Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 12. La máquina sentimental #3
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12. La máquina sentimental #3

Entonces recordé el poema airado que acompañaba a aquel texto en el final de la obra y que yo mismo había vertido en román para memorizarlo. Ahí se hablaba también de muerte:

Sin guía soy la yegua que irrumpe en cuadra en llamas.

¿El xerez de tu boca me niegas y otro amas?

Tósigo dé en mortaja ropa de nuestras camas:

fosa donde resuena música de las damas.

Le enseñé a Lope el texto en árabe.

El poema y el texto dialogaban entre sí al final de la Historia de la princesa Wallada aludiendo a su muerte, uno de manera prosaica y otro metafóricamente. El poema, además, retrataba a Muhya como una mujer celosa, lo que probablemente tuviera que ver con el protector de Wallada:

¿El xerez de tu boca me niegas y otro amas?

Quedaba claro el deseo de que un «tósigo», algún veneno, convirtiera en «mortaja» la ropa de las camas en las que se habían amado la princesa y su esclava.

¿Y dónde se amarían? Por lo general, los señores cristianos visitan a sus esclavas en los cuartos de servicio y a escondidas de sus mujeres.

Los señores musulmanes, sin embargo, acumulan a las mujeres y siervas en un harén, y tienen la posibilidad de acceder a todas sin deshonrar a ninguna.

Quizá el último verso aludía entonces al harén, como lugar en que resonaba la música que practicaban las mujeres para entretenerse. Un lugar semejante a una tumba:

Fosa donde resuena música de las damas.

Había oído varias historias también de cómo entre las mujeres surgían luego, a espaldas del dueño del harén, amistades y hasta amores intensos con que se entretenían los días en que el dueño no las visitaba, pero semejantes cuentos más bien parecían fantasías de hombres con gusto por el acecho.

Me quedé mirando el escrito que había traducido Lope.

Quizá la clave estaba en lo que no se entendía: «he serpenteado y enterrado a mi ama».

Lope había constatado en los glosarios que se trataba de un verbo derivado del mandinga serpiente.

Quizá un modo de aludir a un ritual mortuorio o un sinónimo de «enterrar», pensé.

Todo lo demás encajaba: la negra Muhya transcribiendo en la lengua de su infancia su dolor por el entierro de su ama amada y los celos.

Para buscar la tumba en donde se encontraba el manuscrito, Lope propuso contar con un viejo amigo, compañero de estudios en la madrasa, que ahora era cadí en la ciudad.

Me explicó que los cadíes, entre sus tareas de jueces, tienen en Al Ándalus la de administrar los cementerios, y quizá él podría averiguar con facilidad en los archivos el lugar de una tumba de alguien de importancia.

Me apuntó en el mismo papel en que había traducido la nota de la esclava Muhya el nombre de su amigo, Ben Ubay, y la dirección de su casa. Cantó el almuédano. Intenté convencerlo de que viniera conmigo, pero se negó:

— Ahora il mi amigo é yendo a rezare per la mezquita. É la midia tarde, cuando la sombra di un homne mide e vale cuanto él. Y la malvada Fata istá per salir con su abominante bibedizo — se lamentó, volviendo a su camarera traidora.

La única forma de conseguir su ayuda era dejar en suspenso la búsqueda del manuscrito y enfrentarme a la autómata, para lo que tenía ya un plan.

Junto al brasero de la habitación había una bolsa de chisquero con la que encendí un candil.

Me aproximé a la puerta, arrimé la oreja y al rato oí el runrún de un mecanismo, lejano al principio pero cada vez más claro, hasta que se detuvo con un chasquido.

Y luego, tras un segundo chasquido, se abrió la puerta y salió la camarera, ufana, dejando a la vista el oscuro cubículo, en el que me introduje para explorarlo con el candil encendido.

Estaba limpio y cuidado como cualquier otra habitación de la casa, y no había rastro de conducto alguno que pudiera llevar el líquido a la jarra.

El suelo era metálico como la puerta. Los raíles lo atravesaban y, en vez de detenerse en el centro del triángulo, morían en la esquina opuesta a la entrada, donde yo sabía que no había nada que permitiese el avance de la máquina.

Salí, de nuevo desconcertado. Cuando me acerqué a la camarera para darle un buen repaso, Lope estaba vuelto de espaldas a ella, castigándola con su indiferencia.

Entonces vi algo: en su base, la falda talar hacía un rellano en el que bien podía subirse una persona.

Lo hice justo antes de que la máquina se pusiera en marcha de vuelta al cuchitril sin resentirse de mi peso. Estaba preparada para algo así.

— ¿Vienes? — le pregunté a Lope, con el candil en la mano, dejándole un hueco en la peana.

— ¡Nunca con Fata! — contestó.

Pero al darse la vuelta y ver que me dirigía también al cubículo corrió para montarse a mi lado, aferrándose a la muñeca, aunque rehuyendo su mirada.

Nos detuvimos en aquel lugar estrecho mientras se cerraba a nuestro paso la compuerta.

— ¿Cuándo sale la próxima vez? — le pregunté un poco preocupado a Lope bajo la luz del candil.

— Al cripúsculo, cuando la sombra dil homne e plus larga dil mundo — contestó.

Ya no había retirada posible.