11. Hermosa deformidad #2
Tomé el códice que había estado leyendo Leila dispuesto a hojear las pocas páginas pendientes, pero me fui directamente al final, donde me aguardaba de nuevo la frase escrita en caracteres árabes aunque incomprensible que cerraba la obra y había detectado el día anterior.
La copié, con la glosa «serpentear» incluida, en un papel.
Lo doblé y lo guardé en la bolsa casi vacía del dinero.
Algún modo habría de traducir eso, aunque no me fiaba de Leila lo suficiente como para pedirle ayuda.
No mucho más allá del punto en que detuvimos la lectura, había algunos poemas que leí para distraerme y calmar el deseo.
Eran los versos satíricos de aquellos tres poetas locos, Wallada, Abenzaidún y Muhya, en los que se insultaban groseros como goliardos: sodomita, hi de perra, rijoso, zoofílica...
, cosas así de ocurrentes. Cada poema llevaba al pie el nombre de su autor.
Pasé páginas hasta volver al final. Antes de la frase ilegible con que acababa el texto, había un último epigrama encabezado con el titulillo: «De Muhya a Wallada»:
Sin guía soy la yegua que irrumpe en cuadra en llamas.
¿El xerez de tu boca me niegas y otro amas?
Tósigo dé en mortaja ropa de nuestras camas:
fosa donde resuena música de las damas.
La imagen de una yegua que regresa por querencia a su establo en llamas estaba lejos de las convenciones de la poesía amorosa árabe que yo había podido leer hasta el momento.
Pasé el epigrama a cuaderna vía para grabarlo en una cámara iluminada del palacio de mi memoria.
Y entonces apareció una de las muchachas del servicio de Leila.
— Mi señora — dijo — me pide que me acompañes.
Me di cuenta con asombro de que estaba llegando la noche sobre las vidrieras de los techos de la biblioteca.
Las tripas me rugían mientras seguía a aquella alegre gacela con la acostumbrada sensación de no saber cuántas vueltas dábamos y casi olvidado de hacia dónde íbamos.
El vaivén acorde y simétrico de las nalgas de la muchacha me hizo pensar en la cojera de Leila y la causa de sus deformidades.
Un tropiezo de niña bulliciosa saltando por las rocas, una caída de caballo, agua hirviendo que se vuelca sobre su pierna, una de esas fatalidades de nacimiento que los libros astrales atribuyen a la disposición del cielo...
La sirvienta me dio paso a una cámara amplia, apenas iluminada por la temblorosa luz de varias lámparas de platillo, donde había una cama enorme cubierta con un dosel del que colgaban cortinas de seda bermeja.
La puerta se cerró tras de mí, y comprobé que la criada no había llegado a entrar.
— ¿Tienes palabra, Gonzalo? — preguntó ronca y suave la voz de Leila tras las cortinas.
Le juré que ni bajo tortura diría jamás que había entrado en sus habitaciones.
Estaba adquiriendo, al parecer, esa fea y arriesgada costumbre de jurar solemnemente.
Pidió que le sirviera una copa de vino. Apoyada en el borde de la mesita en que estaba el servicio de vino y copas, había una pata de palo terminada en un reposarrodillas y las cinchas para atarla.
Serví las dos copas y fui con ellas a la cama.
Descorrí un poco el cortinaje. Con la espalda recostada en grandes almohadones y el pelo suelto cubriéndole los hombros con fulgor de jena, me miraba Leila con su ojo azul enorme.
Sobre su cuerpo había solo un ligero paño de seda bermeja.
Le entregué la copa, me senté en la cama y bebimos mirándonos.
Desde siempre sabía yo que la única vía para desembarazarse de una tentación es entregarse sin vacilación y con buen ánimo a su cumplimiento, para luego poder arrepentirse sintiendo el necesario dolor de corazón.
En el fondo el pecado es el camino de perfección más llevadero.
Levanté un poco la tela que la cubría y vi poco a poco, primero, una teta blanca y firme, luego la otra, un poco menor, y, por fin, lo que más me asustaba y atraía: un muslo atlético que, bajo la rodilla, callosa de apoyarse sobre la pata de madera, se iba embotando y acababa en un muñón.
