13. Buscando tumbas #2
No sé si me sorprendió más que hablara árabe docto con aquella exquisita cortesía o que me bautizara con el mismo nombre que me había colocado ya Mateo Sancho cuando entré en la ciudad. ¿Tenía yo acaso cara de Abdalá?
— Disculpa su silencio, hermano — continuó — , pero Abdalá es mudo.
Cuando no había bebido demasiado, situación infrecuente, Lope era un saco sin fondo de ideas originales para evitar problemas inexistentes, porque mi breve estancia en Córdoba había afinado rápido mi capacidad para hablar el árabe como un nativo.
— Abdalá perdió la familia, la voz y casi la vida en la infancia, en el asalto a Sanlúcar de unos piratas normandos — seguía y seguía Lope — . Pero es un hombre muy instruido. Me está ayudando a continuar la crónica familiar que comenzó el venerable califa Alhakén II, mi ilustre antepasado.
Pensé que podría acomodarme a mi nueva biografía con facilidad: una niñez trágica y la incapacidad de hablar de ella con nadie es una combinación de personalidad sugerente y atractiva como la mía.
— ¡Tú siempre ajeno al mundo, por más que se derrumbe a tu alrededor! — seguía sonriendo el cadí Ben Ubay, que me pareció más ajeno aún al mundo que su amigo.
Intercambiaron después cortesías y recuerdos, y Lope le dijo que estaba investigando la muerte de su antepasada la poeta Wallada, de la que nada sabía.
Y ya que se habían encontrado, quería preguntarle si él podía mirar en los archivos en qué fecha murió y en qué almacabra de Córdoba estaba enterrada.
— Sé que son días difíciles — añadió con aquella novedosa y fluida parla arábiga que manejaba con inusitada soltura — , pero, si la ciudad cae, ya nunca podremos localizar la información, y es una tarea que necesitamos completar, pensando más en el futuro de nuestra desdichada familia que en su glorioso pasado.
— Pues habéis tenido suerte, justo ahora me dirigía al archivo — contestó Ben Ubay para nuestra sorpresa — . ¿Queréis acompañarme y lo miramos?
Lope se mostró entusiasmado por la propuesta. Caminamos dirigiéndonos hacia el patio. Fuera estaban a punto de cerrar el acceso a la calle.
— Es por aquí — nos dijo sin embargo el cadí, señalando hacia la alquibla al final de la nave.
¿Adónde iba?
— ¿Están en la misma mezquita, los archivos? — preguntó Lope — . Yo creía que...
— No. Están en el alcázar. Los metimos allí cuando el edificio de archivos se habilitó como cárcel, que, por cierto, ahora se ha llenado con esos pobres nazarenos. Y vamos a pasar al alcázar por el sabat, no es necesario que salgamos a la calle. Ahora soy el cadí principal de Córdoba.
En ese momento me eché a temblar. No sabía lo que era el sabat, sonaba a cosa de judíos, pero pedirle ayuda al cadí principal de Córdoba y meternos con él en el alcázar me parecía el mejor modo de caer en manos de la guardia.
— ¡Estupendo! — exclamó sin ninguna prudencia Lope — . Nunca he cruzado al alcázar por el sabat, como un califa.
— Tu primo parece sufrir algún contratiempo — le dijo el cadí a Lope.
Se me habían acabado de pronto las prisas por encontrar la tumba y el códice.
Pero resulta bastante complicado mentir sin palabras.
Cuando Lope se volvió hacia mí, señalé hacia arriba, hacia donde debía de andar el sol, como si estuviéramos en la calle, intentando significar que se nos hacía tarde y teníamos que irnos.
— ¡Oh! Bueno — me dijo Lope — , todos nuestros compromisos pueden esperar. No te preocupes.
No me quedó otra que seguirlos. Con una sonrisa capaz de tranquilizar al más inquieto de los diablos, el cadí me explicó que en un momento estaríamos allí, y que podríamos localizar con facilidad la tumba en los archivos.
Crucé tras ellos el bosque de columnas hasta llegar al muro de la alquibla, en cuyo centro había un gran nicho o capilla con una puerta con su arco de herradura y muy bellamente labrada.
Subimos al piso superior, hasta un balcón desde el que se divisaba el interior de la mezquita, y nos encaminamos después por una galería con troneras que daban a la calle.
El sabat era, supe entonces, aquel pasadizo elevado, como una puente de piedra con galería cubierta, por donde en los tiempos de esplendor cruzaba el califa a rezar desde sus aposentos.
— ¿Y cómo dices que se llamaba la poeta? — le preguntó a Lope.
— Wallada bint al Mustakfi — respondió mi amigo con voz firme — . Es raro que no la recuerdes, sus poemas la hicieron inmortal.
— Claro que la recuerdo, pero para saber dónde buscar necesito su nombre completo, Ben Saíd — afirmó poniendo los ojos en blanco el cadí.
