9. La biblioteca de Alhakén #3
Eso andaba gritando a voz en cuello, cuando salí a la plaza, un pregonero subido a la tarima del patíbulo, que había conseguido convocar frente a él un grupo no pequeño de curiosos.
Me metí entre ellos mientras concluía el anuncio.
En la tarima había ya varias picotas con cabezas expuestas de traidores lugareños.
De las que estaban sin ocupante, una esperaba sin duda al doncel indolente.
En una guerra nunca sabes si son peores los salvajes que te atacan o los que te defienden.
Descubrí con alegría que uno de los que seguían atentamente el discurso era el sedero, con el que tenía pendiente un intercambio de cortesías.
Lo seguí al finalizar el acto y, cuando vi que se metía en los bajos que daban a la alcaicería, decidí adelantarme a sus pasos por otro camino y esperarlo en su sedería, donde sin duda podría mantener con él un intercambio de opiniones.
Cuando entré en el comercio, el joven al que ya había visto la otra vez se acercó a mí con gesto lastimero:
— Lo siento mucho, sahíb — dijo — : estamos cerrando.
Por única respuesta le aticé en el mentón.
Con los jóvenes sobran las palabras, ellos entienden mejor los hechos consumados, sobre todo si les duelen.
No obtuve de él ninguna información, porque se tiró al suelo desmayado con la insolencia común a los de su breve edad, así que arrastrándolo por los pies lo llevé a un rincón de la tienda y me aposté junto a la puerta.
El sedero entró tranquilo, llamó a su dependiente, lo localizó allí caído y, lamentándose, se agachó a ver qué le había ocurrido.
Esta vez no se me iba a escapar. Lo enganché de la capucha de la chilaba, lo alcé en volandas y lo estampé contra un gran armario. Luego le di la vuelta y lo agarré de la pechera.
— Por fin solos — mascullé.
— ¡Eres tú, amico! ¡Qué alegría de los mis ojos! ¡Bienvenito a la mi casa!
Tenía carácter, todo hay que decirlo.
— Ahora me vas a contar exactamente cómo y dónde murió mi amigo Lope Ruiz.
— ¿Lope Ruiz? Yo no... ¡Ah! ¿Ben Saíd? ¿El renegado?
— Sí, Ben Saíd. Cuéntamelo despacio porque lo tengo que comprender bien.
— ¡Pero yo non sé, yo non lo ha visto!
— ¿Y por qué le contaste en San Millán a Yusef el Cordobés que lo habían acuchillado ahí fuera, en la puerta de tu tienda, con treinta puñaladas?
— ¿A Yusef?
— A Lope, o Ben Saíd.
— ¡Yo a Ben Saíd no le conto nata de nata!
Era difícil conversar con alguien tan marrullero y obstativo, así que lo solté, pero solo para atizarle con más impulso un gancho al hígado, a lo que respondió derrumbándose con rostro dolorido que adquirió una tonalidad amarillenta.
Odio hacer esas cosas casi tanto como que me las hagan, pero las prisas son las prisas.
— Le contaste a Yusef que habían apuñalado a Lope — repasé con paciencia — . Escucha bien: como me vuelvas a marear te doy una paliza. Dime para quién trabajas. ¿Alvar? ¿Por qué fuiste a casa de Yusef con el cuento de la muerte de Lope?
Funcionó..., quizá para darle la razón a la sabiduría popular, que sostiene que hablando se entiende la gente.
Viendo al fin que no iba a poder librarse de mí, me explicó que cuando decidió ir a Pamplona para vender su mercancía, a la vista de que la toma de la Axerquía auguraba malos tiempos para la ciudad, Leila bint Marwán, mi renuente anfitriona, la gárgola, le pidió que llevara recado del estado agónico de su padre a un tal Yusef, vecino de la morería de San Millán.
Leila mandándole recado a Yusef. Estaba tan agotado, y tan agitado de golpear al sedero (y tan contento de hacerlo, tengo que confesar), que no me di cuenta en absoluto de lo que significaba eso.
