10. Maldita alborada #2
Cuando menos se lo espera, Muhya lo ataca directamente a él con un poema, mirándolo a los ojos.
Aunque bailan por él, ninguna esclava amaba
del salón de Wallada por el que retozaba
a los bellos poetas acechando sin traba:
que lo ensarte un rabo Abenzaidún tramaba.
Cuando las carcajadas de los presentes saltan al final de los versos, él ríe también, divertido.
Sabe que está pagando su desprecio a la entrada y que no hay nada más alegre en un salón que un forastero puesto a prueba por un poema mordaz.
Todos esperan su respuesta, pero rechaza el enfrentamiento y contesta a la provocación de Muhya con un elogio de halagos afinados y nada convencionales.
Sabe lo que hace: consigue sorprenderla y apaciguar su saña. O eso le parece.
Si la esclava es así, ¿cómo será la señora?, se pregunta.
A medianoche, cuando los invitados se disponen a retirarse sin que Wallada haya abandonado el rincón desde el que contempla con desgana la fiesta, la esclava Muhya le hace llegar a Abenzaidún un billete de la anfitriona que el poeta abre ya fuera del palacio: se le invita a regresar y entrar por otro acceso rodeando la casa.
Decide acudir, pero sigue sin tener prisa, por el momento le basta con establecer algún tipo de familiaridad que le permita visitar a la princesa otras veces y robar, tal y como le han encomendado, un códice religioso, según imagina por su título: El bastón de Dios.
La esclava Muhya lo está esperando en un postigo que da a un descampado frente a la muralla de la ciudad, tras la que se oye cercano el paso del Guadalquivir.
Entra en un jardín con un estanque circular en el que hay una isleta con un gran surtidor y dos palmeras.
Caminan hasta el interior del edificio y, a través de pasillos, salas y miradores, llegan a la habitación de la princesa.
Al entrar en ella, Abenzaidún se queda paralizado.
Wallada lo aguarda tumbada en su amplio lecho.
Se ha quitado el nicab y el resto de la ropa.
En aquel cuerpo extremadamente blanco, solo cubierto por sus largos cabellos rojos, brillan con fogonazo zarco los ojos.
Pero casi le sorprende más que la princesa se dirija a él con voz tranquila, como si fueran viejos amantes.
Le pide que se siente en la cama a su lado, y él lo hace, intentando esconder su desconcierto, como si estuviera acostumbrado a situaciones así.
Ella, entonces, le da dos opciones, con voz algo cansada, como si las repitiera a menudo.
No es más que un juego: puede tomar su cuerpo a lo largo de esa noche y hacer con él lo que quiera, pero si lo toma no volverá a entrar en el palacio.
Sin embargo, si tiene dominio de sí y alcanza la alborada recostado junto a ella, sin tocarla, le entregará su cuerpo en la siguiente velada y en todas las que quiera, cuantas veces vaya a visitarla.
Le advierte que nadie lo ha conseguido hasta ahora.
Y a cambio de su cuerpo, tomado una o mil veces, según decida, solo tiene que darle un poema escrito para ella en el que refleje el deseo que ha sentido esa noche a su lado.
Abenzaidún medita.
— ¿Que habrías escogido tú en su lugar? — preguntó Leila de pronto, tras haber detenido con un largo silencio la lectura.
Esa misma pregunta me estaba haciendo yo, al fin y al cabo.
Mi falta de carácter me inclinaba a aprovechar los placeres seguros y complacerme luego en el recuerdo incandescente.
¿Por qué no apostar a una noche inolvidable en lugar de resignarme a una libertad tan amplia que, con el tiempo, acabaría pareciéndose a la monotonía matrimonial?
— En cuestiones de amor siempre obedezco al instinto — contesté, intentando dármelas de entendido, por pura debilidad.
— ¿Y qué hay de la castidad de los sacerdotes nazarenos? — se extrañó.
