12. La máquina sentimental
La máquina sentimental
¿Por qué surge la amistad entre dos personas?
Ni ellas mismas lo saben: porque era él, porque era yo...
Esa es la única respuesta que se aproxima a un sentimiento que carece de justificación, que no pide nada y permanece a través del tiempo y la distancia, que ni conoce el olvido ni garantiza beneficio ninguno, a pesar de que comporta a menudo trabajos y sinsabores.
Un sentimiento que quizá nos resulta el más irrevocable y que no se atenúa por la ausencia o el cambio de costumbres, ni siquiera por la muerte.
La silueta del misterioso fugitivo se abrió paso en la penumbra desde la oscuridad. Fue de puntillas a donde estaba la camarera hierática, tomó de su bandeja la copa que acababa de llenar y se la bebió de un trago.
A continuación escupió al suelo lo bebido y estrelló la copa contra la pared. Su voz me estremeció:
— ¡Jarabe! ¿Quieres mía muerte, Fata, maledicta venenosa? — le gritó a la camarera impasible — . ¡Jarabe di uva al tuyo caballer dil alma? ¿Mi imponzoñas a mí, que soy il plus tu servidore, primero in denfensar il tu honore y canticar la tu fermosura a la urbe e il orbe?
Por muy muerto que estuviera, era Lope, no había ninguna duda.
Me levanté y me acerqué a él por ver si tocándolo se deshacía el sortilegio.
Quería que me aclarara, más que nada, si había bajado yo al infierno o ascendía él a pasearse entre los vivos.
Ni me sintió llegar. Pero sí: él era él, yo era yo y los dos, por tanto, seguíamos siendo amigos.
Una amistad recidiva, como las enfermedades más dañinas. Amigos crónicos.
De cerca se veía bien el material de la camarera autómata: barro cocido y pintado. Con el mismo gesto sonriente con que había recibido la filípica — el único que tenía pintado — , la muñeca rotó hasta dar media vuelta y enfiló, impertérrita, hacia la puerta de la que había surgido.
— Isto está culpa di Leila, ¡monstrua tirrible disde niña! — me dijo Lope volviéndose hacia mí — . ¿Lo vedes? Ya no hay en ista casa cortesanía ni rispeto per los invitados. ¿Dónde vamos di parar? Dime tú, per favor.
Seguía siendo el indiscutible e inasimilable Lope de carne y hueso. Y para acabar de alejarse de su tumba, que habría abierto arañando la tierra con las manos o a dentelladas, se comportaba como si estuviera en busca de la próxima taberna, lo cual me parecería muy sensato, dadas las circunstancias.
— Pero ¿a ti no te habían cosido a puñaladas en la calle?
— le dije cuando reuní las fuerzas suficientes para emitir palabra, descolocado por completo, sin atreverme a abrazarlo por si estaba ante un sosias suyo surgido de una pesadilla o ante otro muñeco de cerámica — . ¡Todo el mundo te da por muerto!
— ¡Pupurruchas!
Lo único que le interesaba en ese momento era ajustar cuentas con la camarera, que cruzaba de nuevo el umbral de su guarida.
— ¡Ti voy arrancar la sonrisa di la boca a puñadas, mastuerza! — dijo persiguiéndola.
Y se lio a patadas con la puerta que se cerraba.
— Calma — le pedí, como si no fuera pedir demasiado.
— ¡Apertúrate e déjami di pasar, porta crudele! — le decía lloroso al armazón cerrado — , ¡o ti juro que voyme a colgare per lo cuello dil tuyo dintel!
Buenos estábamos si se suicidaba delante de mis narices como un poeta trasnochado, ahora que lo había conseguido recuperar.
Intenté ayudarle buscando el modo de tirar de la puerta para abrirla, pero había quedado encajada en el marco.
Era metálica, aunque disfrazada por una capa de pintura que la hacía parecer de madera, y no había en la hoja ojo alguno para llave ni modo de asirla.
En el umbral desaparecían los pequeños raíles por los que se desplazaba la muñeca, pero no dejaban hueco suficiente entre ellos y la puerta por el que meter una palanca y forzarla.
— ¡Pobre Fata: la malcuista e la incona contra mí la mi sobrina maligna Leila! — dijo fuera de sí — . ¡Il diábolo la lleve!
Leila era su sobrina, sí. Y eso explicaba su tumba en el jardín... O la explicaría si estuviera muerto.
— ¿Y no sería más fácil ir a los almacenes a por vino? — le propuse, conmovido por su resurrección pero enredado ya, sin remedio, en una de sus perplejidades.
— ¡Non puedo ir en almacén! ¡Non mi pueden ver!
— ¿Quiénes?
Entonces se quedó mirándome con gesto de hartazgo ante la obviedad.
— ¡Hay un ispía cristiano en casa, y no si sabe cuál es! Y luego viene otro ispía cristiano, il mi amigo Gonzalo di... — Abandonó toda su ira en ese momento, y abrió los ojos dándose cuenta por fin de lo que veía — . ¡Gonzalo, fráter! ¡Dame un brazo!
