Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 10. Maldita alborada
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10. Maldita alborada

Maldita alborada

— En el nombre de Dios, el clemente, el misericordioso: honor al vino de la mañana y gloria a quien recoge las vidas de sus cercanos y queridos como fuente de enseñanza...

El desayuno de vino caliente con azúcar, un endulzante que hacen por allí y prefieren a la miel, me había dejado el cuerpo capaz de escuchar cualquier cosa en la voz de Leila, desde la música de las esferas a las trompetas de Jericó anunciando la destrucción de Córdoba, pasando por la Historia de la princesa Wallada, el poeta Abenzaidún y la esclava Muhya .

Para mi sorpresa, Leila no me había pedido explicaciones y tampoco había prestado atención a las que intenté darle sobre mi desaparición de la tarde anterior.

Se desentendió con displicente superioridad.

Imaginé que, para librarse de mí, habría juzgado más expeditivo que expulsarme leerme el libro cuanto antes.

El principio de la historia biográfica que leyó evoca el mismo momento en que Muhya, la esclava que la narra, conoce de niña a la princesa Wallada, una mañana de mercado en la plaza de Córdoba.

El padre de Wallada, un noble omeya, lleva a su hija de la mano y se para en el puesto de un libio vendedor de higos. A los pies del vendedor está su hija Muhya jugando a la taba. Wallada, al ver a la niña de su edad tirada en el suelo y llena de barro, se agacha y le pasa la mano por los mofletes.

— ¿Con qué te has pintado la cara? — le pregunta.

Muhya renuncia a convencerla de que su piel negra no está pintada y le enseña a jugar a la taba mientras los padres se entregan al cansino regateo por los higos.

Hecha la venta, la princesa monta una pataleta.

No quiere separarse de su nueva amiga pintada de negro.

Acaba obedeciendo a su padre, pero antes de marcharse le susurra a Muhya, con lágrimas y una sonrisa:

— Eres mía y mi padre te va a comprar.

El futuro califa regresa esa misma mañana al zoco a regatear otra vez con el vendedor de higos, que es viudo y no tiene problema en deshacerse de su hija.

Cuando Muhya llega a la casa de Wallada, su nueva familia se está preparando para trasladarse a Xerez.

El padre de Wallada acaba de recibir el encargo de administrar la alquería familiar en esa ciudad para controlar allí la producción de vino con que comercian por todo el califato omeya y más al este.

— Hemos pagado por ti cuarenta feluses — le dice Wallada a Muhya cuando las sirvientas de la casa omeya la llevan ante su presencia, después de bañarla y vestirla con una hermosa túnica de seda.

— ¿Cuarenta? — pregunta abriendo los ojos.

A Muhya, que una vez encontró en el suelo un felús, del que se adueñó su padre tras darle una bofetada, cuarenta le parecen una fortuna. Pero Wallada, la futura princesa, la saca de su error:

— Vales lo mismo que dos brazos de cebollas o medio conejo despellejado.

El sobresalto que me había producido conocer a Leila, unido a la expresividad de su voz grave y la claridad de su lectura, me tenía atado al testimonio.

Y contribuía al encantamiento el abandono de la postura que había adoptado al leer.

Las mujeres musulmanas descuidan en las casas la ocultación de la piel que practican en la calle.

Asomaba a mi vista entre los pliegues de su túnica un muslo que me distraía de la historia de las niñas Wallada y Muhya.

Y sin saber ni querer saber la razón, la deformidad de Leila me excitaba más que la armonía y simetría de otras mujeres.

Levantarme y caminar mientras ella leía me pareció lo más sensato, y lo hice, pero mi renuncia me distraía más.

Somos así, siempre utilizamos nuestro menguado juicio a favor de nuestras debilidades, para justificarnos.

Pensé que aquel pecado podría interesar a mi abad sin escandalizarlo, y tomé nota para mi siguiente confesión.

Hallar la penitencia por mirar la piel rotunda de un muslo...

¿quizá en relación con su tamaño? Eso le iba a dar trabajo a dom Juan.

Pese a su posición y su infancia fácil, pronto llegan las complicaciones: Al Ándalus se desvanece en la fitna, la guerra civil que divide el califato en reinos de taifas.

Tras la captura y muerte de su padre, que se había convertido en el efímero califa Muhammad III, la princesa Wallada pasa años difíciles en las cortes de los nuevos califas que se suceden arrebatándose el poder.

¿Son invitadas o prisioneras, ella y su madre, una cristiana que había ascendido de esclava a esposa preferida del padre?

Respetada por unos y esquiva con los que le piden que se una a su ajetreado harén, Wallada consigue preservar a duras penas su independencia durante la primera juventud.

Es la época en que, con su esclava Muhya, descubre la poesía gracias a los maestros de la corte, en donde las dos destacan por su ingenio.

