17. La puente de los trujamanes #3
Hasta hoy he oído y leído a lo largo de mi vida múltiples relatos de la toma de Córdoba, unos de carácter lírico — los más prescindibles — , con generoso gasto de metáforas para el lance amoroso entre el rey cristiano y la rendida medina mora.
Otros de tono más épico, en los que nunca aminora el río de sangre mahometana hasta cubrir la cintura de los conquistadores cuando van tomando, en su cruzada hispánica, una a una esas trescientas torres que la ciudad nunca tuvo.
Pero yo estuve allí y no necesito cuentos de nadie.
La toma de Córdoba fue otro acuerdo entre truhanes.
Y uno de aquellos dos sujetos, el rey Fernando, al que ya llamaban entonces los obispos el especial atleta de Cristo, será canonizado tarde o temprano, entre otras cosas, porque acabó tomando años después, con mayor beneficio e igual desprecio de sus habitantes, la triste Sevilla, que le había robado a Córdoba tiempo atrás el título de joya de Al Ándalus.
Mientras Lope regresaba a la ciudad con el gobernador, yo volví con el rey al campamento cristiano. Pedí a un barbero que me diera adormidera, para la mano y para descansar, y pasé el día durmiendo y la noche en duermevela, con el ánimo atormentado.
A la mañana siguiente recorrimos de nuevo la puente y cruzamos la puerta abierta de Alcántara con la corte del rey al completo, camino de la mezquita, donde el obispo de Osma, Juan Rodríguez, procedió a asperjar los muros del recinto con agua bendita, para expulsar los demonios mahometanos y abrir paso a los cristianos, que imaginé flanqueando al obispo impacientes e invisibles.
Sobre la cima del alminar de la mezquita se estaba erigiendo al tiempo una cruz construida días atrás en el campamento, tan grande y de apariencia tan pesada que durante los siguientes días eran pocos los que se atrevían a acercarse por la zona por temor a que se desplomara sobre sus cabezas.
En cuanto al rey Fernando, quizá escocido por haber recibido el día anterior sopas con honda en cuestión de aliño indumentario por parte del gobernador de Córdoba, seguía portando su estandarte, pero se había vestido esta vez como para la boda del emperador germano: camisa y bragas del mejor lino, guarda con loriga, yelmo con incrustaciones de oro y espuelas de plata, con su famosa espada Lobera al cinto: un rubí en la manzana y en la cruz una esmeralda.
El único inconveniente es que el calor cada vez más profundo le estaba midiendo el peso de la gloria a chorros de sudor.
Abandoné en buena hora la comitiva para huir del espectáculo e ir a la Casa de los Siete Jardines, y comprobé que la desesperación se había adueñado de Córdoba al divulgarse la noticia de la rendición y la obligación de abandonarla.
En una plaza de camino colgaban ahorcados de sendas cuerdas un hombre y una mujer, quizá unidos así en su último acto, tan inexplicable y conmovedor como casi todos: ese amor tan sencillo ante la muerte, contra la muerte, a pesar de ella o más allá de la muerte.
A poca distancia de los amantes se estaba armando ya la fila para salir de Córdoba.
Intentaban dejar la ciudad por el camino de Zaragoza, quizá ignorantes de que aquella vía no llevaba más que a tierras ya tomadas por los cristianos en derredor, o puede que con la aspiración de refugiarse en tierra cristiana y renegar.
Después encontré mucha más gente ante la puente de piedra: todos los que iban a Sevilla o a Granada, o a cruzar el Estrecho hacia quién sabe dónde.
No había en esas colas otra cosa que el silencio pasmado de quienes lo han perdido todo, que ni siquiera se alteraba cuando, con total impunidad, los soldados cristianos impedían la salida de carros volcándolos sobre la marcha para saquear su contenido o esparcir por el suelo lo que despreciaban.
— ¡Viene el príncipe, perros! — gritó una voz recia en árabe cuando había renunciado ya a discutir con los soldados y me disponía a seguir mi camino.
Tuvo que echarse a un lado todo el mundo para abrir paso a la comitiva del gobernador, con doce carretas bien cargadas y custodiadas por su guardia. Sobre su brioso caballo blanco — mejor alimentado que ningún ciudadano — , llegaba Abulcasán.
Me escondí de él avergonzado.
En la plaza del zoco me encontré con Lope, que regresaba a la casa también. Solo quedaba por allí un mercader de esclavos. Me di cuenta al pasar de que se trataba del sedero Benamí ben Amí.
