17. La puente de los trujamanes
La puente de los trujamanes
Las mujeres avanzaron con paso precavido pero firme hacia Alvar, que, desnudo, pálido y furioso, levantó un dedo como para amonestarlas, pero, sin llegar a decir una palabra, se desplomó.
Tenía un cuchillo clavado en la espalda.
Primero oímos el estremecedor ululato sagrado, el grito trino, gutural y agudísimo que allí llaman zagruda, con el que festejan las mujeres a veces su alegría, otras su ira y muy de vez en cuando ambas al tiempo.
Quienes aún peleaban en la sala se detuvieron por fin.
Luego rodearon todas al caído como bandada de harpías.
Fue Encarnación la primera que asaltó el cuerpo derribado, y tomándolo con ambas manos de la muñeca, apoyó un pie sobre su pecho, tiró del brazo como si quisiera arrancarlo de cuajo, y lanzó una invocación:
— ¡Dame fuerzas, Virgen del Auxilio!
— Quita, quita, quita — dijo otra.
Venía enarbolando un hacha, y si Encarnación no se aparta, se la lleva también por delante. Probablemente apuntaba a la cabeza de Alvar, pero le cortó el brazo por el sobaco.
No sé si recibieron todas ellas fuerzas de la Santísima, o quizá fue que había en sus habitaciones, bajo los lechos, más armas que en el campamento real, dejadas en prenda por soldados insolventes. Pero lo cierto es que se lanzaron sin piedad sobre el enemigo y la escabechina fue asombrosa.
El cuerpo del desdichado Alvar se negaba a morir pese al destrozo. Siguió vivo todavía un rato, mutilado y tendido sobre el charco de su sangre, porque se oían sus lamentos moribundos y tenues tras el pavoroso ululato femenil.
Ninguno de los almogávares o soldados, ni tampoco este clérigo, se atrevió a acercarse al círculo de damas que rapiñaba sobre Alvar.
Pude ver entonces al rey huyendo con el futuro obispo de Córdoba, que se cagaba en las calzas, tras el misterioso encapuchado, acosados por la misma Encarnación, cuya presencia solicitaban antes y que ahora los amenazaba con una espada gritando como loca al frente de un puñado de comadres.
No digo que a mí, como a todos, no me provocara horror aquella escena, pero también se me pasó por la cabeza que, si Leila hubiese huido con Yusef el Cordobés cuando se gestó la tragedia de su familia, otra suerte habría corrido mi querida Aixa.
Nadie como una madre para defender a su hija de las bestias.
Aunque no había tiempo para lamentos. Lo urgente ahora era conseguir el Códice Wallada y, después, ver a quién diablos convenía entregárselo para salvar el pellejo de los allegados y, de paso, si fuera posible, el propio.
Leila era en principio la más amenazada.
Aprovechando que Alvar ya no podía estorbárnoslo, y que el dolor de mi pobre mano había remitido desde que Rosafresca me proporcionara la adormidera, salí de la fonda con Lope para dirigirnos al cementerio cristiano, en el norte de la Axerquía, en busca de la tumba de Wallada, siguiendo las indicaciones que me había dado el cadí Ben Ubay.
Antes de cerrar las puertas eché un vistazo al interior.
Benito de Baños estaba siguiéndonos con la mirada. Llamó a sus hombres. Ahora era el jefe.
Cuando nos alejábamos de la casa, volví la cabeza para ver si nos seguían. Por detrás de la fonda salían Mateo Sancho y sus nazarenos cargados con sacos de comida.
En vez de atravesar la vía principal hasta el punto más cercano al cementerio, le pedí a Lope que me guiara hacia él por las callejas, sorteando las trincheras y los obstáculos que los asaltantes habían puesto para impedir incursiones enemigas.
El recinto del cementerio estaba cercado por un muro no muy alto de adobe.
Lo rodeamos hasta dar con una entrada en la que una de las dos hojas de la gran puerta metálica había sido abatida hacía tiempo, a juzgar por el óxido de la cerradura.
Sobre el dintel de piedra había una vieja inscripción latina que todavía podía leerse:
VUELVE A TU LUGAR
Dentro, bajo el sol y el calor pesado del atardecer, el panorama era tan desolador como en la Rauda omeya del alcázar. Había cruces tiradas y tumbas abiertas por todas partes y, de nuevo, maleza y huesos limpios ya de piel, arrojados aquí y allá.
— Sacar morto subterra y castigarli il cadáver es acto sacro sumo — comentaba Lope como leyéndome el pensamiento.
Entonces me resultaba incomprensible, pero con el tiempo comprobé que en guerra los cementerios de frontera siempre acaban arrasados.
Viéndolos, resulta fácil imaginar lo que los combatientes hacen con los prisioneros...
Y se aprende que los que sobreviven a semejantes masacres, por exagerados que parezcan, nunca mienten.
Caminamos por las calles en cuadrícula esquivando cruces y huesos caídos hasta que localizamos el lugar que me había indicado el cadí Ben Ubay. No era una tumba lujosa y estaba intacta.
