Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 11. Hermosa deformidad
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11. Hermosa deformidad

Hermosa deformidad

— ¿De quién son esos versos? — pregunté confuso interrumpiendo esta vez yo la lectura.

El cabello de Aixa aún se me aparecía en sueños aterrador, flotando en guedejas sobre la superficie circular del agua del pozo como la cabeza de Medusa en el escudo de Minerva.

— De Wallada — respondió Leila.

— Si un cristiano se graba una inscripción en la piel — dije intentando esconder mis emociones — , se arriesga a que se la quemen con una barra de hierro candente. Dicen que son estigmas que el diablo esculpe en la carne de sus adoradores para anotar sus deudas.

Leila volvió a reírse, esta vez con alegría.

— En Córdoba se dice lo mismo. Pero algunos no lo creen.

— ¿Y cómo se podría grabar con nitidez un texto así en la piel? — le pregunté, ya que estábamos.

— Un amante nazareno que tuve llevaba el Cantar de los Cantares inscrito en griego en la espalda. Pero hay modos ancestrales de escribir el árabe en figuras que ocultan la escritura dándole apariencia de adorno.

Entonces, posándome una de sus manos en la rodilla y mirándome con profundidad de cíclope cruzado con basilisco, me susurró:

— ¿Por qué buscas el Códice Wallada, Gonzalo? Solo si me lo dices podré ayudarte.

Y después, como si supiera que no iba a contestar, con la mano detenida en donde estaba como un pájaro distraído y temerario, me hurtó el azul tormentoso de su ojo y siguió leyendo como si nada el códice, que sostenía en la otra mano con elegancia.

Me vi perdido.

En el mismo instante en que un rayo de luz entra con timidez en las habitaciones de Wallada por el balcón del mirador — según me iba leyendo Leila — , Abenzaidún sale del estupor que le provoca el cuerpo desnudo y dormido de la princesa: la carne blanca de los senos, las areolas terrosas, los pezones brunos...

Se pone en pie de un salto y huye de allí sin mirar atrás.

Se acuerda de su misión, pero puede aplazarla sin problema ahora que tiene para siempre la confianza y el amor de la princesa.

Al salir de la cámara se asusta al ver que lo espera fuera la esclava Muhya, solícita.

Lleva ahora una camisa ocre, labrada de oro y seda, que ni siquiera alcanza a cubrirle las rodillas.

Su figura es un nuevo golpe inesperado para el cuerpo del poeta, maltrecho por la tortura añadida al calor cordobés y ya casi sin defensas.

Pero Abenzaidún se arma de valor y la sigue de nuevo por los pasillos y las escaleras del palacio, intentando concentrarse en las plantas blancas de sus pies negros sin mirar nada más.

Cuando por fin ella se detiene, se da cuenta de que no van a abandonar la casa: están en otra cámara, menor que la habitación de Wallada, pero con una cama igual de grande.

Acostumbrado al amor de jóvenes de buena familia, siempre tan perfumadas, Abenzaidún se siente desfallecer al recibir en la cara la vaharada de olor ácido y salado que desprende el cuerpo de Muhya cuando la camisa de seda y oro cae a sus pies.

— A Wallada ya la tienes para siempre, celébralo conmigo ahora — añade.

Las fuerzas con que Abenzaidún ha resistido toda la noche como soldado en torreón mal guarnecido acaban de abandonarlo.

Alza a Muhya en brazos, camina dos pasos hacia la cama, la arroja allí, se arranca la camisa, salta poniéndose de rodillas ante ella, se baja los bombachos sin desanudar el lazo.

Penetra y empuja, empuja... Empuja una tercera vez, ve el placer dibujado en la cara de Muhya, que se retuerce para mirarlo, y entonces se va su vía por fin, harto de esperas, de miramientos y de juegos cortesanos.

— ¿Eso era todo, habibi? — le pregunta Muhya a Abenzaidún con una sonrisa burlona e insatisfecha.

Que le dejen en paz, piensa el poeta mientras cae tumbado bocarriba a un costado, resoplando para apartar una pequeña pluma de oca que planea sobre su nariz, escapada del colchón durante los embates.

— Bueno — añade la esclava — , dime si necesitas algo más antes de marcharte, porque en el futuro ya no podré ser tan complaciente.

Entonces el poeta decide aprovechar al máximo su mañana de suerte tras la noche de suplicio:

— Hay un libro en la biblioteca de tu señora que me gustaría llevarme para leerlo. Uno pequeño y sin mucho valor, de teología anterior al islam, pero de lectura muy preciada para mí, titulado El bastón de Dios... Si me lo consigues, mañana mismo te lo devuelvo.

Muhya le sonríe.

— Vaya, no recuerdo ahora qué libro es ese — dice — , pero no será difícil encontrarlo, Wallada me hace tener los códices bien ordenados.

