14. El cementerio arrasado
El cementerio arrasado
Con las manos entrelazadas a la espalda y sonriendo, sumergido en otro de sus apacibles días de bienestar y desentendido de todo lo que pudiera suceder más allá de sus pantuflas bermejas, entró por la puerta el último gordo de Córdoba.
Gordo y feliz, venía de nuevo. Caminó hacia nosotros y se sentó a nuestro lado como un invitado de honor al que estuviéramos esperando.
Se quitó el turbante y lo depositó en la mesa para secarse el sudor antes de hablar.
— Que Dios os dé un hermoso día, hermanos míos .
Bien bien bien: ¡así que tú eres el traidor Ben Saíd!
, ¿no es cierto? — dijo dirigiéndose a Lope con una sonrisa franca — .
Y este otro será tu amigo nazareno — me señaló con la cabeza — , el que entró en Córdoba en busca del Códice Wallada: Gonzalo de Berceo.
Como hacía Lope, incliné la cabeza llevándome la mano al corazón con un no tan fingido respeto. Era un modo como otro cualquiera de ocultar el temor.
— Para que no nos diéramos cuenta de que es nazareno, se ha hecho pasar por mudo — comentó el cadí Ben Ubay mirándome con simpatía.
— Muy astuto — celebró el gobernador.
— Pero puedes dirigirte a él sin problema. Entiende el árabe, aunque parece que lo habla fatal.
Me extrañó esa afirmación, porque denotaba un orgullo desmedido que hasta el momento Ben Ubay había disimulado bien y que le iba a impedir apreciar mi soltura con su idioma.
Quizá estaba mal informado en aquella ciudad de heraldos, infiltrados y soplones tan poco experimentados como Lope o yo mismo.
— Pues bienvenidos los dos a mi casa — nos saludó afable — . He sabido — añadió dirigiéndose ahora a mí — que eres el único capaz de encontrar la solución para esta ciudad, el Códice Wallada, y estoy dispuesto a negociar contigo.
Me quedé mudo, aunque ya no hacía ninguna falta. De nuevo mi fama me precedía. ¿Quién le podía haber dicho algo así? ¿Estaba Odón de Cheriton, como nosotros ahora, al tiempo trabajando para los atacantes y los defensores de Córdoba?
— Pero no os detengáis por mí, os lo ruego: vamos a seguir con la búsqueda. Tenéis mi bendición y toda la ayuda y recursos que necesitéis de mí para encontrar el libro o, por lo que parece ahora, esa tumba principesca, ¿no es así, Ben Ubay? ¿Cómo va la cosa?
— Bueno, no hay archivo sin error ni familia sin pecador, como digo siempre.
Así que habrá que salvar algunos problemas — comentó el cadí escurriendo el bulto — .
Hay veinte y una almacabras en Córdoba, casi todas extramuros, por desgracia.
Y en general no se anotan en los archivos los sepelios, ni ahora ni entonces, aunque nos queda registro de las compras y ventas de terreno para tumbas.
Así comenzó nuestra inopinada colaboración con la alta jerarquía cordobesa.
Mientras yo me preguntaba por qué razón nos trataban con tanta deferencia en vez de cogernos por el cuello y sacarnos la información a patadas como habría hecho cualquiera, el gobernador se preocupaba por la salud de Lope.
Al parecer había tenido noticias totalmente exageradas que lo hacían con un pie en la tumba.
— Bien en general, aunque hay días en que tengo fuertes dolores en la mano que me falta , y no encuentro manera de aliviarlos. A veces me gustaría cortarme el brazo — le dijo mi amigo levantando el muñón .
Por su parte, Ben Ubay se concentró en dar vuelta a los papeles con una profesionalidad fuera de toda duda.
Pasaba páginas hacia delante, murmuraba algo ininteligible, volvía a pasarlas hacia atrás.
Escogía algún rollo, le quitaba el lazo y lo desenrollaba haciéndolo girar con suma ligereza en busca, parecía ser, de alguna parte concreta del texto.
Y a veces tomaba notas en sus tablillas de cera, colocándose luego el estilo en la oreja con soltura.
Y exclamando muy de vez en cuando: «Bueno bueno bueno... ¡Muy bien!».
— Una pregunta antes: ¿somos tus prisioneros, Abulcasán? — le interrogó entonces Lope.
Me extrañaron sus dudas. Yo no tenía ninguna.
— Sois mis invitados, Ben Saíd. Mi casa es vuestra casa — respondió el gobernador con prosapia y levantando los brazos para que supiéramos que estaba exagerando.
— Y entonces — protestó Lope — , ¿a qué viene negociar sin vino?
Poco después estábamos los cuatro tomando un baño en el hamam del alcázar, con varios de los mismos guardias rodeando la piscina, pero cada uno con una mesita a su lado y una copa de vino, que, padre de la concordia entre los humanos, volvió la conversación reposada, si no menos ardua.
Entonces no me asombraba tanto seguir vivo como me asombra ahora recordarme en taparrabos y sumergido con otros en una piscina de agua demasiado caliente: a mí, que no me baño más de una vez al año, incluso si no hace ninguna falta, por simple obediencia a los consejos de mi madre sobre el deber de todo buen cristiano, y también siguiendo la filosofía carnavalera de mi padre, con su exaltación de las bondades de practicar una locura anual.