Pero en la lápida ponía, para nuestra desgracia, en grafías latinas, «Wanda», el nombre visigótico, y no «Wallada», como había leído Ben Ubay en sus documentos.
— ¡Una rata di scribano distraído! — se lamentó Lope.
Con toda probabilidad. Como subrayando sus palabras, se oyó un relincho a lo lejos.
Para mí, aquello era suficiente para dejar de confiar en la búsqueda documental del cadí: tenía, además, la sensación de que en la Historia de la princesa Wallada, las memorias de la esclava sobre su relación con la princesa, latía la clave para dar con la tumba y el libro.
Era necesario enfrentarse al texto de nuevo, o tal vez meditar sobre él con calma, para ordenar las ideas, en vez de andar dando tumbos por camposantos.
Antes de salir de aquel, le pedí a Lope que nos separáramos para echar un vistazo por los alrededores, por si encontrábamos rastro de tumbas árabes por ahí.
Cuando se alejó, me hice con una tibia robusta, me acerqué al muro y trepé a él con sigilo.
Al otro lado, apostado en la columna de la puerta, esperando a que saliéramos, estaba Benito de Baños.
El caballo que había relinchado lo esperaba allí cerca, en el huerto de una casa, comiendo de una mata.
Había venido solo, o eso parecía. Deduje que le habría llegado, quizá a través de Alvar, noticia del códice y su posible ubicación en una tumba, y que nos había seguido para quitárnoslo en cuanto lo localizáramos.
No quería peleas con un almogávar, y menos con uno acostumbrado a tumbar toros, así que caí sobre él como un halcón, y, con la tibia del muerto, le lancé, por primera vez en mi vida, una patada a dos manos en la cabeza.
Lamentablemente, al saltar una de mis sandalias raspó arenilla del muro y eso fue suficiente para que aquel hombre de campo se alarmara y se volviera.
Consiguió hurtar la cabeza lo suficiente al golpe, aunque le aticé con contundencia entre la oreja y el cuello, y cayó al suelo.
En vez de rematarlo, decidí ser prudente y rodar lo suficiente para apartarme una vara de él.
Se quedó quieto y como inconsciente, pero no me engañaba: el golpe no había sido suficiente.
— Vamos, levanta — le dije.
Se movió y se levantó haciéndose el malherido. Desenfundó su espada con la zurda y torpemente, como si no supiera manejarse con ella y la diestra la tuviera inútil, pero tampoco me engañó: había visto pelear a Alvar y manejaba las dos con igual pericia. Se aproximó hasta mí como tambaleándose.
— Ríndete — le dije, y bajé los brazos como si me hubiera tragado su comedia — , no quiero hacerte daño.
Pero él siguió acercándose como turulato y, cuando se vio lo suficientemente cerca, lanzó un tajo de revés que me habría cortado por la mitad de no estar yo bien preparado para recibirlo. Lo esquivé saltando hacia atrás lo justo y golpeándole con la cabeza de la tibia en el hombro zurdo.
El alfanje cayó al suelo. No me daba tiempo a recogerlo sin exponerme, así que lo alejé de una patada mientras él se recuperaba.
Era muy duro. A mí dos golpes como los que llevaba me habrían dejado en cama una semana.
Y yo me notaba demasiado lento, el brebaje de Rosafresca me había adormecido los músculos.
Pero, de cualquier forma, me alegraba la nueva situación.
Me acababa de dar cuenta de que una canilla monda es una excelente arma.
Pensé en llevármela a casa, si salía vivo de allí.
Por su parte, el matatoros renunció a los disimulos y se puso en tensión, dispuesto a no dejarse golpear por tercera vez.
Comenzó a girar ante mí para quitarse el sol de frente, pero no cedí, amenazándole con amagos de golpes de mi contundente tibia.
Y después de un rato midiéndonos, se lanzó de embestida contra mi barriga.
No me daba tiempo a esquivarlo, así que aproveché para darle un tercer golpe, en la rabadilla.
Tenía que soltarme por el dolor, pero no soltó.
Así que solté yo la tibia al caer para abrazarlo con fuerza y rodar con él, pero logró detenerse encima.
Echó una mano a su espalda y me temí lo peor: otra arma que no había conseguido detectar.
Pero al desasirme me dejó movilidad: le aticé un ictus en la mejilla, con poco impulso, por la cercanía, y atrapé la mano que venía, efectivamente, empuñando un cuchillo de monte.
Con el peso de su cuerpo sobre las dos manos, el cuchillo iba acercándoseme a la cara poco a poco, a pesar de mi esfuerzo por detenerlo también con ambas manos. Se supo vencedor y comenzó a sonreír, pero de pronto la sonrisa se le aflojó en un gesto de estupor y su fuerza cedió.
Me lo quité de encima de un empujón.
Allí estaba Lope, el resucitado, con mi magnífica tibia empuñada con alegría victoriosa.
— ¡Sempre arrastrado per terra como monjo mendicante! ¿Quí faces, fráter? — me regañó.