Era incapaz de imaginar qué gesto o palabra míos me habrían revelado ante ella como clérigo, puesto que el tamaño de mi tonsura nunca supera el de una pequeña moneda y ya se había cubierto de pelo durante el viaje, pero intenté no mostrarme cohibido, y sentencié, como ese cura de pueblo que soy, con tanta manga ancha para las debilidades ajenas como para las propias:
— Bueno, una cosa es predicar y otra dar trigo.
No me esperaba tampoco su carcajada, mucho más sarcástica que cómplice.
Menos aún que se quitara el escarpín del pie izquierdo.
La sinuosidad del empeine primero, la planta que me mostró luego tras retorcerlo y, en fin, la vida propia de cada pequeño dedo regocijándose en su repentina libertad se me colaron en el cerebro y lo pisotearon.
De cualquier forma, el asombro de saber que el poeta Abenzaidún buscó en tiempos, como yo buscaba ahora, un manuscrito de algo así como ingeniería bélica y por encargo del rey, junto a la ausencia de comentarios por parte de Leila al respecto, me había descolocado.
Así andaba: balanceándome entre el misterio de la historia leída y las sensaciones que hacía brotar el cuerpo de Leila en el mío, sin conseguir explicarme por qué me atraía en ella lo que siempre había considerado espantable. El calor de la hoguera interna excedía incluso al del horno cordobés.
Desesperado como un camello con bozal que arriba a un vergel — así lo expresaba el manuscrito que Leila leía — , Abenzaidún intenta dormir junto a la tentación sin aceptar que la alternativa elegida lo condena al desvelo.
Primero se ha sentado en una silla cerca de la estancia, pero, una vez que entiende que Wallada se ha dormido, el deseo de descansar y, sobre todo, la posibilidad de la contemplación minuciosa del cuerpo de la princesa lo han llevado al fin a tumbarse vestido a su lado.
Es consciente de que la continencia, por insoportable que parezca, puede proporcionarle facilidades para hacerse en el futuro con el libro que busca — por no hablar de otros beneficios acaso más apetecibles — .
Observa perplejo la tersura de la carne hirviente y traza a su través líneas que unen lunares en constelaciones.
Le parece que puede escuchar con nitidez el ritmo de la respiración pausada y hasta los latidos del corazón de Wallada.
No consigue evitar el aroma que exhala, con matices de azahar y de miel y de vino que lo emborrachan más que el xerez que hoy ha probado.
Como era previsible, ninguno de los rezos que recuerda de su infancia lo protege o lo distrae del deseo de lamer la miel que tiene a un costado. Un movimiento perezoso de Wallada buscando una nueva postura lo aterroriza, a punto de causar la debacle con la visión de su espalda estilizada.
Se concentra entonces en el recuerdo de una pantera enorme que vio cuando era niño, de la mano de su madre, en el zoco de Fez.
Aquel animal ocupó buena parte de sus pesadillas infantiles.
Abre en su mente la jaula en la que estaba y entra cerrándola a sus espaldas, para ver si consigue distraerse un rato mientras asiste al festín imaginario de la fiera con su cuerpo.
Maldita alborada: nunca llega si los enamorados la necesitan. Solo cuando la rehúyen. Y él ¿qué hace allí quieto? ¿Por qué no acerca sus manos a lo que desean?
Entonces ve que en el hombro izquierdo Wallada lleva esculpido un extraño dibujo. Intenta distraerse descifrándolo, pues ha intuido a la primera que esconde escritura. Descifra una a una las palabras sincopadas hasta que las resuelve en dos versos:
Para gloria fui hecha, Alá será garante,
y altiva voy mi vía, que yo tracé fragante.
Y en el hombro derecho descubre y descifra otros dos:
Del sol de mis mejillas doy riendas al amante
y mis besos te ofrezco si vienes suplicante.
Cuando Leila leyó aquellos versos, mi cuerpo se sacudió en un respingo. La memoria los había volcado de inmediato en cuaderna vía, tal y como los había traducido cuando los encontré inscritos en los hombros de Aixa, la muchacha que unas semanas atrás había aparecido decapitada y ahogada en mi pozo.