Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 11. Hermosa deformidad #3
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11. Hermosa deformidad #3

— ¿Qué dices? — preguntó ella asustada — . ¿Le ha pasado algo a mi primo?

Su primo. Quise despertar de aquel mal sueño muy lejos de donde estaba.

— ¿Y Aixa? — añadió con ansiedad — . ¡Dime qué ha pasado!

En ese momento yo ya sabía perfectamente lo que ocurría. Imagino que lo había entendido nada más ver la inscripción del poema en los hombros. Pero no quería aceptarlo. La cabeza me daba vueltas.

— Dime la verdad, por favor — gimió devastada.

Le conté temblando aquellas cosas de su vida que yo conocía y ella no podía ni imaginar. El cadáver de Yusef, el de Aixa en el pozo... Me escuchó en silencio, con las manos tapándose la cara para no dejar traslucir nada de lo que sentía. No comenzó a llorar hasta que no acabé con mi relato.

— Has traído a esta casa la desgracia y la muerte. Lo sabía desde que atravesaste la puerta.

Eso dijo. Y después me expulsó a gritos de sus habitaciones.

Más desconcertado y más viejo de lo que había entrado, y sin otra ayuda que un candil, abandonado a la merced de los inhóspitos pasillos, busqué mi habitación en vano, con aquella molesta y repetida sensación de que alguien me espiaba.

De vez en cuando me daba la vuelta de golpe para sorprender a un perseguidor que nunca aparecía.

En cierto momento salí al jardín del cenador desde un edificio que colindaba con la biblioteca y me di de bruces con la tumba del familiar de Leila.

Tenía un pequeño cipo funerario de barro colocado a la cabecera del montículo, con una inscripción toscamente grabada.

Acerqué mi candil por curiosidad. Leí y comprendí.

Aún la recuerdo porque no supe olvidarla y dediqué el tiempo suficiente a ponerla en román, con temor del olvido suave:

Si a Dios pertenecía, a Dios regreso hace.

Otórguele perdón, dolor y sed aplace,

y, Lope o Ben Saíd, repose donde yace,

que muerte en el camino detiene a quien le place.

Me senté en las escaleras del cenador para descansar de tantas revelaciones seguidas.

Nada más sentarme, mi cuerpo se dejó ir y noté de golpe todo el agotamiento acumulado.

Ahí estaba enterrado Lope. ¿Tenía sentido seguir vagando por aquella ciudad vencida en busca de armas para llevar el desastre a otras?

¿Por qué no me largaba? Era el momento de echar a andar dejando atrás buena parte de mí.

Pero antes, junto a Lope que dormía para siempre bajo el encarnizado calor nocturno cordobés, estuve evocando el día en que encontré a mi amigo tirado al borde del camino que llevaba a Silos, y la inocencia con que le ofrecí un poco de vino de mi bota cuando recuperó la consciencia, y la facilidad con que se bebió casi todo de un trago interminable...

Cantó el almuédano.

Me había quedado dormido recostado en la tumba.

Me levanté y caminé entumecido hacia la biblioteca, dispuesto a cruzarla sin perder un instante más para dirigirme a mi habitación a recoger mi morral con el hábito y salir corriendo de vuelta a mi casa.

Pero, pese a la determinación que llevaba, al pasar por la antesala de la biblioteca me detuvo el ruido de una puerta que se abría.

Me agaché tras un diván y escuché un runrún como de carretilla arrastrándose.

Asomé la cabeza sin poder resistir la curiosidad.

Pensaba que nada podía extrañarme ya en aquella ciudad, hasta que vi que, en un rincón de la habitación iluminado por la pálida luz del amanecer, atravesando el vano que acababa de abrirse, entraba deslizándose como sobre hielo una camarera fantasmal con una jarra en la mano y una bandeja con una copa en la otra.

La hierática sirvienta, vestida al modo tradicional andalusí, se detuvo en medio de la sala y, con movimientos secos y mecánicos del brazo, comenzó a servir el líquido de la jarra sobre la copa. Para nadie. Sola.

Con la completa seguridad de que estaba soñando, me sacudí como un idiota un fuerte tortazo en la cara. Estaba despierto.

Había oído hablar de la sabiduría de las máquinas árabes, de las ingenierías y mecanismos que se les atribuyen, como las norias que muelen el grano en los molinos o los órganos musicales.

Y a veces la veneración llevaba a los más imaginativos a adjudicarles la creación de caballos mecánicos de dos ruedas que el mismo jinete puede impulsar con sus piernas o de estatuas articuladas, herencia de los sabios alejandrinos, capaces de sustituir a siervos para labores como amasar el pan o danzar ante la corte.

Pero hasta ese día me parecían cuentos para hacer callar y dormir a los niños.

Y justo en ese momento, sin permitir que consiguiera asentarme en la irrealidad que estaba viviendo, se abrió otra de las puertas, la que daba al rellano de la escalera, y accedió a la antesala el hombre escuchimizado con bonetillo de fieltro que había visto escabullirse entre las sombras a mi llegada el día anterior, y al que había seguido horas después por la casa.

¿Había caído en manos de aquel fugitivo que me perseguía o era yo el que al fin le había dado alcance?

El amanecer de aquella noche de revelaciones me deparaba una más, la definitiva.