14. El cementerio arrasado #2
— La fitna. A los almorávides no les gustaban las almacabras suntuosas — explicó el cadí.
Con la fitna se liaron ellos solos en guerras internas cuando se hartaron de la poca resistencia que les ponían sus enemigos cristianos.
Y, claro, en la guerra siempre se encuentran buenas razones para tirar abajo edificios y mausoleos.
Pero el odio de remover y esparcir huesos de cadáveres es de otro orden, me parece a mí: necesita mucha más fe.
Fe en la vida eterna, en Dios y en uno mismo.
— ¿En la fitna? — preguntó entonces Lope — . Pero Wallada era todavía muy joven cuando cayó el califato. Su tumba no puede estar aquí.
Los cuatro nos quedamos mirándonos en silencio.
Me di cuenta entonces, viendo la cara de indolencia de Ben Ubay, de que un cadí mahometano no es muy distinto de un juez cristiano. Ni sabe lo que está haciendo ni le interesa demasiado enterarse.
Volvimos después sin hablar todavía a la habitación con la gran mesa redonda en donde habían comenzado nuestras pesquisas. Al llegar se puso en pie una mujer vestida de blanco que aguardaba allí.
— Querida Leila, siento haberte hecho esperar — le dijo el gobernador Abulcasán a la sobrina de Lope.
Y se inclinó con una reverencia cortés para después fundirse con ella en un cariñoso abrazo.
Cuando vi ahí a Leila, ya no tuve ninguna duda: me había manejado como a un niño, y, después de que le demostrara como un idiota mis capacidades para buscar el libro, me había sacado, utilizando hábilmente su deformidad tan hermosa y seductora, toda la información que necesitaba para, luego, entregarnos a su tío y a mí a las fauces del gobernador.
— Siéntate, por favor, Leila. Sentaos todos — continuó Abulcasán — . Necesitamos descansar y meditar un poco. Pero estás de luto, querida amiga. ¿Ha muerto ya tu padre?
— Eso es — contestó ella mirándome con su único ojo azul.
Se había pintado el rostro de albayalde y los párpados de kohl para la visita, y estaba más bella que nunca. Pero ¿para qué la había convocado Abulcasán? Demostrarnos que nos había atrapado a través de ella no me parecía cosa de suficiente interés para el mandamás de la ciudad.
Ajeno a mis dudas, con la excusa del luto de Leila, el gobernador comenzó entonces un largo lamento por los tiempos que nos había tocado vivir.
— ... Y yo — concluyó — , como no venga pronto mi emir Abenhud a rescatarnos, no sé qué voy a hacer.
Parecía muy cercano en su papel de príncipe lastimero y comprensivo.
— Me temo que el emir de Murcia, tu emir, no va a venir, príncipe — replicó Lope — . Ya vino, de hecho, y al comprobar el volumen de las tropas cristianas decidió abandonar Córdoba a su fortuna.
Lo que me tenía verdaderamente pasmado, y más aún que verlo vivo tras saberlo muerto, era escuchar a Lope hablando su lengua de modo tan exquisito y razonable. ¿Había fingido hasta el momento ser el vagabundo disparatado que yo conocía o fingía ahora ser el analista de conflictos de frontera?
— Aquí el único que no se entera de nada soy yo — casi lloró el gobernador — . Tantos años cobrando impuestos para él, y cuando vienen mal dadas... Pero ¿cómo sabes tú, sin haber salido de la ciudad, que mi emir vino y se largó?
— Todo el mundo en Córdoba lo sabe.
— Y, ahora, ¿qué voy a hacer? — se lamentaba el gobernador, olvidado ya del luto de su amiga y contento de que atendiéramos todos al fin a sus grandes problemas, e intentando hacernos creer que estaba desesperado.
Yo en su lugar lo estaría.
— Hay que rendir Córdoba cuanto antes. Pedir parlamento al rey Fernando, y misericordia, si no quieres que no deje aquí piedra sobre piedra.
Eso dijo Lope: el traidor ajusticiado por la turbamulta, intentando salvar su ciudad.
