9. La biblioteca de Alhakén #2
Busqué a contraluz el final de la entrada y, poniendo el catálogo sobre la mesa, tizné con la bola de tinta negra la parte donde calculaba que andaba.
Pese a que estaba arruinando la página del catálogo, Leila no me detuvo.
Surgió ahí, entre las anotaciones en rojo, en relieve tiznado, una ristra de números arábigos invertidos.
Leila estuvo un rato descifrando la signatura.
— ¿Te dice algo? — le pregunté.
Asintió cerrando los ojos.
— Es en la zona de poesía árabe, en el estante con las obras de mi antepasada Wallada bint al-Mustakfi, la dueña del códice. Sé bien lo que hay ahí, y no está.
— Vale, pero déjame echar un vistazo — pedí, pese a que no sabía si, además de sorprendida, estaría a punto de lanzarme un grito monstruoso para expulsarme de la casa.
Se levantó y fuimos a la tercera sala, que, al parecer, contenía solo literatura árabe.
— Allí arriba, en el último estante de la izquierda — me señaló mi dudosa anfitriona.
Tomé una de las escalas de madera. Se podía deslizar por el listón del que colgaba para acercarla a la estantería a la que quería ascender.
Había en el estante dedicado a Wallada una veintena de pequeños códices, ninguno lujoso.
Leila me indicó desde abajo que los dos estantes de al lado tenían las obras de un poeta llamado Abenzaidún con el que Wallada había mantenido una relación apasionada y, por consiguiente, poco duradera.
La fama de ese tal Abenzaidún sí había llegado a mis oídos. No sé cómo. Por casualidad sería.
En sucesivos ascensos y descensos bajé todos los libros.
Fui abriendo primero los de Wallada, en su mayoría poemarios que habían sido escritos con letra primorosa. En poco rato descarté la presencia del Códice Wallada entre ellos.
— ... Y esto es una biografía de Wallada hecha por su esclava Muhya, también poeta — me indicó Leila al abrir el último códice.
Wallada, Abenzaidún, Muhya... Vaya nombrecitos se gastaban, dije entre mí. Como para retenerlos.
Tomé ese último libro. Se titulaba Historia de la princesa Wallada, el poeta Abenzaidún y la esclava Muhya.
No era muy extenso, aunque sí lo suficiente como para entretenerme dos o tres días en una lectura minuciosa en busca de pistas del Códice Wallada.
Lo abrí por el final. Intenté leer en silencio la última entrada, pero, aunque estaba escrita también en caracteres árabes, resultaba tan incomprensible para mí como para Leila.
Solo entendíamos una palabra, que estaba subrayada: Wallada.
Y alguien antes de mí había intentado comprender aquello, porque había otra palabra más, destacada con una llamada y una pequeña glosa al margen, de otra mano, y esta sí en árabe: «serpentear», ponía.
Lo cerré y le pedí a Leila que me permitiera quedarme dos días allí para leer la biografía. Lo que imaginaba es que a continuación me iba a expulsar con cajas destempladas.
— Dos días son mucho tiempo... — titubeó.
Eso sí que no me lo esperaba. ¿La había convencido? ¿En qué momento que a mí se me había escapado?
— Yo misma puedo leértela mañana — continuó — . Y te doy permiso para quedarte si me prometes no abandonar la casa hasta que hayamos comenzado la lectura. Y dejarla para siempre cuando la terminemos.
El libro me interesaba, pero lo que quería yo en realidad era, mientras leía y le daba vueltas al asunto, moverme con libertad por la biblioteca, sin Leila vigilándome.
— De acuerdo — dije — . Pero entonces quiero ver ahora la anotación del Códice Wallada completa. ¿Puedo?
Me permitió tiznar esa página y ni una más, como fiel guardiana de la biblioteca.
Pero ¿por qué no lo impidió? El comportamiento de la gárgola me cuadraba casi tan poco como su aspecto.
De cualquier modo, ya tenía lo que necesitaba, y en cuanto se ausentó para que me dispusieran un dormitorio, salí al cenador del jardín a buscar la frasca con el resto de vino, que, aunque se había caldeado bastante, me ayudó a encontrar la entereza de ánimo necesaria para continuar mi búsqueda.
En la larga entrada sobre el Códice Wallada se daba también la lista de opúsculos que lo componían, con una breve descripción de cada uno, que estuve repasando un rato.
La primera obra era una genealogía de la familia omeya hecha por Alhakén, el califa que reunió la biblioteca.
La segunda, un diván de poemas de Wallada, el poeta Abenzaidún y la esclava llamada Muhya.
Después había un opúsculo sobre técnicas para esculpir en la piel practicadas por las reinas kandake en el antiguo reino de Kush, al sur del Egipto.