No entendí bien lo que me estaba pidiendo aquel manco vehemente y desnortado, pero a esas alturas andaba yo más que dispuesto a cambiarle mi brazo por el muñón, si era lo que quería...
Hasta que se abalanzó sobre mí y me apretó en uno de sus fuertes medios abrazos: lo único que necesitaba yo en ese momento.
Como se trataba de Lope, y no en espíritu sino muy bien resucitado, se negó a responder al tropel de preguntas que le hice si antes, siguiendo mi consejo, no nos aprovisionábamos de vino para brindar por nuestro reencuentro.
Acababa de cantar el almuédano, me recordó, así que teníamos el tiempo justo para ir al almacén mientras el servicio hacía sus abluciones y rezos.
Leila había escondido también el vino de la bodega, lo que Lope juzgó como una crueldad inhumana, propia de la harpía sedienta de sangre que era para él su sobrina.
Solo encontramos una cántara casi vacía que había escapado a sus garras.
Salimos con ella de allí de puro milagro justo antes de la llegada del cocinero.
Lope me condujo, al través de los edificios, a unas habitaciones cubiertas de paños en los que las escenas de caza habían sido bordadas con un engaño tal que la sangre de las fieras salpicaba las paredes.
— ¿Dónde estamos? — le pregunté.
— Il cámaro di Marwán, mi defunto fráter — contestó mientras servía vino de la cántara en dos cuencos.
— El padre de Leila que está agonizando es tu hermano — dije intentando asimilar la idea. Aquella familia tenía ramificaciones que se enredaban como zarzas entre la maleza — . ¿Y dónde está él ahora?
— ¡In la mía tumba! — contestó Lope.
La situación de la casa era cómica dentro de la tragedia de la ciudad.
Además de mí, se ocultaba allí otro infiltrado cristiano, probablemente alguno de los sagaces hombres de Alvar en Córdoba.
Y luego había dos hermanos, uno muerto que se fingía vivo y otro vivo que se fingía muerto para ocultarse de los infiltrados.
Y luego había también una inmensa biblioteca con todos los libros del mundo, excepto el que todos los infiltrados del mundo buscábamos desde siempre en aquel palacio.
Brindamos al modo normando que Odón me había enseñado en mi juventud, pero, como éramos gente civilizada y no unos bárbaros salvajes, chocamos los cuencos con extremo cuidado para no desperdiciar ni una gota del poco vino que teníamos.
Lope tragó, respiró aliviado y se sentó para contestar, no sin enmarañados rodeos, a todas las incógnitas, empezando por la más urgente: qué hacía él, después de su desventurada muerte, en esa casa, en lugar de estar esperando bajo tierra alguna postrimería, fuera cristiana o mora, con huríes o angelitos de yeso.
Se remontó en el tiempo, como correspondía a su carácter divagatorio: él había nacido en la Casa de los Siete Jardines con el nombre de Saíd ben Saíd, y era el hermano mayor de Marwán — el padre de Leila — y primogénito de un omeya que les dio a sus tres hijos una formación exquisita e intentó en vano transmitirle a él, como primero, el deber de buscar la que consideraba la pieza más valiosa del patrimonio familiar: el Códice Wallada, el libro que, montado por la princesa con obras sabias que la familia se había transmitido por largas generaciones, iba a devolver a los omeyas el poder sobre Al Ándalus primero, después sobre el islam y, por último, sobre el cristianismo y la integridad del mundo conocido.
— ¡Il Códico Wallada, una quimera! — me reveló — . ¡Iste códico está humo y pulvus! ¡Nada di nada!
En algún momento de su juventud, Lope se negó a seguir las pautas de su padre.
No le interesaban las armas ni las guerras ni el poder mahometano, sino la poesía y la música, poseído por una ambición mucho mayor, de eternidad.
Así que fue desheredado en favor de su hermano Marwán, y entonces, enfrentado a su progenitor, se hizo renegado cristiano, tomó el nombre nazareno de Lope Ruiz y se largó de casa dispuesto a no volver nunca.
Pues bien, hacía unos meses Lope había regresado a Córdoba al enterarse de la agonía de su hermano Marwán.
Y cuando comprobó que el enfermo ya estaba más allá que acá, sin movimiento ni conocimiento, resolvió volver a su vida errante y desastrada, pero le sorprendió la toma de la Axerquía y decidió quedarse para proteger a su sobrina Leila.
Como si acaso lo necesitara, pensé en silencio.
Días después, en una noche en la que andaba recorriendo los lugares de su juventud de poeta bebedor, un extranjero que respondía a las señas de Alvar lo había emborrachado — no entendía Lope cómo y a mí me costaba creerlo — .
Se despertó maniatado y empapado de olor a aguas fétidas en una habitación de un lugar de la Axerquía bien conocido por él, La Chata Cristiana, la misma fonda en que me había reencontrado yo con Odón de Cheriton.
Alvar le explicó allí que el rey cristiano le había encargado buscar un libro de la biblioteca de su familia, el Códice Wallada, y, pese a que Lope le aseguró que esa obra no existía, lo amenazó con matar a su sobrina Leila si no la encontraba y se la entregaba.