Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 12. La máquina sentimental #2
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12. La máquina sentimental #2

Lope entendió de inmediato que Alvar Colodro era capaz de cumplir sus amenazas sin pestañear.

Accedió, y lo devolvieron a Córdoba por la misma vía fétida que había seguido yo.

Regresó a la Casa de los Siete Jardines y, desesperado por encontrarse otra vez en la misma situación que lo llevó a abandonar Córdoba en su temprana juventud, iba a retomar las pesquisas sobre el Códice Wallada cuando su sobrina le comunicó, antes que a nadie, que había muerto Marwán, el padre de Leila y hermano de Lope.

Entonces Lope le propuso a Leila que ocultaran la noticia y que fingieran y proclamaran su propia muerte para librarse así del acoso de Alvar.

Con la ayuda de los hombres más fieles de su sobrina, fueron a la alcaicería para asegurarse de que hubiera testigos, y montaron allí un teatrillo en el que unos justicieros lo perseguían, lo cazaban, lo mataban y lo arrojaban al callejón de su casa.

Luego Leila celebró el supuesto entierro de Lope, pero enterrando en realidad a su padre Marwán, mientras su tío Lope se encerraba en las habitaciones del hasta entonces agonizante hermano, a la espera de una oportunidad para escapar de Córdoba.

Así que por eso huía de mí, que también estaba en fuga. Bien mirado, todos huimos siempre de alguien, y no pocas veces de nosotros mismos.

Cuando acabó con su historia y antes de que los restos de la cántara se agotaran, correspondí a mi amigo con la pálida narración de mis correrías entre moros y cristianos hasta llegar allí.

— Il Códico Wallada é fumo in aire, pulvus in terra. Fiera phantasía y verba lustrosa ingendran las plus grandes quimeras — proclamó.

— De eso no cabe duda — dije fingiendo entusiasmo.

¿Qué otra cosa podría haber dicho, si a los dos nos iba en ello la vida?

Saqué entonces mi bolsa y, de ella, el papel en el que había escrito con caracteres árabes el texto incomprensible que cerraba la Historia de la princesa Wallada escrito por su esclava Muhya.

Le pregunté si lo conocía y, sobre todo, si lo podía traducir.

Lo recordaba de la época en que había buscado él el Códice Wallada siguiendo las órdenes de su padre:

— Mandinga, lengua dil grande imperio de la Ghana.

Me explicó que más allá de las fronteras almohades en África y del gran desierto había un viejo imperio en decadencia, de hombres de rostro quemado que desde siempre habían mantenido intercambios comerciales con los bereberes del norte y que hablaban idiomas que no conocían la escritura.

Idiomas como murmullos de pájaros o del viento entre las hojas.

Era aquel, además, según había podido averiguar Lope, el lugar de procedencia del padre de Muhya, la esclava negra de Wallada, que, por tanto, pudo escribirlo buscando entre los caracteres árabes los que reprodujeran el sonido de la lengua salvaje de sus ancestros.

Lope había empezado a traducirlo con los listados de léxico mandinga de los libros de viaje de comerciantes árabes en la zona. Pero antes de descifrarlo tuvo el enfrentamiento definitivo con su padre. Y ya ni recordaba lo poco que averiguó.

Acordamos inmediatamente ayudarnos. Yo convencería a Fata, la ingrata camarera, de volver a servirle vino, y él me ayudaría a traducir el Códice Wallada, del que dependía ahora mi vida, pese a estar convencido de su inexistencia.

El primer paso era bajar a la biblioteca a por los léxicos de mandinga, pese al riesgo que suponía.

— Non hay peligro plus temible di la parálisis — afirmó — . Máxime la di camareras.

Mientras bajábamos con sigilo, le pregunté si conocía dónde estaba el mecanismo que movía la muñeca.

— Per conocere eso, está preciso di consultar otro códico di la biblioteca: Il libro dil conocimiento di dispositivos mechánicos e ingeniosos di uno ingeniero turco nominado Al Jazari.

