16. Campo de sangre
Campo de sangre
— ¡Señoras, señoras, haya paz!
No sabía si de fuera o desde el fondo de mi pesadilla, me llegaban voces de mujeres insultándose en cristiano, y de alguien intentando calmarlas, un obispo al parecer, pero que no hablaba en latín sino en un sobrio y culto román.
La luz dañina entraba por una tronera que rasgaba la pared de enfrente.
Necesitaba palparme la cabeza para intentar reconocer la causa de un dolor tan agudo, pero me resultaba imposible mover las manos, atadas a mi espalda y sujetas a una cadena.
Tras varios esfuerzos logré incorporarme y sentarme recostado contra el tabique.
Tenía la ropa muy húmeda, y el origen del olor que me atufaba era mi propio cuerpo, que había despertado tirado en un jergón dentro de aquel cuartucho.
Lo último que recordaba era el entierro de la oveja y el mucho vino bebido.
Me habían puesto unos grilletes de hierro tan apretados que me quemaban las muñecas.
Sentía en el costado, bajo la camisa, la bolsa en la que llevaba el salvoconducto y la carta para el rey de Abulcasán, pero ignoraba si seguirían dentro o me los habrían robado.
Las voces no pararon en ningún momento, revelándose ajenas al sueño.
Y la cadena era lo suficientemente larga para levantarme, pero la debilidad me obligó a ponerme de rodillas antes.
Entonces me di cuenta de que la habían enlazado a una pata de la cama, así que no necesitaba más que levantar la cama para sacar la cadena.
No había caído en manos de gente demasiado brillante, al menos. Me puse en pie.
¿Y si estaban deseando que me intentara escapar para acabar de una vez conmigo? Pensé que al final iba a lamentar no haber rezado mientras estaba genuflexo.
Salí a un corredor. Enfrente había otra puerta cerrada con una cadena. Por la rendija se veían sacos y toneles apilados, y regueros de garbanzos y arroz por el suelo. Recorrí con precaución el pasillo, que desembocaba en una amplia sala.
Entonces pude reconocer el lugar: La Chata Cristiana, la fonda de la Axerquía.
Las dos mujeres que gritaban enfurecidas eran las propietarias del lugar y estaban a punto de llegar a las manos.
Sentado a una mesa las contemplaba con indiferencia la inconfundible figura de Odón de Cheriton, como si no se hubiera movido de allí en todo el tiempo que había pasado yo en el interior de Córdoba, aunque ahora tenía al lado, a su mesa, a mi amigo Lope, con su único brazo atado también a una pata de la mesa por unas manillas como las mías.
A Odón no le quedaba más remedio que ayudarle a beber de vez en cuando, poniéndole la copa en la boca.
También vi, acodado en una mesa del fondo, al traidor poeta que me había sacudido, poniéndose las botas con un asado. Uno más caído en las garras de Alvar, sin duda.
— ... Y no hay que olvidar — estaba comentando Odón — que los obispos podemos siempre mantener en nuestra casa dos e incluso tres buenas amas, por zorras que sean, sin contar las sobrinas, que autoriza hasta el papa, al que Dios mismo arroje al infierno por putañero.
Quizá porque la mentira hizo su efecto, o quizá porque no hizo sino el contrario, las dos mujeres se largaron olvidando sus desavenencias entre sí y concordando en insultar juntas al falso obispo.
— ¡Mujeres! Quien entienda al diablo las entiende sin duda — añadió Odón buscando más interlocutores, puesto que Lope solo estaba preocupado por recibir la bebida.
Y entonces me localizó a mí — : ¡Pero si estáis aquí, Gonzalo!
¡Maldito mulo solo aprovechable como pitanza para puercos!
¿Y cómo os habéis podido escapar de la fuerte presa que hicimos a la cama, decidme?
Me había sentado a una de las mesas de la fonda a la espera de que acabara la trifulca.
— Ya ya ya — continuó el teólogo — : lo sé, creedme que lo sé. Y escuchad la verdad: tengo las manos tan atadas como las vuestras, aunque las mías no tienen el aspecto infecto de un siervo de labranza. ¡Así es la corte, ese nido de víboras y aduladores pesebristas!
— ¡Non ti olvidas di mis nesecidades, magister! — le pidió Lope con ojos de carnero degollado.
Odón le alzó la copa y se la puso en los labios.
— Os trajeron ayer los hombres de Alvar a los dos como fardos de estiércol — continuó luego — . Nos hicieron poneros las esposas, pero Alvar se guardó la llave... Y me dijo que, si te escapabas, me iba a destazar para freírse mis pobres sesos con la grasa inocente de esta barriga.
— Como siempre, tu ayuda para solucionar los problemas que provocas es inestimable — le dije, sin enfado siquiera.
— A mí el pájaro de mal agüero Alvar no me da miedo ninguno, ¿eh, Gonzalo?
— prosiguió él, que, acostumbrado al púlpito, no escuchaba — .
Yo soy de una madera menos dúctil que la vuestra, que no sirve ni como alimento de carcoma.
¡No iba a temblarme el pulso si me obligara a enseñarle una lección!