Había, además, un tratado sobre la fabricación del pergamino de trapo firmado por uno que se decía papelero de Xàtiva.
Y una receta de una pócima para curar el dolor de muelas, seguida de otra para la cura de la irritación de encías provocada por la pócima anterior...
Recuerdo también un tratado sobre el cultivo de la adormidera.
Y otro sobre la elaboración de una triaca con más de sesenta y nueve productos distintos y supuestamente eficaces, pero la breve nota no decía para qué.
Otrosí, un estudio en el que el reconocido sabio Abbás ben Firnás enseñaba a tallar cristal de roca para hacer piedras de lectura, que Leila me explicó luego que eran lentes convexas que se usan como lupa de aumento poniéndolas sobre los textos para leer con tanta comodidad como aprovechamiento.
Y otro tratado del mismo autor para construir unas alas mecánicas, quizá con el fin de estrellarse saltando con delirios de Ícaro desde algún acantilado...
Era un verdadero compendio del conocimiento y la estupidez humana en batiburrillo desbarajustado. Pero al final, tras el tratado sobre el vino del supuesto sabio Magón intitulado «Regla para transformar en oro de Xerez el vino», figuraba por fin la obra codiciada por tantos: «El bastón de Dios».
Ahora solo faltaba averiguar dónde podía haber ocultado el Códice Wallada la misma persona que había borrado y tapado en minucioso palimpsesto las distintas entradas en el catálogo. Casi nada. Resoplé.
Cuando Leila regresó, quedaba tiempo aún para el anochecer, pero yo estaba empezando a notar los estragos del embate de los acontecimientos de los últimos días, y amenazaba con quedarme dormido sobre los libros.
Me dijo que ya habían preparado mi habitación, le pidió a una de sus sirvientes que me acompañara al lecho y quedamos en vernos al amanecer en aquella misma sala, para la lectura.
Tenía poco tiempo para pensar, y menos aún para actuar. Así que en cuanto me dejaron en mi cuarto le quité el lienzo a una estrecha tronera que había en una de las paredes. Daba a un recodo de la plaza del zoco, bastante despoblada ahora.
Los tenderetes se habían desmontado, incluido el del sedero y adivino. Pensé que andaría ahora por la tienda de la alcaicería. Si no estuviera tan cansado, dije entre mí, me iría en ese momento a hacerle las cuatro preguntas sobre Lope pendientes de respuesta.
Me quité la idea de la cabeza. Le había prometido a Leila que no dejaría la casa hasta que me marchara definitivamente. Pero si me marchaba, nunca podría encontrar la tumba de Lope. ¿Y qué? ¿Qué tipo de rezo absurdo quería hacer allí?
Si me esforzaba metiendo tripa y aguantando la respiración, pensé, seguro que cabía por aquel ventanuco. Pero las posibilidades de romperme la crisma después eran muchas.
Tomé el pañuelo que me había dado Mateo Sancho, nuestro hombre en Córdoba, para velarme siguiendo la costumbre indumentaria almorávide.
Abrí la puerta y lo primero que hice fue constatar que no sabía cómo volver desde allí a la biblioteca o cómo llegar a cualquier otro sitio en el que ya hubiera estado dentro de aquel lugar laberíntico.
Tomé a la izquierda por el pasillo. No tardé en desesperarme de tanto subir y bajar escaleras, cruzar corredores y atravesar jardines (en mis cuentas me salían muchos más de siete), y tuve que admitir que estaba perdido.
Entonces vi una sombra con gorro doblar una esquina a lo lejos.
Me lancé a la carrera y avisté al hombre del bonetillo bermejo justo cuando se perdía por el recodo de una escalera.
La bajé en pos de él, pero le perdí la pista.
Sin embargo, reconocía el lugar al que había llegado: estaba junto al zaguán de entrada. Lo crucé, abrí la puerta y salí al callejón dejándola entornada para poder regresar. Dispuesto a todo.
— ¡Se hace saber...! ¡que en la gloriosa defensa de nuestra medina...
!, ¡la guardia bendita que vela por nuestra paz y seguridad...
!, ¡de nuevo demostrando su brío y su valentía...
!, ¡ha apresado a un puñado de traidores nazarenos...
!, ¡los cuales...!, ¡escondidos como vecinos nuestros...
!, ¡andaban tramando para el enemigo...!
¡el modo de abrirle nuestras puertas...!
¡con el fin de favorecer la destrucción de nuestras casas...
! ¡Y entre los presos se encuentra, nada menos...
!, ¡que el rebelde maldito y con denuedo perseguido...
! ¡Muley Muza, por nombre nazareno Mateo Sancho...
!, ¡renegado confeso y que será ejecutado...
! ¡en el tercer atardecer después del que está llegando...
! ¡y en esta misma plaza, para ejemplo de todos!