15. La fábula de la oveja
La fábula de la oveja
Salimos los dos del alcázar por la puerta grande, libres, aturdidos y cabizbajos. Con muy poco ánimo dimos un paseo por aquella ciudad desolada, aplazando el momento de dirigirnos a nuestro único refugio posible, la Casa de los Siete Jardines.
— Una limosna para el último poeta de Córdoba.
En el callejón nos asaltó un mendigo cubierto de harapos y con gesto patético. Con camaradería gremial, le pregunté a Lope si llevaba algo encima para darle.
— Soy más limpio di la patena dil Corpus Christi — me aseguró.
— Ya me siento, mico mío — le dije al pedigüeño — . Vamos límpidos los dos.
— ¡Qué bien hablas nuestra lengua, con sensibilidad y tono y ritmo! — me contestó, zalamero — . ¿Dónde conseguiste esa pronunciación tan lugareña?
Me provocaba una enorme ternura aquel hermano poeta. Parecía un hombre inteligente.
— Guarda a ver si alguno llevo — le dije abriendo la bolsa y tomando dos dineros — . ¿Y cómo se debe que no hay más poetos para Córdoba sino tú, dímela?
— Cuando cayó Úbeda — me explicó recibiendo las monedas — , fueron yéndose los ricos y los ilustres a Sevilla, poco a poco, y detrás los poetas.
Ahora Sevilla, además de los músicos de allí, tiene también los poetas de aquí.
Pero yo soy cordobés cordobés, y aquí me quedo.
Y si me das seis más de esas monedas, mis seis hijos te lo agradecerán, sabio nazareno que tan bien hablas nuestra lengua. ¿No serás tú también poeta?
Le di tres dineros más y le deseé toda la buena suerte que pudiera encontrar.
Una vez en la cámara de Marwán, ni siquiera nos decidimos a visitar de nuevo el antro de la camarera autómata Fata, sacudidos por la melancolía.
Por mi parte, tampoco quería descansar, y tenía una discusión pendiente, así que me excusé con Lope.
Era la primera vez que pisaba ese jardín, pero lo reconocí como el lugar por el que, en el relato de la Historia de la princesa Wallada, el poeta Abenzaidún vuelve a la Casa de los Siete Jardines convocado por la anfitriona, y entra a través de un postigo, el mismo que estaba abierto ahora al exterior.
Como en el cuento, el jardín tenía en el centro un gran estanque octogonal presidido por una isleta de la que surgía, entre dos palmeras, un enorme chorro de agua de un surtidor.
Al contemplar el patio, otro más entre tantos de aquella casa, sentí añoranza del monte agreste, del río imprevisible que a veces anega la ribera y de la amenazadora vegetación del sotobosque, donde los zorros y los jabalíes agitan con pezuña hostil los arbustos.
Aquellos huertos parecían falsos, puestos allí para inspiración de artistas cortesanos o recreo de damas suspirantes.
Y si la pintura del lugar no resultaba aburrida, era solo por el chafarrinón que estampaban sobre ella varios niños que entraban por el postigo, algunos solos, otros del brazo de sus madres, la mayoría famélicos y semidesnudos, con barrigas hinchadas brillando al sol de la tarde.
Cuando llegué allí buscando a Leila, estaba de pie, a la sombra de un naranjo, tomando una infusión y pidiéndole a una muchacha sentada junto a ella con las piernas cruzadas que comiera más despacio un guiso que tenía en un cuenco de pan.
Impecables, las gráciles criadas de Leila atendían a las madres desesperadas y a otros niños, que lloraban reclamando más comida.
La gárgola me vio venir pero me retiró de inmediato la mirada y se acuclilló junto a la muchacha.
De cualquier modo, la ira que llevaba contra aquella mujer se me escapó de golpe al ver el moratón en que se había convertido su única ojera, una vez lavado el rostro de los afeites con que lo había acicalado para la visita al alcázar.
¿Quién era yo para irrumpir ahí poco antes del fin del mundo exigiendo explicaciones a una mujer a la que había hundido en la melancolía con mis noticias aciagas y mi falta de delicadeza?
En la biblioteca, tras mi presumida exhibición de habilidades para detectar el rastro del Códice Wallada ante ella, tras darse cuenta de que verdaderamente existía, Leila había manejado mi deseo para arrastrarme a su lecho y arrancarme la información de lo que había de valioso en él para que un cristiano se jugara la vida intentando localizarlo.
Y cuando supo de la existencia de un arma secreta entre sus tapas, decidió pasarle el secreto al gobernador y dejarnos a todos, ella incluida, al albur de sus amenazas.
Todo eso me parecía ahora, de pronto, bien mirado, más una consecuencia de mi mala cabeza que de su perfidia.
Cada uno ofrece su lealtad a quien considera oportuno, y yo mismo, al fin y al cabo, había prometido ya mis servicios a los dos bandos enfrentados, incapaz de decidir cuál era peor.
Solo el hecho casual de compartir con ella aquella desgracia me restaba indignidad.
Eso y acaso también el deseo inútil de que todo acabara lo antes posible, aun sabiendo que acabaría mal en cualquier caso.