— Ah, ¡es cierto! — Lope se detuvo para hacer memoria un rato y luego carraspeó, volviendo a echar a andar, como si los pasos le fueran trayendo los nombres del pozo del recuerdo — : Wallada bint Muhammad al-Mustakfi bi-Allah ibn Abd al-Rahman ibn Ubayd Allah ibn Abd al-Rahman al-Nasir li-Din Allah ibn Muhammad ibn Abd Allah ibn Muhammad ibn Abd al-Rahman ibn al-Hakam al-Rabdi ibn Hisham al-Rida ibn Abd al-Rahman al-Dakhil ibn Muawiyah ibn Hisham ibn Abd al-Malik ibn Marwan ibn al-Hakam ibn Abi al-As ibn Umayya ibn Abd Shams al-Umayyad al-Abshamiyya al-Qurashiyya — concluyó, sin apenas respirar.
Yo casi me mareo, pero el cadí, que caminaba a su lado, lo miraba asintiendo, ponía morritos meditativos y de vez en cuando levantaba las cejas, como sorprendido por algo, antes de volver a asentir.
— ¿Al-Umayyad al-Abshamiyya al-Qurashiyya? — repitió para asegurarse Ben Ubay.
— Claro: de los Banu Umayya — le confirmó Lope un poco molesto — . Como todos.
— También es cierto — reflexionó el cadí.
Al final del sabat había un portón al que llamó el cadí. Un ventanillo se abrió y, al otro lado, bailaron los ojos de un guarda.
— Con esto nos ahorramos rellenar instancias y demás bagatelas.
Ben Ubay informó al guarda de quiénes éramos y a qué veníamos.
Tuve que quitarme el velo para que me registraran, y me eché a temblar cuando reconocí al encargado de hacerlo.
Ya habíamos alternado. Era el soldado al que sacudí, dejé fuera de combate, desnudé para ponerme sus ropas, amordacé y até en lo alto de la torre de las casas nazarenas en que pasé mi primera noche en Córdoba.
Afortunadamente, había tomado la acertada precaución de atacarle por detrás para que no pudiera identificarme más tarde. Son tácticas elementales para cualquier infiltrado en ciudades enemigas.
Íbamos caminando hacia los archivos a través del patio de armas que daba acceso a un recinto en el que se agrupaban palacetes de muy distinta factura, algunos muy moros y otros de aire grecorromano, cuando el cadí Ben Ubay se excusó con el cuento de que se le había olvidado pedir una información al guarda que nos había dado acceso. Y volvió sobre sus pasos.
— Me da mala espina tu amigo — le dije a Lope cuando Ben Ubay se coló otra vez en el edificio del sabat .
— ¿Desdi cuánto has ricobrato la parla? — me preguntó él con asombro.
Daba igual ya. No había vuelta atrás. Nos habíamos metido en la boca del lobo, así que mejor no asustar a Lope.
El cadí regresó rápido y nos guio hacia un edificio que tenía una gran escalinata de entrada, y otra en el interior.
Por ellas accedimos a una sala con las paredes cubiertas de estanterías en las que había códices, rollos y legajos colocados en perfecto orden.
Ben Ubay se puso a seleccionar documentos y luego, con tres códices bajo un brazo y varios rollos en el otro, se dirigió al centro de la sala, en donde había una de esas mesas circulares de bronce de patas inevitablemente cortas.
Cómodas no me parecen, pero no dudo que el ahorro en sillas pueda ser una ventaja.
Nos sentamos los tres en la alfombra alrededor de la mesa, ellos dos con las piernas cruzadas y yo sobre los talones, arrodillado. Empecé a calcular el poco rato que podría resistir allí sin calambres.
Y entonces ocurrió lo que más me temía. Mientras el cadí comenzaba a hojear sus legajos, un doble portón que teníamos enfrente se abrió, dando paso a varios soldados. Se iban situando en fila, firmes e imponentes, de espaldas a las estanterías de archivos.
No sin antes comprobar que Lope había empalidecido bastante, agaché la cabeza.
— ¿Tú li habías dicho a alguno moro lo que hacías per Córdoba? — me preguntó en un susurro Lope acercando la cabeza.
— ¿Yo? ¡Qué va! ¡A nadie! — le contesté, pero no las tenía todas conmigo — . ¡A Leila y a nadie más!
— ¿Leila? — me dijo abriendo los ojos como descomunales huevos de avestruz friéndose en aceite — . ¡Leila tienen corazón di sierpe!
El mando entró el último, avanzó por la estancia, dio un taconazo en el suelo y anunció la entrada de su señor con un grito:
— ¡Abulcasán, príncipe de Córdoba!
Buena la habíamos hecho. Cuando se empeña uno en buscar una tumba, pensé, tarde o temprano una tumba acaba saliéndole al encuentro.