Solo aquella noche vi su cuerpo desnudo, pero mi memoria puede rescatarlo ahora con nostalgia sobre el blanco de la sábana, iluminado por la escasa luz. Es hoy, cuando cierro los ojos y la vuelvo a tener delante, cuando me turba esa pierna segada.
Besé el muñón.
— Ya has visto lo que querías ver — dijo ella tapándose la pierna.
Quedé inmóvil. Su mirada era de desprecio.
Me sentí profundamente avergonzado, porque decía la verdad. Todavía, tantos años después, no consigo comprenderme.
Me levanté para marcharme de allí. Pero ella no había acabado conmigo todavía.
Me atrapó una mano cuando me daba la vuelta, tiró de mí, caí sobre ella y me abrazó, revolcándose conmigo mientras me quitaba el jubón.
Era más fuerte aún de lo que parecía, y yo estaba tan confundido con su furia que me dejé manejar sin oposición.
Solo cuando me tenía atenazado entre sus piernas, hundido en ella, loco de deseo, dio primero un suspiro de victoria y luego desfalleció, perdiendo toda su furia de golpe.
— No sé por qué estoy contigo — añadió con un lamento — .
De mí solo te interesa lo que me hace una criatura al margen de las demás, lo que padezco como un castigo desde niña.
Besas la pierna que no tengo como quien se acerca a un abismo para sentir vértigo.
Eres menos que un hombre, Gonzalo. No me mereces.
Por más embotado que estuviese, no podía quitarle la razón.
— Pones en peligro mi vida atrayendo aquí a la guardia, te ayudo y... Ni siquiera confías en mí — siguió, con una lágrima cayendo por la mejilla bajo su ojo — . No has querido decirme qué buscas en el Códice Wallada, y yo me dejo seducir.
— Busco lo mismo que buscaba el poeta Abenzaidún: un arma — dije, atrapado por ella entre la vergüenza y el deseo — .
Los planos de un arma, en un libro que se llama «El bastón de Dios» y que se encuentra entre los encuadernados en el Códice Wallada.
No sé qué haré cuando lo encuentre, pero mi vida depende de ello.
Se agitó en busca de aire, meditando lo que le había dicho. Algo entre ella y yo nos rendía a los dos, a pesar de todo. Había que aceptarlo sin entenderlo.
Me acuerdo de una cicatriz que tenía en la base de la cadera.
Me acuerdo de cada dedo de su único pie, capaz de acariciar con vida propia y más ternura que su lengua.
Me acuerdo de sus gemidos tan agudos, pero que acababan a veces contrayéndose en una carcajada grave, como venida del interior de una campana.
Me acuerdo del recorrido de una gota de sudor cayéndole desde el cuello hasta el coxis cuando saltaba de espaldas sobre mí.
Me acuerdo de mi pulgar pasando en vano por los conocidos dibujos, los versos de Wallada inscritos en sus hombros, como si de esa manera pudiera borrarlos.
Del sol de mis mejillas doy riendas al amante
y mis besos te ofrezco si vienes suplicante.
— ¿Quién te esculpió los versos de Wallada en los hombros? — le pregunté después, cuando ya nada podía deshacerse.
— Mi madre. Y a ella mi abuela...
— Tengo que darte una mala noticia — le dije al fin.
Me pareció que me miraba con frialdad. ¿Intuía lo que iba a decirle?
Tragué saliva. Por lo que había ido averiguando ya resultaba evidente que tanto Aixa como Yusef tenían algún tipo de relación con la familia omeya, y que de algún modo Alvar, antes de ir a San Millán a recogerme, averiguó que estaban viviendo allí y aprovechó el viaje para buscar sin éxito el Códice Wallada en su casa, donde había deducido que podía hallarse.
— ¿Conocías a Yusef el Cordobés — le pregunté a Leila — y a su hija Aixa, que vivían en tierra de cristianos, en San Millán de la Cogolla?