17. La puente de los trujamanes #2
— El códice aún no lo tengo, majestad — declamé después de explicarle al rey Fernando en su pabellón que no se encontraba entre los de la biblioteca y habíamos pasado a buscarlo en la tumba de paradero incierto de la princesa — .
Pero además de ese almogávar al que hemos encontrado malherido, os traigo una misiva del gobernador de Córdoba que os hará brincar de alegría.
Mientras Lope y yo llevábamos al campamento real a Baños como un fardo sobre su caballo, le había dado cien vueltas a aquella frase exculpatoria aplicándole todos mis conocimientos de retórica, entre ellos la premisa de que lo simple es siempre contundente, pero más si parece que oculta un misterio y se logra que el que escucha no consiga imaginarlo.
Mi conocimiento y estudio de las frases con las que Odón de Cheriton dejaba boquiabiertos a sus estudiantes novicios me ayudó a tramarla.
Pero jamás habría conseguido predecir la cara que se le quedó al rey al escucharme.
Giró la cabeza a derecha e izquierda sin decir palabra, como si quisiera apuntarme con su ojo vagabundo, mientras yo sacaba mi bolsa, extraía la carta y se la entregaba.
Rompió el sello con impaciencia y desarrolló el pergamino. No pudo reprimir entonces un chasquido disgustado de la lengua.
— ¡Está en esa jerigonza del diablo!
— Yo os la traduzco con mucho gusto — dije poniéndome en pie y tomándola de nuevo.
Pero cuando vi lo que ponía ahí me asusté. La sutileza diplomática por escrito no era el fuerte de Abulcasán, tan cordial en persona:
Perro cristiano enemigo...
Eso decía en el saludo.
— «... Y quiero concluir mi misiva emplazándote mañana en la mañana a donde voy a darte, en mano, las llaves de la ciudad» — la concluí yo después de inventarme la carta al completo, en una versión tan plagada de parabienes que a cualquiera que no fuera el rey Fernando le hubiera resultado sospechosa.
— Estos sarracenos saben bien lo que se hacen — dijo sin embargo, sonriendo, mi majestad — . Al menos cuando entienden que han topado con una verdadera autoridad cristiana.
Envueltos en el temprano calor que la mañana arrastraba de la noche, los caballos de la comitiva mora del gobernador Abulcasán cruzaron Bab al-Cántara, la puerta principal de la ciudad que daba acceso a la puente de piedra, con sus jinetes ataviados según los más exquisitos detalles de la última moda abasí: había ropas de seda y satén, y profusión de abultados turbantes, en tonos de bermejo almagre, de verdín o de amarillo oropimente, enlazados siempre con nudos de fantasía, como si el asedio fuera una feria.
Montando su caballo blanco, como hacía en tiempos el mítico emir Abderramán I, Abulcasán vestía con su aljuba de lujo y su banda de seda cruzándole el pecho bordada con hilatura de oro.
Montando su caballo blanco como el de Santiago Matamoros, Fernando el Bizco portaba el estandarte de la Virgen de las Batallas, a la que sus reparaciones daban aire de bruja.
Vestía sobre la cota de malla una basta pelliza de oveja que le hacía parecer un salteador de caminos listo para salir huyendo de la guardia del gobernador.
Venía con el cortejo moro Lope. Y yo iba frente a él, en el del rey Fernando de Castilla y León. Los dos teníamos la misión de trujamanes, para conseguir que ambos parlamentarios se entendieran pese a sus distintas lenguas, una misión que se me antojaba imposible.
Lope había regresado a la medina la noche anterior con la respuesta del rey Fernando convenientemente sellada. No hubo forma de conseguir que la hiciera de manera no ofensiva, aunque le tocaba a Lope traducírsela a Abulcasán y parecía que lo había hecho con solvencia, puesto que allí estaban.
Por mi parte, el rey me había pedido que me quedara en el campamento para acompañarlo al día siguiente. El dolor de la mano y la inquietud ante las negociaciones que venían me mantuvieron en vela gran parte de la noche y me hicieron amanecer derrotado.
Pese a que se veía muy molesto a Fernando por su error en el atuendo, el encuentro empezó bien. Los caballos dejaron de patear el empedrado. Los contendientes se saludaron con la cortesía de rigor, y Lope y yo tradujimos sus agradables palabras, sonrientes y tranquilos.
Lo malo empezó cuando la negociación se puso seria.
— Voy a darte una última oportunidad, Abulcasán — proclamó solemne el rey Fernando — , y es que me pagues cuatrocientos y treinta miles de maravedíes o dinares que la ciudad me debe.
Si tal haces, tú y tu familia podéis salir de Córdoba con cuanto consigáis llevar con vosotros, y libraros así de la muy dichosa degollina que voy a hacer en la ciudad.
— Qui dice il rey mi señoro — exclamé en lengua arábiga sin alzar demasiado la voz, aunque confiado en que entre tanto señor ensimismado pocos o ninguno conocería bien ambas lenguas — que si respetará a la chitadanía se li intregáis la medina in buen hora.
Y todos podréis di salir di sus murallas in órdine y presto.
— Pero Córdoba es para mí la más joven y bella de mis concubinas — afirmó quejoso Abulcasán.
