Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 13. Buscando tumbas
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13. Buscando tumbas

Buscando tumbas

Al parecer, la camarera, a la que Lope llamaba Fata, salía como un hada puntual a las cinco horas del rezo de cada día, siempre precedida por el canto del almuédano.

Si me había equivocado en mis cálculos, íbamos a pasar un mal rato allí los tres.

Eso andaba yo pensando en el tiempo interminable que tardó en sonar el chasquido que esperaba.

Tras una sacudida, la plancha triangular que hacía las veces de suelo comenzó a descender despacio por su pozo, tal y como había imaginado.

A la luz del candil vi la expresión adusta de Lope, dispuesto a viajar hasta el mismísimo infierno para recuperar el vino y el aprecio de su amada.

Quizá no estuviera tan fuera de sus cabales mi amigo. Las mujeres de carne y hueso son imprevisibles y no siempre sonríen ni traen bebida sin cobrarla.

Dimos en una amplia cámara excavada y cuyo único acceso, como comprobamos enseguida, era el que habíamos seguido.

Las paredes y el suelo habían sido construidos como los de un estanque y revocados a menudo.

Del techo colgaban candiles que encendimos para poder contemplar despacio el sofisticado mecanismo hidráulico de la autómata.

Ocupaba buena parte de la estancia, y su cuerpo central consistía en una clepsidra cuyo tanque se iba llenando con un circuito de agua.

Antes de comenzar su itinerario, la jarra de vino se rellenaba ahora desde una tinaja con jarabe de uva, como Lope comprobó enseguida, sin disimular su asco.

Había varias tinajas apiladas al fondo de la cámara.

Catamos el vino que contenían, no muy malo, y sustituimos con una de ellas la de infame jarabe.

Después removimos un montón de maderas que había en un rincón de la estancia en busca de asiento para esperar la subida de la autómata, y fue ahí cuando dimos con una tinaja más, de aspecto cochambroso.

No estaba vacía. Llenamos la copa. La escasez de luz no permitía ver bien la apariencia del líquido.

— ¡Xerez! — exclamó Lope nada más probarlo.

Y lo apuró de un trago.

No esperaba menos de él. Tuve que arrebatarle la copa cuando la había vuelto a llenar y, sin ninguna delicadeza, estaba a punto de trasegársela también.

Bebí despacio. Su aroma y su sabor olvidados me transportaron sin rodeos a la primera cena en casa de Odón de Cheriton, el día lejano en que lo probé. Demasiado tiempo había pasado hasta volver a sentir aquel perfume seco y profundo, el crepitar salado que erizaba la lengua.

Lope lloraba de felicidad.

— Vamos di morir in Corduba, pero está un bel morir con xerez.

Su padre, al hacerle el encargo de buscar el códice, le había comentado que incluía un opúsculo en el que se hablaba del secreto de la elaboración del xerez, fragmento del mismo tratado agrícola del que me había hablado Odón en La Chata Cristiana, el desaparecido del sabio fenicio Magón.

Lope proclamó que habría dado el brazo que le quedaba y hasta habría sido capaz de dejar de beber (temporalmente) si con ello pudiera conseguir esa fórmula.

Nos sentamos por fin a compartir un vino sin urgencias, como nos teníamos bien merecido desde su resurrección. Hasta entonces no me había atrevido a hablarle de la muerte de Yusef y su hija Aixa en San Millán, temeroso de que los apreciara como parte de su familia y se hundiera con la noticia.

Escuchó la información terrible y quedó abatido, en silencio.

— ¡Mísera Leila!, ¡mísera Leila! — dijo.

Le expliqué que el Códice Wallada estaba detrás de aquella muerte, pero no entendía por qué. Entonces me contó.

A Aixa no la conocía, pero Yusef era otro sobrino suyo, hijo de su hermano menor, el tercero, contando a Marwán.

Una incursión cristiana en Xerez lo había dejado huérfano de padre y madre cuando era un bebé, y fue acogido en la Casa de los Siete Jardines por el padre de Lope y Marwán, en el momento en que la mujer de Marwán había tenido a Leila, junto a la cual creció y a quien cuidó desde que quedó maltrecha.

— La salvó di grande incendio di niños e fue unida per sempre a illa. ¡Uña e carne!

Cuando, unos meses atrás, Lope regresó a la casa, supo por Leila que Yusef, al que Marwán había encargado que lo reemplazara en la búsqueda del Códice Wallada, había aceptado el encargo pese a que dudaba mucho de su existencia.

Pero eso no lo libró de que, como Lope, acabara enfrentado con la familia. Por razones muy distintas.

— ¡Leila fue grávida, e il súo páter Marwán, mi fráter, in furor entró!

Esa era la pieza que me faltaba para entender el mecanismo de mi pobre gárgola Leila.

Me contó que Leila no quiso revelar el nombre de quien la había dejado embarazada. Y Marwán, entonces, encargó a su hijo adoptivo Yusef vender en el zoco al bebé.

— ¡E Yusef per siempre disapareció con il infante!

Con Aixa, entendí y corregí por mi parte.

