza distraído y ver el horror que estaba sucediendo allí.
Aznaro le había arrancado a Mateo Sancho la piel de medio cuerpo — incluida la de la peluda cabeza — , que colgaba arrugada en grandes pliegues a su costado, y le estaba sacando el resto desde el hombro hacia abajo, cortando con limpieza y suavidad entre la piel y la carne.
Su soltura revelaba que no era la primera vez que hacía eso con un hombre.
En cuanto a Mateo Sancho, aquel rostro rojo y cadavérico, con los ojos tremendamente abiertos, le otorgaba una expresividad insólita a sus gritos, que habían perdido toda sonoridad.
Todavía me despierto alguna noche desesperado oyendo aquellos dolientes mugidos, sordos, guturales y secos.
— ¡Sigue, ’or fa’or, sigue! — exclamaba el pobre con su pronunciación sin labios.
— ¿Gritas de dolor o de placer, sodomita de Satanás? — replicó Aznaro, deteniéndose para apartarse y observar su obra como un escultor — . Mira que la condena eterna tiene grados de tormento, y los hay mucho peores que el fuego.
— ¡Cristo ne quiere!
— ¡Cristo te tortura!
— ¡Y Rosafresca ne quiere!
¿Por qué no se moría Mateo Sancho? Nunca he podido entender su capacidad de resistencia.
Imagino que se debía a la habilidad de Aznaro, más que a su propia fortaleza.
Me contaron tiempo después que los especialistas en torturar saben manejar bien todo tipo de recursos.
Para que su víctima siguiera viva, Aznaro tenía que haberle proporcionado antes de nuestra llegada algo que impidiera la pérdida de sangre, como caldo de ortiga, además de alguna cantidad de belladona o de adormidera, no excesiva, para que su organismo, sin derrumbarse por el dolor, no dejara de sentirlo.
Cualquier veneno es al tiempo una vía de cura, y, para aumentar la paradoja, cualquier cura se puede administrar, con cuidado, como modo de aumentar el sufrimiento.
Entonces me di cuenta de que el serpentear de la traducción mandinga podía ser bien una metáfora de envenenar, con veneno de serpiente, claro, animal asociado desde siempre y en todas partes a las plantas medicinales, los fármacos y los venenos.
La frase resultaba mucho más explícita y coherente así:
Al atardecer he envenenado y enterrado a mi ama Wallada con su amado códice. El fin de su vida, y mi escritura.