16. Campo de sangre #3
En ese momento entraban en la fonda nuevos soldados cristianos, vestidos de tropa pero con vestimenta aún más falsa que la de los pastores de égloga.
Se les conocía bien el disfraz por las sobrevestes, que eran castellanas, pero de cuando las Navas de Tolosa, con su enseña del castillo de oro y sin león por parte alguna.
Fiados de sus pésimos disfraces, se sentaron en torno a una gran mesa muy cerca del rey.
— ¡Rosafresca! — gritó el que llegaba al frente dando dos palmadas al aire.
Era Mateo Sancho, nada menos. La taberna se estaba convirtiendo para mi asombro en el albañal donde convergían las aguas peores de cada casa. Rosafresca, que había terminado ya de vendarme la mano, hizo un gesto de disgusto mientras acababa de anudarme la venda:
— ¡Este imbécil qué hará aquí ahora!
El desdén de las enamoradas es el primer paso a su rendimiento.
— Hominem son in busca di condumio — le dijo Lope, que se había acercado a ver cómo me encontraba y sabía también de amores — . Ayutalos per qui rigresen a la Midina antes di que los discubran.
— Yo les ayudo si quieres, pero si se llevan comida la pagan, y ese no tiene un felús.
Me dio pena el enamoradizo Mateo Sancho.
— Creí que erais amigos — le dije, mientras Lope se iba mohíno.
— ¿Yo de ese? ¿Yo que soy tan guapa y tan lista, que me merezco un príncipe, un barbero cirujano...
? Y además solo piensa en la carne, ¡hale!
, todo el día que si subimos, pero sin gasto.
¿Y dónde dejamos el alma, le digo yo? ¡No le reza ni a la Virgen del Auxilio que tengo en mi cuarto!
Y luego con sus luchas contra el gobernador, que no piensa más que en él...
— Se muere de hambre dentro la gente — le recordé.
Resopló, pero en vez de mandarme a paseo se limpió las manos con un trapo y, mientras Odón se llevaba a Alvar a su cuarto, ella se acercó hacia donde estaba Mateo Sancho, que se arrodilló para recibirla al tiempo que exclamaba, casi en verso:
— Mi señora, tanto tiempo sin ver la luz que ahora me deslumbra — dijo poniendo una mano en su mejilla.
— ¡Quita! — le soltó Rosafresca de mal genio y quitándose la caricia de encima de un manotazo — . ¡Qué tomáis, los caballeros!
Luego le estuvo cuchicheando algo, quizá dónde andaba la comida que buscaban, y cuando él volvió a requerirla, lo dejó con aire destemplado diciéndole que había personas de importancia esperándola, y se escurrió hacia su cuarto, donde ya la debía de estar esperando Alvar.
En ese momento se levantó el rey Fernando, que, quizá olvidado de su disfraz, abordó a otro grupo de soldados que había en una mesa junto a la suya, señalando a Mateo Sancho y sus hombres, y diciéndoles:
— ¡Al arma!: hay infiltrados en este lugar. ¡Detenedlos!
— ¿Y a ti quién te manda darme órdenes, maldito pastor de cabras? — le contestó el soldado al que se había dirigido.
El ojo del rey bizqueó en busca de explicación y, sin gastar una sola palabra más, nuestra majestad tumbó al soldado de un guantazo.
Todos sus compañeros se pusieron en pie desenvainando, menos uno, que le lanzó la copa de vino al rey, con tan poca puntería que se estrelló en la coronilla de Mateo Sancho, dos mesas más allá.
Entonces, el que nunca había sido nuestro hombre en Córdoba se levantó a su vez y soltó su único grito de guerra:
— ¡Abajo el gobernador!
La reacción no se hizo esperar. Los falsos soldados nazarenos cargaron contra los verdaderos cristianos, mientras el rey repartía leña a unos y otros y el futuro obispo, Lupo de Fitero, se metía aterrorizado bajo la mesa.
El misterioso monje que lo acompañaba, sin embargo, se había puesto en pie de un salto cuando la copa voló hacia el rey.
Y se abalanzó a continuación sobre el que la había arrojado, le arrebató su arma aún envainada, lo atravesó con ella y se fue luego a proteger al obispo, al que sacó de su escondite, puesto que el rey, que rompía cráneos imparable sin atender a enseñas, no parecía necesitar la menor ayuda.
En ese proceso, el monje perdió la capucha y mostró de espaldas su brillante calva, pero se la volvió a colocar sin que pudiera verle el rostro.
A brazo partido y con todas las de perder, intentaban resistir los cándidos nazarenos de Mateo Sancho contra los bien instruidos sitiadores, cuando un aullido de fiera herida rasgó el ambiente del lugar y paralizó a todos.
— ¡Ay de mí, mis hermanas! ¡Que me muero! ¡Quieren violar a mi hija! ¡Una fiera! ¡Un monstruo! ¡Socorro!
Era Rosafresca la que pedía auxilio, de vuelta al salón con su hija abrazada.
Muchos detuvieron la pelea extrañados. Alguno seguía golpeando aquí y allá, pero en el breve silencio que siguió a sus gritos se podía sentir una agitación creciente que muy pronto se desbocó.
De todos lados comenzaron a surgir mujeres de variadas edades, agitadas y veloces como palomas: sus pasos se oían bajando al trote las escaleras de la casa, o irrumpiendo por las distintas puertas de la sala, o sorteando las mesas a la carrera con pie descalzo, para asombro de los comensales, y solapando sus voces en ansiosos gritos en árabe o en román: «¿Quién ha sido?
», y «¡Que intente hacerlo!», y «¡Dinos quién se atreve!
», y «¡Por encima de mi cadáver!»... Las mujeres de La Chata Cristiana debían de ser apenas una veintena, pero parecían muchas más, y fue tal la zaragata que montaron que la pelea entre soldados falsos y verdaderos se paralizó sin vencedores ni vencidos.
Hasta que de pronto callaron al tiempo todas, como si el diablo hiciera su entrada para ofrecerse a la veneración.
Tras Rosafresca, solo vestido con sus abarcas anudadas a las piernas y con movimientos más de autómata frío que de humano, caminaba Alvar hacia donde estaban las mujeres para enfrentarse a todas ellas.
Su saña era ya bien conocida en el lugar, y hubo un estremecimiento unánime. Los que persistían en la pelea se detuvieron. El silencio se adueñó de la fonda. Hasta que lo rompió Rosafresca:
— ¡Estaba desnudando a mi niña como un diablo cuando he entrado, ante la Virgen del Auxilio, el muy salvaje!