— ¡Pero Córdoba es una de mis esposas! ¡Amo sus ojos de gacela y sus pechos como manzanas del Líbano! — exclamó con lágrimas en los ojos el gobernador, que era también poeta, como todos por allí.
— Escucha a mi tío, Abulcasán — dijo Leila — . Está hablando con prudencia.
Era lógico que Leila y Lope se empeñaran en salvar la ciudad.
Y yo, aunque había oído con claridad el deseo de arrasarla del rey, no quise rebajar sus esperanzas.
El gobernador les prometió meditarlo a fondo, como debía hacer con cualquier súbdito cuando algo no le interesaba.
Y luego volvió a lo que en verdad le traía de cabeza en ese momento:
— Y bien, Ben Ubay: ¿alguna noticia más que puedas darnos del códice? — preguntó.
— Hay un hilo suelto en la búsqueda de la tumba de Wallada que estoy devanando aún — nos aseguró el cadí — , una almacabra nazarena que había descartado y ahora se ha convertido en el lugar más factible.
He averiguado que la madre de la princesa había sido una de las esclavas cristianas del califa antes de convertirse en la preferida.
Pero nos dijo que necesitaba hacer antes una serie de averiguaciones.
— Vamos a continuar la colaboración que hemos comenzado hoy — concluyó levantándose el gobernador — .
Leila me ha confiado que la misión está en buenas manos ahora.
Tenéis que encontrar el códice, con la ayuda de mi cadí...
Pero si no es así, de cualquier otro modo, y entonces, cuando aparezca, ¡voy a haceros más ricos de lo que os podéis llegar a imaginar!
Cuando, sin alternativa, asumimos su propuesta, nos explicó que acababa de decidir soltar ya al alborotador Mateo Sancho, para poner de una vez remedio a la total ausencia de información interesante por parte de sus infiltrados entre los pocos nazarenos escapados a la redada.
Su guardia real se había quedado en pleno asedio sin objetivos ni entretenimiento.
— La falta de propósitos y el ocio son el principio de todo desorden — moralizó — . Pero os lo comento sin demasiada convicción.El pueblo necesita entretenimiento, ahora que no tiene comida. Y una ejecución es una diversión insuperable.
Abulcasán pidió un carro para llevar a su casa a Leila, pese a la cercanía.
— Es por la protección, mi bella — le dijo cuando ella protestó.
Nos pidió a Lope y a mí que lo acompañáramos después a dar las instrucciones al jefe de la guardia para liberar a Mateo Sancho.
Quería que simularan un descuido en el traslado a su ahorcamiento.
A sus secuaces nazarenos los iba a mantener allí un día más o dos, nos dijo, para intentar fomentar un asalto al alcázar organizado por Mateo Sancho y los que pudiera reunir entre los escapados, que siempre sería fácil de repeler.
Eso daría algo de distracción a su aburrida guardia.
Con todo acordado, cuando el cadí había regresado ya a sus tareas, Abulcasán hizo ante nosotros un elogio desmedido de Leila:
— Para otros mi amiga Leila no es atractiva, pero yo la quiero más que a cualquiera de mis mujeres. Su espíritu libre y esos senos como manzanas del Líbano...Y ella se desvela por vosotros. ¿Os creeríais que me ha hecho dar mi palabra de que no os sucederá nada en Córdoba mientras tenga el mando?
Lope y yo intentamos sonreír.
— Entiendo que todos la queremos y que a ninguno de nosotros le gustaría que le pasara algo horrible — continuó — , una de esas cosas que les ocurren a las mujeres en las ciudades sitiadas.
Hasta los propios guardias que la protegen pueden volverse locos, en un ambiente de tensión como el que vivimos aquí.
Quedaba claro al fin para qué nos había traído a Leila.
Luego intentó animarnos, sin mucho éxito: nos recordó que había escuchado las razones de Lope para salvar la ciudad, en la misma línea de lo que Leila le pedía cada vez que se veían.
No le quitaba razón a ninguno de los dos.
Había que pensar en todos aquellos miserables cordobeses, quejicas y hambrientos, pero al fin y al cabo hermanos en Alá, ¿no era cierto?
Iba a meditar sobre todo ello en profundidad y nos comunicaría sus decisiones al respecto.
No le creímos ni una palabra.