El sedero me explicó que llevaba siempre en sus viajes encargos de ese tipo, con los que añadía propinas a las ganancias mercantiles.
— Vas muy bien. Dime también cómo te llamas — le pedí, igual que hacen los comerciantes como él, con la excusa de dirigirse a sus víctimas por su nombre, pero con el único fin de acumular información.
— Benamí Benamí — repitió.
— ¿Cómo?
Le había entendido: «Ven a mí. Ven a mí», como si para decírmelo necesitara que acercara la oreja.
— Benamí Benamí — repitió de nuevo.
O quizá dijo «Benamí ben Amí», que es como decir allí «Benamí hijo de Amí». Para no perderme en detalles pasé por alto el asunto y le pedí que continuara.
Tras una prolija exposición de los sinsabores del comercio textil, añadió que, al intentar salir de Córdoba, y habiendo pagado a los almogávares la cantidad habitual en casos así, lo detuvieron los mismos que se la habían embolsado. Y lo llevaron ante Alvar.
— ¡Es mala hente! ¡Mooocho pelicoroso, Alvar Colodro! — tuvo la cortesía de advertirme.
Para su sorpresa, no para la mía, Alvar conocía a la perfección adónde iba y el recado que le había dado Leila.
— ¡Mi robaron di la mercadería toda! — lloró.
Alvar le había hecho viajar a caballo hasta San Millán, pero por caminos que no eran de herradura sino aptos solo para cabras, y, una vez allí, le había obligado a espiar en mi casa y en la de Yusef.
Sobre todo en la de Yusef, de la que le había pedido toda clase de señales: qué accesos tenía, cómo estaba distribuida, dónde se encontraba el dormitorio de la niña, cómo era el patio, en qué sala guardaban los libros...
El sedero Benamí no sabía para qué quería todo eso Alvar, hasta que al día siguiente de su visita, antes de partir de vuelta a Córdoba, oyó con horror comentar en la taberna de postas la trágica muerte de Yusef y de su hija Aixa.
— Nada contra ellos tenía yo, sahíb — me aseguraba — . Ni los conocía ni los malquería. Pero los mis ojos ven bien que non si puede desobedecer Alvar y luego vivir mocho para contarlo. ¡No! ¡Mala hente!
Añadió que cuando llegó a la casa de Yusef, le dio la noticia de la enfermedad del padre de Leila, de la que Yusef quedó muy consternado, y se apañó para que lo invitaran a tomar infusión de menta.
Y, para amenizar la velada, como si no hubiera ya suficientes malas noticias, consciente de que Yusef tenía algo que ver con Leila, le contó también la toma de la Axerquía por los cristianos y la muerte de Ben Saíd, o Lope, al que había visto en casa de Leila cuando le hicieron el encargo del recado, y cuya ejecución había cantado el pregonero en la plaza justo cuando el sedero salía de la medina con destino a Pamplona.
— Mientes — le resumí — : Le contaste que habías visto su muerte en la puerta de esta tienda.
Benamí sudaba. Me juró que había ambientado esa historia a las puertas de su tienda para darle amplitud, colorido y fuerza al relato, y entretener a Yusef mientras fisgaba y memorizaba la ubicación de los libros y la distribución y los accesos de la casa.
Desde su punto de vista, aquello no era una mentira.
— ¡Ricursos di buen comirciante!
Lo dejé ahí, harto de su palabrería, y salí de la tienda.
— ¡Amico! ¿Y te vas sin nada me comprar? — me dijo — . Nunca sale nadie de mi tienda sin mercaduría en mano. ¡Acabas con el mi prestihio!
Ni que decir tiene que la puerta estaba cerrada cuando volví ya de noche a la Casa de los Siete Jardines.
Llamé con los nudillos, aplicando la contraseña de nuestro hombre en Córdoba, por costumbre ya, más que por necesidad, e intentando imaginar una excusa convincente para el incumplimiento de mi promesa ante mi anfitriona, mi sueño de piedra y carne.