Temo sobre todo a mi espada, que, una vez descubierta, jamás ha regresado a su guarda sin que tuviéramos que lamentar una o dos cabezas segadas a cercén.
No me gusta andar disputando, bien lo sabes, hijo mío.
Sí, algo sí que sabía. Odón era tan capaz de cortar la cabeza de Alvar como de regalarle un saco de maravedíes a la prostituta a la que estaba engatusando.
— ¡Aunque ese hijo de perra es de los que te buscan cuando estás dormido y te asignan caravana para cruzar el desierto del infierno en un santiamén!
¿Y vos? ¿Habéis encontrado ya el Códice Wallada?
No hace falta que os excuséis: por el olor a cuadra y lo delgado que os veo deduzco que tendréis la tarea a medio hacer.
No sé por qué, pero os imagino cazando gárgolas de huerto en huerto.
Tenía arrestos para comentarle a cualquiera maniatado con grilletes eso y mucho más.
— ¡Así devuelven los discípulos tanto desvelo en su enseñanza a este anciano maestro...
que arde en deseos de tomarse un sherry!
Me bebo uno despacio en sueños cada noche, pero la pesadilla empieza de pronto al despertar con las manos vacías.
Decidme: ¿no vais a encontrar de una vez el código?
Tenemos entre manos un proyecto fastuoso tu amigo Lope y yo.
Mientras tanto, harto de pedirle vino, Lope había cogido con los dientes el cuenco y se lo estaba bebiendo.
Y a esas alturas la taberna se estaba llenando de almogávares y soldados que iban desparramándose por las mesas y reclamaban vino a gritos.
Se veía que el asedio no los tenía demasiado atareados.
Las camareras no daban abasto con el servicio, y aunque ninguna era autómata, resultaban bastante antipáticas, como suele suceder en las tabernas sin competencia.
De pronto se abrió la puerta y se hizo el silencio poco a poco hasta que todas las caras estaban vueltas hacia la entrada. Irrumpían Alvar y su lugarteniente, el matatoros Benito de Baños.
— Buenas tardes nos dé Dios — dijo este último.
Hasta ese momento pensaba que era aún de mañana. Todo el mundo respondió el saludo al unísono y luego cada uno siguió a lo suyo, tal y como prescribe la urbanidad en tabernas y prostíbulos.
Alvar se había quedado mirando a Lope como a la espera de que le diera alguna explicación por seguir vivo.
— Il vino qui habéis in ista alhóndiga é más bautizado qui yo mismo, siento di decirte — le reprochó Lope, que no tenía buena memoria para los rostros y quizá lo había confundido con un camarero — , pero accheptaría uno cuenco más si viene rapidito.
Vi a punto de romperse la cuerda floja por la que Lope siempre pasea.
— Buenos días tengáis, Alvar — saludé desde mi posición para distraer al almogávar — , maestro pastor y adalid del rey de Castilla y León.
Y conseguí distraerlo. La mala noticia era que venía hacia mí con andares de placentero paseo. Me arrepentí enseguida de mi gesto altruista.
Cualquiera puede ser violento si se lo propone, pero los peores no son ni mucho menos los que caen con facilidad en arrebatos de ira, como suele creerse.
Hay que temer más a los que se templan y saben escuchar, porque así aprovechan para ir acumulando y afilando su inquina.
He conocido a pocos así, y he procurado alejarme siempre de ellos. Alvar era uno de los más imprevisibles.
Intenté animarme pensando que todo el mundo esconde un punto débil, alguna grieta de viejas fracturas, y me hice ilusiones con la idea de que me quedaba una ligera oportunidad de librarme de la paliza.
Pero eso era factible solo si antes conseguía desquiciarlo, y no parecía sencillo.
Ya vería después cómo me apañaba con el matatoros, que no parecía tampoco presa fácil.
— Quería darte las gracias por tu ayuda — continué mientras se acercaba — .
Ese Mateo Sancho es un experto en protección, casi consigue que me maten dos veces: te lo perdiste.
¿Te puedes creer que ni me llevó al palacio de la biblioteca, ni parece haber oído hablar en su vida del Códice Wallada? Fue todo muy divertido.
El almogávar se plantó ante mí con su gesto más tranquilo, pero no me engañaba: bastaba un poco más para que estallara.
Nadie con tantas ínfulas está acostumbrado a las burlas de un prisionero maniatado.
Me preparé con todos mis sentidos para esquivar el primer golpe.
Si conseguía atizarle una patada certera en los bajos justo antes de que me pusiera la mano encima, igual me daba tiempo a levantarme y romperle la cara de un rodillazo.
Seguro que llevaba las llaves de mis prisiones encima.
— Me parece que de tanto convivir con cabras — seguí, muy sonriente para que no se me notara la crispación con que preparaba el contraataque — se te ha contagiado su capacidad para la estrategia. Cualquier animal de tu rebaño habría servido como guía en Córdoba mejor que Mateo Sancho.
Entonces me di cuenta de que estaba desconcertado. ¿Por qué?
— ¿Y quién diablos es Mateo Sancho? — me preguntó, con gesto de ignorancia difícil de fingir.