16. Campo de sangre #2
— ¡Pues quién va a ser!: nuestro hombre en Cór... — estaba yo respondiendo, más desconcertado que él.
No vi venir el ictus que me metió en la cara, de arriba abajo. Había sido él, al final, quien me había cogido a mí desprevenido, como a un novato. Caí redondo, y creo que fue la cabeza lo primero que golpeó el suelo. Justo lo que andaba necesitando para que se me multiplicara el dolor.
Tardé un buen rato en rehacerme y volver a sentarme en el escabel, que se había volcado. El silencio se estaba adueñando de la fonda tras el golpe. Imagino que todos nos miraban a la espera de que el adalid me hiciera picadillo.
— ¿Ves? — dijo mientras se agachaba a mi lado — . Has conseguido ponerme nervioso. Perdona, no quería hacerte daño. Déjame que te quite los grilletes.
No me tranquilizaba en absoluto lo que estaba diciendo, pero el hecho de que me desatara las manos me dio ciertas esperanzas.
— ¿Estás mejor así?
Iba a darle las gracias cuando me atenazó un brazo, me volcó y me arrastró por el suelo. No opuse resistencia, para que todo fuera menos dañino, lo que él aprovechó para voltearme y lanzarme como una paca de forraje contra una de las columnas que rodeaban el patio.
Entonces intuí una posibilidad espantosa: Alvar se había enterado a través de algún infiltrado entre los hombres de Abulcasán de que el Códice Wallada estaba en una tumba del cementerio cristiano de la Axerquía.
Había localizado la tumba, la había abierto y ya tenía el libro. Así que ahora me iba a matar despacio.
— ¡Cobardo! ¡Ven si ti atreves por uno di tu tamaño — gritó Lope, que se había levantado e intentaba arrastrar la mesa, demasiado grande para sus fuerzas, sin darse cuenta de que solo necesitaba levantarla para desasirse de ella.
Sin hacerle el menor caso, Alvar me aprisionó un brazo, me lo retorció a la espalda y me arrastró hasta el centro del patio, donde borbollaba el caldero eterno. Nada pude hacer, aunque lo veía venir. Me metió la mano izquierda en el caldero.
El grito me ayudó a soportar el dolor, tan profundo que el brazo salió disparado fuera del agua, él solo, por puro instinto, con fuerzas que yo ya no tenía. Alvar se lo esperaba, porque se quitó de en medio para que cayera yo hacia atrás al suelo, donde quedé como un trapo.
— No sé si tirarte al río con una piedra al cuello o arrancarte las tripas y ahorcarte de ellas — dijo desde arriba, con voz sosegada — . ¿A ti qué te parece?
No contesté porque andaba atareado en recuperar la respiración. Necesitaba agua fría para la quemadura, pero no conseguía levantarme.
— ¿Puedo? — preguntó una voz femenina.
Era Rosafresca. Por allí nadie, excepto el temerario de Lope, había dicho esta boca es mía.
— Vale — aceptó Alvar al verla.
La extraña ascendencia que tenía aquella mujer valiente sobre el pastor endemoniado me salvó. Traía una palangana de agua y me metió la mano en ella. Sentí un momento de alivio y luego dolor. Y de nuevo más alivio y más dolor. Sé que grité porque ella me dijo:
— Si duele es que va bien.
El silencio expectante de los que estaban bebiendo indicaba su confianza en que la diversión continuaría, pero pasó un rato y las conversaciones se retomaron en un murmullo ascendente.
Fin del espectáculo. Alvar tenía suficiente, al menos de momento.
Rosafresca me arrastró con cuidado para que pudiera recostarme contra una columna.
Dejé que me examinara la mano. Se estaba convirtiendo en una enorme ampolla bermeja y reluciente, como recién encerada.
— Ahora vuelvo — dijo mi salvadora.
— Bueno, ya está. Mira lo que me obligas a hacer — comentó Alvar — .
Responde ahora a todo despacio y seguro que te perdono.
Uno: por qué no esperaste sin moverte a la llegada de nuestro hombre en Córdoba.
Dos: para qué te metiste en lo de los omeya sin tapadera ni nada, poniendo en peligro la misión.
Tres: qué hacías tú ayer tarde en el hamam del alcázar con el gobernador de Córdoba y su cadí.
Y cuatro: dónde está el dichoso Códice Wallada.
No lo tenía en sus manos, entonces. Me concentré en responder a todas las preguntas con la verdad.
Y me escuchó con calma, afortunadamente, lo que demostraba que su ira no era impulsiva sino meditada, impersonal y eficaz, como la de Satanás.
De hecho, reconoció que se le había olvidado darme la contraseña y que nuestro hombre en Córdoba — al que nunca llegué a conocer — había sufrido un percance con la guardia de la ciudad que lo obligó a no aparecer en mi busca sino al amanecer, cuando yo ya me había ido detrás del primer loco que pasó silbando, con contraseñas y complicidades imaginadas.
Entretanto, Rosafresca había vuelto con otra palangana con miel medio diluida en agua, y me dio a beber adormidera.
