15. La fábula de la oveja #2
Entonces a Mateo Sancho le entró un inoportuno ataque de melancolía que nadie supo explicarse, hasta que nos reveló que en esa misma fonda trabajaba su amada Rosafresca, dama indefensa, de la que nada sabía desde la toma de la Axerquía, y que pensaba que estaría muerta.
— Está viva. O al menos lo estaba la noche en que pasé por la fonda — le dije, sorprendido de que la enamorada de Mateo fuera la misma mujer a la que había conocido yo.
— E viva in dimasía, a fe di los mochos almogárives que por allí entran e salen — añadió algo más indiscretamente Lope, que había visitado el lugar, como yo, llevado a la fuerza por Alvar.
— ¡Rosafresca mía!, ¡ten esperanza, que corro a salvarte! — clamó el arrojado nazareno.
Y todos gritamos y brindamos y bebimos.
Simulando no conocer la casa en ruinas por la que había accedido a Córdoba tras cruzar el muro, Mateo Sancho me pidió sus señas. Y no supe dárselas.
— Cerca de la fuente donde nos encontramos por primera vez — le dije.
— ¿No habéis di oíre como un balare de ovieja? — preguntó de pronto Lope.
Yo también lo había oído, pero me había parecido música fingida por el vino en mis tripas, necesitadas en aquel momento de algo más sólido que las ocupara. Y solo de mentar la oveja rugieron varios estómagos al unísono.
— ¡Por ahí viene! — proclamó Mateo Sancho señalando al río.
Constatar que los demás veían lo mismo que yo me impidió sucumbir a la idea de que se trataba de un espejismo.
Corriente abajo, con la cabeza asomando entre las aguas, venía nadando una oveja en busca de la orilla.
Y viendo que todos se querían lanzar al agua a por ella, llamé a la calma y les pedí que nos organizáramos para llevarla a buen puerto.
Primero había que hacer cadena humana y adentrarnos en el agua.
Eso mismo hacíamos los niños de San Millán de la Cogolla en el río Cárdenas.
¡Cuántas veces no habré pescado yo allí desde pequeños cabritos y cochinillos lechales hasta vacas y bueyes de considerable tamaño!
Pero sin duda lo más satisfactorio venía cuando en la cena, con el asado de oveja humeando, el abad rezaba un paternóster, y luego exclamaba: «¡Bendice, señor, este pescado!
, pues siguiendo tu mandato damos hoy con fruición comienzo al ayuno de Cuaresma».
Pronto tuvimos en la orilla a nuestra oveja nadadora. Pero cuando los que habían prendido el fuego la reclamaron, Lope, que había asistido a nuestras maniobras sin ningún entusiasmo, limitándose a beber mientras los demás se afanaban, nos avisó:
— Oveja no tan buena si enviada per nemigo. ¡Ha di estar imponzoñada!
Nuestros bríos decayeron de inmediato. Nos propuso a todos que, aunque no creyéramos posible lo que decía, hiciéramos el esfuerzo de dejarla media hora pastando por ahí, antes de sacrificarla y cocinarla.
Al menos nos quedaba el vino. Con desprendimiento nunca visto, Lope sirvió a todos para apaciguar los ánimos.
— ¡Non hay alimiento más provechoso ni mejore medichina qui non tomare ninguna, sino vino! — decía.
La oveja, por su parte, no tardó mucho en poner cara de vinagre y tumbarse de medio lado. Si acaso protestó, fue solo con aquella lastimera mirada ovina, que mantuvo hasta que la muerte le cerró los ojos.
Más se quejaban los nazarenos, de hambre y de rabia.
La enterramos profundamente, para que nadie cometiera el error de recuperarla.
Mientras lo hacíamos llegó el cadí Ben Ubay preguntando por mí. Lo vi eufórico y deseando comunicar nuevas. Pero no le dejé hablar delante de los nazarenos, consciente de que apenas había en Córdoba un puñado de ciudadanos infiltrados entre tanto espía, y me aparté con él.
— He encontrado la tumba de Wallada — me dijo con emoción — . La pista que tenía ha resultado verdadera.
— Muy bono — le contesté rápidamente — . ¿Y hais ido a vere de si era el códice allí entierrado?
A mí no era tan fácil engañarme. ¿Para qué me quería ahora si ya lo tenía?
— No podemos: la almacabra es cristiana y está fuera de la ciudad, como casi todas.
Me explicó que aparecía en el registro del cementerio una anotación de compra a nombre de una tal Wallada.
— Compró terreno para una tumba inopinada, quizá cerca de la de su madre nazarena.
Abulcasán, dijo, me ordenaba que fuera a la Axerquía, me llegara al cementerio, abriera la tumba y volviera con el códice para entregárselo.
Nada más sencillo, por supuesto. Le dije que eso haría sin dudarlo y sin dilación.
— ¿Y cómo lograréis salir de Córdoba? — me preguntó él, guiñando los ojos y sonriendo.
Y entonces me entregó una bolsa de cuero con un salvoconducto de Abulcasán para sus tropas.
Y una carta para el rey, pidiéndole parlamento.
Los dos pequeños documentos venían enrollados y sellados con la enseña de Abulcasán, la estrella de ocho puntas con el aguilucho dentro.
Tomé la bolsa, la guardé y me despedí de Ben Ubay decidido a entregarme al vino, que seguía siendo, al menos a mis ojos, lo único coherente que se podía hacer por aquellas tierras.
Regresamos a casa ya de noche, yo cargando a duras penas sobre los hombros a Lope, incapaz de locomoción por causa de ebriedad, y él guiándome desde las alturas, equivocando el camino a cada paso y saludando a todo el que nos cruzábamos.
Como siempre que atravesaba aquellas calles, intentaba apartar de mí la constante sensación de que nos seguían, mayor aún desde que nos habíamos convertido en doblados espías, y agrandada en ese momento por efecto del vino.
Pensé, para apartar los temores, que podía hacer algo provechoso todavía: buscar de nuevo a Leila y, en vez de reprocharle sus traiciones, pedirle perdón por el daño que le había hecho con mis noticias.
Quizá, si no hacía eso ahora, llegué a pensar, no iba a tener otra oportunidad mañana.
Sin duda el vino estaba haciendo estragos en mi manera de actuar, como suele.
Lo último que recuerdo es que cuando llegamos al callejón de la Casa de los Siete Jardines, en la curva que hace antes de alcanzar la puerta, tuvimos un inesperado encuentro.
— ¡Una limosna para el último poeta de Córdoba!
Conseguí explicarle que no podíamos parar y que a la mañana siguiente se la daríamos, y seguí subiendo el callejón.
Entonces se me apagaron de golpe todas las luces.
Ni me di cuenta de que me habían atizado un buen coscorrón. Fíate de los poetas.
Ahora que estoy ya completamente calvo, si me tiento con la yema del dedo el colodrillo, noto todavía la cicatriz de la brecha, que tiene forma de cuerno.