Como única heredera de las posesiones de su padre, aprovecha sus posibilidades de emancipación a la muerte de su madre y, una vez fuera del alcázar, restaura una de las pocas propiedades que puede conservar de su patrimonio: la misma Casa de los Siete Jardines en donde Leila me leía la historia, que se convierte pronto en el principal salón literario de la ciudad.

La habilidad y el descaro de ama y esclava para improvisar versos procaces las hace célebres en las más lejanas cortes del islam.

Todos los poetas musulmanes quieren asistir allí para escuchar el canto y contemplar el rostro y el baile de Wallada.

En ese tiempo de prosperidad, regresa a Córdoba el joven poeta Abenzaidún, cordobés de nacimiento que trabaja como espía para el rey de la taifa de Sevilla.

Abenzaidún ha recibido el encargo de hacerse con un valioso libro de la biblioteca de Wallada.

Consigue infiltrarse al servicio del rey de la taifa cordobesa y se pasea por sus salones literarios mostrando su habilidad poética.

Hasta que le llega, como buscaba, la invitación a asistir al salón de Wallada, donde lo recibe al fin, una noche, Muhya.

Mientras la esclava negra lo inciensa y le unta algalia en el cuello, Abenzaidún le niega la palabra y la mirada, cómodo en el desdén del servicio, pese a que no le pasa inadvertida su belleza.

Después, intenta hacerse invisible en el salón, lo que logra sin dificultad, puesto que apenas conoce a nadie. Observa y se prepara para acaparar la admiración por sorpresa mediante su habitual solvencia poética.

De pronto Wallada irrumpe con altanería, el rostro oculto a sus invitados por un nicab negro del que el rasgado deja ver solo el brillo azul oscuro de los ojos.

A su paso, los poetas se retiran en un silencio que muestra respeto y codicia.

Ella cruza el salón y se recuesta con gesto perezoso en un diván que hay en la alcoba situada al fondo, sobre el suelo elevado por una tarima.

— Hace calor, ¿no es cierto? — dijo Leila interrumpiendo la lectura.

El comentario me impacientó. Metido en la historia, me había identificado con aquel poeta infiltrado en busca de un manuscrito.

¿Se identificaba ella también, quizá, con la princesa?

¿Me estaba arrastrando a reproducir la conducta que siguieran los protagonistas del relato? ¿A qué elaborado juego estaba jugando?

Entonces no me daba cuenta, pero en aquella estancia nadie era inocente, ni Leila ni yo, ni mucho menos los personajes del relato de Muhya — la esclava a la que Wallada enseñó a leer, entregándole así las llaves de su historia — , ni la luz tremenda de la mañana, ni la odiosa brisa ardiente que venía del río.

Y si es que alguna vez cualquiera de nosotros había tenido inocencia, se nos había acabado de pronto, por causas que no lográbamos recordar.

Pero era verdad: hacía calor. La luz entraba cenital por la claraboya de la segunda sala de la biblioteca y el rostro de Leila brillaba por el sudor cuando soltó el códice sobre la mesa y se quitó con pereza la aljuba.

A través de la túnica de lino que llevaba debajo, ligera como gasa en el talle, se transparentaban, a ambos lados de un escote de cerradura, los botones negros de los senos...

, si acaso no me los había imaginado, porque, en cuanto sentí que ella me vigilaba de reojo, aparté la mirada de su cuerpo como si me hubiera quemado.

Había notado que la túnica era más gruesa en la falda, lo que me molestó y al tiempo me descubrió un inexplicable interés por la pierna coja que no mostraba.

La imaginación nunca se cansa. Creo haber dicho ya que no tengo enmienda ni salvación. En lugar de preguntarme de dónde venía mi oscura curiosidad, me preguntaba, nervioso, si me dejaría ver lo que ocultaba y tocarlo.

Estuve bastante tiempo perturbado por el cambio de atuendo y de postura, distraído y como alejado del cuento, pero poco a poco conseguí borrar de mi mente lo que había visto para interesarme de nuevo por los amores de Wallada y Abenzaidún que Leila leía desde su diván.

Abenzaidún permanece en el salón literario durante largo rato en silencio, vigilando a los invitados y escuchando versos no siempre felices. Nadie se acerca a la anfitriona, que sigue recostada, y él tampoco lo hace. Como ave de presa, sabe esperar.

Los músicos comienzan a elevar con suavidad el volumen.

Se suceden las bailarinas, que dejan ver su rostro, el cabello, los brazos, los tobillos...

La esclava Muhya se convierte pronto en el centro de la velada por el descaro de su baile, con su larga melena rizada y sus fascinantes muslos y pies negros descalzos, muy blancos en las plantas.

Otras esclavas sirven xerez, un vino dorado exclusivo de las bodegas de aquella familia, de cuyo poder para invocar la poesía Abenzaidún ha oído hablar en más de una ocasión.

Lo prueba, lo apura y pide más. Un poeta local parlanchín se acerca a él para ilustrarlo en tono cómplice y confidencial, pese a que nadie se lo ha pedido:

— Quizá muestre su rostro Wallada hoy. O quizá baile. A veces lo hace.