Un galeno me comentó tiempo después que había tenido bastante suerte con esos cuidados.
Tanta que mi mano izquierda, aunque algo deformada y con la piel rugosa y desteñida, muy desagradable a la vista, no ha perdido utilidad.
Informé a Alvar también de cómo había empezado a buscar la tumba de Wallada tras averiguar que el códice no estaba en la biblioteca sino enterrado con ella.
Le expliqué que Odón nunca lo había visto, sino que lo había imaginado, cosa que podría corroborar con él sin necesidad de darle una paliza, y cómo la búsqueda de la tumba provocó nuestra caída en las garras del gobernador Abulcasán.
— No eres el único que tiene espías en la Casa de los Siete Jardines — le hice saber.
Mi propósito al comenzar a hablar, rendido ya a su poder, era decirle también que Ben Ubay había descubierto el cementerio en que estaba la tumba.
Pero tuve la lucidez suficiente para no hacerlo.
Si salía de esa y las cosas se ponían peor, lo cual siempre era posible, la información podía servirme como último recurso.
Le hablé entonces de la necesidad de continuar en contacto con el cadí Ben Ubay, y añadí que solo gracias a la ayuda de Lope había podido avanzar en la investigación. Temía que al final de nuestra conversación se lanzara sobre él.
— Cuando coja a quien yo me sé, se va a enterar — dijo.
Problemas para el espía de la Casa de los Siete Jardines por su incapacidad para detectar al enemigo a su alrededor, supuse. Me dio algo de lástima, pero logré dejarla atrás con mi acostumbrada fortaleza de carácter.
Entregarle a Alvar casi toda la información que había ido acumulando logró el efecto buscado, no por ello menos sorprendente para mí. Ni siquiera volvió a ponerme las esposas.
— Si quieres seguir con la ayuda de ese borracho, tú sabrás — me dijo acercándose a Lope, que por fortuna no rechistó — , pero no vale ni la flecha necesaria para liquidarlo. Tenéis un plazo de dos días más para encontrar el códice. Al tercer día se acabó — dijo.
Fue al ver que las parcas se alejaban sin cortar el hilo de mi vida con el que habían estado jugando todo aquel rato cuando me sobrecogió un temor mayor del que había tenido hasta entonces.
Que Lope y yo estuviéramos en manos de Alvar significaba que habíamos escapado del gobernador de Córdoba, Abulcasán.
Y eso quería decir que quien verdaderamente estaba en peligro ahora era Leila.
Antes de nada tanteé la bolsa en el costado sin atreverme a sacarla. Parecía que los dos pequeños rollos con el salvoconducto permanecían ahí. Quizá el botín había resultado poco atractivo para curtidos almogávares.
Rosafresca se acercó de nuevo a observar la evolución de mi pobre mano, y entraron en ese momento, por la puerta de la calle, dos cabreros más.
— A esos dos solo les falta la lira para convertirse en pastores de corte — le dije a mi salvadora.
Sin embargo, tras ellos entró como sombra silenciosa uno al que conocía: el misterioso monje encapuchado que acompañaba a Lupo Fitero en la comida del pabellón real a mi llegada a Córdoba.
— Es el rey de las huestes cristianas, que viene cada día de esa guisa a buscar a mi comadre Encarna — me explicó Rosafresca.
Cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que, efectivamente, los pastores de égloga eran Fernando, cuyo ojo se le disparaba por la sala, y Lupo de Fitero, el prelado al que todos daban como futuro obispo de Córdoba.
Quizá el rey buscaba, además del desahogo del guerrero, confundirse de incógnito con sus tropas para pulsar el sentir de sus súbditos, como dicen que hacen los más grandes.
Con gesto más cortesano que pastoril, Lupo de Fitero llamó a Lope tomándolo por uno de los sirvientes de la fonda:
— ¡Vino para dos hombres sedientos!
Lope se paró ante su mesa.
— Se lo quieres con agua tinemos di uno con todo il Wadialquivir adentro, e se lo quieres con la pez tenemos di uno qui apesta, e se lo quieres...
Odón y Benito de Baños se habían sentado en otra mesa mientras Alvar me destrozaba, manteniéndose al margen y hablando entre ellos. Solo ahora que las aguas habían vuelto a su cauce, Odón se acercó a interesarse por mi salud.
— Si es ese tu gusto — le dijo manso a Alvar, al ver que Rosafresca me estaba vendando la mano con gasa — , te consigo un rato de charla con la engatusadora, igual que el otro día. Soy como un viejo padre para esa niña respondona, y confía en mis consejos.
— No, mejor que no — balbuceó Alvar.
— Claro que sí, mi amor — saltó Rosafresca, al olor perfumado de las monedas — .
Tú llévalo a mi cuarto — le susurró a Odón, olvidada de sus discusiones — , y lo entretienes un rato, que no se te escape.
— Y luego, dirigiéndose a Encarna, que trajinaba entre las mesas — : Comadre, saca de mi cuarto a mi hija, y cuídamela un rato.
— Voy enseguida, que me llaman — comentó agobiada Encarna mientras se dirigía a la mesa donde su majestad esperaba de incógnito.