Cuando la esclava sale en busca del libro, Abenzaidún se molesta un poco consigo mismo.

¿Qué prisa tenía? Ahora lo que necesita es dormir, y si se queda ahí tumbado, acabará haciéndolo.

Se levanta, se acomoda la ropa. La camisa ha salido malparada.

Anuda dos jirones para que no se le quede el costado al aire.

Va a parecer un pordiosero de vuelta a casa, a pleno día, por la medina siempre tan concurrida.

Pero el tiempo se alarga sin que regrese Muhya, lo que empieza a inquietar a Abenzaidún.

Cuando se abre la puerta, respira con alivio. Hasta que ve que la esclava no viene sola.

Wallada se adelanta. Está radiante, se ve que ha descansado a su gusto.

Le pide con voz serena que se siente. Era todo un juego.

A Muhya y a ella les gustan los juegos de amor.

Y él ha perdido, sí, pero es lo habitual.

Ellas ganan siempre. ¿De verdad creía que iba a tener su cuerpo? Para tener no solo hay que desear.

Las dos ríen.

En realidad, el juego consistía en eso, sigue Wallada. Su esclava Muhya necesita de vez en cuando el torpe amor de los hombres, aunque no le gusta demasiado que se demoren en cortesías y cariños, como suelen. Prefiere algo rápido y apasionado. Es caprichosa. Por eso Wallada la quiere tanto.

La princesa lo ha dicho pasándole la mano por el hombro a la esclava. Las dos se besan despacio. Abenzaidún escucha y observa todo cada vez más preocupado. Se ha comportado como un principiante y ahora está en manos de aquellas dos mujeres cuyas intenciones no consigue prever.

Si todo hubiera ido bien, continúa diciéndole Wallada a Abenzaidún, ya habría sido expulsado a patadas de la casa para siempre, como ocurre con tantos. Pero les ha estropeado el juego con su intento de robar El bastón de Dios. ¿Para qué quería ese libro en concreto?

Abenzaidún intenta mostrar su rostro más compungido, pero lo que consigue es solo una mueca de miedo.

— Estoy haciendo un poema épico — dice al fin.

La molesta risa sarcástica de Muhya le hiere gravemente esta vez.

— ¿Para quién trabajas, habibi?

No responde. Tras una breve espera, Wallada mira a Muhya, que se da la vuelta y abre la puerta.

Entran varios soldados. Uno de ellos se anuncia como comandante de la guardia del gobernador de la taifa de Córdoba.

— Soy visir suyo, yo... — alega el poeta.

Le ordenan guardar silencio y, a continuación, lo detienen acusado de traición.

En los primeros días de cárcel, Abenzaidún escribe el poema sobre su deseo en la vigilia que le prometió a Wallada, pero no consigue hacérselo llegar.

Poco a poco, a lo largo de los quinientos días de encierro, enloquece de amor y melancolía por el recuerdo de la princesa.

El gobernador no le da audiencia ni posibilidad de excusarse, pero tampoco lo ejecuta, lo que le hace imaginar que Wallada no le ha revelado el contenido del libro que buscaba.

Concibe esperanzas de vislumbrar otra vez su cuerpo, aunque solo sea eso.

Las gestiones de varios amigos consiguen sacarlo de la cárcel y él les asegura que va a regresar a Sevilla, pero en las noches siguientes se lo ve bebiendo de fiado en las fondas de Córdoba, o mendigando borracho por las calles, o arrojado durmiendo en el callejón que da a la Casa de los Siete Jardines.

Al fin, con la ayuda de sus amigos, marcha a Sevilla, donde durante los años siguientes escribe las casidas de amor y odio por Wallada que le darán la inmortalidad.

Aunque aún quedaban unas páginas para el final de la historia, Leila interrumpió la lectura, hurtó de mi rodilla la mano que seguía posada allí como un pájaro osado, cerró el códice con parsimonia y se inclinó hacia mí.

Sus labios atraparon con suavidad los míos, que querían retirarse pero no se retiraron.

Después, su rostro desconcertante se alejó despacio, lo suficiente para contemplar el mío con dulzura.

Me pidió que aguardara un momento y salió cojeando de la biblioteca.

Durante mi infancia, en el monasterio, me habían dicho que las lecturas paganas llevan sin remedio a la perdición.

Me engañaron como a un niño, por supuesto, perderse no es empresa fácil, y hacerlo empujado por un libro es una fantasía halagadora para el que escribe, pero poco creíble para el que lee.

Quizá lo más cercano y peligroso que he leído son los confesionales, donde descubrí que, como confesor, debía preguntar al penitente por pecados que ni siquiera yo había imaginado jamás, y están allí descritos en latín, sí, pero con tantos pormenores que dan ganas de ponerse manos a la obra.

La imaginación de quienes imponen las reglas es mucho más enrevesada y oscura que la de quienes ignorantes e inocentes las transgreden.