— ¡Esclavos para la carga de pertenencias en la salida de Córdoba! — cantaba en árabe — . Solo auténticos renegados cristianos, bien documentados y con todos los papeles. ¡Dos por uno!
Se trataba de los nazarenos encarcelados. Dos mujeres jóvenes estaban ahora en la tarima. En torno al puesto había una aglomeración de hombres adinerados pujando.
— ¡Un morabetino de oro por las dos, como este! — gritó uno, al que no pude ver, lanzando al aire la moneda para que la atrapara el esclavista.
Benamí la miró, la mordió y la lanzó de vuelta por el mismo camino por el que le había llegado, gritando:
— ¡Falso! Morabetino de cobre pintado.
— ¡Malditas perras impuras! — concluyó el comprador atrapando de vuelta la moneda — . ¡Han vuelto a engañar a quien las protege!
Era Odón de Cheriton. Y guardándose la moneda caminó hacia donde Lope y yo salíamos del grupo. Hice como si no lo hubiera visto, pero nos abordó:
— Ya es público y notorio que me he convertido en lord Odón de Cheriton — dijo mostrándonos en su anular un enorme sello que al parecer se había hecho hacía tiempo para colocárselo en cuanto heredara el título: la representación de san Odón de Cluny orondo en su escritorio.
Y como Lope no se inmutó, añadió:
— Y quiero invertir en la producción del sherry omeya siguiendo las instrucciones del sabio fenicio Magón en el Códice Wallada.
Desde su punto de vista, con Alvar muerto ya no hacía falta que lo ocultáramos, pues estaba seguro de que lo habíamos encontrado.
En cuanto a Lope, el hundimiento de Córdoba, no por previsible menos doloroso, lo tenía olvidado casi hasta del vino.
Mientras recorríamos el callejón que daba a la Casa de los Siete Jardines, le recordé a Odón que ninguna persona, incluido él mismo, había visto el códice desde la muerte de Wallada.
Protestó, pero yo ya andaba en otras cosas: me extrañó ver la puerta de la casa abierta, tras la curva del callejón.
No había nadie a la vista para recibirnos. Entramos y llamamos a Leila.
— ¡Aquí! — oímos.
Era una voz desconocida. Parecía venir de una cuadra que había en el jardín cercano a la entrada, y lo que allí encontramos no nos dio ni placer ni tranquilidad.
Sentado sobre una bala de heno, con tres almogávares en derredor, estaba el monje encapuchado que había visto yo siguiendo siempre a Lupo de Fitero — el que pronto iba a ser el obispo de Córdoba — , pero reconocible ahora con la capucha quitada.
— ¡Aznaro! — exclamó Lope conteniendo la rabia — . ¡Non istá morto, il sapo!
El monje giróvago se había afeitado el bigote y toda la cabeza, mas su rostro seguía inconfundible, con aquella sonrisa leporina forzada más allá de todo límite.
Me obligué a pensar, para mi satisfacción, que algún barbero había procedido a pelarlo para cuidarle la brecha que sin duda se le habría quedado de resultas del estacazo que le dio Elo, la tabernera de Silos, salvándome así la vida cuando Aznaro me tenía ya ensartado con un estilete en la cueva de Cerrolamora, junto al monasterio, hacía no mucho tiempo.
— ¡Gonzalo de Berceo! — dijo Aznaro interrumpiendo mis recuerdos — . Imagino que habréis pasado ya por la tumba de Wallada en el cementerio cristiano de la Axerquía, y que después habréis escondido el códice convenientemente.
Como viejos compañeros de aula, los letrados manteníamos el vos una vez finalizados los estudios para sostener la ficción de que merecíamos algún respeto.
— Al final no era esa la tumba — contesté disimulando mi asombro, y añadí, con mucha más determinación de la que sentía — : ¿Dónde tenéis a Ben Ubay? ¿Y dónde está la dueña de esta casa?
— Lo tengo aquí mismo. A ver si os atrevéis a decirle a la cara que miente.
Leila era lo que más me preocupaba en ese momento, pero no quise demostrárselo. Nos llevó a una amplia estancia en el interior de la cuadra, en donde había dos hombres colgados de una viga por las muñecas.
El primero era el cadáver de Ben Ubay. A su lado, con gesto altivo y rostro de nazareno sufriente, pendía Mateo Sancho.