Para Ben Ubay habían instalado un pupitre cuyo tablero asomaba también sobre el agua. El cadí de vez en cuando mojaba el cálamo en un tintero y apuntaba con diligencia de escribano todo lo que decíamos en su cuaderno.
Desde el agua, el hamam del alcázar parecía inmenso, con varias naves sostenidas por incontables columnas de mármol e iluminadas con la luz que nos llegaba desde los jardines de alrededor, filtrada por las hojas de los árboles y trémula en los reflejos de las piscinas.
Viendo que Lope manejaba bien la cosa, intenté no decir palabra, como mudo reciente. Pero cuando el gobernador habló de la próxima ejecución de Mateo Sancho, nuestro hombre en Córdoba, le pedí que tuviera misericordia con él.
— Bienevolencia es de gobernador corona por portarla orgullosa — le recordé.
Y se reía.
— Mateo Sancho no es ninguna amenaza, sino un divertimento — me explicó — . Y casi me divierte más cuando está suelto que cuando está preso...
Lope convino con él tras muchas vueltas en que, a cambio de las preciadas vidas de Mateo Sancho y sus nazarenos (y las nuestras, claro, aunque esto no se mencionó en ningún momento), nos comprometíamos a entregar el Códice Wallada con los planos de «El bastón de Dios» al gobernador Abulcasán, y no al rey cristiano.
Lope y yo tuvimos que jurar solemnemente que colaboraríamos con el cadí para localizar la tumba de Wallada.
Me pareció en cierto modo atractivo, además de peligroso, hacer juramentos incompatibles con la intención de incumplirlos todos.
Pero, dichosos de mantener la vida que dábamos ya por perdida, Lope y yo habríamos aceptado con entusiasmo cualquier otra encomienda, así fuera atrapar liebres tocando el tambor, sembrar perejil sobre ascuas de fogata o contarle los pelos del culo al diablo, uno a uno, si era necesario.
— Y bien, ¿cuándo empezamos? — se animó el gobernador — . A ver, Ben Ubay: conozco esa sonrisa que se te ha quedado al salir del archivo. Algo tienes que me estás ocultando.
Tras apuntar antes la pregunta, el cadí dejó el cálamo sobre el pupitre e inspiró con fuerza para comunicarnos la respuesta.
— Es solo una posibilidad — comentó — , pero a lo mejor nos encontramos con que no está tan lejos la tumba esa.
Me eché a temblar. Si dábamos deprisa con la tumba de Wallada y dentro estaba el códice, la vida de Lope y mía perdía el poco valor que tuviera para ellos, y pronto nos hallaríamos contemplando una bonita vista de la plaza del zoco desde nuestras cabezas expuestas en picotas.
El portero probó por enésima vez con la llave a abrir la puerta que daba acceso a la Rauda, el mítico panteón de los omeyas en el alcázar.
— ¡Dios nos asista! No se abre desde no sé ya cuándo — dijo.
Pero esta vez, al girarla, le pegó a la puerta un enorme empellón que la separó unos dedos del quicio. Y ya solo tuvo que empujar y patear, y volver a empujar, hasta abrirnos paso.
— Adelante, adelante — proclamó Abulcasán pasando el primero.
— Al final del todo está la almacabra con los familiares de los califas, príncipes, princesas y demás — decía el cadí Ben Ubay.
El panorama que vimos, sin embargo, no era ni lujoso ni halagüeño.
El pequeño recinto amurallado estaba plagado de palmeras y cipreses y laureles que atemperaban el horno cordobés.
Tenía que haber sido, en tiempos, un jardín adecuado para el descanso eterno.
Pero se veía que lo habían arrasado hacía mucho.
La maleza se había adueñado del lugar y los mausoleos yacían derruidos, las lápidas quebradas y los huesos mondos arrojados fuera de las tumbas por doquier.
El cadí nos guiaba por entre las tumbas, salvando lápidas partidas o atravesadas en las calles de cualquier modo, o rodeando montones de escombro. Las zarzas se me enredaban en las perneras de los bombachos, y era inevitable pisar de vez en cuando un fémur o un cráneo despedazado.
En el centro del cementerio había restos de lo que debió de ser, en otro tiempo mejor, un largo y estrecho estanque rectangular. La pila estaba agrietada por doquier, y de las grietas crecían arbustos en busca de luz.
— En esta parte, la más cercana a la Meca, están los restos de los primeros emires.
Los archivos no mienten: por aquí, Abderramán I.
Y los califas por ahí. Esta debe de ser la tumba de Alhakén II.
¿A ver? Eso es — decía, señalando primero un mausoleo derribado, luego una tumba descubierta y llena de maleza, más allá placas de mármol rotas — .
Trasladaron aquí sus restos justo antes de que arrasaran Medina Azahara.
Así que la que está ahí tirada debe de ser su calavera.
Pudimos así comprobar todos sobre la marcha que, como sospechábamos, una calavera de califa se parece a la de cualquier mentecato.
— Pero venid, venid — nos pedía inaccesible al desánimo el cadí Ben Ubay — : vamos más adelante.
Lope estaba tan asombrado como yo.
— ¿Quién profanó así este cementerio? — preguntó — . ¿Y por qué?