Lope se quedó dudando un momento, pero tampoco había ningún mal en traducir aquello.
— El señor cristianísimo si lleva una Cortuba joven e bella para su cuncubinato, ¿eh? — dijo el peregrino imposible.
— Pues a mí me parece una vieja prostituta que no se trajinaría ni el mismísimo Satanás.
— Que le place al rey cuidarla y respetarla — traduje — . Y bien li ve a Curtuba ojos di gazela y manzanas dil Líbano por tetas.
— Pues entonces — exclamó Abulcasán — podemos entregártela sin pelea. Siempre que me des cuatrocientos treinta miles de maravedíes o dinares. Y luego, a mí, los cordobeses como si los tiras al río.
Por lo menos estaban hablando los dos de la misma cifra, lo que ya parecía un tácito acuerdo.
— Dice il mi siñor — tradujo Lope — que li damos al reye la joven y bella Cortuba con il caserío completo per reparto di sus huéstedes y obispos, e los cuatrocientos treinta mil morabetinos, sempre e cuando todo hominem chitadano pueda escapare su vía con vita di allí.
— Podemos hacer de Córdoba un refugio de invierno para la corte, si la conseguimos intacta, y montar aquí fiestas y algazaras — se le ocurrió de pronto al rey Fernando — . Seguro que en invierno hace buen tiempo en este horno. ¿Qué dicen mis obispos?
— Que es esa muy santa idea y felicísima — exclamó el obispo de Salamanca, dom Martí.
Concertamos a continuación que el pago se haría un día después de que los cordobeses hubieran salido y los cristianos se hubieran adueñado de la ciudad, pero sin nombrar ni por asomo quién se encargaba de pagar ni quién de cobrar.
Como nunca ha habido gobernador ni rey puntual en pagos, confiaba yo en que los aparentes retrasos pasarían desapercibidos hasta que fuera tarde como para arrasar a los cordobeses.
Lo importante ahora era que aquella reunión no acabara como el rosario de la aurora.
— Esta misma tarde voy a mandar al papa Gregorio IX — exclamó el obispo de Cuenca, dom Gonzalo, cuando todo parecía ya acordado — un correo pidiendo la beatificación de nuestro rey, por su compasión y caridad cristiana con los cordobeses.
Un murmullo aclamatorio se elevó de la comitiva cristiana, los obispos lanzaron a coro un contundente «Ave María purísima», al que toda la comitiva contestó con el preceptivo y tronante «Sin pecado concebida».
La comitiva mora se puso en guardia. Los caballos piafaban y alguno se encabritó y giraba sobre sí.
Por un momento creí que se liaba y me fui acercando al pretil de la puente para saltar al agua si empezaba la masacre, mientras alzaba la voz para traducir las expresiones al árabe y que se viera que no eran de guerra.
Se calmaron de un lado y de otro, para mi alivio.
— Tres días tenéis para salir todos, y os perdono la vida a ti y a tus súbditos, siempre que no se vaya nadie más que con lo que buenamente puedan llevar encima, y dejen el resto de los bienes para el reparto, ¡y no me marees mucho más, perro sarraceno!
¿Tres días?
— Pero hay más almas en esta ciudad que en Toledo — le solté al rey antes de traducir.
— ¡Qué espanto! — exclamó — . ¡Que se vayan todos de una vez, sí!
Ya puestos, mantuve en mi versión el plazo, calculando que ayudaría a justificar la falta de un pago rápido. A Abulcasán le pareció perfecto, pero se puso a solicitar detalles de la protección para él y su familia en la salida.
— Tengo demasiadas concubinas, así que armar la caravana es un verdadero jaleo — aseguraba.
— Pido a su mayestade que permita di guardare la Casa di los Sete Yardines con la su bibliotheca — tradujo Lope barriendo para su casa — , y a la familia que está dintro, un tempo per poter di recogere los librillos que hubieren e levarlos.
Intervine para indicarle en voz baja al rey que la colaboración de esa familia era fundamental para localizar la tumba y el Códice Wallada, lo que lo animó a conceder el privilegio.
— Concedido — dijo — , pero quiero que la biblioteca, y quienes la cuidan, se preserven como regalo a mi muy amado heredero, el infante Alfonso.
Ni Lope ni yo teníamos por entonces ni la menor idea de quién y cómo era el tal infante — nuestro actual rey Alfonso — , así que evité el jaleo yendo a una traducción un poco divagatoria. Lo sabíamos nosotros y eso bastaba.
— Ahora pídele a este sodomita mahometano la llave de la ciudad — me dijo Fernando.
Estuve a punto de preguntarle qué llave, pero no quise que me tomaran por idiota.
— Su mayestate califal cristiano, prigunta per la clave — le dije a Lope esmerándome en la correcta pronunciación.
— ¿Quí clave? — me preguntó él en su román rastrero.
— ¡La clave per la portón principal, hómine! — le dije como si fuera evidente.
Lope intercambió entonces con el gobernador palabras que no conseguí entender muy bien.
— Non la trujo consigo — me resumió.
— No la lleva encima. Parece que es muy pesada — le dije yo al rey cristiano — . Pero van a dejar la puerta abierta desde primera hora, mañana domingo, al comienzo de la evacuación de la ciudad.