Cuando él era niño, me explicó, había un montón de autómatas arrumbados en un establo de aquel palacio, y el padre de Lope contrató a Al Jazari para arreglarlos.

La mayoría fueron dejando de funcionar con el tiempo, pero su padre, que consideraba el vino como una vía para el encuentro místico, se esforzó por mantener la camarera y algún otro en funcionamiento.

Así, de niño, Lope pudo probar uno de los primeros vasos de vino que sirvió la autómata.

— ¡Vino di Xerez! Non ti puedes di imaginare — me aseguró Lope sin saber que yo conocía y admiraba esa ambrosía — : ¡la gloria di los cielos! ¡Mi innamoré di la mochacha!

Y, para él, el funcionamiento de aquella camarera a la que llamaba Fata era magia de su niñez, como el secreto de la producción de vino de Xerez, un misterio que nunca había querido desvelar, por mucho que lo lamentara, ahora que el bodeguero de su familia se había marchado con el secreto.

Mientras él buscaba los libros, yo analicé el cubículo de la camarera autómata en la antesala.

En el rincón por el que salía la muñeca se había construido una pared con puerta que formaba un cubículo techado de planta triangular y una altura algo mayor que la mía, con espacio suficiente para albergar dentro a la propia tabernera.

Podía ser que estuviera ahí mismo parada, al otro lado de la puerta, y la jarra se cargara con vino traído por algún conducto desde alguna habitación cercana.

Pero ¿dónde estaba la maquinaria que la movía?

¿En el subsuelo? Aquel rincón daba al rellano de la escalera y a un largo pasillo.

Lope regresó con los manuscritos que necesitaba para la traducción del texto mandinga.

Traía también el códice del ingeniero turco Al Jazari, miniado con ilustraciones de curiosos autómatas y de sus mecanismos móviles.

Mientras él se afanaba con la traducción del texto, estuve revisando los dibujos de las máquinas, demasiado esquemáticos para mi comprensión.

Pero parecía que los mecanismos estaban controlados por esos relojes llamados clepsidras que, en vez de arena, llevan circuitos de agua capaces, imaginé, de impulsar los autómatas en momentos programados con el goteo de su llenado.

Le pregunté a Lope cómo se accedía a los sótanos de la biblioteca. Pero, que él supiera, no había sótanos en el palacio. La cercanía del río desaconsejaba su construcción.

Decidí subir a inspeccionar la cubierta, dejando a Lope enfrascado en su texto mandinga.

En un terrazo que había junto a los tejados encontré una enorme alberca con agua de lluvia y un desagüe que bien podía dirigirse por conductos bajo el techo hasta volcarse donde se quisiera.

Pero ni rastro de un depósito para la maquinaria, ni donde almacenar vino o jarabe de uva.

Cuando, bastante desalentado, regresé a la antesala de la biblioteca en la que mi amigo seguía peleándose con la traducción del texto mandinga, me enfrasqué en la lectura del final de la Historia de la princesa Wallada desde donde Leila la había interrumpido la noche anterior, pero en el resto del relato la esclava Muhya recorría largos años en palabras breves.

Averigüé apenas que con la madurez de la princesa había llegado la decadencia a la Casa de los Siete Jardines, y se vio obligada a buscarse un protector, al que Muhya despreciaba, que le había proporcionado dinero suficiente para mantener una vida sin excesos.

Sin avisarme de que había concluido la traducción, Lope comenzó a leerla mientras la anotaba en el mismo papel en que había transcrito el texto yo:

— «Ista oscuritá...». ¡No! «Ista noche ho serpienteado...», isto no si entiende..., «... y ho entierrado a la mi Wallada..., con il su amante códico, il fin di la su naturaleza...» No: «... il fin di la su vida, y la mi escritura».

— ¿Cómo? — exclamé boquiabierto.

Escribió un par de correcciones y me entregó el papel:

Al atardecer he serpenteado y enterrado a mi ama Wallada con su amado códice. El fin de su vida, y de mi escritura.

— ¿Y dónde la enterró? — le pregunté fastidiado.

— Isto no dice.