Entonces la niña que comía a sus pies le tomó a Leila el cuenco con la infusión que estaba bebiendo y lo agitó.
— Aquí estás tú abrazada a un rey — exclamó escudriñando los posos, jugando a ser maga y fingiendo adivinar, como acaso fingirían a menudo su madre o su abuela — . ¡Casada hasta que la muerte os separe! Y es un rey cristiano, con futuro.
Al darme la vuelta para salir del jardín, más hundido aún de lo que había llegado, sentí que algo extraño sucedía en el estanque: un temblor ligero agitó la isleta, y en uno de sus costados se abrió una compuerta dando paso a un batel en el que navegaban tres muñecas autómatas.
Familia cercana de la camarera debían de ser: una flautista, una tamborilera y una laudista.
Interpretaban a su paso una melodía que quería sonar alegre, pero que, mecánica y algo desafinada, resultaba más bien triste.
Poco a poco los niños se fueron acercando.
Inesperadamente capaces aún de ilusiones y sonrisas, se sentaban al borde del estanque a acabar la comida contemplando el espectáculo.
El batel rodeó el estanque a poca distancia de la orilla hasta desaparecer en el interior de la isleta por la puerta del costado opuesto, para decepción de los niños.
Incapaz de volver a ser niño, abandoné el jardín sin más propósito que aislarme en mis habitaciones.
Lope me estaba esperando allí:
— ¡Fogatas en la ribiera al atardecere! Homnes cantando, vino garganteando..., ¡ven con mí a celebrare! — proclamó.
Lo cierto es que, por mi parte, ya había perdido todo interés por libros y tumbas. ¿Había mejor manera de esperar la catástrofe que festejando? Si algo he aprendido junto a Lope es que, cuando el sentido común deja de servir, no hay vía de escape más sabia que la locura.
Cantó el almuédano cuando abandonábamos de nuevo la Casa de los Siete Jardines.
Los que festejaban en el pequeño tramo de ribera que separaba el Guadalquivir de la muralla no eran otros que Mateo Sancho y el pequeño grupo de inocentes nazarenos que había escapado a la redada de la guardia la mañana siguiente a mi llegada a Córdoba.
Habían conseguido rescatar de su madriguera asaltada una barrica de vino de consagrar.
Y con ellos nos reunimos Lope y yo, para buscar refugio en los brazos de Baco, ya que los de la Fortuna se mostraban tan hostiles.
Entendí de una vez por todas, aquel día, por qué tanta gente, y no solo los niños, sigue su rutina sin alteración ninguna en tiempos de guerra, como si nada estuviera ocurriendo.
Puesto que Lope, previsor, se había procurado una cántara de vino para contribuir a la fiesta, nos recibieron con alegría. Obnubilado por la celebración y la bebida, nuestro hombre en Córdoba y héroe del momento, Mateo Sancho, estaba maquinando una de sus insensatas filantropías.
— ¡Es nuestra obligación salvar a los compañeros y buscar luego comida para los niños y las mujeres! — clamaba vehemente en el mozárabe que usaban entre sí los nazarenos.
— Y algo de comer para nosotros tampoco estaría mal — apuntó uno de sus acólitos.
Al parecer, los que no habían pasado por prisión se alimentaban ya solo del vino que les iba quedando.
Sancho tenía un plan. Llamarían a las puertas del alcázar fingiéndose fontaneros o albañiles requeridos para el arreglo de los conductos de agua o para enlucir las paredes de la cámara del gobernador.
Una vez dentro liquidarían a los porteros, soltarían a los presos y entrarían luego sigilosamente hasta las despensas, para arramblar con la comida que encontraran.
Se trataba del descabellado plan previsto ya por el gobernador Abulcasán, ni más ni menos.
Por mi parte, intentaba escudriñar los rostros de sus compinches para imaginar cuáles de ellos trabajaban como infiltrados para Abulcasán. Pero el único infiltrado fácil de detectar ahí era yo mismo.
— Propongo atacar mañana. ¿Quién está de acuerdo? — zanjó Mateo Sancho.
Todos levantaron el brazo menos Lope, que tenía el único posible ocupado con la copa, y yo.
— ¿Y por qué no le pides comida a Alvar? — le pregunté a nuestro hombre en Córdoba.
— ¿Quién es Alvar? — me preguntó a su vez él.
Entendí que no podía descubrirse ante los demás nazarenos como infiltrado de Alvar y le seguí la corriente eludiendo también la respuesta.
— El alcázar es una fortaleza — recordé — , y sin embargo hay comida a mansalva al otro lado, en la Axerquía.
— Buena idea — se corrigió Mateo Sancho — . Vamos a empezar por ahí: abrimos una de las puertas de la muralla medianera, liquidamos a los almogávares que las vigilan y entramos de noche en el campamento cristiano. Luego volvemos y ya nos ponemos con la toma del alcázar.
Para evitar que se delatara como colaborador de Alvar, comenté a todos que yo mismo había entrado en Córdoba remontando un albañal que atravesaba la muralla por debajo.
Y les expliqué que, como le había oído decir a Odón, en los almacenes de la fonda de La Chata Cristiana había cereales, vino y salazones para repartir.