Eso era lo que le había contado Leila a Lope. Y le había añadido que ella solo tenía una ilusión:

— Cuando muera tu hermano Marwán — le dijo como si no estuviera refiriéndose también a su propio padre — , Yusef podrá regresar con mi hija.

Bebimos, entonces, Lope y yo, con causa justificada por primera vez en nuestras vidas. Por Leila y su dolor, cuyas razones quedaban claras. Como quedaba claro que la maldición del Códice Wallada había destruido a la familia e iba a acabar con los que faltaban y, de paso, conmigo.

Hubo luego tiempo para recordar y para hablar, tiempo para nosotros que convirtió el final de aquella tarde en el mejor momento de mi estancia en Córdoba, después de los peores.

Y cuando surgimos de la tierra en brazos de la autómata, como en una aparición de la santísima Virgen de los Dos Hijos, yo me había olvidado ya de todos los problemas.

Estábamos bastante borrachos e íbamos cantando:

Agora que sé de amor, Ay Dios qué grave cosa.

Agora que sé de amor, ¡agora me metéis monja!

— ¿Qué hacéis ahí los dos si puede saberse? ¡Aparte de lo que salta a la vista!

La voz severa de Leila nos enmudeció.

Venía vestida de blanco, con luto señorial por su padre, que bien sabía yo que era en realidad por su hija Aixa y por su amante Yusef. En sus manos vi el papel que habíamos dejado sobre la mesa de la antesala, con el texto mandinga de la esclava Muhya y las señas del amigo cadí de Lope.

Nos había descubierto in fraganti, y, ante nuestro silencio cabizbajo y delator, se lamentó por la ciudad a punto de destruirse, nos echó en cara nuestra irresponsabilidad y nos recordó que nuestras chiquilladas nos exponían a que el espía cristiano localizara a Lope, si no lo había hecho ya.

— Istoy il cabeza di familia, y puedo divirtirme con un amico di vez in cuando — protestó Lope con una autoridad menoscabada por el abuso del vino.

Se enredaron en una bonita discusión familiar, tan alejada de la realidad como suelen estarlo.

— No te conviene beber — le explicó ella con afilado gesto — . ¡Todo el mundo sabe que te cazaron y te mataron cuando andabas borracho por la calle!

— ¡Non era borracho cuando mi mataron seno mocho cuerdo! Isto está un cuento di asesins mintirosos, ¡se non lo inventas tú per difamar tu tío dil ánima! — protestó él haciéndose el incomprendido.

Leila se fue cargada de razón y dejándonos con la felicidad interrumpida. Sin mirarnos, Lope y yo nos retiramos a la cámara de Marwán para reflexionar un poco en tanto dormíamos la borrachera.

Pese a la resaca tenaz, la llamada del almuédano nos despertó a la mañana siguiente plenos de ímpetu y con ganas de abandonar nuestro encierro.

Le propuse a Lope que, en vez de buscar a su amigo cadí en su casa, lo hiciéramos en la mezquita, donde siempre parecería un encuentro fortuito a ojos de quien pudiera seguirnos.

Y sin dudarlo más abandonamos a hurtadillas la Casa de los Siete Jardines y nos dirigimos al templo dando un buen rodeo, y separándonos de vez en cuando para poder vigilarnos las espaldas el uno al otro y asegurarnos de que nadie nos seguía.

La mezquita estaba abarrotada. Los visibles estragos del hambre en la gente me hicieron sentir vergüenza de la carne que cubría generosamente mis huesos: los niños, flacos como sarmientos, si no lloraban pidiendo comida era por falta de fuerzas, y se acostaban contra el muro a ensimismarse en una espera sin esperanza.

Había allí más hombres abatidos, más mendigos, más locos hablando y gesticulando solos de los que suelen verse en una ciudad populosa, que nunca son pocos.

Mientras hacíamos nuestras abluciones junto a uno de los estanques del patio, contemplé el entramado ortogonal de troncos de palmeras que intentaban abrazarse con las largas y curvas hojas de las copas.

Dentro de la mezquita, conectada con el patio por los vanos de los arcos que daban paso a la luz de la amanecida, la retícula del bosque se prolongaba en la misma proporción armónica, pero ahora petrificada en columnas como mi alma.

Entre la muchedumbre que rezaba, alguno llevaba, igual que nosotros, el velo masculino almorávide.

Lope oteó el gentío genuflexo, localizó a su amigo y hacia él nos dirigimos.

Afortunadamente, estaba cerca del muro opuesto al de la alquibla, que es como llaman al situado en el este y hacia el que se orienta la oración.

Desenrollamos las alfombrillas tras él y a espaldas del resto de los orantes.

Cuando acabaron los rezos y la gente comenzó a salir, Lope, quitándose el velo, se dirigió a su amigo:

— ¡Mañana de luz, querido Ben Ubay!

El cadí sonrió con bondad al reconocerlo. Ambos se llevaron la mano al corazón e inclinaron las cabezas, y después se acercaron y se besaron las mejillas.

— La última vez que nos vimos estabas seguro de que nunca ibas a volver a Córdoba — contestó el cadí con alegría contenida — . El tiempo nos corrige, para mi felicidad, pero no has escogido buen momento en tu regreso.

— Este es mi primo Abdalá — me presentó Lope.